Un poco más

Salirse de la rutina hasta donde no la perdamos. Tal vez ése sea el verdadero secreto de las escapadas. Todo lo que me gusta que no hago siempre, como comer mucho, me aleja del aburrimiento y me hace añorar la constancia. Por eso hago ejercicio hasta de viaje y trato de seguir cierto orden. No suena necesariamente alegre, pero no me da miedo el aburrimiento.

Para no desviarme tanto que no encuentre el camino, me alejo sólo un poco de la ruta. Hago los cálculos de cuánto me pueda tomar regresar a mi vida normal. Y tomo las decisiones que quiero. A veces no con los mejores resultados.

Tal vez un poco más.

La belleza

Todo lo que sé de la belleza

se lo aprendí hoy a un plátano maduro

pasado de viejo, de mal color y peor aspecto

sin posibilidad de salir en una portada

atrás sus días fotogénicos

arrugado, si tuviera ojos, los rodearían surcos

no le quedaba nada de firme

más cercano el ataúd de la basura que el árbol de su nacimiento

totalmente inapetecible, por fuera,

pero un tesoro de dulzura por dentro

perfecto para comerse entre risas de almuerzo

bello, inmensamente bello.

Las últimas veces

Tomando café, después de almuerzo, tuve un pequeño momento de nostalgia futura para cuando el mundo vuelva a «funcionar» y esos momentos de intimidad ligera se nos desvanezcan de nuevo entre el tráfico. Mala costumbre esa de arruinar el ahora por su posible desaparición mañana. Lo cierto es que, de todo lo que hacemos, tenemos un número finito. De lo bueno y de lo malo. Es la verdad de la muerte, que nos va quitando días sin parar una sola vez a considerar que tal vez necesitemos otro para darnos cuenta que sólo ése nos queda.

Apreciar el trago de agua fresca que nos quita la sed toma un cierto ejercicio de estar presentes que a veces da pereza hacer. Es más fácil dejarse rebasar por la existencia de todos los días. Como cualquier hábito, hay que instalar una cierta atención y decidir continuar haciéndolo todos los días, hasta con las cosas pequeñas.

He encontrado dos formas de recuperar mi capacidad de asombro por la vida, la de un miércoles cualquiera a las cuatro de la tarde. Una, verla a través de los ojos de mis hijos, quienes están estrenándose en muchas cosas y que me ayudan a reconsiderar sus experiencias primeras. La segunda, considerar que pueda ser la última vez que haga lo que estoy haciendo. Cualquiera de las dos cosas me reenmarca (sí, palabra inventada) el momento y puedo disfrutarlo. Termino el día con pequeños cuadros muy vívidos que puedo archivar bajo «viví». No hay cosa mejor que pueda hacer.

Un tiempo aparte

Todo pasa en el momento que debe. Si es cierto o no, da lo mismo. No tenemos opción. Los minutos se suceden, dicen ellos que siempre a la misma velocidad, aunque yo dudo un poco de eso. Nunca es tan pegajoso el transcurso de un momento como cuando hay dolor ni tan resbaladizo como cuando hay placer. Podría deberse a que nuestros propios corazones se aceleran. Observo desde lo que puede ser la mitad de mi vida los años que pasaron y cómo se repiten sobre mis hijos. Hay diferencias enormes entre la edad que tengo y gente diez años menor. Puedo ver las marcas que se acentúan cada día y me sé envejecer. Está bien, tendría qué durar un poco más de tiempo en buen estado hasta que ya todo se me desborde. Lo bonito es que parezco una pieza rota y vuelta a armar con un poco de imaginación. No todo caza como cuando fui nueva, pero hasta las grietas se miran bien. Fueron reparadas con esmero.

El filo

La cosa más importante en una buena cocina es tener cuchillos con filo. De ese que corta una hoja en el aire. Es más seguro manejarlos cuando se deslizan sin esfuerzo al cortar, se hace menos presión y hay mucho menos riesgo que se resbale y adiós falange. Parece un contrasentido, pero es cierto. Claro, para tenerlos así, hay que darles mantenimiento, porque el mismo uso los va limando. Tomarse un momento para pasarles la piedra también es un acto de cariño.

Lo mismo pasa con la atención, que debe ser enfocada hacia las personas que queremos. Fijarnos en nuestra gente es indispensable para mantener frescas las relaciones. Cuando diluimos el interés, se nos escapan cosas importantes que luego nos pueden lastimar. Por supuesto que toma tiempo detenerse a fijarnos. A regresar a escuchar la voz que nos dice que nos quiere, a dar un beso por las mañanas al despertar a los niños, a ver los ojos que nos pierden. La alternativa es el desvanecimiento en el más aburrido de los casos y el derrumbe en el más aparatoso. Ninguna de ambas opciones es buena.

Yo uso la piedra de afilar navajas que era de mi papá. Les paso los cuchillos con mejor filo a mis hijos cuando me ayudan en la cocina. Y me tomo una pequeña pausa para recordar qué es lo que me tiene feliz en donde estoy.

Preparar

Las cosas que más ricas me salen son las más simples. Requieren únicamente dedicarles tiempo. Como la salsa verde que pasa un día y medio en la olla de cocimiento lento. Yo no necesito estar allí, pero sí hay que planificarse para no sacar la panza y que no haya salsa en qué cocinarla. O cuando quiero comer arroz frito con ajo, sé que debo hacerlo una hora antes, al menos y ya teniendo el arroz cocido. En general, lo que cocino necesita más tiempo y dedicación que ingredientes especiales.

Hay momentos extraordinarios en nuestras vidas que ciertamente nos dejan los recuerdos tatuados. Para eso hay fechas apuntadas en calendarios. Pero si nos ponemos a contarlas, no son ésos los días que forman la mayor parte de nuestras vidas. Éstas transcurren más bien entre momentos que tendemos a dejar pasar como agua tibia entre las manos. No nos marcan.

Al final es lo mismo darse cuenta del aire que entra en nuestros pulmones y hacer el esfuerzo por darle la importancia que tiene, que hacer un buen huevo estrellado. Ningún cocinero que se precie de serlo puede darse el lujo de hacer mal los huevos, por muy sencillos que sean. Debería uno tener el mismo cuidado y planificación para los momentos de siempre.

Más de un color

¿Has visto el azul imposible

del cielo antes de sacar a jugar al sol?

Te enseña la profundidad del universo

el momento cuando estalló.

Salieron todos los colores y ese azul.

No se puede pintar, ni poner en una tela.

También el del mar frente a la playa negra,

cuando está revuelto y no sabes si es gris,

o trae todo el verde del mundo,

mezclado con sal, arena, deseo de romper.

Tal vez ese es el color de la muerte, bello, frío, un poco sucio.

El anaranjado del fuego sobre la madera,

todo calor, peligro, huele a noches juntos.

Y luego está el color que se va,

cuando tú no estás.

Liberar

El último tatuaje que me hice es mi mantra: “El control no es poder”. Me ha costado dolor, desvelos, pérdidas y años aprender qué significa. Hasta que entendí a soltar la ilusión de quererlo todo ordenado y planificado. Las cosas se deben preparar, claro, pero también dejarlas ir. Como una buena salsa verde que lleva los mismos ingredientes básicos con las variantes del día.

La base, lo fundamental no cambia. Pero dudo que un árbol, hasta el de raíces más profundas, pueda y quiera saber exactamente hacia dónde se tuerce cada una de sus ramas. Se vale liberar la necesidad de tenerlo todo de cierta forma.

Me permito cambiar la receta de mis cosas. Puedo hacerlas ricas siempre. Allí está mi poder.

Racional

Hago muchas cosas que parecen no tener causa. Pero si lo escarbo un poco, todo tiene un fundamento. No es siempre el mejor ni el más racional, pero algo de sentido me hace.

En muchos casos, tomamos decisiones emocionales y las vestimos de consideraciones lógicas: yo quiero comprar x o y porque tiene estas ventajas, cuando la verdad es que lo compré porque me gusta el color. No todo debe ser algo tan pensado como para escribir una defensa de tesis. Pero en nuestra vida diaria, encontrar las causas sí es importante. Porque tal vez no estamos haciendo lo mejor para nosotros y no entendemos por qué.

Personalmente, todo lo que hago tiene lógica. Y siempre es bueno encontrarla. Aunque la misma no resuene con los demás.

Mal hechas las cosas buenas

Debo confesar que es primer año de mi vida que forro libros y cuadernos. Mi mamá me hizo los míos siempre y Glenda hizo los de los niños hasta este año. Cómo la extraño… Sobre todo porque me quedan horrendos. Tres cuadernos parecen forrados por un niño de dos años. El resto por uno de diez. No, mentira, mi hija de diez años forró mejor sus cuadernos que yo.

Pero lo estoy haciendo. Hay cosas que mejor terminar, no importa el grado de excelencia, porque ponerse tikismikis sólo impide el progreso. El chiste es que los cuadernos estén protegidos. Lo están. Que tengan cierto color. Lo tienen. Y que los tenga ya. Ya estuvo ya. Desgastarme en la perfección de cosas que no la valen, me quita demasiado espacio emocional y ya de por sí ése es escaso.

Las cosas buenas, como dedicarle el tiempo a mis enanos para forrarle sus libros, hacerles comida, escucharlos, pueden no ser perfectas todo el tiempo. Pero tienen qué hacerse de forma constante para compensar las burbujas de aire y las arrugas en el forro. Espero. Si no, ya tendré el siguiente año para volver a practicar.