Una pequeña inconveniencia

Comenzar una relación nueva tiene todo qué ver con la amnesia y poco con la desconfianza. Uno debe olvidar qué se hizo en las relaciones pasadas y aproximarse a lo nuevo como eso, nuevo. Y tenerse uno confianza que las lecciones aprendidas sólo sirven para mejorar.

En cualquier situación, hay una curva de aprendizaje. Qué tan rápido la pasemos marca cómo nos sentimos después. El problema a veces es que, a más experiencia, menos flexibilidad y eso no ayuda para aprender. La mente de principiante es complicada mientras menos primerizos somos. Pero es esencial para continuar creciendo.

Creo que empezar algo de cero requiere mucha valentía. Y la disposición de sacudirse de las caídas inevitables, olvidando el dolor, no la lección. Porque quedarse estancado, es morir.

Entregas

Me da pena admitirlo, pero me cuesta a veces la relación con mi hija adolescente. Nos amamos, pero no presionamos todos los botones y terminamos enojadas y sin resolver. Me doy cuenta que me falta demasiado camino por recorrer para ser una verdadera buena persona y aún más para siempre ser buena mamá. Es un reto y no siempre estoy a la altura.

He leído que es necesario un poco de conflicto en la adolescencia para que los hijos se quieran ir del nido. La incomodidad saca a la calle. En la modernidad, esto se mira cada vez menos y no deja de ser antinatural que hijos adultos sigan en casa de sus padres. Tal vez se los hemos hecho demasiado fácil.

Me gustaría fluir más con la niña. Hay muchos túmulos en nuestro camino. Hay esperanza para su adultez, pero sólo si yo también me dejo. Un poco de entrega no cae mal.

Ser gentil

Uno sólo puede ser gentil, genuinamente gentil, cuando se tiene la capacidad de no serlo. Atropellar los sentimientos de alguien es demasiado fácil, sobre todo cuando somos débiles, o tenemos miedo. Las personas más dulces que conozco son las que tienen una columna vertebral de hierro.

Estoy aprendiendo. El carácter fuerte es firme, no duro. La gentileza puede más que la impaciencia. La dulzura es valiente.

Cuesta aprender que alzar la voz no convence. Y que poner límites no es agresivo. Bruce Lee decía que uno debe ser como el agua y vaya si el agua no es un elemento con fuerza.

Sin nombre

Hace años, encontré un grupo de libros en los que UNICEF describía con dibujitos los derechos de los niños. Entre ellos, el de tener un nombre. Desde cualquier historia de creación, ponerle nombre a las cosas ha sido, hasta cierto punto, llamarlas a la existencia. Es útil poder distinguir entre un venado y un tigre.

Les asignamos, no sólo características objetivas a las cosas cuando las guardamos por su nombre en nuestro cerebro. También cualidades abstractas. Más aún si la cosa es algo intangible, como una relación. Esa moda de no ponerles nombre a las parejas, es admitir que lo que hay es amorfo y, probablemente, no va a ninguna parte. Digamos que los títulos ayudan a tener un destino presente en el mapa y no dar vueltas sin sentido.

A mí me encanta aprender el nombre de las cosas y detesto olvidar el de las personas. No es que lo haga adrede, es lo que me pasa y, junto con el nombre, olvido quién es. Fatal. No me ha hecho mejor ese defecto y estoy viendo cómo mejorarlo. Lo que sí no dejo de hacer es buscar definir en dónde estoy parada con los demás. Porque prefiero saber si no hay camino hacia el futuro que creer que el piso resbaladizo y sin fondo sobre el que estoy tal vez me saque a un lugar bueno, cuando ni siquiera sé cuál pueda ser.

Sólo esa receta

Hice magdalena de la receta de mi mamá. Es la que me gusta ahora (no me gustaba antes) y que no encontraba en ninguna parte porque no estaba el libro de recetas de mi mamá. En ninguna parte. Perder ese libro me dolió demasiado y durante años pasé tristeando no tenerlo. Hasta que me lo devolvieron. Sentí que era un milagro, que había mediado algo de magia en el asunto.

La comida, no sólo es un combustible, es realmente el detonante de la fábrica química que tenemos en nuestros cuerpos y que regula mucho de nuestras emociones. Está íntimamente ligada a los recuerdos gracias al sentido del olfato. Por eso es que casi nada nos sabe igual de bien que en la infancia. El sabor de las cosas está lleno de ingredientes que no nos comemos, pero que sí nos alimentan. Por eso la gente abre restaurantes en el extranjero con la comida de su casa, las recetas de las abuelitas, los ingredientes de su tierra. La comida nos une a la familia, a las conversaciones, a celebrar y enterrar seres queridos y marcar hitos. Perder una de las formas de relacionarnos es perdernos un poco a nosotros mismos.

Hice magdalena y estoy segura que la receta de mi mamá es un simple pound cake. Pero no me han sabido igual con otras instrucciones y definitivamente no siento que mi casa huela como ahora. En cualquier momento podría llamarme mi mamá a comer masa cruda. O yo hacerlo con mis hijos. Porque lo más bonito de hacer comida es que uno pasa esos recuerdos, junto con los nuevos, a los siguientes seres humanos que heredan esas costumbres. Me gustaría que ambos hijos míos recuerden algún momento especial cuando coman lo que les gustaba que les hiciera. Tal vez hasta hagan una magdalena.

En el camino

Llevé a la niña donde el doctor. Todavía tengo ese privilegio. Y me sentí tanto como mi mamá que se me quitaron los años, o me cambiaron de lugar en la vida, o estuve en una realidad alternativa. Lo cierto es que ahora me toca acercarla cada vez más a hacer cosas por sí misma.

No es la primera vez que lo pienso, es que se me viene la necesidad de darles todo para que no me necesiten en nada cada vez más. Siento que estoy en los últimos pasos de su camino en los que los puedo llevar de la mano por el rumbo que yo creo correcto. Dentro de muy poco, los tengo que ver separarse por el camino propio, con las herramientas que escojan llevarse.

Mi vida, hoy, no tiene absolutamente nada qué ver con lo que me imaginé que iba a ser, específicamente en la parte personal. Yo misma estoy andando por lugares que me son desconocidos y por los que no siento poco miedo de caminar. Y agradezco haber tenido, hasta donde se pudo, la compañía´que me trajo hasta aquí. Espero que mis hijos, cuando sus vidas se tornen inciertas, encuentren la brújula que los saque de los peores momentos y que, aunque sean en parte, yo les haya ayudado a encontrar el norte.

Dolor sin emoción

Antes me costaba poner límites. Con la pena de lastimar gente. Y hacía peor la situación complicada porque no quedaba satisfecha.

Pero cuando uno no dice las cosas, se pudren y explotan. Es bueno sacar la molestia antes que se vuelva enojo. Poner límites es la forma de evitar peleas.

Conocer el marco de acción es más importante que lo que uno cree que debe hacer. Y poner ese marco, es una obligación que nos debemos a nosotros mismos.

El fondo

Hay un pozo

profundo y cristalino

con una fuerza gravitacional

que me atrae, me atrapa

quiero inclinarme en la orilla

buscar mi reflejo

y perderme en su fondo.

Cosas nuevas

Lo mejor de tener mente de principiante, es estar abierto a volver a sentirlo todo.

Me pasa viendo a mis hijos conocer el mundo. Me pasa en las mañanas cuando comienzo un dia nuevo. Y me pasa cuando siento, pero sólo si dejo el cinismo. Todo es nuevo, porque yo no soy la misma persona que tuvo antes la emoción.

Volver a sentir es vivir.