A tiempo

Tengo años de pedir que revisen una parte neuronal del pie de mi hija. Se lo he pedido a varios doctores, quienes me han ignorado con la felicidad que les da creer que lo saben todo y que uno de mamá sólo ve micos aparejados. Hasta ahora que, efectivamente, se mira que tiene dañado un nervio.

Yo estoy convencida que cada uno de nosotros tenemos campos de experiencia y que uno va con profesionales precisamente porque allí está su fortaleza. Pero también estoy convencida que nadie conoce mejor sus circunstancias que uno mismo.

No sólo hay que insistir en consultas médicas. Hay que insistir en todo en la vida. Hay que destapar las cajitas oscuras y pesadas que uno lleva guardadas. Hay que decir que la relación se siente extraña. Hay que contar cuando le duele a uno algo en el cuerpo o en el alma. Hay que hacerlo hasta arreglarlo. Y no pensar que porque ya pasó demasiado tiempo ya no vale la pena. El momento para hacerlo es ahora. Y siempre es tiempo.

El momento adecuado

A mi papá le encantaba citar a un su amigo cubano que decía “en vida hermano, en vida”. Y, como filosofía de generosidad me parece perfecta.

A veces esperamos. Que todo esté perfecto , o que tengamos preparado qué vamos a decir, o que el otro nos quiera escuchar. El momento es en el que estamos. Siempre. No hay otro. Y quedarse con las cosas bonitas sólo las arruina.

Así que le digo a la gente que quiero, que la quiero. A los míos que me hacen falta. Les reitero lo orgullosa que estoy de ellos y que son lo mejor de mis días. Nunca me he arrepentido de un te quiero. No puedo decir lo mismo de las palabras duras.

No sé qué vale la pena

Tengo una de esas discusiones recurrentes con la niña y me dan ganas de mandarla a un internado. O meterme a un convento de clausura. O ambas. Y no sé qué sea mejor, soltar las riendas de las cuales ya tengo poco control dejando que se vaya a estrellar, o seguir en la lucha aunque sea constante.

Hoy escuché de un investigador de desarrollo de niños, que la fricción en el aprendizaje es necesaria. Porque es lo que hace que las enseñanzas se «peguen» a la psique. Que uno las agarre y no las suelte. Y que, ser un padre imperfecto, con estos roces, es lo mejor que uno puede hacer por sus hijos.

Yo lo que ya no sé es por dónde meterle la fricción. Si de mi parte o la que le va a aportar el mundo allá afuera, que seguro es peor que la mía. En algún momento tendrá que ser lo que sea y yo sólo observar. No es lo que más me gusta, pero estoy segura que más de algo se aprenderá del asunto.

Regresar

No sé cuántas veces he querido regresar a estar haciendo cruceta con mi mamá mientras mirábamos el campeonato de básquet. Siento el respaldo de la cama en mi espalda, veo a mi mamá sentada a mi lado en el sillón que estoy usando ahora. Recuerdo confundirme, deshacer, rehacer. Lo veo desde fuera, como si se tratara de una película. Y quiero meterme, estar allí. El cuadro perfecto.

Nunca se puede regresar. Se puede replicar el sentimiento al que uno quiere volver, seguro. Se puede recoger el proceso de la memoria que nos reconforta y se puede agradecer haberlo tenido. Pero también es bueno no sobredimensionarlo. Es mejor todavía no querer regresar.

Si lo pienso bien, lo que realmente quiero es darles a mis hijos esos recuerdos, esa sensación. A mi forma especial, que no es la de mi mamá. Quiero volverme a sentir como cuando mi vida caminaba sobre el camino esperado. Quiero volver a tener esa calidez y compañía. Sólo que no se puede volver, la vida es un camino que se construye mientras avanzamos y se borra a nuestro paso. Todo posibilidades. Nada de volver atrás.

Perspectiva

Veo a mis hijos que tienen el infinito por delante. Toda posibilidad. La vida abierta para que se tomen todo el tiempo del mundo. Qué maravilla comenzar así la existencia, no sabiendo lo efímera que es. Es el momento de tomar decisiones arriesgadas, absurdas, probar callejones sin salida. Hay tiempo.

Las experiencias nos enseñan que eso no es así. Nos encarrilan, estrechan el horizonte, dan miedo. Si las dejamos.

La maravilla de volver a comenzar es tener de nuevo la oportunidad de tomar decisiones, con el beneficio de la perspectiva que todo se acaba, rápido. Todo tiene que ser más precioso, significar más, doler menos. Al carajo el miedo. Lo que queda de vida, a aprovecharla.

Reconocer

Me cuesta muchísimo reconocer a la gente por su nombre. Pero me recuerdo perfectamente de lo que me cuentan. La vida, para mí, es una historia contada desde muchos puntos de vista.

Abrirse a la mente de los demás es conocer otras dimensiones. No todas valen la pena para nuestra experiencia personal. Pero siempre podemos aprender algo distinto. Lo que hagamos con eso, depende de nosotros.

Reconozco que me hace falta demasiado. Mucho interés, mucho enfoque, más delicadeza. Lo que sí tengo, es suficiente curiosidad.

Elotes

Hay sabores que reconfortan. No sólo porque nos traen recuerdos, también porque la comida es la medicina que usa nuestro cuerpo. La química nos pone en algún estado especial.

Parte por eso es que es tan difícil dejar de comer lo que no nos conviene: nos hace sentir bien. Hay que volverse a entrenar para tener la misma satisfacción con lo que nos hace bien. No es una tarea sencilla, pero se puede.

Me comí un elote con mantequilla. Casi tan bueno como una dona. Casi. Lo bueno es que no tengo donas en casa.

Demasiada calma

Eso de «la calma antes de la tormenta» hace que piense que uno siempre debe estar en un estado de alerta. Como si estar tranquilo fuera un mal presagio. Supongo que en el tiempo de las cavernas, esperar lo peor en todo momento era la única forma de sobrevivir. Pero es una desgracia traerlo a nuestra modernidad.

Según algunos psicólogos, las relaciones tormentosas nos gustan porque equivocamos la emoción con la ansiedad. Ese shot de adrenalina que nos da la incertidumbre, el pleito, las reconciliaciones grandiosas, nos llenan de emoción, hacen que el corazón se acelere y que uno se quede con ganas de más. Pura drogadicción. Y, cuando estamos en una relación donde no pasa nada de eso… confundimos estabilidad con aburrimiento. Cual pendejos.

Quiero querer algo mejor. Para mí. Para no estar confundida. Para que mi corazoncito sea feliz y se sienta seguro. Ni siquiera necesito estar en estado de alerta constante para estar delgada, porque me motivo a mí misma. Sólo necesito darme el espacio para no sentir que tengo que salir corriendo.