El peor momento que tengo como mamá es ver lo que se les viene encima a mis hijos y no poder evitarlo. Yo ya pasé por los momentos incómodos de la adolescencia, las peleas, la impopularidad, el sentirse solo. Y también por reírme y sentirme a las puertas del mundo, y creer que todo lo sabía. El problema es que yo puedo conocer ese momento, y no les puedo evitar que pasen por el río turbulento si quiero que progresen.
Cuando son pequeños y uno toma tantas decisiones por ellos, es fácil creer que eso puede seguir en la impunidad. Pero si uno hace bien su trabajo, el chiste es soltarlos hasta que las decisiones las toman ellos y uno sólo sirve de escucha, de consuelo, a veces de consejero y siempre, siempre, de lugar seguro. Es lo único que uno puede hacer y, sinceramente lo único que uno debería querer hacer.
Entre uno que ya se va y la otra que vive del drama, yo me parto por dentro y los dejo por fuera. No porque no me importe, sino porque no puedo vivir sus vidas, por más que vea dónde están los obstáculos. Les toca a ellos mismos matar al dragón. O que los queme un poco en el proceso.
