Durante toda la vida de mis hijos, he tenido el privilegio de estar presente. Detesto la palabra «sacrificio», porque implica una renuncia dolorosa a algo que me gustaría hacer más que lo que estoy haciendo. Es mejor decir que «prefiero» hacer algo. Y no es porque la maternidad y la domesticidad sean un camino sembrado de rosas en el que nunca sucede nada malo y siempre me sienta apreciada y recompensada. Puedo decir que cada vez que escucho la pregunta «¿Y qué haces?», se me retuerce el hígado. Y, también, cada vez que tengo un par de horas sin ocupación en mi día, me da cargo de consciencia, como si estar en constante movimiento fuera mi única justificación de existir.
La realidad es que me cuesta cuantificar mi valor como ser humano con las medidas de éxito actuales. No produzco nada. No doy ningún servicio facturable. No rindo cuentas de un trabajo con atribuciones claras. Y lo que hagan mis hijos en sus vidas va a tener tanto qué ver con cómo los he criado, como con las cosas que ellos mismos escojan. En blanco y negro, mi vida es un desperdicio. Pude haber tenido una carrera reconocida en mi profesión. Podría estar ganando mucho dinero actualmente. Y podría ser la persona menos trascendente de la existencia si hubiera tomado ese camino.
Cada vez tengo menos actividades en las que tengo que estar directamente involucrada con los niños. Cada vez son menos niños. Pero no dejo de ser una presencia importante. No dejan de buscarme para hablar. Y no dejo de morderme la boca y ponerme peso en los pies para no solucionarles la vida entera, porque lo que yo quiero es que no me necesiten. Raro eso de trabajar con la meta específica de volverse uno obsoleto. Mi vida ha tomado un giro en el que no me vi para nada hace veinte años. No es lo que yo hubiera querido, pero es lo que hay y tengo que adaptarme. Lo que sí me queda clarísimo es que tomé la mejor de las decisiones cuando preferí el camino que me tiene aquí hoy. Y eso, para mí, define mi éxito.
