De película

Pensamos que nuestras vidas no son lo suficientemente interesantes como para ser contadas. Las obras literarias tratan acerca de personas con historias gigantescas. ¿A quién podría importarle nuestra existencia? Pero esa vivencia común es lo que nos une como seres humanos. Además, cada uno tenemos nuestro propio punto de vista subjetivo.

Vivimos en sociedad para sentirnos acompañados. Y registramos nuestra existencia de alguna manera para sentirnos únicos. Y, entre esos dos extremos, está buena parte de lo maravilloso que es vivir.

No todo de nuestro día merece ser contado. Pero sí todo vale la pena vivirlo con intención e intensidad. La película de cada vida es, en su mayor parte, hecha para un público de uno. Más nos vale interesarnos.

Juntar piezas

Cuando llegamos a cierta edad, la vida nos ha quitado y puesto piezas, como un set de legos que no tiene instrucciones. Terminamos en un conjunto que puede o no ser atractivo, porque depende demasiado de cómo afrontamos esa manipulación y cómo mejoramos las deficiencias de donde no están los pedazos originales.

Esto es aún más evidente cuando, ya grandes, queremos comenzar una relación de cero. Ambas partes están completas, hasta cierto punto y no tienen el beneficio de la plasticidad que da la juventud. Somos más rígidos, menos moldeables. Pero eso también puede ser hermoso. Hay obras de arte maravillosas que bien pueden ser partidas a la mitad y parecer completas, pero que se exponencian cuando están juntas.

Comenzar cualquier cosa nueva a la mitad de la vida es un acto de fe, amnesia y valentía. Es empezar de nuevo con la hoja ya escrita y hacer lo posible porque el dibujo se vea bien. Es agregarle capítulos diferentes a la novela. Es esperar que mi pieza encaje con la del otro. Pero, cuando se logra, es maravilloso.

Nada qué hacer

Tengo años durmiendo intermitente y probablemente eso seguirá siendo mi realidad durante otros más. No siempre es tan malo como anoche. A veces es peor. Pero, como decimos en casa, es lo que hay.

La verdadera felicidad es encontrar lo inamovible de la vida y moverse dentro, preferiblemente siendo útil. Cuando uno ve que ya no queda nada más por hacer, cambiar uno mismo es lo que toca. No vamos a quitarle lo mojado al agua, pero tal vez aprendemos a nadar.

No dormir es terrible. Espero compensarlo hoy en la noche. Nada más se puede hacer.

Contarte

Hoy domingo es el día de la madre y a mí siempre me ha causado un poco de inquietud esta celebración. En primer lugar porque mi mamá murió hace casi veinte años. En segundo, porque creo que soy una madre mediocre, si bien me va. Nada qué celebrar. He hecho lo que puedo con lo que tengo. Si yo les contara a mis hijos la cantidad de veces que me ha costado hacerles la comida, lavarles la ropa, ser amable, pensar antes de reaccionar… No me aproximo al ideal de una madre como esas de reels. Ni de cerca. Pero siempre los he querido y querido hacer lo mejor para ellos.

No quiero calificarlo de tragedia, porque es muy dramático. Pero la parte más irónica de crecer es que, probablemente, nuestros papás tienen la respuesta a la mayoría de nuestras preguntas. Y nosotros no se los creemos. Es una falla en el sistema. O tal vez no. No siempre aprendemos a hacer lo que debemos sólo porque nos lo dicen. El dolor del calor del fuego es más intenso cuando nos hacemos la ampolla.

Si yo pudiera contarle a mis hijos cómo vivir, les diría que amen sin límites y se dejen ir como gordos en resbaladero por la vida. O sea, que hagan exactamente lo que van a terminar haciendo. No he conocido a nadie que valga la pena que no haya cometido errores ni que no se haya gozado vivir. Y eso conlleva darse de cara en el suelo, romperse el corazón, ser feliz, llorar, todo. Contarle a mis hijos de mi vida es una tarea sisífica. Porque la sigo viviendo. Porque estoy aprendiendo a ser feliz de otras formas. Y porque no pienso dejar de hacerlo hasta que estén seguros que estoy muerta. ¡Feliz día de la madre!

Escapadas

Las palabras más suaves

son las más valientes al salir de la boca

porque si caen donde no las quieren

se rompen y no las volvemos a usar.

Una pequeña inconveniencia

Comenzar una relación nueva tiene todo qué ver con la amnesia y poco con la desconfianza. Uno debe olvidar qué se hizo en las relaciones pasadas y aproximarse a lo nuevo como eso, nuevo. Y tenerse uno confianza que las lecciones aprendidas sólo sirven para mejorar.

En cualquier situación, hay una curva de aprendizaje. Qué tan rápido la pasemos marca cómo nos sentimos después. El problema a veces es que, a más experiencia, menos flexibilidad y eso no ayuda para aprender. La mente de principiante es complicada mientras menos primerizos somos. Pero es esencial para continuar creciendo.

Creo que empezar algo de cero requiere mucha valentía. Y la disposición de sacudirse de las caídas inevitables, olvidando el dolor, no la lección. Porque quedarse estancado, es morir.

Entregas

Me da pena admitirlo, pero me cuesta a veces la relación con mi hija adolescente. Nos amamos, pero no presionamos todos los botones y terminamos enojadas y sin resolver. Me doy cuenta que me falta demasiado camino por recorrer para ser una verdadera buena persona y aún más para siempre ser buena mamá. Es un reto y no siempre estoy a la altura.

He leído que es necesario un poco de conflicto en la adolescencia para que los hijos se quieran ir del nido. La incomodidad saca a la calle. En la modernidad, esto se mira cada vez menos y no deja de ser antinatural que hijos adultos sigan en casa de sus padres. Tal vez se los hemos hecho demasiado fácil.

Me gustaría fluir más con la niña. Hay muchos túmulos en nuestro camino. Hay esperanza para su adultez, pero sólo si yo también me dejo. Un poco de entrega no cae mal.

Ser gentil

Uno sólo puede ser gentil, genuinamente gentil, cuando se tiene la capacidad de no serlo. Atropellar los sentimientos de alguien es demasiado fácil, sobre todo cuando somos débiles, o tenemos miedo. Las personas más dulces que conozco son las que tienen una columna vertebral de hierro.

Estoy aprendiendo. El carácter fuerte es firme, no duro. La gentileza puede más que la impaciencia. La dulzura es valiente.

Cuesta aprender que alzar la voz no convence. Y que poner límites no es agresivo. Bruce Lee decía que uno debe ser como el agua y vaya si el agua no es un elemento con fuerza.

Sin nombre

Hace años, encontré un grupo de libros en los que UNICEF describía con dibujitos los derechos de los niños. Entre ellos, el de tener un nombre. Desde cualquier historia de creación, ponerle nombre a las cosas ha sido, hasta cierto punto, llamarlas a la existencia. Es útil poder distinguir entre un venado y un tigre.

Les asignamos, no sólo características objetivas a las cosas cuando las guardamos por su nombre en nuestro cerebro. También cualidades abstractas. Más aún si la cosa es algo intangible, como una relación. Esa moda de no ponerles nombre a las parejas, es admitir que lo que hay es amorfo y, probablemente, no va a ninguna parte. Digamos que los títulos ayudan a tener un destino presente en el mapa y no dar vueltas sin sentido.

A mí me encanta aprender el nombre de las cosas y detesto olvidar el de las personas. No es que lo haga adrede, es lo que me pasa y, junto con el nombre, olvido quién es. Fatal. No me ha hecho mejor ese defecto y estoy viendo cómo mejorarlo. Lo que sí no dejo de hacer es buscar definir en dónde estoy parada con los demás. Porque prefiero saber si no hay camino hacia el futuro que creer que el piso resbaladizo y sin fondo sobre el que estoy tal vez me saque a un lugar bueno, cuando ni siquiera sé cuál pueda ser.