Cuando se vuelve normal

Hablar de normalidad es peligroso. Se podrá hablar de comportamiento promedio con más propiedad, pero lo «normal» tiene demasiado qué ver con cada individuo. Porque a la gente la parece marciano que yo me despierte a las 4 de la mañana a hacer ejercicio y me acueste a las 8 de la noche, pero eso es lo que yo hago. Normal, en serio, no es un calificativo que sirva de mucho.

Pero no hay que descartar que hay comportamientos que se salen de la norma (son anormales por definición) y nos chocan. Hasta que se reiteran tantas veces que sustituyen lo anterior, para bien o para mal. Así vemos cómo hemos abolido instituciones milenarias como la esclavitud (al menos de forma legal). Lo. malo es cuando se fijan posiciones que no nos hacen mejores y ya las vemos como algo que debería suceder así.

Yo creo que hay ventajas de seguir las normas sociales y también en romperlas. Ambas posturas tienen consecuencias y hay que aceptarlas, porque no hay nada peor que tratar de hacer lo que a uno se le da la gana y no estar dispuesto a asumir el precio.

Mejor información

Detesto ir al médico. Peor si es para chequeos. Los exámenes de laboratorio me incordian. Y voy todos los años. Porque lo mejor que tiene nuestra medicina moderna es la detección.

Sería tan conveniente hacer lo mismo con el resto de la vida. Un pinchazo y uno ya sabe qué hablar en la terapia. O cómo tratar a los hijos. O qué camino escoger. Pero no. Toca tomar decisiones con poca información y hacerle ganas a las consecuencias.

Ya llegó el mes de hacerme exámenes y no lo voy a postergar. Me caen mal por incómodos. Supongo que la alternativa es peor.

Sin recubierta

Me acaban de decir, como cumplido, que mi hijo es igual de claro y directo que yo. Lo aprecio porque nunca hemos confundido la claridad con la grosería.

Da una medida enorme de seguridad hablar con alguien que uno sabe le va a decir la verdad, aunque no sea lo que uno quiera escuchar. Así se aprende qué tipo de comida le gusta, o cómo prefiere que le digan. No hay necesidad de mentir si lo que quiere la otra persona es conocerlo a uno. Nos evitamos ambos gastar energía.

En casa somos brutalmente honestos. Con el cariño que debe llevar cualquier comentario. Y caminamos sin dudar que pisamos terreno firme.

Qué alimentar

Tengo que dejar de seguir a cirujanos plásticos en IG. Porque todo tiene filtro y yo quiero todo. O comida, que sólo se me antoja y al final no como. O joyería que no voy a comprar. Creo que debo seguir más paisajes y flores. Cosas que, en este momento de mi vida, le den de comer a mejores cosas dentro de mí.

El algoritmo tiende a replicar exponencialmente lo que vagamente nos llama la atención. Y no siempre es lo bueno. Es la versión digital de seguir explorando la caries con la lengua para ver si todavía duele.

Así que voy a dejar de ver rostros perfectos. Porque el mío no lo es y ya estoy cansada de compararlo.

Lo que uno siente

Celebramos la graduación del colegio del mayor. Estuvo lindísimo. Ha tenido la bendición de compartir vida con un grupo maravilloso de chicos y nos la pasamos demasiado alegre. Yo no soy muy efusiva en mis declaraciones sentimentales, pero les escribí unas palabras a los amigos de mi hijo y a sus papás. Porque hay ocasiones en los que uno tiene que ser extremadamente claro en lo que siente.

Tal vez tendemos a ser más fáciles para decir lo que nos molesta. Como si hablar bonito y expresar cariño fuera demasiado frágil y nos fueran a romper. Obvio tirar una piedra no es lo mismo que enseñar el corazón a riesgo que se lo lastimen a uno. Pero el riesgo es peor, es quedarse con todo lo bonito pudriéndose por dentro por falta de aire y de luz.

A los míos les digo que los quiero, tal vez no muy dulcemente, pero lo hago. Más ahora. Abonar esa parte es más importante que cualquier otra cosa en mi vida.

La raíz del problema

En mi vida, he aprendido que es mucho mejor el desagrado que a veces provoca ser clara desde un principio a ese estado semi cuajado de incertidumbre. La vaguedad como costumbre es igual que tomar leche tibia.

Nos enseñan a ser amables. A ser educados. A cumplir esas normas de convivencia que hacen más fáciles las relaciones casuales. Pero pocas veces nos dan un espacio para la asertividad (uy no, qué grosero). Y conste que no se trata de no ser educado. Pero poner las reglas claras desde un principio evita que demos palos de ciego. A alguien siempre terminan rompiéndole la cabeza.

Aunque suene contradictorio, el ser transparente me ha permitido adaptarme mejor. Porque uno sabe la línea que no cruza, pero no sabe verdaderamente cuánto espacio hay antes de llegar allí. Y, si no gusta, es una interrogante menos.

El tiempo contado

Todos tenemos una cantidad de tiempo.
No sabemos cuánto.
Esa es la verdadera belleza de la vida.
Disfrutarla como si fuese eterna.
Valorarla como si se acabara en el próximo segundo.

Todo esto es puro cliché, dicho mil veces. Y tal vez por eso mismo cometemos el error en no hacerle caso. Yo estoy trade darle importancia a lo verdadero y perdurable. Y quitármela a mí

La vida ha sido extremadamente generosa conmigo. Puedo sentarme y apreciarla.

Un paso adelante

Todos los días tenemos la oportunidad de caminar por una vida incierta con la actitud que le pongamos. El camino no siempre lo escogemos. La compañía a veces se queda atrás.

No hay forma sin cliché de hablar de la importancia de lo que uno lleva en el interior. De esa capacidad de sentir todo lo feo que a veces nos sale naturalmente y de ponerlo en una caja para más tarde. De aceptar lo que nos viene de afuera como inevitable, pero enfrentarlo con valentía.

Sigo caminando. Sí me canso y me harto y reniego. Pero sigo caminando.