Lo mejor que he hecho
es quererte
y soltarte.
Lo mejor que he hecho
es quererte
y soltarte.
La niña me tiene nerviosa. Y sé que todo va a ser maravilloso. Pero me muero de la angustia.
Si uno se quedara sin hacer cosas simplemente porque tiene miedo, la humanidad no hubiera salido de su cueva. Tenemos dentro dos fuerzas igual de fuertes pero opuestas que nos han hecho la especie que somos: por un lado, la gana de estar cómodos; por el otro, la necesidad de explorar. Sin una de las dos, seguramente nos hubiéramos extinguido.
Las cosas se hacen. Indiferente de cómo nos sintamos. Y todo va a estar bien.
Estar con alguien que se interesa, implica contar. La vida, las creencias, los errores, los miedos. Uno entra en una especie de intercambio de experiencias y qué tan difícil sea tiene mucho qué ver con cuánto está satisfecho uno de lo que hizo.
El problema de creer que uno no volvería a cometer los mismos errores es que uno no entiende que tomó la mejor decisión disponible en el momento. Si volviera a pasearme por mi pasado, lo repetiría. Lo único que se puede cambiar es el futuro.
Aunque me dé vergüenza no haberme querido más antes, me tengo cariño ahora y me perdono. Sólo así puedo cambiar lo que viene.
Las cosas tienden a resolverse. No necesariamente como uno quiere, pero allí es donde vale la pena aprender a dejar ir. No el principio del asunto, sí la forma. Hay varias maneras de llegar al mismo sitio, todas con aprendizajes.
Ante los retos, las personas o se marchitan o florecen. Quisiera pensar que he aprendido a enfocarme en lo que importa. Que no vale la pena trabarse con lo que no salió como planeado. Que busco estar mejor, no necesariamente como me lo imaginé. Es un constante desafío para alguien que ha aprendido a que le gusta el control, pero que no sirve de nada.
Me encanta que me digan que todo va a estar bien. Y luego hacerlo que suceda. Porque, al final, todo lo está.
Y se llega el día cuando uno olvida hacer algo que viene haciendo desde hace 17 años, todos los domingos. Porque el día fue extraño. Porque me acosté tarde. Porque tengo la cabeza en otra parte. Por lo que sea. Pero se me olvidó.
Cambiar la rutina cae bien. Renueva las ganas. Da otra perspectiva. Y nos saca de lo usual. Aunque lo cotidiano sea como rieles que nos mantienen en camino, salirse de lo usual ayuda a apreciarlo.
Ya. Igual ya hice lo que me tocaba. No pasó nada malo. Sólo no pasó ayer.
Quiero que me lleves
a sentarme otra vez bajo ese árbol,
que me enseñes tu vida
y me la ofrezcas sin palabras
porque yo ya te di la mía.
Caminar solo es caminar más rápido
pero la velocidad no es lo mejor
se pierde el sentido del camino
que no es llegar a la meta, solo,
es haberlo compartido.
No hay horarios ni fechas fijas
todo se mueve al ritmo de una llamada
y, entre tanta incertidumbre,
yo sólo siento paz.
Pensamos que nuestras vidas no son lo suficientemente interesantes como para ser contadas. Las obras literarias tratan acerca de personas con historias gigantescas. ¿A quién podría importarle nuestra existencia? Pero esa vivencia común es lo que nos une como seres humanos. Además, cada uno tenemos nuestro propio punto de vista subjetivo.
Vivimos en sociedad para sentirnos acompañados. Y registramos nuestra existencia de alguna manera para sentirnos únicos. Y, entre esos dos extremos, está buena parte de lo maravilloso que es vivir.
No todo de nuestro día merece ser contado. Pero sí todo vale la pena vivirlo con intención e intensidad. La película de cada vida es, en su mayor parte, hecha para un público de uno. Más nos vale interesarnos.
Cuando llegamos a cierta edad, la vida nos ha quitado y puesto piezas, como un set de legos que no tiene instrucciones. Terminamos en un conjunto que puede o no ser atractivo, porque depende demasiado de cómo afrontamos esa manipulación y cómo mejoramos las deficiencias de donde no están los pedazos originales.
Esto es aún más evidente cuando, ya grandes, queremos comenzar una relación de cero. Ambas partes están completas, hasta cierto punto y no tienen el beneficio de la plasticidad que da la juventud. Somos más rígidos, menos moldeables. Pero eso también puede ser hermoso. Hay obras de arte maravillosas que bien pueden ser partidas a la mitad y parecer completas, pero que se exponencian cuando están juntas.
Comenzar cualquier cosa nueva a la mitad de la vida es un acto de fe, amnesia y valentía. Es empezar de nuevo con la hoja ya escrita y hacer lo posible porque el dibujo se vea bien. Es agregarle capítulos diferentes a la novela. Es esperar que mi pieza encaje con la del otro. Pero, cuando se logra, es maravilloso.