Improvisación

Me encanta la improvisación. De lejos. Cuando lo hace otra gente con sus planes y su vida. Lo mío es la planificación. Esa que puede decir en una ciudad en la que nunca ha estado, cuál estación de tren y a qué horas. O en dónde comen los locales. Hasta dejo un día sin planes para poder planificar la improvisación. ¿No es así como se hace?

Es un problema de control. Nunca es suficiente. Y nunca es real. Tema recurrente en mi mente y en lo que escribo. Aprender a moverse con la corriente contra la que no se puede nadar, tomar un respiro y volver a intentar retomar la dirección original. O considerar nuevas metas a dónde llegar. Todo va cambiando con la vida y lo que hace veinte años me parecía importante, ya lo dejé atrás.

Improvisar, en el mejor de los casos, es tomar lo que le dan a uno y transformarlo en lo que uno quiere. No estar corriendo como gallinas sin cabeza (tan gráficamente satisfactoria esa imagen) sin el menor de los planes. Aunque a veces también es bonito no tenerlos.

Ver pasar el tiempo

Tengo dos niños. El mayor cumple 11 años hoy. Sin pensarlo mucho, fui a buscar fotos del niño de cuando era bebé. La sensación siempre me pega como un tanque. He visto en mi propio cuerpo cómo ha pasado el tiempo entre esa foto y ahora que ese bodoque casi tiene mi altura. Pero nada es tan fascinante como esa diferencia entre los niños pequeños y ahora que aún lo son pero ya no tanto.

Lo mejor de tener hijos, lo he dicho demasiadas veces, es volver a vivirlo todo como si fuera nuevo. No es que uno vuelva a la propia infancia, si no que acompaña a otras personitas a hacerlo y es grandioso. Se viven tantas vidas como a personas vemos crecer. Seguimos viendo el paso del tiempo en sus cuerpos y en su forma de ver la vida.

Yo no recuerdo mucho de lo que pasé de niña, supongo que es parte de lo que vamos aprendiendo. Pero sí he hecho nuevos recuerdos con mis niños.

El proceso que no termina

Leo en un curso que me hice tomar que el cuerpo es un proceso. Ilustran el punto haciendo ver cómo cambiamos de células cada cierto tiempo. A lo que yo le añadiría que, al final de nuestra vida, resultamos siendo más bacterias que humanos. Supongo que es poético, que vamos dándole aventón a otras cosas mientras nos renovamos hasta que se nos acaba la gasolina.

Pero tiene una trascendencia mayor el hecho de admitir que el cuerpo no es estático, porque nos permite ver cómo cambiamos y cómo hacernos cambiar a lo que queremos ser. Si fuéramos algo inamovible, ¿en dónde quedaría nuestra esperanza de mejorar, de crecer, de ser diferentes? Sería igual a no poder aprender. Sabiendo que aumentamos nuestro acerbo de conocimiento, modificamos la forma en la que percibimos la vida, acumulamos experiencias, deberíamos poder traspasar esa certeza a lo que puede hacer nuestro cuerpo. Tal vez necesitemos un poco más de cuidado, un tipo de reeducación para vernos de otra forma.

Yo, al menos, tengo la esperanza de conseguir una paz con este proceso y que me lleve de la mano, no arrastrada, hacia la evolución a la que todos debemos acercarnos. Nada es para siempre, pero sí sabemos que siempre cambiamos.

Quiero ser irresponsable

Recoger platos y sacar niños a tiempo y hacer ejercicio y cuidar lo que como. Porque tengo que ser vieja funcional, poder moverme sin ayuda y comer sin que se me caiga la comida. Trabajar para no ser un desperdicio. Escribir porque puedo.

No sé. A veces me dan ganas de agarrar mis brassieres favoritos y largarme a recorrer el mundo, viendo qué veo. Claro, lo digo desde la comodidad de un techo, comida, gente que me quiere y seguridad que me iré a dormir y despertaré en un lugar que conozco, con baño. El baño es importante. Tal vez sea eso lo que me detiene.

Habemos gente para todo. Admiro con algún nivel de envidia a las personas que se llevan a sí mismas a todas partes, sin pensar lo que dejan atrás, sin compartirse más allá del momento en el que están. Y que se van. Yo no sé irme. Siempre me quedo. Supongo que también se necesita de gente que sea útil. Funcional. Que sirva hasta que ya no.

Quisiera ser irresponsable, pero ni siquiera sé por dónde empezar, porque ni siquiera puedo dejar de escribir porque me toca. También en eso hay alguna magia.

Quiero ser frágil

Paseo un dedo por el surco que parte tu espalda

Se hunde en montículos que hacen bailar mi mano

Termina con un enredo de cabellos en un extremo

Y escondido entre dos montes en el otro

La fragilidad de tu cuerpo acompañada, pero no cubierta

¿Por qué algo tan importante no está escondido por completo?

¿Por qué puedo calcular en dónde dañarte cuando te acaricio?

Quisiera ser así de fuerte. Tan fuerte que pueda ser frágil.

Dejar las cosas como están

Jamás he vivido fuera de Guatemala. Sigo en la misma casa donde nací, aunque sí me he mudado varias veces. Una vez pongo los muebles en un lugar que me gusta, allí se quedan para eterna memoria. Soy de relaciones largas, afectos duraderos, ideas fijas.

Pero todo se me olvida, cambio de opinión varias veces al ordenar en un restaurante, dejo de ver a amistades que alguna vez fueron íntimas y he cambiado de color de pelo más veces de lo que me acuerdo.

Nos gustan las cosas estables. Que todo a nuestro alrededor no cambie, mientras nosotros no somos los mismos. Le hacemos odas a la nostalgia, épicas al pasado y añoramos lo que ya no está. Tal vez es porque sabemos que nada se queda igual. Siempre hay algo más, el aire es diferente, la luz cae en otro ángulo. O simplemente dejan de gustarnos las cosas como las dejamos.

Guardamos el recuerdo de lo que nos dio placer para no volver a encontrarlo igual. Eso es lo malo de las cosas que permanecen estáticas. Aunque lográramos ese conjuro particular, nosotros no somos iguales y jamás mojaremos los pies en el mismo cauce, por parafrasear lo del río y cruzarlo.

Podemos dejar las cosas como están, pero no se quedan así.

Yo no quiero ser coherente

O tal vez sí. Lo que pasa es que muchas veces es rico comer y quejarme que estoy gorda. O no dormir y llorar que estoy cansada. O volver a tomar las mismas decisiones y sorprenderme de obtener los mismos resultados.

Como seres humanos, buscamos muchas cosas sin querer necesariamente hacer lo que necesitamos para obtenerlas. Tal vez por eso nuestra fascinación con la magia. Sería fabuloso hacer conjuros y que apareciera lo que deseamos. En todas las culturas se habla de genios, anillos, brujas… y siempre se nos olvida que también eso se paga. Con sangre, con hijos, hasta con la misma obtención de lo anhelado.

La coherencia es una de esas cimas a dónde aspirar llegar. Y no hacer las de Sísifo y tirarlo todo justo antes de alcanzarla.

Diferencias irreconciliables

Mis hijos quieren ver tele todo el día. Yo no los dejo. Nuestras posiciones son opuestas, pero yo mando. No hay opción. Yo no quiero pasar mi vida en el tráfico. Me tardo media hora en dos cuadras. No hay opción. Entre mis amigas pensamos diferente acerca de distintas cosas y no por eso dejamos de tener relación.

Las cosas son y no son, depende del momento, porque todo fluye. Lo que queríamos hace veinte años, ni se nos antoja ahora. Las cosas en las que creíamos, ya no resuenan en nuestra cosmovisión. Y nuestros principios también mutan.

El momento para determinar que hay una diferencia de opinión que puede romper para siempre una relación depende totalmente de en dónde nos encontramos como personas. Qué difícil no aceptar que nos podemos adaptar (siempre y cuando no nos estén haciendo daño, claro), porque a veces dejamos mucho empeño en la situación y no la queremos soltar.

A veces simplemente no hay más qué hacer.

Por qué es importante lo banal

Nos despertamos, lavamos la cara, salimos a la calle, pasamos en el tráfico, regresamos a casa, comemos, platicamos, pensamos en lo que hicimos o vamos a hacer. Y, entre todo esto que no podemos poner en el libro de nuestra biografía porque aburriríamos a cualquier lector promedio, tal vez pensamos en una de esas cuestiones que cambian el universo. Vivimos sumergidos en la banalidad. En lo cotidiano. Es el cimiento de nuestra vida, que sólo a veces despunta en lo brillante. Nadie se fija en las bases de un faro, sólo en la luz que destella a lo lejos, casi despojada de un cuerpo que la sostenga.

La banalidad es esencial. Si no comemos, nos movemos, respiramos, no vivimos para hacer el poco de cambio que se supone necesitamos realizar en nuestras vidas. Es como construir las obras de arte según Goethe: 90% expiración, 10% inspiración. Nos tiene que agarrar trabajando cualquier cosa importante que queramos lograr.

Tal vez por eso me gusta escribir acerca de las cosas normales, de esos espacios que llenamos con la vida que tenemos, sin bombos ni platillos. El despertar en una cama compartida, el desayuno carrereado de las madrugadas con niños, el deseo constante de vernos diferentes al espejo. De eso está hecha nuestra vida en la mayor parte de nuestras horas y todo es importante, porque todo somos nosotros. Y sólo a nosotros nos importa.