Lo que dices que te dije
las cartas que me enseñas
las canciones que escuchaste
el peso de mis manos
no lo recuerdo, no te recuerdo
no quiero recordarlo.
Lo que dices que te dije
las cartas que me enseñas
las canciones que escuchaste
el peso de mis manos
no lo recuerdo, no te recuerdo
no quiero recordarlo.
Siempre me ha sorprendido cómo los hombres van a la peluquería a buscar a su peluquero de siempre para quedar igual que el día que decidieron que ÉSE era su corte de pelo. Sólo los estragos de la calvicie hacen que un hombre reconsidere cómo peinarse. A veces, ni eso. Las mujeres, en cambio… Igual vamos con el mismo estilista toda la vida si tenemos la suerte que nos la durez, pero parecemos parte del coro griego de alguna ocasional tragedia cuando nos sentamos y decimos: “ya me aburrí, quiero algo nuevo”.
La constancia es una virtud tan subvalorada, que sólo se nota cuando hace falta. El restaurante que deja de ser rico, la casa que deja de estar ordenada, la relación que ya no funciona… Nos fijamos en lo que es distinto y nos acostumbramos demasiado rápido a lo que marcha bien. Hay que hacer un esfuerzo para agradecer todos los días las cosas que damos por sentado. Cuando vivimos rodeados de maravillas como la luz eléctrica y el agua corriente. Y no lo digo para recriminar ajenos, lo hago como auto recordatorio. Las cosas que van bien, no lo hacen solitas. Requieren de un esfuerzo constante para mantenerlas.
Hoy fui a cortarme el pelo y me tragué la petición de cambio. Porque está bien salir del salón viéndose uno igual. Porque, al menos en estas cosas, puedo tener consistencia.
Rl día de la semana que no existe. En martes no pasa nada. Es el puente entre el comienzo y la mitad. Es un día para llenar con mandados. O leer. Ni siquiera el vino se abre los martes.
Tenemos aficiones ilógicas por cosas neutrales como una taza o un día de la semana. A mi me gustan los jueves. Es un día sin presión para llenarlo de algo especial, lleno de posibilidades. Pero los martes están demasiado lejos del sábado y sin la novedad del lunes.
Como con todo, le toca a uno mismo darle el significado que quiera. Tal vez aprenda algún día a apreciarlos.
Estoy haciendo citas para exámenes médicos y, sinceramente, me es demasiado aburrido. Como todos los trámites en general. No me queda bien eso de las interacciones sociales a distancia. Peor si tengo que llamar por teléfono. Ahora a eso se le llama ansiedad social. Yo le digo pereza, lisa y llana.
Parte también tiene la culpa el miedo a equivocarme. A que se me olvide un paso esencial y ya no se pueda seguir con el proceso. O que alguien me llame la atención. Seguro es algo no resuelto en mi composición emocional en lo que tengo que trabajar.
Es curioso cómo uno se va dando cuenta de todos esos pequeños agujeros por donde se cuela la autoestima. Y, como uno nunca está contento con lo que tiene, hasta encuentra y hace nuevos. Creo que, así como he decidido no gastar en cosas que no necesito (no, el pichel no cuenta), debo proponerme tapar la mayor parte de esos hoyos. No es el momento de tener menos autoestima. Nunca lo ha sido.
Valoramos tener cosas. Ir a lugares. Sentarnos a comer lo que nos gusta. Todo eso está perfecto, yo misma disfruto demasiado de un buen vino y una bolsa de TorTrix como para desdeñar los placeres de la carne. Y también tenemos una aversión especial a las pérdidas y los problemas. A nadie le gusta estar con el agua al cuello. Pero… Si algo he aprendido de este año, es que nada es tan bonito y todo es menos malo, cuando uno tiene esa elusiva calma interna que sólo viene de uno mismo.
Estoy demasiado lejos de ser un monje zen, de esos que no se inmuta por nada, porque todo lo siento mucho y profundamente. Pero sí estoy haciendo una buena frontera entre lo que siento y lo que me altera. Si pusiera las pérdidas y emergencias y cambios y decepciones de lo que han sido estos nueve meses sobre papel, en blanco y negro podría describir éste como uno de los años más difíciles de mi vida. Y, a pesar de todo, aún sintiendo la tristeza y el duelo y la preocupación, me despierto agradecida y con felicidad en mi corazón. Porque me siento capaz de no romperme, de encontrar las soluciones que se requieren de mí, de llorar y quejarme con las personas que me escuchan, secarme las lágrimas y seguir.
Si algo he aprendido en este año, es que me puede pasar una de las peores cosas que creí que me podía pasar y no romperme. No endurecerme por dentro. No renegar de mi existencia. La vida siempre es dulce para el que esté dispuesto a beberse hasta el último trago. Y, mientras más se permite uno sentir, más oportunidad tiene de mantener el corazón abierto. No importa que le hagan falta pedazos.
He tenido demasiado tiempo
el puño cerrado porque creía que era mejor
retener.
La indignación, la rabia, la impotencia,
la tristeza, la decepción.
Un puño cerrado es símbolo de lucha
de dar golpes y hacer daño.
Pero sólo me dolía a mí.
Ahora llevo las manos abiertas
y se me cae la frustración al suelo.
Sólo una mano suave puede dar una caricia
y puedo agarrar otra.
La dulzura se lleva por dentro
sin necesidad de retenerla.
Yo puedo adaptarme a las circunstancias, siempre y cuando esté preparada. Y, yo sé cómo suena eso, pero creo que no es poco común.
Nos movemos entre planificar y adaptar. Entre hacer horarios e improvisaciones. Entre seguir las reglas y romperlas. Pero necesitamos conocerlas y saberlas para poder adaptarlas. Primero hacemos óvalos. La letra que nos salga al final, ya es cuestión nuestra.
Detesto hacer planes sin cumplir. Pero no me molesta saber de antemano que se pueden modificar. Fluir. Pero controlado.
Me acabo de enojar tanto que me duele la cabeza. Y de todas formas no tengo lo que quería. Pude haber hecho lo mismo, sin enojarme. Así como podría dejar ir y perdonar. Así como podría ser tanto mejor en muchas cosas.
Los sentimientos tienen una vida real muy corta. Todo lo que sentimos acerca del pasado es ficticio. No se refiere a ese momento, porque no viajamos en el tiempo. Es simplemente nuestra emoción actual. Es cómo nos sentimos acerca de un hecho imaginario, en tanto que lo estamos reviviendo únicamente en nuestra mente. Y, allí, deberíamos procurar no alimentar una emoción negativa.
El enojo sirve en el momento. La reacción debería ser considerada. El resentimiento no sirve para nada. Y, por supuesto, no alimentar sentimientos que nos hacen mal, nunca quiere decir no alejarnos de las situaciones que los provocaron. Pero… ¿cómo le hago para dejar ir si tan satisfactorio para el ego meterle cizaña y sentirme justificada? A veces uno, por tonto, prefiere el dolor que el dejar ir. Espero aprender a hacerlo.
Me gusta cuando te vas
dejas el cuarto revuelto
y a mí en calma
lo aprecio mejor porque no es siempre
aunque no me molestaría que lo fuera.
Mientras eso pasa
seguiré viendo como te vas
esperando que regreses.
La vida transcurre entre planes y reacciones. Y lo que las une son decisiones. En las primeras son antes, en las segundas son después. Y lo verdaderamente relevante es cómo nos conservamos en ambas.
Tenemos una capacidad de hacer espacio entre un impulso y nuestra reacción. Mientras más espacio emocional tenemos, mejores decisiones tomamos. Para eso sirve la meditación. Una vida mejor considerada.
No me gusta reaccionar sin consideraciones. Aunque a veces sea necesario tomar decisiones en un instante. Y, allí, es donde hay espacio para creer.