No existe Santa Claus y está bien

Tal vez una de las nostalgias más grandes de adulto es no poder volver a creer como cuando éramos niños. ¿Que un señor panzón cruza el mundo en una noche repartiendo juguetes y bajando por chimeneas? Por supuesto. ¿Que si un ratón compra los dientes de leche? A mí me dejo q10. ¿Que si los buenos siempre ganan, se puede vivir felices para siempre y el amor nunca se termina? Pues claro que sí.

Creer, sin reservas ni expectativas es una habilidad que se pierde con el tiempo. La experiencia, esa palabra que sirve para llamar al dolor del desengaño, nos enseña que nada es definitivo, la magia no existe y el final feliz dura un momento.

Pero no podemos existir sin creer. Las relaciones serían imposibles si tan sólo nos atuviéramos a las experiencias. Mejor quedarse en cama y nunca levantarse de allí. Y, aunque ese prospecto en mi estado actual de agotamiento suena glorioso, simplemente no es para eso que estoy viva.

Santa Claus no existe. Pero sí hay días que son regalos. No hay magia, pero sí tardes en una hamaca escuchando reírse a los niños. Y, ciertamente, no hay finales felices. Pero es porque aún no ha llegado el fin.

Detesto la mediocridad

Decir que uno hace algo “lo mejor que puede”, para mí, implica hacerlas bien. Mejor que bien. Esos puntos intermedios en los que se dejan las cosas casi bien, no por falta de talento sino por falta de ganas, son una buena razón para renegar de la raza humana.

Me pasa con los niños. Esas notas que ni pierden ni son buenas las detesto. Porque, al menos que les costara y fuera porque no entienden. Pero es por haraganes que no hacen ni el mínimo esfuerzo. Eso no es aceptable. Ser mediocre es peor que no entender.

Cuando se tiene talento, es casi una obligación sacarle brillo. Y está bien no hacer todo para lo que uno es bueno, concentrarse en una sola cosa. Pero hacerla lo mejor que uno pueda. También, esa es la única comparación que vale: contra uno mismo. Hacerle tantas ganas que no haya duda que eso es todo lo que uno puede dar.

En la vida, muchas veces gana el esfuerzo sobre el talento y eso espero que entiendan mis hijos. Es una lección que aún estoy aprendiendo yo.

Gana la nostalgia

De pequeña, uno miraba en la tele lo que dieran. Eso incluía, prominentemente, Mazinger Z. La verdad, esa era mi caricatura favorita. La temática era diferente de un Candy insoportable, había humor y siempre, siempre, ganaban los buenos.

Tendemos a idealizar las cosas que nos gustaban de pequeños. El helado en el mismo plato que el papá. La magdalena que sólo le salía rica a la mamá. Una noche en la que salieron a ver una película.

Cada vez que revisamos esos recuerdos, les agregamos algo. Es imposible sólo observarlos. Como si cada uno fuera un cubo Rubik pero, siempre, tiene configuraciones correctas. Aún esos recuerdos que son el fundamento de nuestra propia naturaleza. Analizamos cómo éramos desde la perspectiva de cómo somos. Algunas veces esa revisión nos gusta y otras creemos que hemos vivido cosas que no son ciertas.

El tiempo es engañoso y el corazón no sabe que pasan años entre la vez que sintió algo y el momento en que lo recordamos. Por eso aún tenemos el olor de los brazos de la mamá y el sabor de la cerveza del papá.

La nostalgia gana, porque la hacemos presente siempre. Jugamos a vivir todo en el hoy. Como ahora que estoy en el cine viendo la película de Mazinger. Sigue gustándome y extraño mi juguete.

Para siempre

Me dijiste “para siempre”

creyendo que el tiempo era una línea

y que la podías cruzar.

Pero el tiempo es un círculo

que a veces te alcanza por detrás

y primero llega el nunca.

Comenzar

Hay principios tan repetitivos que se me escapan. No es alejado de la verdad decir que comenzamos de nuevo todos los días. Lo que sí me queda difícil es darme cuenta.

Vivo en elipsis constantes alrededor de diferentes centros gravitacionales. A veces son buenos, a veces son hoyos negros que me halan. Algunas ideas y sentimientos son capaces de hacerme desaparecer y tengo que hacer un esfuerzo enorme para no dejarme. La desidia es uno grande.

Por eso tengo una vida tan estructurada, para no darme el lujo de hacer lo que realmente me gustaría: nada. De nada. Leer, tal vez. Comer, si me la llevan a donde estoy sentada.

Podría no decir palabra en días enteros y no ver a otra gente. Supongo que todos pasamos por esas etapas de ostracismo.

La vida que he elegido va en contra de esa preferencia mía y me alejo lo más que puedo de allí. Comenzar todos los días con lo mismo, desde el principio, me ayuda a hacer cosas nuevas y sacudirme el letargo que me devora por dentro. Mis hijos me sacan del silencio. Escribir me sacude el cerebro.

Termino los días cansada. Y es perfecto. Así no pienso mucho en que a la mañana siguiente, me toca salir de mi cama.

El ángulo correcto

A mi teléfono se le arruinó la cámara normal y sólo sirve la de las selfies. Que me resulta conveniente, porque lo uso como espejo. Casi creo que me miro como salgo en las fotos. Y resulta que no, esa cámara tiene una distorsión que hace que se me mire la cara más larga y cuando me toman fotos con una cámara normal, no me gusta cómo me miro.

Pero los espejos también mienten. No hay superficies perfectas en dónde reflejarnos con completa fidelidad.

Además, no nos vemos de forma objetiva. Nunca. Porque nuestra auto imagen está íntimamente ligada a nuestra apariencia. Parte de la evolución es poder reconocernos a nosotros mismos de entre un mar de personas distintas. Allí estamos, ve. Ésa soy yo. Nadie más. Hacemos identidad a partir de la persona que nos imita en un espejo y le atamos sentimientos a esa imagen.

El problema, tal vez, es que esa subjetividad que utilizamos sirve para dejarnos de gustar. El paso del tiempo, los cambios de peso, la simple vida, nos cambian y no siempre para mejor. Llega un momento en que no volvemos a ver a la persona que conocíamos y la que nos saluda no mucho nos gusta. Lo cual es muy feo. No que uno se vuelva feo, sino que la idea de la belleza que tenemos también debería cambiar con nosotros. ¿Arruga nueva? Es porque he vivido más. ¿Canas? Ya no necesito ponerme rayitos. ¿No quepo en la misma ropa? Excusa para comprar más.

Me cuesta. Mucho. En lo que aprendo, al menos ya sé cuál es mi mejor ángulo en el teléfono.

¡Tengo hamaca!

Desde pequeña me han gustado las cosas que se mecen. Sillas, columpios, hamacas. La sensación de moverse uno por encima del suelo, ir y venir, casi como volar.

Nos toca caminar sobre el suelo. Somos seres terrestres que, a punta de ingenio, nos desplazamos sobre el agua y por el cielo. Pero nuestra realidad corporal es un poco prosaica. Ni siquiera corremos tan rápido.

Tal vez por eso es tan satisfactorio imaginar que uno despega cuando suelta un columpio y salta más alto que nunca. O se siente flotar en una hamaca, acompañado de un libro o de otra persona.

Me gusta ese vaivén. Me saca de la línea recta ficticia por la que siento que me arrastra en tiempo y la vida. Siempre he querido una hamaca. Nunca he tenido en dónde colgarla.  La idea de poner una en la sala nunca fue admitida con entusiasmo en casa de mis padres.

Luego creo que lo olvidé. Me perdí entre las cosas que debía hacer, la tierra que pasaba empujando mis pies, la línea recta. Hasta que tuve hijos y los empujé en un columpio y quise hacerlo yo también.

Así que me compré las hamacas. Cuatro. Y ya las están instalando.

Permisos tontos

Esta última semana vi hombres ser felices y ser tristes como para llorar. Expresan de una forma tan elocuente sus sentimientos, que da en qué pensar eso de que son incapaces de poner en palabras sus emociones. “Lloro de la felicidad.” “Estoy feliz.” “Estoy triste.” Sí saben cuáles palabras van con qué reacciones.

Todo en el fútbol, claro. Es uno de los pocos campos que tienen para poder expresar con libertad eso que percibe que los hace débiles. ¿Cuándo se le da permiso a un hombre de llorar? Nunca. Tal vez cuando nace un hijo. Tal vez cuando muere un padre. De allí, nunca. Sólo para los deportes. Porque eso es cosa de hombres. Machos. Orangutanes de espalda plateada. Par favar.

No quiero entrar en polémicas de heteronormapatriarnoséqué. Pero sí. Eso es. Y, mientras a las mujeres se nos deja el reino de las lágrimas como de nuestra exclusividad, tanto así que sólo ese recurso nos queda algunas veces, a los hombres un poco de humedad en los ojos ya como que les quitara la membresía al género con erecciones.

Lo siento. Me molesta. Tengo un hijo y una hija y no entiendo por qué a una la tengo que hacer llorona y al otro podarle los sentimientos. No se vale. Porque después, cuando sean grandes, sólo se van a poder comunicar en extremos y el mundo ya no va a ser así. Ya no es así, de hecho.

Yo no lloro. Me parece inútil en mí. Pero tengo otras varias formas de demostrar lo que siento y lo puedo identificar muy bien. Creo que eso es lo que debemos buscar: poder saber qué sentimos y no sólo sacarlo cuando hay una pelota de por medio.

Libertad

”¿Qué harías si…” comienzan muchas conversaciones que terminan en listas de viajes, deseos reprimidos, ambiciones lejanas. Nos paseamos por castillos construidos por nuestros anhelos. Alimentamos las fantasías de cosas imposibles o al menos inalcanzables.

He comprado las casas vecinas tantas veces como números de lotería. No me la he sacado aún. O veo vientres marcados de mujeres que me llevan diez años y yo sigo teniendo que apretar la panza para subirme los jeans. Me imagino viajando en un velero por el Mediterráneo mientras llevo la enésima hora en el tráfico.

Vivimos en tantas dimensiones como le permitamos a nuestro cerebro, pero sólo una realidad. Cuando hay una diferencia demasiado grande entre ambas y ésta causa dolor, podemos hasta enfermarnos.

Aunque el mundo se mueve gracias a la imaginación y el trabajo de personas que se vieron en un mundo mejor que en que están, no hay que desestimar la felicidad de gozar la realidad.

Tal vez lo más difícil de hacer es ser feliz con lo que se tiene, pero probar tener/ser/hacer más. El hecho de no tenerlo todo ahora mismo no desmerece de lo que sí hay y sólo debería impulsarnos a seguir.

Igual cuesta. Mucho. Por eso sigo comprando números de lotería.