¿Como están tus conversaciones? ¿Te dejan agotada o con ganas de más? ¿Tienes que pensar de qué le vas a hablar para no molestar? ¿Fluyen? ¿Escuchas con interés?
Hablar, verdaderamente hablar con alguien no es botarle encima todas las ideas como si fuera un balde lleno de confeti y alejarse, satisfecho por ya no andar cargándolo. Implica mucho más estar callado. Arriesgarse a decir cosas que incomoden. Aceptar escucharlas. Estar abierto a nuevas ideas y preparado para plantear las propias con argumentos, no berrinches. Es abrirse, compartirse. Soltar la máscara. Ser vulnerable.
El mejor termómetro en una relación es la capacidad de hablar. De nadar en la superficie de las banalidades y sumergirse en la profundidad de lo que más guardamos. Es darle forma a lo que sentimos, a la relación, a lo que nos une y separa. Las palabras son los materiales con los que construimos nuestra realidad. Poder articular la vida la trae a la existencia, pero sólo si hay correspondencia entre lo que se siente, se dice y se hace. No se tiene eso con cualquiera. Pero es necesario hacerlo con los nuestros. Para hablar del tráfico, y nada más, está el resto del mundo.
