Me refugio en la rutina

La piscina estaba fría. Es diciembre, el sol no calienta el agua, menos genera suficiente energía para que alcance el exiguo calentador, hay viento que ondea la superficie y hace frío. Perro frío. Paso todo el camino pensando que no me voy a meter y termino nadando como perseguida. Es mi rutina. 

Igual así escribo por aquí, porque tengo otras cosas que quisiera escribir pero no me da la fuerza emocional y regreso a abrir esta página en mi navegador y a gastarme las doscientas palabras, un dulcito para aliviar mi ansiedad. Debería estar terminando un par de cuentos, sacándome emociones que no quiero sentir. Pero sigo aquí y ya escribí y con eso me doy por satisfecha. 

Lo mismo paso de un amanecer a otro para ir a los mismos sitios. La comodidad es un placebo adictivo. Un puente entre experiencias. Un tubo de agua en qué desplazarse sin tormentas. Pero todo se quiebra en algún momento y hay que salir a navegar al agua abierta y desconocida, porque la rutina no es más que una balsa y la vida una travesía que no podemos predecir. 

Mañana tengo cosas qué hacer. El jueves también. Y regresaré aquí a hacer lo que hago cuando no quiero hacer lo que debo. Hasta que se me rompa el envase de tanto usarlo y me toque hacerlo nuevo de nuevo.

Las metas que no se logran

Este año no tenía ningún propósito personal aparte de terminarlo. No suena a mucho, pero después del período 2016-2017 de mi vida, era suficiente. 

Me encantan las personas que se sientan a trazar las metas de su vida, con cosas concretas y planes detallados. Cuando se tiene un fin específico, se puede un concentrar en poner la energía y la atención a obtenerlo. El colegio, la universidad, un negocio, un contrato, todo eso es tangible y fácil de medir si se logra o no.

Lo mío en estos años ha sido efímero, abstracto, recurrente, insustancial. Ni siquiera puedo afirmar haber logrado algo más que despertarme todos los días. Escribir es otra forma de respirar para mí y no lo estoy contando como un logro. Haber llegado a diciembre con mi vida más o menos por el mismo camino que como lo empecé, sabe a victoria de ésas que se celebran en un cuarto sin fanfarrias. 

Mis metas tienen qué ver con que mis hijos crezcan sanos de cuerpo y espíritu y que se sepan amados. No sabré si lo logré hasta que yo ya no tenga influencia sobre ellos. También tienen qué ver con darme un espacio a mí misma para fallar. Aún no sé si sirve de algo más que para meter la pata, pero la terapia ayuda a no salirse demasiado. Y terminan relacionadas con crear lazos emocionales edificantes con personas a las que quiero. En este año nadie salió de mi vida y agradezco la compañía que he obtenido.

No tengo metas concretas. No sé ni siquiera si logro las que tengo. Pero ya viene otro año y toca volver a empezar con una rutina que tal vez me entregue alguna satisfacción al final. Aunque no lo mire. 

Lo que se hereda…

Ver a los hijos implica tratar de encontrarse en ellos. Mi madre decía que si los niños eran bonitos se parecían a mi familia y, si no, a la tuya… Pero más que eso, uno mantiene ese instinto de preservarse en algo concreto como la línea de la quijada o el arco de las cejas de otro ser que lo lleva a uno en sí. Tal vez es la única certeza que tenemos que vamos a trascender. 

La humanidad entera ha evolucionado para poder propagarse, aún a costa de la especie misma. Se dice que antes de ser agrícolas, teníamos vidas más interesantes, mejor dieta, mejor salud y más tiempo de descanso. Yo sí creo que mi cerebro no está hecho para andar tres horas en un vehículo de un punto conocido al otro todos los días. Ni siquiera estoy segura que estar sentada sea la posición ideal para mi cuerpo. Pero la revolución agrícola nos sirvió para poder tener más hijos y aumentar nuestro número. Ese imperativo de perseverar, multiplicarnos, replicarnos. 

El verdadero peligro para uno que tiene hijos es creer que su única función es ser pequeñas copias del original. Que les toca llevar alguna especie de estandarte que nos continúe. Antes se hablaba de preservar “el apellido” como si un conjunto de letras fuera importante. 

Yo sólo me maravillo haberle pasado algo de mí al exterior de mis hijos y me preocupo de lo que les pueda estar dando en el interior. Porque más que perpetuarme en ellos, quiero no pasearme y eso tiene mucho más qué ver con lo que les enseño que con lo que les he heredado. 

Sobre una banca

Esperamos noticias en un hospital

Le rezamos a la fe que llevamos dentro

Leemos un libro tomando un café

Un árbol nos cubre

pasan desconocidos

a quienes les inventamos vidas

nos sentimos solos

y te espero.

Regresar al papel

Durante mucho tiempo destruí todos mis libros. No en una pira apoteósica de censura ni nada tan dramático. Es más, no fuero con fuego, fue el agua lo que deshizo mis libros de la infancia/adolescencia. En casa y en esas épocas, los libros eran un lujo no esencial y comprábamos las ediciones que podíamos. O leía lo que me prestaban. Tal vez por eso tengo un gusto tan raro, porque crecí leyendo lo que tuviera a mano. Y siempre tenía uno en la mano, hasta para bañarme. Así terminaron todos mis libros hinchados de la humedad, vueltos a leerse una y otra vez.

Hay cosas anacrónicas, que trascienden la modernidad: el vino, la comida, el papel. Por mucho que parezca magia poder leer a oscuras en un dispositivo electrónico, el peso de una página que lo acerca a uno al final no tiene comparación. O tal vez es que estoy regresando a sentirme dichosa por poder tener un libro en la mano. Regresamos a lo que nos hace sentir bien, con la comida, con las personas, los lugares. Regresamos a cantar las canciones que nos dormían, leer los cuentos que nos transportaban, ver las películas que nos hicieron sentir algo. Tal vez por eso cuesta tanto salir de las cosas que conocemos, aunque nos hagan mal, porque allí sabemos qué pasa.

No teniendo nada seguro, saber cómo se mueve lo que tenemos alrededor calma. Por eso son tan importantes los ritos. Se repiten siempre igual. Pero los ritos para quedarse en el mismo lugar no sirven, debemos crear nuestras propias plataformas seguras para lanzarnos al vacío. Como los libros. Regresar al papel como una vuelta a casa, pero no volver a leer lo mismo. Y no meterme a bañar con ellos.

La integridad en los pedazos

He estado leyendo un par de libros de sociología, evolución genética/cultural y ahora uno de análisis psicológico de los diferentes mitos a través de la historia. Me están haciendo un revoltijo en la cabeza, porque se aproximan al hecho de ser humano de diferentes ángulos, uno igual de válido que el otro, pero distintos. Es interesante ver cómo agarran diferentes pedazos y vuelven a armar la existencia, pero desde su perspectiva.

La “humanidad” como tal es tan compleja porque no se puede partir y observar como se hace con un hormiguero (aunque hay algunos socio-biólogos que dicen que eso es exactamente lo que se puede hacer). Cada uno tenemos un sentir tan distinto de los demás, aunque en conjunto nuestra conducta sea predecible, que no hay una explicación global que satisfaga todas las posibilidades.

Tal vez la clave está en meterse adentro de uno mismo, destruir lo que no nos permite estar completos y navegar hacia afuera con un barco mejor equiparado. Para mí, esto implica terapia con alguien que me ayuda a entenderme, un círculo de personas cercanas que me halan las orejas de vez en cuando y el tratar de enriquecer mi vida con conocimiento y sentimientos. Difícil eso de reducirse al núcleo para no desarmarse por allí.

Calificación para opinar

No hay forma de dar una opinión totalmente objetiva, simplemente porque no existe tal cosa. Percibimos el mundo a través de lo que interpretamos con nuestro cerebro que nos dan nuestros sentidos y, allí adentro, aún no hay nadie más que nosotros. Hasta que la humanidad deje de ser lo que concebimos ahora y podamos compartir y mezclar nuestros inconscientes con otras personas, borrando lo que consideramos nuestro “yo”, no hay forma de traspasar la barrera de la subjetividad.

El mundo está para ser decodificado. Impulsos eléctricos, ondas auditivas y de luz, químicos aspersos en el aire y ya armamos lo que denominamos la realidad física. Ni los átomos existen de verdad, así como he interpretado esa marcianada física que están y luego desaparecen. ¿A dónde? Así es que cada uno se queda con una realidad desde la que opina, por mucho que abra la mente para entender a alguien más, sólo lo puede hacer desde sí mismo. No hay una multitud. Está uno. Y es ese uno quien cuenta qué le pasa y pasa por el filtro de lo personal todo.

Descalificar la realidad de alguien más porque no corresponde con la nuestra es ignorar que no hay otras que las propias y que desechar la experiencia de alguien más sólo es admitir nuestra propia limitación.

Quiero hacer de todo

Siempre me entusiasman los planes de salir. En teoría, escuchar música, bailar, ver gente, arreglarme, platicar, me parece de lo mejor. Paso la mayor parte de mis días sin hablar con adultos de cosas interesantes y, pues, oportunidades para socializar son bienvenidas. Hasta que llega el día y no quiero.

Puede ser que me queden las ganas de salir porque no fui muy parrandera de joven y tengo amigas que sí lo fueron y me dan ganas de compartir esas experiencias. Pero me estoy dando cuenta que mi naturaleza no es de mucha juerga y estoy llegando a aceptar con más tranquilidad que no la necesito, porque lo mío no es eso. Prefiero otro entretenimiento.

Es una revelación eso de conocerse a uno mismo y aceptarse con lo que le gusta y lo que no, sin tener vergüenza que no sea necesariamente lo que hace y disfruta el resto de la gente. Lo nerda no se me ha quitado desde que nací y dudo que los años lo borren. No es una cualidad que se preste para salir y desvelarse.

Lo bueno es que tengo amistades que sí me sacan de vez en cuando a que me dé el aire de la noche y me aceptan que tome una mineral y regrese temprano a mi casa.

Tal vez la próxima fiesta sí salga.

En los espejos

Es más moderno el vernos al espejo que en los ojos de los demás.

Tal vez por eso la imagen que nos devuelve no concuerda con la de nuestras mentes.

Al final del día, el reflejo en alguien que nos mira es mejor medida.

Expectativa/Realidad

Ayer pusimos (uso esa persona del verbo con más fantasía que realidad) el árbol de Navidad en casa. Primer año que compro adornos nuevos desde que me casé y estaba muh ilusionada, con visiones de obras decorativas tipo Martha Stewart. La realidad es que el pobre está inclinado, parece lisiado de guerra con vendas por los listones y la proporcionalidad de las bolas es sólo una aproximación.

Hay una trampa en las expectativas: se parecen a los planes, pero nos decepcionan. Creo que queda en la rigidez del resultado, la imagen fija que tenemos de algo en específico que nunca, o muy pocas veces es lo que obtenemos porque siempre salen las cosas distintas.

Lo peor de todo ese proceso es que no nos quedamos contentos con lo que logramos, comparándolo siempre contra el ideal fantasioso que sólo existe en nuestra mente. Los planes están bien. Creo que no podemos pasar la vida a la deriva. Pero también nos sirve un poco de flexibilidad y de cariño hacia nosotros mismos.

El árbol no puede salir en una revista de decoración. Pero sí puede estar en mi casa y, ya encendido, a mis hijos les gusta. Tal vez me salga mejor el otro año.