Entrego el corazón

Ponemos el corazón en un altar

para que lo sacrifiquen y nos lo devuelvan en pedazos,

pero para eso es la mesa y el cuchillo y el sacerdote,

para destazar, cortar y ver la sangre caer,

aunque luego sirva de unción, o de ofrenda.

O lo entregamos al fuego

porque queremos arder y nos duele el calor,

pero para eso es el fuego y la leña y la llama,

para encender, iluminar y consumir

y terminar hechos cenizas, o carbón encendido.

También lo enterramos para que la tierra lo pudra,

pero para eso es la humedad y lo oscuro y lo oculto,

para descomponer, transformar, regenerar

y tener un mundo nuevo germinando de la muerte.

Aunque a mí me gusta ocultarlo en una caja,

rodeado de cadenas, protegido por fuego,

puñales, monstruos. Por mí.

Es lo único que me queda de los pedazos que me dejaste.

El rugido interior

Escuché un rugido distante dentro de mi cabeza

el ruido del mar atormentado en la distancia

un grito desesperado de alguien solo

una bestia gruñendo en la noche.

Me sentí invadida por mi interior

estuve al borde de un pozo

y quise saltar

dejarme abrazar por la sombra del fondo.

Escuché mi locura

la que siempre se deja con puerta cerrada

acercar la boca al cerrojo

e invitarme a pasar. Allí adentro está muy sola.

Las olas no alcanzaron el límite de mi sanidad

sólo llegué a mojar un pie

no sé si vuelva a tener la oportunidad

de ahogarme en mí misma. Y no sé si no lo haría.

Lo que queda

Hay algunas playas en las que la marea recede y deja pequeños lagos en la arena, en los que se pueden ver estrellas y peces, conchas… el mar resumido a un charco. Los animales sobreviven hasta que regresa una ola por ellos y nosotros podemos volver a buscarlos la próxima baja de agua.

Hay emociones que nos atrapan, una tormenta de rabia, con todo y rayos y centellas. En ese momento oscuro, no vemos nada a nuestro alrededor, la lluvia misma nos ahoga y sólo nos sentimos sacudidos por la fuerza del elemento que nos tiene abrazados. El enojo, la indignación, la decepción, la ira. Todas emociones que nos alimentan a hacer algo, pero que nos ciegan acerca del camino que debemos tomar.

Rara vez tomo una decisión en ese estado. Me conozco demasiado bien y sé que no estoy viendo todas las consecuencias de algo que pueda hacer, por mucho que tenga ganas de dejarlo todo y salir corriendo. Cuando permito que se me pase la oleada inicial, puedo ver lo que queda, la emoción verdadera. Y hasta allí comienzo a pensar en hacer algo. La ola que viene a tapar de nuevo el fondo ya no destruye, sólo integra y eso necesita a veces mi corazón.

Quiero algo sencillo

Me gusta el agua. Sabe a sed apagada, a recuerdos fríos, a calma. Me gusta que no sepa a nada. El pan con mantequilla y sal. Un banano. El helado de vainilla. Me gustan los abrazos que no necesito pedir. Un beso con la boca suave. El peso de unos ojos que me quieren sobre el cuerpo. Me gusta escuchar a mis hijos respirar de noche. La suavidad del pelaje de la gata que se me acurruca para dormir. Me gusta el olor a lavanda. Un par de jeans viejos que aún me quedan. La sonrisa llena de dientes de mi hijo. Los ojos de mi hija. El cielo cuando cambia de color. Los pájaros haciendo escándalo al despertar. El agua de la piscina que me envuelve.

Si tengo que hacer una lista de las cosas que quiero, que me son esenciales, creo que serían todas sencillas, pero no simples.

Pero la sensación térmica…

Salgo de mi casa con la idea que hace más frío, miro el termómetro del carro y reza una cosa distinta de la que siento. Siempre recuerdo esos estados del tiempo que dicen que el día va a estar a una temperatura, pero que la «sensación térmica» es de como diez veces menos. Influye el viento, la humedad, la goma… lo que sea. La experiencia de frío o calor definitivamente no es uniforme en tres la gente, y lo mismo se puede decir de todo lo demás.

Yo puedo escuchar palabras que me suenen gélidas y quien las dijo habérmelas dicho de la forma más normal. Es la sensación con la que recibimos todo. Y está bien. Pero… tenemos que aprender a alejarnos un poco de nosotros mismos y tratar de reaccionar a lo comprobable, no a lo imaginado. Y, en caso de no entender, volver a preguntar.

Me está costando comunicarme. No sé si sean mis pensamientos los confusos, o quien los recibe, pero hay un desfase, un desorden de ideas que no permiten que me entiendan. Supongo que debo dar mi reporte del tiempo por escrito, para que quede en blanco y negro.

Un día libre

La cerveza del domingo me da permiso de relajarme. Es la única que me tomo en la semana y sabe a domingo. A relajarme. A que el mundo está bien. Resabios de domingos con mi padre, quien me enseñó a tomar chela. Una.

Para alguien tan organizado, hasta los días libres tienen su lugar. Pero… la vida no puede organizarse, controlarse, sin pecar de ingenuidad. Nada está completamente a nuestro alcance. Lo único que podemos cambiar son nuestras reacciones a lo externo.

El control no es poder.

Lección difícil de aceptar y que me dejé grabada en el brazo, así necesito entenderla. Hoy es mi día libre, con un poco de relajamiento de la comida y un descanso para mi cuerpo. Espero lograrlo también para la mente.

Hoy toca dar gracias

El 2019 ha sido el año más espantoso de mi vida. Vi a mi hija casi morir, nos hemos enfrentado a una condición que no la va a soltar salvo que ocurra un milagro, se deterioró mi relación con mis hijos por lo cansada y tensa de la situación, apenas terminamos el año escolar, ha sido un desastre en cuestión económica, confuso en la parte emocional y, por primera vez en mi vida de pajarito feliz en las mañanas, hice planes serios y concretos para quitarme la vida.

Horrible. Lo peor que he pasado en una vida de años duros. Y hoy voy a dar gracias. Porque la niña está viva y con todas sus facultades disponibles. Porque el niño anda reacomodándose y nos unimos mucho más en estos últimos meses. Porque ya no se me pasa por la mente la posibilidad de hacerme morir. Y porque estoy ganando claridad en mi vida, aunque sea a costa de fuego que destruye y quema, pero ilumina.

Siempre se puede agradecer y eso a mí me saca de la cama. He tenido oportunidad este año de compartir con personas maravillosas a quienes no conocía antes y por quienes estoy profundamente agradecida de su existencia misma en el mundo. Cosas hermosas que no puedo ni comenzar a describir. Entiendo que hay un mejor camino para relacionarme con mis hijos y estoy a tiempo de tomarlo. El dinero viene y va. Toca que venga y trabajar para lograrlo. Terminé un proyecto de un libro y sigo escribiendo.

Y estoy. Tal vez eso es lo que más puedo agradecer. Simplemente estoy, un poco más desgastada y definitivamente más cansada. Pero el otro año, por estas mismas fechas, estaré dando gracias de nuevo.

Voy a bailar en la cocina

Tengo ganas de pararme en la mesa del comedor y bailar frente al espejo de la pared. De salir corriendo por la calle, lo más rápido que puedan mis piernas (que no es mucho porque detesto correr). De quitar todos los muebles de mi casa y quedarme en los ambientes vacíos, llenándolos de ideas.

Necesitamos un momento de dejarnos sin nada, despojados hasta del diálogo interno que no nos deja conocernos. Un momento de silencio, oscuridad, insensibilidad. Y dibujar sobre esa página en blanco un destino que nos atraiga como el faro al puerto.

Quiero descargar toda la energía que me levanta de la cama sin descanso, que me despierta con angustia por la noche, que me quita las ganas de comer. Necesito poner música a todo volumen y saltar sin que me importe si lo hago bien o no. Por eso medito sola y practico yoga sola. Porque quiero dejar de ocupar espacio hacia afuera y llenarme de mí misma por dentro.

Hoy voy a poner mis canciones favoritas, halar a mis hijos, y haremos una fiesta en la cocina.

Querer entender

A los niños siempre les recalco que el lenguaje se usa para comunicarse. No tiene más objetivo poder poner en palabras conceptos abstractos. Sobre todo la parte interna de nuestros pensamientos. Queremos tener relación con los demás, lo más importante es entendernos.

Pero no siempre se puede. A veces hay un desfase entre lo que decimos y nos entienden y a veces entender no es suficiente. Sobre todo en cuestiones de relaciones personales. Mi sentir sólo puedo describirlo, no puedo hacer que el otro lo sienta/entienda como yo. Y allí es en donde entra a jugar la importancia de la relación. Si yo valoro a la otra persona, me debería ser suficiente que me diga que algo le duele, para dejar de hacerlo, por mucho que no me resulte lógico.

No todos tenemos las mismas vivencias y las cosas no nos provocan las mismas emociones. A veces querer entender debe involucrar más que la lógica y dejarse guiar por los sentimientos. Si yo te quiero, entiendo que no siempre voy a poder dimensionar lo que me dices que sientes, pero lo respeto y te voy a cuidar. O no y atenerse a las consecuencias.

Ya no quiero enojarme

Mi primera experiencia de maternidad fue con mi mamá. Me tocó ser la adulta responsable durante el tiempo en que estuvo inválida, tomando todas las decisiones y, lamentablemente, haciéndome cargo emocional de una mujer que perdió su capacidad de juicio, no necesariamente su memoria. Yo ya cuidé de una adolescente. Rebelde y desafiante. Me frustraba demasiado, porque cambió la dinámica de nuestra relación y yo me quedé sin un lugar seguro para el resto de mi vida.

Probablemente, por eso soy un ogro de madre con mis hijos. Mi primera palabra es un «no» y mi gesto ordinario es de enojo. Tengo el regaño en la boca y primero lo suelto y después averiguo. Y ya estoy harta. Yo no quiero enojarme más, menos después del año de mierda que hemos tenido todos. Quiero poder reírme con los enanos, que miren mi lado liviano, que no les aburra tenerme cerca.

Es una tarea de atención y de trabajo personal que no sé si voy a lograr. Llevo casi veinte años con ese chip metido y reprogramarme va a ser trabajoso. Pero creo que vale la pena. Porque mi mamá sí se reía por todo conmigo y eso fue de las cosas que más me dolieron perder cuando le dio el derrame. Espero que, cuando les toque a ellos recordarme, lo que escuchen sea las risas.