Me acaban de decir, como cumplido, que mi hijo es igual de claro y directo que yo. Lo aprecio porque nunca hemos confundido la claridad con la grosería.
Da una medida enorme de seguridad hablar con alguien que uno sabe le va a decir la verdad, aunque no sea lo que uno quiera escuchar. Así se aprende qué tipo de comida le gusta, o cómo prefiere que le digan. No hay necesidad de mentir si lo que quiere la otra persona es conocerlo a uno. Nos evitamos ambos gastar energía.
En casa somos brutalmente honestos. Con el cariño que debe llevar cualquier comentario. Y caminamos sin dudar que pisamos terreno firme.
