La raíz del problema

En mi vida, he aprendido que es mucho mejor el desagrado que a veces provoca ser clara desde un principio a ese estado semi cuajado de incertidumbre. La vaguedad como costumbre es igual que tomar leche tibia.

Nos enseñan a ser amables. A ser educados. A cumplir esas normas de convivencia que hacen más fáciles las relaciones casuales. Pero pocas veces nos dan un espacio para la asertividad (uy no, qué grosero). Y conste que no se trata de no ser educado. Pero poner las reglas claras desde un principio evita que demos palos de ciego. A alguien siempre terminan rompiéndole la cabeza.

Aunque suene contradictorio, el ser transparente me ha permitido adaptarme mejor. Porque uno sabe la línea que no cruza, pero no sabe verdaderamente cuánto espacio hay antes de llegar allí. Y, si no gusta, es una interrogante menos.

El tiempo contado

Todos tenemos una cantidad de tiempo.
No sabemos cuánto.
Esa es la verdadera belleza de la vida.
Disfrutarla como si fuese eterna.
Valorarla como si se acabara en el próximo segundo.

Todo esto es puro cliché, dicho mil veces. Y tal vez por eso mismo cometemos el error en no hacerle caso. Yo estoy trade darle importancia a lo verdadero y perdurable. Y quitármela a mí

La vida ha sido extremadamente generosa conmigo. Puedo sentarme y apreciarla.

Un paso adelante

Todos los días tenemos la oportunidad de caminar por una vida incierta con la actitud que le pongamos. El camino no siempre lo escogemos. La compañía a veces se queda atrás.

No hay forma sin cliché de hablar de la importancia de lo que uno lleva en el interior. De esa capacidad de sentir todo lo feo que a veces nos sale naturalmente y de ponerlo en una caja para más tarde. De aceptar lo que nos viene de afuera como inevitable, pero enfrentarlo con valentía.

Sigo caminando. Sí me canso y me harto y reniego. Pero sigo caminando.

Seguir queriendo

Hace veinte años se murieron mis papás. No ha sido bonito seguir creciendo sin ellos. Criar hijos sin ellos. Tener necesidad de un hogar sin ellos. La correspondencia física se terminó. Pero no el cariño. Lo que yo siento, el amor, la nostalgia, cómo me hacen falta, todo eso sigue igual. Es más, creo que aumenta.

El amor tiene la particularidad de seguir creciendo. Cuando uno lo deja. Y eso es de las cosas más bonitas que uno puede hacer por uno mismo. Separar las razones que hicieron que uno cambiara el título de una relación, pero conservar el cariño, transformado.

Supongo que el amor es la forma más pura de energía, que no puede ser creada ni destruida, sólo transformada. Yo todo lo hago al extremo. Y, en vez de transformar amor por algo feo, prefiero conservarlo. Porque me hace bien. Porque me hace mejor. Y porque yo puedo decidir ser esa persona que sigue queriendo.

Basta un día

Ayer no pude ni tomar café porque no había luz. Se me trastornó por completo la rutina. Y eso que me ordeno bien desde hace tanto. Pero uno pierde el norte rapidísimo.

Eso de que la vida cambia en un segundo es especialmente cierto en los desastres. Pero también la hacemos cambiar de a poco con las cosas que reiteramos. Y allí es donde tenemos una medida de control sobre lo que nos pasa. Eso incluye volver a encarrilarnos después de perder el norte.

Hoy estoy tomando café como manda Dios. Y mañana haré lo mismo. Es la habilidad para reponerse lo que nos salva.

Quiero dos perros

Este año ha sido de cambios. Y ahora quiero dos perros. Tres, para ser sincera. Dos cachorros y una vieja.

Creo que se vale. Se vale tener cambios. Pérdidas. Recalibraciones. Y ahora quiero perros.

No ahora. En unos meses. Que haya distancia entre un acontecimiento y otro. Y que no sea un impulso.

Reactivo

Es chilero poder expresarse. No tanto cuando se olvidan los filtros. Y menos cuando es uno el que recibe esas expresiones. Mi mamá decía que las palabras tenían que pasar primero por el cerebro. Todavía no logro siempre que dejen de tomar atajos y salgan directo del hígado a la boca.

No estoy segura de coincidir plenamente con lo de que es más importante cómo se dice lo que uno dice. Me parece que es apreciar el regalo por el empaque. Y por el otro lado, los malos modos me pudren. Así que no me decido. Lo que sí sé es que, el conjunto de tono, volumen, expresión facial y contenido, son la bomba de comunicación que detona mis reacciones, para bien o para mal.

Así como la felicidad es un menor espacio entre expectativas y realidad, la paz está en agrandar el espacio entre recibir y reaccionar. Es en esos lugares de respiro que uno encuentra el camino para responder. Aunque uno se decante por la violencia, hasta allí vale la pena hacerlo de forma consciente.

Yo lo sé y no puedo hacer nada

El peor momento que tengo como mamá es ver lo que se les viene encima a mis hijos y no poder evitarlo. Yo ya pasé por los momentos incómodos de la adolescencia, las peleas, la impopularidad, el sentirse solo. Y también por reírme y sentirme a las puertas del mundo, y creer que todo lo sabía. El problema es que yo puedo conocer ese momento, y no les puedo evitar que pasen por el río turbulento si quiero que progresen.

Cuando son pequeños y uno toma tantas decisiones por ellos, es fácil creer que eso puede seguir en la impunidad. Pero si uno hace bien su trabajo, el chiste es soltarlos hasta que las decisiones las toman ellos y uno sólo sirve de escucha, de consuelo, a veces de consejero y siempre, siempre, de lugar seguro. Es lo único que uno puede hacer y, sinceramente lo único que uno debería querer hacer.

Entre uno que ya se va y la otra que vive del drama, yo me parto por dentro y los dejo por fuera. No porque no me importe, sino porque no puedo vivir sus vidas, por más que vea dónde están los obstáculos. Les toca a ellos mismos matar al dragón. O que los queme un poco en el proceso.