Poseer el universo

El color de la noche que llevas en los ojos

absorbe la luz que sale de los míos.

Nos envolvemos en un olvido voluntario,

fuera de nosotros no hay nada más.

Juntos, tenemos al universo, porque nos tenemos.

Desperdiciar la genialidad

Me paso buena parte de mi día pensando en lo que voy a escribir, lo que estoy escribiendo, lo que quiero editar, lo que se me ocurre tuitear… Las ideas no siempre son lo suficientemente largas como para desarrollarlas en un artículo. A veces no dan ni para un tuit. Pero allí están y hay que atraparlas en el momento en que aparecen.

Se supone que Dalí pedía que lo despertaran cuando tuviera movimiento rápido de ojos (R.E.M.), para poder acordarse de sus sueños y pintarlos. Si es cierto, explica muchas de sus marcianadas geniales. Hay muchos artistas que se dejan llevar por algún tipo de estado alterado para crear. Los atletas de alto rendimiento hablan de estar en la “zona”.

Creo que la inspiración sólo se aprovecha cuando tenemos costumbre de hacerle un espacio. Yo escribo siempre. Todos los días. No siempre es bueno. No todos los días. Pero siempre estoy preparada para que alguna buena idea caiga en la red de mi cotidianidad y la pueda plasmar. Algo así como aprenderse las tablas de multiplicar para poder hacer ecuaciones de tercer grado.

Los mejores resultados no siempre los obtienen las personas más talentosas, sino las más constantes. Cosa difícil de aprender, porque uno sólo mira el resultado final de años de entrenamiento. Como ver la punta de un iceberg. Por eso trato de escribir. Alguna vez mi persistencia estará a la altura de un pensamiento genial. Y yo estaré preparada.

Posiciones complicadas

Yo hago yoga. No con la regularidad que me gustaría, pero procuro entrenar una vez a la semana y soy muy disciplinada para estirar bien los músculos después de cualquier ejercicio. Y, aunque hace muchos años lo hago, aún hay muchas posiciones que no me salen. Ni porque tuviera que salvarme la vida. El cuervo es una de ellas. Requiere mucha concentración (que medio tengo), fuerza abdominal (que sí tengo) y confianza (…). Estoy con la nariz a poco espacio del suelo y siento que voy a enterrarla. Sinceramente, no tengo ganas.

A veces nos encontramos en situaciones complicadas en nuestras vidas, que requieren de un set de habilidades que no necesariamente completamos. Que si tenemos empatía, pero no facilidad de comunicación. Que si sabemos manejar, pero no conocemos la dirección. Que si queremos besar, pero no tenemos con quién. Hasta para vestirnos necesitamos varias capas. Y no siempre tenemos la combinación correcta.

Creo que lo mejor que nos puede suceder es darnos cuenta que no es necesario hacer lo más complicado, sino lo que más nos conviene. Simplificar las relaciones sacando el drama que nos causamos con nuestras propias inseguridades y egos frágiles. Comer mejor porque regresamos a lo básico. Quitar capas de maquillaje. Buscar usar ropa más sencilla.

El problema viene cuando uno no es el que escoge, sino que la vida le pone el momento duro y no queda más que aceptar la complicación y hacerle ganas con lo que uno tenga a la mano. Así como cuando en la rutina toca hacer el cuervo y sólo queda intentarlo, rezando no partirse la cara.

Los pensamientos que consentimos

En días como hoy, en los que no se asomó el sol ni de casualidad, sueño con playas y hamacas y calor. Me visto como si quisiera que me adoptaran: pantalones flojos, camisas grandes, suéter de viejita. El pelo se me esponja como si fuera un gato asustado y ya no sé si tengo hambre o sueño o frío o qué. Entonces, me siento en una esquina del comedor y trato de sentarme en una hamaca a la orilla de una piscina, con una margarita en la mano, un buen libro en la otra, música que no es reaguetón y la posibilidad de un beso en la hamaca de al lado.

Pasamos mucho de nuestro tiempo despiertos, imaginándonos cosas. Tenemos conversaciones con gente que no está, planificamos cosas a futuro que tal vez nunca lleguen, nos escapamos a lugares fantásticos que sólo existen dentro de nuestras mentes… Creo que es parte de lo que necesitamos para tener alguna medida de sanidad mental. Hasta la forma en la que manipulamos nuestros recuerdos tiene qué ver en cómo lidiamos con nuestras vidas cotidianas.

Los pensamientos que consentimos, ésos que más queremos y sacamos una y otra vez, no son necesariamente los que mejor nos hacen. Porque a veces alimentamos todo lo que más daño nos causa. Sin fijarnos. Como si viviéramos con un monstruo adentro que sólo tenemos que dejar morir para que nos deje en paz, pero que, por cualquier tipo de incapacidad de contenernos, seguimos visitando y dando de comer.

A mí me cuesta muchísimo no hacer crecer todo lo negativo. Pero tengo mis refugios personales: un bosque, una playa, el recuerdo de la risa de mis hijos… Trato de sacarlos más seguido. Tal vez logre algún día olvidarme de la bestia que me lastima cada vez que le pongo atención. Comenzaré con buscarle un bozal.

Vulnerabilidades inesperadas

Supongo que todos hemos soñado que estamos desnudos frente a un grupo de personas. Esa sensación de vulnerabilidad siempre la asociamos con una pesadilla. Y es que mostrarse así, indefenso, es algo que aterra a cualquiera. Tal vez por eso es que una de las mejores escenas de peleas de películas sea la de Vigo Mortensen en Eastern Promises (véanla, ya). El tipo está en bolas y se las puede contra cualquiera.

La vulnerabilidad, he aprendido, no es un signo de debilidad. Muy al contrario. Ser abierto en nuestros puntos más tiernos, admitir que tenemos un lado sensible, saber llorar ante un dolor, es parte de la sanidad emocional y mental que cuesta años de pruebas aprender. Si no sabemos por dónde nos duelen las cosas, resulta que no estamos preparados para sobreponernos a ellas. Sólo hacerse la bestia de lo que nos puede afectar no lo anula. Al contrario, lo magnifica porque lo que se ignora también tiene poder.

Generalmente nos afecta más a lo que le damos importancia. Lo que más queremos. Lo que tenemos más cerca. Por eso nos duele que una amiga se enoje con nosotros. Que nuestros papás nos rechacen. Que nuestra pareja nos diga algo hiriente. Si un insulto del tipo del carro de al lado al que jamás voy a volver a ver, sinceramente, me tiene sin cuidado. Pero que uno de los niños me hable en tonito insolente me enfurece como a Hulk.

Cuesta admitir que una no es de hierro. Que tiene partes (muchas) blandas. Y que sí sangra cuando lo puyan. Y llora. Y, pues, mejor saber dónde me duele. No es que me pueda defender cual Vigo, pero por lo menos ya sé por dónde taparme.

Suéltame

Porque me aferro a ti para volar.

Suéltame.

Porque mis pasos sólo andan con los tuyos.

Suéltame.

Porque sólo respiro de tu aire.

Suéltame.

Porque hasta en mis noches sueño contigo.

Suéltame. Y nunca me dejes ir.

Quiero que salga el sol

Tengo un ritual entero para combatir mi inclinación al mal humor, entre el ejercicio, la comida, muchos abrazos a mis hijos y, últimamente, sol. Mucho sol. Corriendo, nadando, o simplemente tirada en una silla. Y resulta que el sol no ha salido desde el lunes y yo ya estoy con la batería casi agotada.

Conocerse uno de dónde flojea como persona agradable ayuda a tapar ciertas carencias, de la mejor forma posible. Si sabemos que cansados gruñimos, pues habría que dormir más. Si el hambre nos hace ser ogritos, tal vez no sea bueno andar en ayunas por la vida. Nos movemos para acelerar procesos químicos que nos alegran la existencia. Escuchamos música que nos sube el ánimo. Nos rodeamos de gente que nos eleva.

O, por lo menos eso deberíamos tratar de hacer. Ya tengo dos días de estar hablando de lo mismo, porque, uno de mis mejores remedios contra el mal humor ha estado escondido detrás de nubes de lluvia y yo no he podido asolearme. Así no me dan ganas de hacer mucho más que quedarme dormida, con la ventaja que hoy mi niña dulce me pidió que la abrazara y nos olvidamos del mundo un buen rato.

Pero hasta en sueños me persigue el mal humor: soñé que me quitaba un diente para ponerme un dragón. Seguro que quiero fuego. O que se vaya la lluvia y salga el sol.

Pequeños rituales

Despertarme antes que suene la alarma es un reto tonto personal. Tal vez alguna vez leí que era bueno. Eso y despertar con los ojos cerrados. No sé. Se ha vuelto en algo diario y casi siempre lo logro. Bajar la ventana del carro cuando paso al lado de árboles al amanecer para escuchar a los pájaros comenzar el día. Escuchar música al bañarme. Hacer el desayuno de mis hijos.

El día a día que se suma para dar una vida lo llena uno de cosas pequeñas que repite. Pequeñas costumbres internas que son como el campo sobre el que construimos lo grande, lo “importante”. Es el clima de nuestra existencia y elegimos llenarlo de nubes o de sol. Vestimos de forma que nos hace sentir bien, comemos lo que preferimos, nos rodeamos de la gente que queremos. Si no, ¿para qué sacrificamos horas en hacer cosas que no nos agradan del todo? Estudiamos para tener una ocupación, aprendemos a gustar de la soledad para ser mejor compañía, reparamos nuestros corazones para poder amar con más fuerza.

Mi pequeña existencia la tengo llena de rituales que me ayudan a sobrevivir a mí misma. Así puedo afrontar las cosas grandes. O, al menos, tengo un orden a dónde regresar cuando todo se va al caño.

Los cuentos que nos contamos

Escribo para no pagar terapia (aunque ya la pagué, sí sirve eso). Escribo para sacarme las palabras que me hacen presión en la cabeza. Escribo para vaciar el corazón. Escribo para darme una luz a mí misma de lo que me está pasando. Escribo porque me gusta.

Todos tenemos una forma de expresarnos en la que vamos plasmando los momentos de nuestras vidas. Pero lo hacemos también para dejarlos como una marca, un recordarorio, un cuento. Y así construimos nuestros recuerdos y nuestras vidas mismas. De lo que nos decimos a nosotros mismos. Las cosas rara vez son como las recordamos, pero eso es irrelevante. Lo que queda grabado en nuestra cabeza, eso es lo que nos mueve o nos detiene.

Escribir, pintar, bordar, meditar, salir a bailar. Lo que sea que hagamos para integrarnos con nuestras vidas y poder darle un hilo conductor a las historias que se traducen en la memoria que nos queda. De eso se trata.

Lo mejor sería aprender a almacenar sólo las que nos ayudan a trascender. Lástima que a veces se nos cuelan algunas de terror. También para eso escribo, para exorcisarme. No siempre funciona.

Hablando se confunde la gente

Hace poco, me contaba un amigo que no tiene WhatsApp ni Telegram. “¿Y cómo te hablas con la gente?”, le pregunté, horrorizada. Pausa. Incrédula. “Pues, por teléfono”, me respondió de lo más natural. Y me quedé completamente sorprendida.

Yo ya casi no hablo por teléfono con nadie. Me siento invadida cuando entra una llamada de alguien con el que no quedé de hablar. Como si fuera obligatorio contestar el teléfono. Los mensajes de texto me parecen mucho más amables: se pueden contestar cuando uno quiera.

El problema verdadero no es, en sí, el vehículo de las palabras, sino la capacidad de ser entendidas. Con la emoción que llevan. Y, de forma ideal, la intención con la que se dicen. Todos hemos visto esas conversaciones entre dos personas que no se entienden ni con dibujitos. O hemos participado activamente en una.

El lenguaje deja de tener sentido cuando ya no comunica la idea del que lo envía. Cuando el canal está tan dañado que deja escaparse la verdadera intención y permite que se contamine de cosas externas que no vienen al caso. Encontrar que, no importa qué y cómo uno diga algo, se recibe como una patada entre las cejas, es desgastante y hace que las relaciones terminen a un lado del camino.

Yo prefiero escribir, porque puedo revisar mis palabras antes de enviarlas. Aún así, no siempre soy clara. Porque sólo puedo controlar mi parte del mensaje. Estoy comenzando a pensar que la idea de los dibujitos no es tan mala después de todo.