Desarrollar el no

El niño antes comía hasta caracoles. El gusto amplio y sin cuestionamientos. Lo que le pusiera enfrente, se iba. Pero… de hace un tiempo para acá, todo le sabe “raro”.

Gran parte de lo divertido de crecer es conocerse uno a través de los gustos. Y nada define mejor eso que lo que a uno no le gusta. Porque los límites nos definen. Así aprendemos a vestirnos, a encontrar música, a ver películas. A llenarnos de todos esos adornos de personalidad que nos hacen interesantes. Y, mientras mejor entendemos cómo llevarnos bien con nosotros mismos, más disfrutamos. Pero… hay un peligro en quedarse sólo dentro de la frontera que pusimos alguna vez. Porque estamos cambiando todo el tiempo y, si no nos atrevemos a volver a probar las cosas, nos corremos el riesgo de perdernos de algo que pueda gustarnos.

Al niño le hago probar todo. Siempre. Aunque no le guste. A veces tengo suerte.

El doblez

Enséñame la línea

que marca dónde te doblas

el lugar donde te agachas

hacia dónde se tuerce tu boca

la dirección de tu mirada

las señales que se quedan en el cuerpo.

Tal vez, entre tantas,

encuentre los besos que te he dado.

Todo quiero

En casa se ríen de mí porque mis redes están llenas de anuncios de comida y todo quiero. Todo. Termino comprando quesos en combo, sabiendo dónde venden embutidos austriacos, revisando menús de sushi y, muy convenientemente, ordenando pozole el día que tengo reacción a la vacuna. Es muy conveniente estar al tanto de dónde puede uno comprar lo que quiere.

También es un ejercicio en autoconocimiento. Me sorprende todo lo que me llama la atención la comida. Tal vez porque crecí entendiendo que cocinar es otro lenguaje del cariño. Nada que extrañe más que un cocido en casa de mi mamá. Ni siquiera aprendí a hacerlo, porque para cuando me gustó estar metida en la cocina, mi mamá ya no estaba. Adicionalmente, la relación con las cosas ricas es complicada, pues es importante no «comernos nuestros sentimientos» y no premiar logros de los niños con pasteles y dulces. Cuesta pensar de qué otra forma hacerlo, si tan rico salir a comer cuando uno está contento.

Tal vez lo que más me gusta es hacerles a los míos las cosas que me piden. Así he aprendido a hacer pasteles que, de otra forma, jamás hubiera buscado. Pero verlos felices es la recompensa. Y yo sigo viendo los anuncios de comida en mis redes.

Una lucha no perdida

Estoy más allá de la mitad de mi vida. No es alentador eso, pero da idea que me queda menos por delante de lo que he recorrido hasta hoy. No soy mucho de hacer grandes elucubraciones acerca de cosas importantes. No pretendo dejar un legado, mucho menos una marca en la Historia. No creo que eso sea para lo que vine.

Pero sí estoy segura que puedo resumir lo mejor de mi vida en los momentos pequeños en los que me siento liviana. Como si no tuviera cosas de qué preocuparme. Existen esas pausas, aunque sean pocas y espaciadas. El resto del tiempo se siente como una carrera cuesta arriba en terreno lodoso. Se avanza y se retrocede y se lucha. Pero vale la pena. Mis hijos aprenderán a comer bien sin que se los diga. Mis amigos recordarán que les hice comida rica. Las personas a quienes quiero, lo tendrán muy claro. Al final, esa es la única huella que interesa. El resto se borra con los pasos de los que vengan detrás.

Un estilo propio

Cuando todavía miraba uno revistas, me encantaba toda la ropa que no podía comprar. Ni siquiera venía a Guate. Pero es cuestión de irse haciendo el gusto. Ahora miro lo que tengo y me da risa que cada vez me gusta menos todo lo adornado. Hay modas que simplemente no me llaman la atención y prefiero seguir con mis jeans y t-shirts blancas.

También creo que le dedicamos demasiado tiempo a pensar en cómo vestirnos. Si las películas futuristas tienen algo de atractivo es esa simplicidad para usar ropa. Pero… resulta que somos animales sin plumas ni pelaje y necesitamos enseñarle al mundo parte de nuestro interior. Para eso sirve la ropa.

Lo que nos ponemos es, en esencia, un disfraz. Y si no les gusta esa palabra, una armadura entonces. Mostramos lo que queremos o dejamos de querer. Hasta cuando creemos que no lo hacemos. El estilo es otra forma de comunicación y, más que opinar acerca de lo que los demás se ponen, hay que aprovechar la oportunidad de entender qué nos presentan de primera impresión.

Gratitud por cosas que no pasan

Aunque parece una cosa fácil de decir, todos vivimos una vida que alguien más puede considerar afortunada. Y podemos agradecer por lo que no nos pasa. La existencia en presente puede verse como un plato de pasta: sin salsa es insípida. Uno le pone lo que quiere para darle sabor.

No estoy diciendo que uno deba ser “positivo” siempre, porque hay momentos horribles que uno debe asumir como tales y no querer repetirlos. Pero no es necesario hacerlos peor.

Yo agradezco profundamente que mi hija no murió, que mi hijo no tiene una enfermedad, que yo no tengo un impedimento físico y que no vivo desamparada. Todas cosas que pueden suceder. Y no. Cambia mucho mi perspectiva ante el resto de cosas que no me gustan.

Espero

Cuento las cosas que faltan

todas las pongo sobre la mesa

un espacio vacío para cada una

se llena de polvo la superficie

yo sigo apilando el recuerdo a futuro

de todas las cosas que faltan.

Recordar a desconocidos

Tengo poca documentación de mi familia. Y no porque no se haya conocido de ella, sino porque no me queda gente cercana a quiénes preguntarles. Es un poco como haber pertenecido a una flotilla de barcos y quedarme con toda su carga en el mar, ya alejada del resto.

Los humanos tenemos la capacidad de modificar nuestros genes con la conducta (no todos, obvio) y pasárselos a nuestros descendientes. Y eso incide en lo que les dejamos a los demás. Lo genético se imprime en nuestras vidas. Perpetuamos a nuestros antepasados en las cosas que repetimos sin darnos cuenta. Y así recordamos a gente que ni conocimos.

Nunca estamos solos, llevamos con nosotros a todas las generaciones que nos hicieron y las transmitiremos en las que dejemos después. Y eso hace que el mar se sienta menos solo, la travesía menos larga y la carga menos pesada.

El fin

Me gusta tener la razón. Procuro demostrar por qué mi idea es mejor. A veces a costa de hacerle ver al otro lo equivocado que está. Y siempre, siempre, pierdo cuando me pongo en ese plan. Porque muchas veces lo que quiero no es tener la razón, sino lograr otra cosa que se puede hacer sin restregar la validez (o no) de lo que digo. Es un poco como los castigos con los niños. Da una medida de satisfacción ponerles consecuencias duras a actos de desafío, pero, ni se le quita la impertinencia al engendro, ni yo me quedo más tranquila.

Es muy complicado dejar de ver lo que se tiene enfrente por apuntarle al horizonte. Porque lo que está cercano nuestro es inmediato, lo podemos tocar, nos interpela y nos demanda atención. Las soluciones apresuradas sirven para accidentes y emergencias, pero no para situaciones que se extienden en el futuro. Así, una enfermedad se cura con la medicina que corresponde, pero una condición necesita de un esquema de tratamiento permanente. Y eso segundo da pereza. Desespera.

Obviamente hay que darle atención a lo del hoy. Si no vivimos en el presente, el futuro siempre está más allá. Pero tampoco tenemos que sacrificar una satisfacción más extendida por llenarnos el ego hoy y ahorita. Me fascina ganar. Detesto perder. Pero procuro ponerlo en términos de más allá y prefiero que todos estemos más contentos.

Cambiadores

En la casa, lo que el resto del mundo llama «control remoto», se llama «cambiador», porque esa es su función: cambia el canal, el volumen, el estado de la tele… Quedamos enterados de las propiedades de la cosa a la que nos referimos por el simple hecho de darle un nombre funcional.

Si tan sólo las cosas fueran tan fáciles de identificar. Cuando nos dicen qué hacer con ellas, sólo con el nombre, tal vez las utilizamos mejor. Sin embargo, no todo es tan simple como una especificación de área de trabajo. Los seres humanos son poco etiquetables, por ejemplo y poseen tantas facetas como personas con las que interactúan. Entonces somos padres, hijos, amigos, amantes, profesionales, estudiantes, maestros, y todo eso hasta en un mismo día.

Simplificar las cosas, entonces, no a las personas. A las últimas, simplemente aceptarlas en el momento.