Mejor

Nos llevamos mejor cuando nos tenemos buena fe. Cuando no creemos que el otro nos debe algo o nos quiere fregar. Cuando lo tratamos mejor.

No siempre es fácil alcanzar esa actitud porque guardamos las emociones anteriores como si fueran eternas Y sólo duran segundos. Dejar ir y estar abiertos a algo nuevo, obvio no quiere decir no poner límites. Sólo quiere decir no trabarse en el pasado.

No siempre se puede. A mí me cuesta la mayor parte de veces. Pero me gusta tanto cuando lo logro, que debería poder repetirlo más.

Deformaciones

Estoy acostumbrada a pensar en términos de largo plazo. Mi mente va a veinte pasos más adelante. En todo. Con lo que eso tiene de ventajas y desventajas. Últimamente me he dado cuenta que tengo tan estructurada mi rutina, que me quedo a veces sin llenar productivamente mi tiempo porque no lo tengo contemplado. Y eso tiene que terminar.

En primer lugar, nada se puede estructurar sin hacerle cambios en el camino. En segundo, el hecho de quedarme paralizada porque no tengo nada planificado es un desperdicio. La deformación profesional a la que me sometí durante tanto tiempo puede modificarse. Con un poco de planificación.

Todos tenemos rutas de pensamiento en las que caemos sin darnos cuenta porque las forjamos hace ratos. Lo bueno de eso es que ni las cosas talladas en piedra son permanentes y todo se puede cambiar. Entre aceptar que puedo estar abierta a fluir y esforzarme por ocupar mi tiempo un poco más espontáneamente, este debería ser un buen año para aprender cosas nuevas. Como tocar el piano. Voy a hacerme un horario.

Irrelevante

El sábado vi un papá con su hija pequeña y me dio ternura y agradecimiento. Agradezco haber pasado por allí con mis hijos, esa etapa de ser tan importante en sus vidas, de pastorearlos y guiarlos. Y agradezco que cada vez me necesiten menos.

Uno tiene que ser como un faro en la vida de los hijos. Útil en ocasiones peligrosas, constante, fijo. Pero no los acompaña uno en la travesía. Tienen que poder ir solos, alejarse, afrontar el mar y sus tormentas.

Tal vez el punto no es que uno se vuelva completamente irrelevante. Sólo no indispensable. Y por eso también estoy agradecida.

La última vez

Le hacemos la fiesta a las primeras veces porque son fáciles de identificar. Los cumpleaños, aniversarios, besos, viajes. Sabemos bien cuándo fue el primero. Lo celebramos. Y vivimos como si sólo fuéramos a tener primeras veces.

Aunque nos gusta repetir que lo único constante es el cambio, dejamos sin nombrar que lo verdaderamente seguro es la muerte hasta que nos agarra la mano. Y allí ya uno poco puede hacer.

El problema con las últimas veces es que no vivimos fijándonos. Ni en nosotros ni en los demás ni en la vida. Nos tratamos de olvidar que todo puede ser una última vez y lo damos por sentado. No es cuestión de vivir angustiado. Es simplemente finarnos. Para grabar el momento, cualquiera. Yo tengo completamente seguro que no sé mi tiempo restante. Que las cosas cambian siempre. Que las personas se van, no sólo se mueren. Se van. Los esposos se aburren y se van. Los hijos crecen y se van. Y las últimas veces son importantes. Mejor le pongo atención a todo.

Borroso

El mundo se expande cuando estamos solos

y se contrae entre otras personas

el resultado es el mismo

las orillas de la realidad se me borran

y sólo existimos los dos.

Frijoles blancos

Los frijoles blancos con esponazo de mi mamá eran deliciosos. Estaban en la rotación del menú mensual y los esperaba con ansias. Lo divertido es que a mi mamá no le gustaban.

Hay cosas que uno hace sin ganas. Aunque queden bien. Y no sé si vale la pena. Habiendo tantas cosas más, no hay que hacerse el mártir.

Yo simplemente no hago lo que no me gusta. Lo bueno es que, de eso, no hay mucho.

Buena seña

Cuando le decía a mi mamá que me dolía la cabeza, me contestaba que era una buena seña… No me encantaba que me respondiera así. A veces uno sólo quiere consuelo.

El rol de padres, si uno hace bien su trabajo, es hacer que los hijos se sientan seguros, queridos y lo suficientemente incómodos como para querer ser independientes. Pero con ganas de regresar a sentir que son queridos.

No es trabajo fácil. Tal vez por eso, cuando mis hijos me dicen que les duele la cabeza, casi siempre les digo que es buena seña.

Ajustes

He aprendido a que soy más feliz cuando me enfoco en el resultado y no en el proceso. O cuando le pongo atención al camino y no al destino. O todo lo contrario. A veces es importante el desenlace. A veces la trama. Y lo determinante es saber cuándo ponerle atención a qué.

Los faros alertaban de peligro. Y marcaban un punto de referencia. Los barcos podían escoger cómo procesar esa información. Y ajustar el rumbo de acuerdo a lo necesario.

En principio, tengo faros fijos. Y caminos cómo alcanzarlos. Pero la marea nunca es la misma y he tenido que aprender a hacer ajustes. Podría frustrarme por no seguir la ruta que tenía planeada. O disfrutar el camino, procurando llegar a la luz. Ambas son importantes.