¿Eso querías?

Dejé de escribir tu nombre entre mis labios

solté el olor de tu piel

los recuerdos los borré frotándome los ojos

se ahogó tu voz con la música.

Llegué al final de lo común

me quedé en el borde de lo propio

deshojé las palabras que guardaba

sólo para ti

las dejé partir. El viento es codicioso.

Te dejé, sin esperarte,

sin voltear a ver atrás,

seguí tus instrucciones,

¿eso querías?

Siempre estamos al borde de algo

Hoy cumple años mi niño. Doce. Como con todo, nos gusta poner límites algo artificiales acerca de hitos de crecimiento: la adolescencia comienza a los 13, por ejemplo. Le digo «todavía eres mi niño» y se sonríe, con un barro en la barbilla y pelos asomándose entre su piel suave. Yo miro al bebé que arrullaba en un brazo mientras comía y se me traslapa con ese cachorro de elefante que ya casi es de mi tamaño.

Las líneas que nos trazamos para poder decir «la pasé» sirven para fijarnos. Muchas veces estamos tan distraídos viendo hacia delante que se nos pasa lo que tenemos al lado. Para eso celebramos cumpleaños, aniversarios, cifras importantes. Lo cierto es que siempre estamos a la orilla del próximo momento de nuestras vidas y vale la pena recordarlo en días ordinarios, que nunca lo son.

Así que, hijo mío, alguna vez que leas esto para volver a conocer a tu madre, ¡feliz cumpleaños! Eres una belleza de persona, por dentro y por fuera y te amo, desde el primer momento que supe que te llevaba dentro, hasta que ya no pueda amar más.

Las causas y las razones

Acabo de descubrir que siempre hay causas, pero no necesariamente razones. Las primeras se responden cuando se pregunta “¿cómo? o ¿cuándo?” las segundas cuando se hace la a veces inútil pregunta de “¿por qué?”. Cuando uno encuentra las causas, las razones dejan de ser importantes, porque uno puede corregir. ¿Cuándo me canso? Cuando no duermo, cuando como mal, cuando…

Me parece que aprendí una lección transformadora para mi vida. No importa por qué.

Nadie es el del espejo

Tomarme fotos es de todos los días. Con mis hijos, con los gatos, el patio con plantas nuevas, los zapatos… tengo una estúpida necesidad de documentar los días y no dejarme fuera, porque no tengo fotos de mi mamá, más que en ocasiones especiales y en ninguna de esas poses tiesas y forzadas está la mujer con quien yo reía a carcajadas.

Entonces me tomo fotos. Y pido a otros que me las tomen. Pero… no miro lo que miro en el espejo. Tengo la cara muy cuadrada y hago cara de espanto cuando sacan la cámara. O el teléfono distorsiona la imagen.

Ninguno somos a quien vemos al espejo. Porque esa imagen es estática y plana. Porque hay un filtro. Porque no podemos vernos interactuar con los demás. Debemos conformarnos con saber que lo que nosotros tenemos idea de lo que proyectamos, es una parte nada más. Así como no hay una sola persona en el mundo que nos conoce en nuestra totalidad. Es la naturaleza de nuestro carácter cambiante. Siempre es distinto y tal vez sólo tiene una esencia inmutable muy en su centro. Para eso, supongo, existe la terapia, para llegar a ese fondo.

Mientras tanto, debo aceptar que tengo la cara más cuadrada que en las selfies y que se me caen los cachetes.

No te entiendo

Muchas de las discusiones entre mis hijos y yo se deben a que no entienden por qué les pido las cosas. Lamentablemente no siempre tienen los años necesarios para hacerlo. Ni yo la paciencia para explicarme.

Frente a una posición opuesta a la de uno, vale la pena tomarse el tiempo para comprender al otro. No sólo porque cada persona tiene un punto de vista propio que puede ser igual de válido que el nuestro, sino que es imposible que alguien que no se sienta escuchado, escuche. No quiere decir ceder. Quiere decir atender.

Aunque al final los niños van a tener que hacer cosas que no entiendan por completo, mi propósito es explicarme mejor. Y comprenderlos a ellos.

La medida perfecta

Medimos el infinito en razón del tiempo

cuando es su total ausencia

no se puede medir algo

con lo que está dejando atrás.

Lo mismo el infinito

que concebimos como el espacio sin límites

pero que no podemos imaginar

sin la presión de encontrarle el borde.

Las cosas sin tiempo y sin espacio

son sueños que no terminan

hasta que despertamos.

Y la única medida perfecta

de distancia y tiempo sin límites

es tu ausencia.

Tener que tomar decisiones

Llevo ropa escogida el día anterior dos o tres veces por semana para bañarme fuera de mi casa. Me sucede muchas veces que saco ropa con un clima y al día siguiente hay otro. Lo cual me ha hecho salir con varia capas, casi dispuesta a afrontar cualquier temperatura. Pero… confieso que, parada frente a mi ropa, que ni siquiera es mucha, sí me quedo más tiempo del necesario tomando decisiones que no tienen la menor de las relevancias. Como la cantidad de pensamientos desperdiciados en si me corto el pelo o no.

Todas las cosas que escogemos cobran peaje de energía en nuestros cerebros, que no distinguen demasiado entre una cosa pendeja como qué zapatos ponerme, a qué carrera elegir. Se lleva un proceso de análisis de opciones y se trata de agarrar la mejor, siempre sabiendo que hay un margen para equivocarse y sufrir las consecuencias.

Las peores elecciones, además, no son entre una cosa buena y una mala, sino entre dos de igual categoría, pues es allí en donde no tenemos una inclinación clara. Obvio, la consecuencia de elegir mal el vestido es tener frío al día siguiente, no morir de hambre por no saber qué hacer. Pero igual quisiera no tener que tomar ciertas decisiones tontas todos los días, para poder liberarme y tener más energía y poder hacer mejor papel en las importantes.

Tal vez usar lo mismo todos los días no sea mala idea.

Mañana es miércoles

Y anoche no dormí. La glucosa de la niña horriblemente alta, tengo que pasar una serie de cosas para corregirla, hasta encontrar la razón del fallo de su máquina y la insulina. Dos horas y media después, decidí cambiarle algo en el set de infusión y ya todo se resolvió. El problema no es necesariamente la subida del azúcar, que sí lo es porque no es bueno para ella, sino el no saber desde un principio qué hacer.

Si en todos los retos que enfrentamos, tuviéramos siempre la respuesta adecuada a la primera, no serían tales. De algo valen los experimentos fallidos, los fracasos que enseñan y los golpes de rodillas. Nos dicen por dónde no irnos.

Prefiero empezar por lo simple y escalar a lo complejo, no siempre las cosas necesitan cirugía mayor, a veces sólo una curita y meterse a complicar el asunto puede resultar en un mayor estrago. El ejemplo de matar un zancudo con un martillo, se puede, pero no es lo más adecuado.

En este casi año que tengo de ir poniendo protocolos, ya son cada vez menos las noches como la de anoche y eso está muy bien, porque no aguanto muchas de éstas. Y se me ha quitado un elemento de angustia, porque sé que, aun cuando no tengo la solución de inmediato, la voy a encontrar.

Hay pocas cosas certeras en el futuro. Los problemas y la necesidad de resolverlos es una. Que mañana es miércoles es otra. Por ahora, mi cerebro no puede procesar mucho más.

Saber y saber

He leído y escuchado y hablado y probado mil maneras de llevar a los niños por una infancia productiva y feliz. Sé muchas cosas. A veces no me sirve de nada.

Para tocar un instrumento es necesario conocerlo en teoría. Y practicar y practicar y practicar. A costa de los oídos de todos alrededor. Se equivoca uno muchas veces, masacra la música, vuelve a intentar. No siempre se alcanza la excelencia, pero siempre, con perseverancia, se puede sacar al menos una canción bonita.

Estoy haciendo escalas con mis hijos. Probando y probando. Con la mejor de las intenciones y con todo lo que puedo aportarles. Estoy segura que no siempre van a sonar bien. Pero espero que alguna vez sean una linda melodía.

Las cosas buenas

Fue una semana movida en cuanto a desastres de disciplina con los niños. Ambos perdimos los estribos y eso creo que no debería suceder, pero es lo que pasa y ya.

Siempre hay espacio para cagarla, como ahora mismo que acabo de decirle a la niña que me espere porque estoy escribiendo. Supongo que los psicólogos no tendrían trabajo si no existiéramos los padres. Pero me di cuenta que hay momentos que marcan aún más: los de la recapitulación luego de los desastres. Después de un buen pleito, un hámster muerto y dolores de cabeza, logramos tener un almuerzo en paz, con muchas cosas por hablar.

Cuando al fin se logra tomar consciencia de lo que sucede y sacarle las lecciones, es el momento de agradecer. Yo agradezco que mis hijos miran mis defectos y cómo trato de compensarlos. Nadie somos perfectos (salvo mi madre, que ya está muerta) y sacarle provecho a las lecciones derivadas de lo malo nos puede reivindicar.

Seguimos un poco con dolor de cabeza y seguro los niños tampoco tuvieron un domingo ideal. Pero terminamos la semana con una buena dosis de carcajadas.