38 años y medio de vida +
20 años de conocernos +
7 años de no hablarnos +
11 años de habernos reencontrado +
9 años de casados =
el resto de nuestra vida juntos
¡Feliz Aniversario Amor!
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20 años de conocernos +
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9 años de casados =
el resto de nuestra vida juntos
¡Feliz Aniversario Amor!
Los benditos «skinny jeans». Para alguien como yo, que ni de lejos tengo piernas «skinny», son la moda más ingrata de los últimos tiempos. Igual con los trajes enterizos que miro a otras mujeres usar con éxito. La moda es una herramienta objetivamente buena, pero no toda me queda bien.
Se puede considerar que todo lo que hace el ser humano tiene cosas positivas, buenas. Pero no todo el mundo puede hacer lo mismo, con los mismos resultados. Lo que me queda bien a mí (estudiar matemática, por ejemplo) no le sirve igual al vecino (a quién le puede costar sumar dos más dos, pero que tiene habilidades mecánicas muy por encima de mi inutilidad hasta para cambiar una llanta). Pasar por la vida sin saber en dónde está el punto ideal para probar cosas nuevas y crecer, escogiendo lo que mejor nos queda, es como esas pobres mujeres que se ponen lo último que sacan en las pasarelas, sin verse en un espejo.
Cuando uno cria niños, es más que evidente que no puede hacer lo mismo con dos personitas diferentes. Con JM era suficiente decirle que algo me enojaba para que lo dejara de hacer. A F mi enojo la deja fría y me tengo que idear otro tipo de chantaje.
Como con todo lo importante, es bueno conocerse uno, con cariño, pero con sinceridad. Buscar lo más conveniente implica a veces dejar las cosas buenas del lado, pero para buscar unas mejores. Para mientras, seguiré persiguiendo jeans rectos, porque mis skinny me hacen ver como pera.
Tengo conocimiento limitado de una cantidad aceptable de cosas. He leído tantos libros de cualquier tipo, que a veces hasta la mitad de uno me doy cuenta que ya lo había leído. Tuve una educación bastante amplia y he cometido suficientes errores como para agarrar algo de experiencia. Y aún así, mi mundo está limitado a las ideas que me sirven de sistema operativo.
El término «sesgo ocupacional» sirve para describir la deformación que sufre nuestra forma de ver el mundo, dependiendo de lo que hagamos. Como abogada, tiendo a buscar las últimas consecuencias de un acto, especialmente las más negativas. Si le doy rienda suelta a esta tendencia cualquier teoría de conspiración se quedaría corta.
También me deforma la mente lo que pienso de la naturaleza humana: yo no creo que seamos seres intrínsecamente buenos y que los malos comportamientos son una excepción. Yo creo que somos seres neutros que actuamos de una u otra forma, según nos dicte la consciencia.
Cuando los fundamentos de una cosmovisión son opuestos y ninguna de las partes está dispuesta a considerar la opinión del otro, es cuando hay colisiones cósmicas. Porque hasta se puede estar diciendo lo mismo, pero desde perspectivas diferentes y no verlo. Somos como caballos, con la vista tapada para restringir el campo visual.
Quisiera creer que con cada nueva experiencia se me quita un poco el glaucoma mental. He de admitir que hay mundos que no tengo la menor intención de explorar. Para mientras, seguiré evitando colisiones.
Hay recuerdos de ciertas conversaciones que todavía logran encachimbarme. De esos ejercicios en inutilidad, en donde ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder. Llevo conmigo imágenes tristes del pasado que podrían todavía hacerme llorar. Sentimientos fantasma de fracasos pasados que salen a espantarme de vez en cuando.
Tenemos la tendencia, como humanos, de guardar y recordar más fácilmente lo negativo. En un modo de supervivencia, se entiende que sea necesario. Lo malo es que ya no vivimos entre tigres dientes de sable, ni mega-lobos, pero nuestro cerebro sigue propenso a hacer conexiones «negativas» entre neuronas. Para cambiar todo ese cableado, es necesario escoger conscientemente qué vamos a guardar en el cofre de nuestro corazón. Minimizar el placer que podemos percibir de algo tan cotidiano como una buena tortilla, por muy trillado que parezca, nos depriva de un momento de satisfacción.
Vivir en los fracasos del pasado nos impide seguir caminando. Creer que lo malo, y lo bueno, de la vida son estados permanentes y no simples paradas en el viaje, le da una importancia exagerada a lo negativo y se la quita a lo positivo.
Es imposible estar feliz todo el tiempo, pero es enfermo no estarlo nunca. Yo tengo una mansión en el país de los malos recuerdos, pero estoy construyéndome un ranchito del lado de los buenos. Poco a poco, espero mudarme a vivir allí.
De mis características favoritas en mí misma es lo incisiva. Cáustica, dirían algunos pero, «poteitos/potatos». Me divierto mucho con las cosas que se me ocurren, las observaciones punzantes, los adjetivos irónicos. Navego por la vida con una pátina de cinismo que me sirve de coraza. No es casualidad que una de mis plantas favoritas sean los cáctus, por espinudos.
Resulta que esa cualidad no facilita la buena convivencia. ¿A quién le puede gustar vivir con alguien abrasivo? Y, aunque es muy simpático en medidas muy restringidas escuchar mis opiniones sin filtro, estoy segura que no encontraría a nadie que me pudiera aguantar en mi máxima expresión todo el tiempo.
En la alquimia se decía que la diferencia entre un veneno y una cura es su dosificación (pues, en la medicina antigua, pero se oye más bonito «alquimia»). Todas las personas poseemos características que le dan sabor a nuestras personalidades, esas notas discordantes que elevan la música de fondo a nivel de sinfonía. Es cuando esas notas se sobreponen a la armonía que tenemos problemas en nuestras relaciones.
La inteligencia «normal» (la que se mide del QI) no sólo no es igual a saber comportarse, a veces lo impide, porque uno quiere compartir lo que uno piensa. Uno no tiene por qué decir todo lo que a uno se le ocurre, por muy divertido/atinado/cierto que sea. Sobre todo si no sirve de edificación para nadie, y menos cuando es una opinión que no nos han pedido.
A mí me gustan las personas con las que convivo y he aprendido a meter un par de filtros entre mi cerebro y mi boca. No siempre sirven, como hoy que amanecí más explícitamente ácida que de costumbre. Menos mal que, al igual que los cáctus, yo también florezco de vez en cuando.
Mi mamá murió antes que naciera mi primer hijo. Por lo que me tocó hacer sola un montón de esas cosas que generalmente hacen las abuelas con sus nietos, como bañarlos por primera vez. Y allí estaba yo, con un buñuelito calvo y diminuto y el libro «El Primer Año Del Bebé» abierto entre los talcos y la crema para pañales, en la página con ilustraciones de cómo bañar a la criatura con una toallita mojada. Metódica que soy, me sentía muy orgullosa del resultado, hasta que, unos días después que se le cayera por fin el ombligo al niño y cuando ya lo podía sumergir en en agua, vi que tenía algo negro en el hoyito. En el espacio de un segundo cruzaron por mi mente mil desgracias, desde una herida, hasta que le hubiera salido otro ombligo (mamá recién parida no es la más racional de las personas). Cuando al fin tomé valentía y examiné la tragedia, vi que simplemente era mugre.
No hay libro, cuento, programa, conversación, escuela, curso, sueño, que sean suficientes para prepararnos para todo lo todo que es la vida. Porque lo que queda dentro de nuestra esfera de influencia es muy reducido y el resto de cosas está allá afuera, libre de joderse con el menor de los soplos del viento.
Tal vez mi mayor miedo sea no ser suficiente. Para mi esposo, para mis hijos, para mí. Algunas veces he permitido que este miedo me paralice, dejando de hacer cosas por temor a caer en el ridículo de no hacerlas bien. Con el paso de los años he logrado sacudirme poco a poco esa amarra, pero todavía siento su presión.
Cada experiencia nos ayuda a ampliar nuestro conocimiento y nuestra esfera. Espera uno no volver a cometer el mismo error.
Con mi hija, una cosita todavía más pequeña que el primero, el ombligo estaba inmaculado. Todo bien. Bueno, casi todo. Dándole de comer un día, me acerco a su cabecita llamada por un tufito a shuco muy poco característico: se me había olvidado limpiarle detrás de las orejas.
Pocas cosas son tan notorias como la ropa interior inadecuada. Una tanga muy pequeña, un bra mal puesto, unos boxers que se marcan, todo se nota magnificado. Y todos usamos (espero) ropa interior. Pareciera que el propósito fuera que no se notara algo que sabemos existe.
Así también las virtudes. Pocas veces nos damos cuenta cuando alguien es honrado, amable, paciente, generoso. O sea, sí nos fijamos, pero como si fuera un conjunto armonioso.
En cambio, la falta de virtudes sí se nota. En un grupo de gente amable, el patán sobresale. En una institución honrada, el corrupto se destaca. En una familia de gente buena, la oveja negra es notoria.
Tal vez por eso es más fácil fijarnos en nuestros defectos cuando nos contemplamos. Yo sé que mis ojos se dirigen inmediatamente a la lonja que me queda, en vez de buscar alguna mejora. Y tal vez, también, se vuelva tedioso a veces ejercer una virtud, porque pasa desapercibida, como una buena tanga.
Qué bueno que las cosas malas llaman la atención. Es triste cuando estamos tan acostumbrados a ver cosas desentonantes, que ya no nos molestan. Entiendo que sólo fijarse en los defectos es cansado y puede ser fatal para la salud psicológica, pero el no creerme perfecta me empuja a buscar mejorar.
Al menos no salgo a la calle con VPL.
«No gracias, yo puedo sola,» podría ser el emblema de mi escudo personal. La ilusión de la independencia es uno de mis espejismos más deseados. Recientemente quedó totalmente hecha añicos. Sin poder usar una mano, sin poder manejar, sin poder levantar a mis hijos, escribir bien, ¿qué otro camino me quedaba más que aceptar ayuda?
Me cuesta mucho dejar que alguien más haga cosas por mí. Detesto los trabajos en grupo y no sé delegar. Probablemente es producto de ser hija única. O porque no me gusta depender de alguien más. O porque soy desconfiada. O porque me da alergia deberle algo a alguien.
Cuando recibimos ayuda, quedamos en cierta forma en deuda con la otra persona. Aceptamos un lado débil, diciendo que no podemos hacer algo. Nos abrimos a la realidad de necesitar de alguien más. O sea, nos declaramos humanos que vivimos en sociedad.
Todos, en más de alguna ocasión, dependemos de otra persona. Hasta donde yo sé, no cultivamos nuestra comida, ni tejemos nuestra ropa. Compartimos espacio y tiempo con el resto de personas en el mundo, en especial con las que convivimos. Hasta se podría decir que la marca de una buena relación es la cooperación exitosa.
Es tan malo depender totalmente de alguien más, como negar la necesidad de ser apoyado.
Ya puedo usar(ish) las dos manos. Y tengo la tentación de volver a decir «no gracias». Espero poder sacar un «sí», más seguido.
Hay personas que son dulces y amables y cariñosas. Tienen una caricia suave, una sonrisa rápida y una palabra de aliento a flor de piel. Les sale natural. Y habemos las que pegamos en brazos, damos zapes en cabezas, gritamos estridentemente y empujamos, todo como demostración cavernícola del cariño que profesamos.
Mi problema no es que no sea cariñosa, es que tengo formas alternativas de externarlo. Hasta el día de hoy, me tengo que acordar conscientemente de darle un abrazo a mis hijos, no porque no los ame con todo mi corazón, sino porque se me olvida. Pregúntenle al sensible de mi sufrido marido. Es más fácil que le dé una nalgada a una caricia, con el mismo sentimiento detrás, pero no con la misma respuesta.
Cuando uno ama, existen dos componentes importantes sobre los cuáles se tiene control: cómo le hace saber a la otra persona de su amor por ella y cómo decide recibir lo que la otra persona le da. Como en todo, esto es un proceso de estira y encoge. Y, como muchas de las pequeñas cosas que sostienen o derriban una relación, es importante discutir, ver conscientemente y decidir si se aguantan/gustan o no.
He aprendido a pasar una mano suavemente por un par de cabecitas, a pedir y dar abrazos a cuerpos que envuelvo entre el mío, a comer a besos mejillas que todavía son mías. A decirle a mi esposo que lo amo con tomarle de la mano.
Mi otra forma de demostrar que quiero a alguien es cocinando. Es un milagro que no seamos obesos en esta casa.
Con mi esposo somos fieles oyentes de los turnos de Bea del Cid en Radio Globo los viernes por la tarde/noche. Bajo el hashtag de #meencantaylacanto revivimos momentos de nuestra infancia y adolescencia, de esos que dan ganas de celebrar cortándose las venas con cuchillo sin filo. Entre Mijares y Camilo Sesto y Yuri y Ana Gabriel, hacemos un date night estruendoso en la privacidad de nuestro hogar. Es alegre. Esas letras con más de doble sentido que va uno entendiendo mejor con el paso de los años, las melodías dramáticas, los arreglos estruendosos, las voces claras o graves y los recuerdos de primeros enamoramientos, rajaduras de corazón, fiestas de muchachitos. Buena la música.
Uno tiende a glorificar el entorno del pasado y decir que «ya no hacen música como antes», «la literatura ha decaído», «el cine ya no tiene arte». Se burla de lo que nuevas generaciones buscan, con comentarios condescendiientes de: «es que no conocieron X o Y.»
Pajas. El problema no es que el mundo ya no produzca cosas buenas. Es que uno probablemente ya escuchó una versión anterior de una melodía, un conjunto de palabras similares y lo nuevo ya no es tan sorprendente. Tampoco hay que pensar que porque uno lo vivió antes, es la primera vez que existe. «No hay nada nuevo bajo el solo» se escribió hace más de 5mil años.
Las experiencias humanas, no así la tecnología, son limitadas. Tenemos una capacidad finita de sentir y de manifestarnos.
A mí me encanta escuchar música nueva (no pop, yo ya fui niña quinceañera y me da mucha pereza revivir esa época), mi libro favorito es el último buen libro que leí, la mejor película la que me haya gustado más recientemente. Por eso los niños son más felices, porque todo es nuevo para ellos. Ver películas de mi infancia y también las nuevas con mis hijos y capturar ese entusiasmo con ellos me ha enseñado a mantener una isla de ingenuidad en el mar de mi cinismo. Procuro sorprenderme con la belleza de un par de ojos negros que suben una mirada dulce hacia los míos, aunque tenga 20 años de conocerlos.
Vamos a seguir cantando canciones viejas los viernes, porque son buenísimas. Pero no por eso quiero vivir en el pasado. Seguiré borrando cassette voluntariamente para poder volver a conocer el mundo por primera vez.