Nada qué hacer

Tengo a la niña enferma. Dos días sin ir al colegio, que es lo que menos importa, pero ayuda a dar una medida de lo mal que se siente. Es un virus, pero sí nos preocupó porque le duele el estómago. Lo genial es que sigue con hambre. Pero me preocupé. Mucho. Porque no sé qué tiene y porque no sé qué hacerle. No se le puede hacer nada, más que estar con ella.

A veces las personas que queremos no están bien y no hay nada qué hacer para ellos. Sólo estar con ellas. Porque la gente, como los virus, tienen formas de remendarse solas y sólo necesitan compañía. Que uno los escuche. Que les haga un té de manzanilla y se siente con ellas a ver una película. El estar está subvalorado, pero es casi mágico.

Para el que acompaña, es un acto de presencia, pero sin hundirse. La gente que necesita consuelo puede hundirnos, la enfermedad se contagia, la tristeza se multiplica. Estar es sólo eso. No impregnarse. Así como me toca cuando tengo bichos enfermos. Les basta con que me quede un rato. Aunque sí hago las cosas que necesito. Es muy fácil caer en la trampa de perderse en las personas que nos necesitan. Allí no le servimos a nadie, menos a nosotros mismos.

Espero que mañana esté mejor la niña. Realmente es horrible verla mal.

Las carretas en el súper

Manejar un carro un poco más grande que el promedio ya de por sí es problemático en Guate. Sólo es rico porque las camionetas lo piensan un poco más antes de embestirlo a uno, pero los parqueos y los espacios y lo duro no es tan bonito. Me bajo del tanque en el que ando estos días y entro aliviada al súper… sólo para toparme con que está llenísimo y que salí de una atorazón a otra.

Dejar las carretas a medio pasillo, que no importe si hay alguien atrás mío, yo me paro donde quiero, cruzar sin revisar si viene alguien más… De verdad no entiendo en qué momento dejamos de estar conscientes que hay más gente a nuestro alrededor y sólo actuamos conforme a lo que nosotros queremos justo en ese momento. Si se supone que los humanos somos seres sociales, que estamos acostumbrados a sobrevivir en manada. Pareciera que hubiéramos evolucionado de animales solitarios, gigantes y todo poderosos que no necesitaban de nadie más.

Lo verdaderamente absurdo es que cada vez estamos más interconectados. La tecnología nos acerca virtualmente a cualquier persona en el mundo. Bien podemos ver cómo vive alguien en la China. Pero no terminamos de acoplarnos a navegar entre las necesidades de los demás, a la vez que satisfacemos las nuestras. Simplemente se nos olvida. Como la carreta atravesada de tal manera que no pasa nadie más.

Tendríamos que poder caber todos. Y yo no vuelvo a hacer súper tarde.

Nueva rutina

Este lunes comienzo una nueva rutina de pesas. Tengo años, muchos, de alternar entre los mismos movimientos y, aunque la varío, pues son los mismos y creo que es bueno cambiar. Los músculos son especialmente eficientes y se acostumbran muy fácil a lo mismo. Para eso están hechos, para poder tener el menor esfuerzo posible en un movimiento repetitivo. Al final del día, queríamos gastar la menor energía posible.

Pero ahora resulta que tenemos que cambiar. Siempre. Porque lo que se queda igual, se estanca y hasta el agua estancada se pudre. Tenemos que cambiar, todo. Pero no un cambio descontrolado. Correr en círculos es cambiar de lugar, pero no nos lleva a ninguna parte. Cambiar un dulce por otro, una mala palabra por otra, un vicio por otro, no parece muy productivo. Hay que cambiar para avanzar, o sólo nos agotamos sin ningún propósito.

Para eso necesitamos ayuda. Alguien que pueda vernos desde afuera y darnos un consejo. Como ahora que contraté a una mujer que tiene el cuerpo como esculpido para que me ayude con la llanta que no se me va. Tal vez no me mire como ella al final, pero seguro el cambio me va a caer bien, aunque ella no me caiga muy bien los primeros días de dolor de cuerpo. No importa, el dolor también nos indica que hemos cambiado.

Otra vez una primera

Ulises parte hacia Ítaca

de nuevo, por primera vez,

cada vez que contamos la historia

haciéndola nueva,

con llenar oídos que nunca la han escuchado.

Igual que el mar eterno

es una gota recién sublimada

en cuanto se contempla

con los ojos incrédulos por la inmensidad.

Igual que la historia más vieja del mundo

no se ha contado jamás

hasta que unos labios se encuentran

por primera vez.

Y aquí vamos de nuevo

Cada cierto tiempo escribo lo mismo: tengo examen de karate y estoy nerviosa. Nada, pero nada cambia, no importa cuántas veces lo repita. Es porque me importa. Demasiado. Es algo que me gusta hacer, a lo que le dedico mucho tiempo, que demanda todo lo que puedo darle a algo físico. Tengo compañeros de mucho mayor rango a quienes les debo hacerlo bien porque me ponen atención y me dedican su tiempo para ayudarme. Es importante. Y por eso me pongo nerviosa.

Las cosas que nos importan nos preocupan. Les ponemos más atención y queremos que salgan mejor que bien. Y muchas veces esa misma presión nos hace no hacerlas tan bien. Es como si el quitarle presión a las cosas permitiera que fluyeran mejor. Tna. Todo es así. Sin presión las cosas pasan fácil, sin tensión, como un trago de agua fresca por la garganta. Las relaciones sobre las que no ponemos expectativas asfixiantes nos llenan de una manera más natural, la ropa en la que nos sentimos cómodos nos sienta mejor, las conversaciones sin conflicto son las que duran horas hasta el día siguiente.

La importancia es un arma de doble filo. Debería poder confiar que le he puesto tanto empeño que no necesito preocuparme. Que ya hice todo lo que tenía que hacer para estar preparada hoy.

Así voy a tratar de hacerlo, pero no me puedo asegurar que no me vayan a temblar las piernas estando allí. Y todo va a estar bien.

Comenzar con el “no”

No, no sé hablar francés. No, no tengo mi cinta negra. No, no he vendido muchos libros.

Todo lo comenzamos en no y luego lo vamos adquiriendo. No estamos con esa persona que nos gusta. No tenemos el trabajo que queremos. No hemos escrito la tesis para graduarnos. Pero hay una palabra mágica, más que “abracadabra”, que nos abre todas las puertas que tienen por rótulo el “no”.

AÚN. Ese aún que todavía se tilda porque sustituye al “todavía”. No, no hablo francés, aún. Porque no nacemos sabiendo, haciendo, teniendo. Nacemos con una hoja enorme, relativamente en blanco, que vamos llenando de lo que queremos ponerle. Todos los días le pintamos algo nuevo, aunque no queramos, o no nos demos cuenta. La llenamos de todas esas cosas que vamos acumulando. Todo deja marca, pero la hoja se va moviendo como aquellas “televisiones” que hacíamos de pequeños en el colegio con una caja de zapatos. La historia que nos escribimos siempre está en movimiento y dejar el lápiz parado sólo traza líneas aburridas.

No, no sé hablar francés, pero estoy aprendiendo. No he vendido muchos libros, pero ya fui a dejar una muestra a una librería para poder hacerlo. No tengo mi cinta negra, pero mañana hago un examen que me acerca a un grado de tenerla.

No. Aún no. Pero ya casi.

Las diferencias pequeñas

He tenido oportunidad de estar en países con varias horas de diferencia de mi horario habitual (hasta 8) y otros con menos (3) y, por mucho, cuesta más adaptarse al que menos cambio tenía. Resultaba que, para mí, eran las 4 de la tarde y allá ya eran las 7 y yo no tenía hambre ni de chiste, pero casi era la hora de cenar o ya se hacía muy tarde para salir, pero según yo aún era de madrugada… Y así. Raro.

Como si pudiéramos adaptarnos más fácil a los cambios drásticos. “Ahora es de noche, mira, está oscuro, no importa que para ti aún sea de día de donde vienes.” No es ese medio cambio que hace que todo parezca igual, pero distinto. Tal vez por eso es que nos trabamos con las evoluciones diarias, constantes y pequeñas que tienen las relaciones de siempre. Ese pequeño ajuste que hay que hacer, que es como angular la vela unos cuantos grados a favor del viento. Al final de un viaje largo, los cambios pequeños cuentan. Y mucho. Claro que es más fácil ver la necesidad de arreglar el curso cuando se está en medio de una tormenta. Pero eso no le resta importancia a lo sutil de la cotidianidad.

Es igual que el pequeño pedazo extra de chocolate todos los días. Ése que tengo al lado mientras escribo y que no como. O al menos no siempre.

Las buenas malas ideas

Ir a Dollar City para “ver qué hay” es lo más cercano a recolectar hongos en un bosque prehistórico que tengo en mi vida moderna. Salgo como mis antepasados lejanos a buscar algo que me llame la atención. Hay unos flamencos rosados de plástico que quiero poner en el jardín porque son tan feos que son lindos. Y marcos para fotos por imprimir. O cachivaches para la cocina, que son útiles, pero que no necesito. Hasta que llego al área de mascotas y se me van los ojos por todos los juguetes para gatos. Todos me gustan. Los apuntadores láser, los ratones que penden de palitos, los pajaritos que se rellenan. Esta vez ganó un animalejo que hace ruido. Genial. Hasta que, ya en el carro, me sonó el bicho todo el camino y me vi a media noche, despertando sobresaltada y con el corazón en la garganta por el “mimimimimimipripripripirpirpir” del aparato del infierno.

Hay ideas del todo geniales, ejecutadas a la perfección, que quedan exactamente como las queríamos y de todos modos no sirven. Porque son malas ideas bien hechas. El pastel de un ingrediente que no nos gusta, que probamos hacer por necios y que siempre sí no nos gustó. La relación con la persona que no nos llena, a la que le metemos todo nuestro esfuerzo, pero que no quita la carencia de un ingrediente principal. El trabajo que nos da de comer, que hacemos como maestros y que no nos gusta.

Tal vez no es tan necesario que las cosas sean perfectas para ser buenas. Así como el mejor vino es el que más nos gusta, las mejores cosas en nuestras vidas son las que más queremos.

A la gata, obvio, le fascinó el juguete y anda con él por toda la casa. Cuando llega la noche, lo decomiso y lo guardo. Puedo mejorar una mala idea por muy buena que haya sido.

La gente sin cara

Pasamos la vida

sin ver a la gente a la cara

agarrando el papel que nos dan,

pidiéndoles la comida,

pagando la gasolina.

Podríamos vivir en un pueblo

de gente sin rostro,

igual lo olvidamos.

¿Cuánto falta

para que llegue el día

que ni siquiera veamos

la cara del espejo?

Por la niña que me hace ser mejor mujer

Mañana (el 6), cumple 8 años mi niña. La que casi se muere cuando compartíamos piel. La que no lloraba cuando tenía hambre, gruñía. La que pesaba menos que mi gata pequeña.

Esta niña, con su carácter firme, su determinación, la empatía, la necesedad… por ella yo trato de ser mejor. A mi estilo. Con las dificultades que no le oculto. Con los defectos que no le justifico. Porque tengo. De ambos. Y mucho. Y ella también. Pero es allí en donde crecemos.

No quiero que ella jamás sienta que no está cumpliendo mis expectativas. Quiero que se esfuerce y se caiga y aprenda y siga. En toda sinceridad, es difícil no verse en los hijos. Imposible no hacer algo mal. Sólo hay que procurar que las cosas negativas los fortalezcan, no los destruyan.

Me cuesta ser mamá, por ese simple hecho: sé que algo he hecho, estoy haciendo y voy a hacer mal. Espero que lo bueno lo compense.