Tener hijos adolescentes es toparse con lo que uno ha sembrado durante años de crianza. Al final de los años más complicados, el hecho de conocerlos y platicar es el fruto de haber estado atento, dejándolos crecer, poniéndoles límites y siendo papá, no amigo. Es difícil. Lo que más me ha costado es darles espacio, cuando lo que quiero es tenerlos pegados como con goma de carpintero.
Los seres humanos somos los animales que más tiempo vivimos con nuestros padres. Porque nada tenemos de instintivo, todo aprendido. Y así, nuestra composición emocional, social, lógica, todo, tiene qué ver con esa voz interior que nuestros padres nos dejaron grabada. No quiere decir que no podamos trascender cualquier carencia. Simplemente es que tenemos un adn emocional y que nos toca navegar la vida con ello. Es lo que hay.
No siempre logro estas conversaciones. Nunca pienso que creen que soy su amiga. No es lo que quiero. Yo quiero ser su mamá. Sólo tienen una, al final del día. Y eso requiere un balance entre la distancia y la cercanía que todavía no termino de afinar. Para todas las metidas de pata, que seguro las hay en abundancia, está la terapia.
