Muebles en todas partes

Me he mudado de casa las veces suficientes como para tenerle respeto. Desarmé la casa de mis papás en la que encontré hasta recibos de mi colegio cuando iba al Kinder. No puedo asegurar que no acumulo cosas, porque hay una bodega llena de telas que compró mi mamá y que no me decido limpiar. Veo los muebles que me rodean, una mezcla de míos y antiguos, cada uno en el lugar que me gusta. Cuesta moverlos de su sitio, porque me cuesta el cambio. Siento que me voy a equivocar de forma irremediable, que le voy a quitar un apoyo al universo. Como si no fuera tan fácil volverlos a cambiar. Tal vez es porque me siento completa, aunque me haya roto tantas veces.

Encontrar el lugar donde uno pertenece y poder llevarlo dentro, creo que allí está todo lo que se debe aprender. La habilidad de respirar y ver todo, sentirse parte de algo. En mi caso, es cerca de la risa de mis niños, frente a una página que lleno de palabras, la música que colecciono y lo que pasa detrás de mis párpados cuando duermo. La vida, como escribí ayer, definitivamente no me ha sido fácil, pero hoy, sentada en un sillón que me gusta, con el gato al lado y un libro a medias, es bella.

Todo tiene modo

Leí hace poco en un tuit que la vida es bella, no fácil y sentí que me habían revelado una de las verdades más verdaderas del mundo. Y es que sí, ni los partos son fáciles. Sin embargo, no todo tiene que ser innecesariamente complicado, pero nos lo hacemos así. Las cosas tienen un modo de hacerse y uno tiene la forma propia de hacerlas. Así, una receta lleva pasos que se siguen, los entrenos llevan rutinas, la vida avanza de cierta forma y salirse del orden siempre acarrea un esfuerzo extra, primero, para quitarse de la velocidad que ya lleva el impulso y segundo, para encontrar la otra dirección.

Todo tiene un modo, el trazo probado una y otra vez. Hasta que ese modo ya no sirve y hay que encontrar otro. Porque el camino ya tiene muchos baches, porque ya la misma forma se complicó de tanto usarla o, simplemente, porque ya nos aburrimos. Allí nos toca pesar qué nos importa más, si irnos rodando en bajada o tratar de acarrear la piedra.

Aprendí a no hacer nada

Mido mi vida por lo que hago en el día. Que si la comida, el ejercicio, los niños, lo escrito. Lograr cosas se vuelve el parámetro de lo que valgo. Y, claro, uno demuestra lo que puede, con lo que hace. Pero nunca es suficiente.

Llega el día en el que uno aprende a ser. Eso. Nada más. Y eso basta.

Hoy fue uno de esos días en los que logré estar. Todo lo que salió de allí, la comida, el pie de manzana, ordenar clóset, ver pelis con los míos, fueron las consecuencias. Fue suficiente. Y más.

Te voy a doler

Las palabras con filo

que lanzo de mi boca

tu corazón el blanco

mi puntería certera.

Las palabras redondas

se me caen como piedras

que transporto a prisa en una carreta

sin la intención de dañar. Un accidente.

Las palabras escondidas detrás del silencio

no quisieron salir a decirte

que lo sentí mucho

que tenías razón.

De todas las palabras que duelen

y que he dejado me salgan de la boca

vivas por el aliento que cabalgan

las peores siempre son “ya no”.

Cosas que nunca quise que supieran

Te va a doler. La rodilla cuando te caigas. El estómago cuando comas mal. La consciencia cuando mientas. El corazón cuando te lo rompan. Te va a doler y no hay nada que yo pueda hacer parar evitarte el dolor que tiene la vida para ti.

Hay gente que te va a hacer daño. Los que tengan la intención, esos monstruos que acechan las esquinas de cada interacción virtual a la que tienes acceso ahora. Pero también gente que conoces. Hasta las personas que quieres y te han querido, pueda que te hagan daño sin querer (o queriendo). Te van a lastimar y fallar y herir. Y vas a poder salir del asunto con más o menos una colección de cicatrices que sanan.

Tú le vas a fallar a alguien. A mí, a la maestra, tu jefe, tu pareja. Lo vas a hacer con toda la gana de hacerlo o vas a cometer un error y verás la decepción en los ojos de las personas que te importan. Espero que eso te sirva para no volver a cometer el mismo error. No te preocupes, siempre hay nuevos para estrenar.

El mundo está lleno de cosas horrendas y no quisiera que tuvieras contacto con ellas. Pero tratar de protegerte, de esconderte, es negarte la posibilidad que encuentres todo lo maravilloso que sí existe. Así que tendremos estas conversaciones muchas veces. Aunque me cuesten tanto como hoy.

Las cosas que he aprendido

En la olla de cocimiento lento tengo lo que, después de horas y horas al calor, se convertirá en la salsa verde que le gusta a mi gente. O no. Porque estoy aprendiendo a hacerla y, a pesar de lo metódica, nunca apunto qué le pongo a las cosas como la salsa verde. Termina gustándome mucho y a la siguiente vez, me gusta igual, aunque no sepa a lo mismo.

Los martes lavo las sábanas y toallas y los jueves la ropa. Para eso sí tengo un orden que no falla, porque el resultado tiene que ser el mismo con la menor cantidad de pasos posibles. No he aprendido a doblar las sábanas con elástico…

Escribimos la libreta de tareas del día siguiente con el niño todas las noches, yo, que nunca he llevado una agenda en mi vida. Y he aprendido a no levantarme temprano los domingos.

Entre tantas cosas nuevas que he aprendido en estos meses, no llego a entender todo lo que me falta, como más paciencia y menos impulsividad. Tengo que aprender a escuchar con empatía las emociones de mis hijos aunque me parezcan desproporcionadas. A darme más espacio para no reaccionar sin pensar. Y a doblar esas cochinas sábanas con elástico.

Confirmaciones dudosas

El sábado, la niña me dijo que había muerto la Reina Isabel, cosa que no es cierta. Hay cosas que se deben corroborar, el problema es cuando el lugar a donde uno va, es el mismo del que salen las mentiras.

Pasa igual con nuestros sentimientos. Nos dicen que algo es de cierta forma y les volvemos a preguntar. ¿Cómo nos van a decir qué hacemos si no hay manera de saber si son ciertos?

A la par de eso, considerando que toda apreciación de la realidad es necesariamente subjetiva, lo único inobjetable es lo que uno siente. Y así nos dejamos navegar por la vida. Hasta que aprendemos a examinarnos ¿de verdad eso es lo que me está pasando? ¿Segura que tengo hambre, no sólo es aburrimiento? Y pasa. Muy seguido.

Al menos para noticias como la de la Reina, sí puedo ir a Wikipedia.

La noche de domingo

Hay un pozo sin tiempo que sucede todas la semanas. Principia el domingo a las 4 de la tarde y no termina nunca, hasta que, ¿milagrosamente? es lunes. Los atardeceres en esos días se alargan, porque las noches se pasan en desvelos. No sé si sea el exceso de comida, el antojo de pizza que nunca se sacia, el tomar vino con cautela porque mañana nos despertamos temprano.

Es una estación entre dos ciudades concretas y nos deshacemos allí en el no-estar. Tal vez por lo mismo es el día que como sin pensarlo, vemos películas viejas y nuevas todos juntos, ocupamos un espacio reducido y nos hablamos mal. Queremos comprimir en este día místico toda la atención, el descanso y la comida que no le pusimos a los otros días. O se nos hace evidente que ya termina otra semana y que se nos acumula la vida que debemos.

Mando a los niños a dormir temprano y trato de hacer lo mismo. El tiempo gelatinoso se evapora y me va a dejar al fondo, toda pegajosa de lunes.

En medio

Quiero sentarme

en medio de un subibaja

el punto en donde nada se mueve.

Estar dentro de la tormenta

ver el mundo caerse a mi alrededor

pasar sin mojarme.

Quiero caminar sobre la llama ardiendo

mis pies tocar las brasas

sin sentir el calor.

Despojarme del ir y venir

de la marea que me mueve

quedarme quieta

y dar un paso al frente.

El tedio

No hay espacio emocional más peligroso que el aburrimiento. Es ese vacío que uno sólo llena de cochinadas y, en estos tiempos, estar ocupada no es sinónimo de estar entretenida. Hoy en especial me da pereza hasta tener hambre y quiero cambiarlo todo, la rutina de ejercicios, mi pelo, la ropa, el clima. Tal vez sea que no he podido salir al sol (no entiendo a la gente que prefiere los días nublados), o que no he podido salir a nadar, o que no he podido salir. Y van a pasar más días en lo mismo, así que, hacer cambios es imperativo.

Siempre caen bien los cambios cuando las marcas que deja la rutina ya son demasiado profundas. Las ruedas no caminan bien y se traban sobre los rieles ya conocidos ad nauseum. Así que, o reimagino mis días para que me sean menos aplastantes, o me dejo caer en la miseria de la nada. Y qué aburrido eso.