Un lirio

Compré una cala, que es una planta, que es un lirio. Negro. Una belleza. Me gustó tanto que regresé por ella después de haberla visto el sábado. Me la compré porque quise, porque no le sirve a nadie más que a mi gusto, porque podía, porque sí. A veces cae tan bien hacer esas cosas y disfrutarlas.

Está muy bien tener compromisos, ser emocionalmente responsable, tener correspondencia con la gente que queremos. Saber que nuestras acciones afectan a los demás y también tomar eso en consideración. Claro que es importante, porque no podríamos vivir en sociedad de otra forma. Y también es necesario uno velar por uno. Ese ir y venir de la vida, como siempre.

No tengo un buen récord con las plantas. Al menos no lo tenía hasta que viven dos orquídeas conmigo en mi cuarto y parece gustarles mucho cómo las cuido. Veremos qué tal le gusta a la cala estar en mi casa. Porque ya vi otra planta que me gustó y que está esperando turno…

Contar historias

Hace poco recordé el cuento que me contaba mi papá de pequeña. Siempre era el mismo. Con pocas variantes. Y siempre se lo pedía. No quería para nada que me contara otro. Lo escuché toda mi infancia. Estoy segura que lo conté diferente.

Tenemos la obligación de contar las historias que conocemos de forma distinta de como nos las contaron. Porque las tenemos que ver desde nuestro punto de vista y eso necesariamente las modifica. No está mal. Sólo es lo que es. Y eso pasa con cualquier reinterpretación de lo que ha venido antes.

Igual, nos contamos nuestra propia vida de diferentes lados. Preciosa forma de trascender, porque quedarnos estancados en el momento en el que vivimos las cosas que nos dolieron sólo nos ancla a la impotencia. No se trata de ponerle a todo una pátina de felicidad. Hay momentos difíciles que tenemos que poder ver de frente y aceptarlos. Pero, creo que nos debemos el salir adelante, no cargando lo feo, sino transformándolo en otro eslabón de la cadena de nuestra armadura. De nuestro traje. No es para hacernos más duros. Es para saber. Conocer. Conocernos. Y ser felices.

Platicar

¿Como están tus conversaciones? ¿Te dejan agotada o con ganas de más? ¿Tienes que pensar de qué le vas a hablar para no molestar? ¿Fluyen? ¿Escuchas con interés?

Hablar, verdaderamente hablar con alguien no es botarle encima todas las ideas como si fuera un balde lleno de confeti y alejarse, satisfecho por ya no andar cargándolo. Implica mucho más estar callado. Arriesgarse a decir cosas que incomoden. Aceptar escucharlas. Estar abierto a nuevas ideas y preparado para plantear las propias con argumentos, no berrinches. Es abrirse, compartirse. Soltar la máscara. Ser vulnerable.

El mejor termómetro en una relación es la capacidad de hablar. De nadar en la superficie de las banalidades y sumergirse en la profundidad de lo que más guardamos. Es darle forma a lo que sentimos, a la relación, a lo que nos une y separa. Las palabras son los materiales con los que construimos nuestra realidad. Poder articular la vida la trae a la existencia, pero sólo si hay correspondencia entre lo que se siente, se dice y se hace. No se tiene eso con cualquiera. Pero es necesario hacerlo con los nuestros. Para hablar del tráfico, y nada más, está el resto del mundo.

No hay vuelta atrás

Cada decisión que tomamos es irreversible. Cruzamos el Rubicon en cada aliento. El tiempo no va hacia el pasado. Y no importa.

La vida, si uno se deja, tiene una forma de acumularse en lo bueno. Es cuestión de voltear a ver hacia el lugar correcto.

Yo creo que hay decisiones que podríamos haber tomado mejor. Y también creo que, no importa qué tan buena haya sido la escogencia, siempre nos vamos a preguntar si no hubiéramos estado mejor con otra.

Llamar la atención

Hay cosas que inmediatamente me hacen voltear a ver: un olor rico, el viento fresco, una voz agradable. Cosas intangibles.

Quisiera creer que cada vez me encantan más cosas bonitas. El mundo está lleno de belleza. Sólo hace falta fijarse

Me gusta pensar que cada vez me va a ser más bonita la vida.

Lo mejor

A mí no me gustan las cosas, me encantan. No son bonitas, son espectaculares. No estoy bien, estoy súper bien. No me cae mal algo, lo detesto. El día no está feo, está espantoso. Y no quiero a los míos, los amo. Mis hijos son los más bonitos, mis animales son los más divertidos, mis amigas las mejores… No es que no les mire las cosas malas a todos, o lo bueno en lo desagradable. Es que así siento las cosas y las digo como sale y suena… un poco demasiado a veces.

Antes me hubiera preocupado. Hubiera cuestionado si estaba siendo exagerada y si eso me llevaba a alguna parte. Siempre hay una guerra civil entre mi razonabilidad y mi emocionalidad. Todo pasa por el filtro de mi mente, crítica y fría. El corazón quiere salírseme del pecho y tiene frenos. Pero esa combinación nunca me dejan tibia. Callada, tal vez. Indiferente, jamás.

Es bueno tener un estratega calmado que encauce las pasiones de los sentimientos. Pero es bueno también tener esas formas de sentir sin miedo. ¿A qué horas el mundo tiene que ser neutro para uno ser una persona inteligente? La capacidad de irse a extremos (sin hacerlo, porque vaya si no mete uno la pata) es simplemente la capacidad de disfrutar la vida hasta la última gota. Seguiré pensando que lo que a mí me gusta es lo mejor del mundo mundial. Y preocupándome absolutamente en nada si alguien más comparte esa opinión.

Repetido

Ya se dijo todo, lo lindo, lo sublime,

lo que lastima y desgarra.

Antes de inventar estas palabras,

de coleccionar diccionarios y gramáticas.

Dos amantes ya se juraron hasta la muerte

los ojos se compararon con estrellas.

Hasta las cosas nuevas ya existieron antes

todo está sentido, llorado, exclamado.

Y a ti, te lo repetiría todo.

El modo

Mi papá solía decir que todo tiene modo y que, invariablemente, es suavecito. La total hipotenusa viniendo de él. O tal vez era por experiencia de lo que no funcionaba.

Generalmente, hay una manera adecuada de hacer las cosas. Es la solución más sencilla, la explicación más simple, el método más eficiente. Aprenderlo, sin embargo, es lo complicado, cansado, arduo. Porque la única forma de hacer que algo complejo se mire fácil, es haberlo repetido, bien, quinimil veces.

Las relaciones no son distintas. No es que no requieran esfuerzo. Es que tiene que ser fructífero. Como patinar. Deslizarse parece sin fricción. Igual hay que sudar.

Conversaciones pendientes

Prefiero discutir por texto. Me da tiempo de pensar en lo que quiero decir y lo que no quiero decir. Siempre me ha pasado que me quedo con ideas geniales de lo que hubiera podido contestar, dos horas más tarde. Fatal.

Es difícil comunicarse con exactitud cuando uno habla para pensar, como nos pasa a los extrovertidos. Y decir lo que se quiere, cuando se piensa para hablar, como buen introvertido. Y luego están todas esas discusiones que tenemos en nuestras mentes y que quisiéramos poder soltar. Pero no siempre se debe.

Ufff. La cantidad de cosas que no he dicho debería tenerme gorda por tragarme las palabras. Simplemente no quiero derramar veneno que después no pueda recoger. Si la conversación no tiene más finalidad que el desahogo, sin solución, sin crecimiento, he aprendido que no vale la pena. Seguiré imaginando escenarios imposibles y guardando mis ideas. Hasta que se me pase la gana de soltarlo.