Para ser luz

Rodearse sólo de personas agradables es imposible. En primer lugar, porque nadie es agradable todo el tiempo. Todos tenemos momentos insufribles. Hay que aceptar que los humanos variamos de humor. En segundo lugar, lo que me gusta hoy me puede desagradar en unos años. También parte de nuestra composición emocional.

Pero… lo que sí puede procurar uno es ser no-insoportable todo el tiempo, al menos hasta donde uno se puede dar cuenta. Eso implica la amabilidad, la empatía y la cortesía. Todas cosas que pueden ejercitarse.

Tal vez uno no pueda ser luz para todos todo el tiempo, pero sí, por lo menos, no ser tormenta.

Ser útil

Hoy tuve un pequeño momento de felicidad por algo igualmente pequeño. Pude hacer un cariñito para alguien querido, con alguna medida de eficiencia. Sentirme útil es uno de mis estados favoritos. Me viene igual al lavar la ropa, hacer la comida, ver felices a mis hijos. Llegar con las compras justas, manejar la casa, lograr escribir algo coherente. Las cosas pequeñas que hago bien de alguna forma me alientan a pensar que puedo hacer otras, más trascendentes, con más peso. Pero también me enseñan que son igual de importantes que las sonadas, las públicas, porque son de las que está hecha mi vida, al final del día. De cada día.

Tomar una taza de café que sepa rico, porque la hago como a mí me gusta. Saber que puedo seguir una receta y va a quedar como quiero. Luego se me ocurre que tal vez el karate no me sale tan mal (aunque sí), o que eso de ser mamá no está tan desfasado, aunque a veces también. Y no importa. Porque es de lo que se puede ir arreglando en el camino.

Supongo que la vida realmente se termina cuando uno se deja de sentir útil, no importante. Y por eso sirve salir de uno mismo y darse a alguien más. Hasta en cosas pequeñas. Mejor dicho, sobre todo en las cosas pequeñas que no son sonadas, que pasan como un trago de agua.

La importancia de la ausencia

Entrar a una casa limpia es no fijarse que algo está sucio. Las cosas que nos dan comodidad todos los días se basan más en lo que no está: no hay malos olores, no hay polvo, no hay desorden. Y esa falta no se nota. Es la piel sin manchas que de pronto se afea con un grano (como me está pasando con el niño y su nariz de preadolescente).

La ausencia se vuelve tan importante como el silencio en la música, como el espacio vacío en el arte, como la nada en la que explota el universo. Pero como tal, es efímera, se rompe con la menor interrupción.

Fijarnos en lo que hace falta, porque está todo, es uno de los mejores caminos a la satisfacción. El aire huele bien, el piso brilla, la casa está en orden, las sábanas se cambian los martes y el almuerzo se sirve a la una. Pequeñas maravillas de la rutina que abrazan con su simpleza y son calladas, suaves, la mano de una madre acariciando al bebé de noche sin despertarlo.

Tal vez tengo que hacer más énfasis en las cosas que no están, para que las apreciemos.

Libertad de no hablar

Todos tenemos una tía que se quitó los filtros para decir las cosas. Tal vez nunca los tuvo pero en su juventud le decían que no hablara y ahora de vieja se siente con derecho a soltar al mundo todo lo que se le viene a la cabeza. Sin mala intención, pero sin considerar sus palabras.

Existe una confusión entre hablar cualquier cosa y tener libertad de expresión. La diferencia es que, en la primera, igual somos presos de nuestras palabras, que se salen sin ser examinadas. Evaluar lo que vamos a decir comienza por tomar en cuenta si verdaderamente nos importa. Si tiene algún propósito. Además que es bueno medir las consecuencias.

Yo quiero envejecer por el lado amable. Y sentirme en la completa libertad de hablar todo lo que quiera, pero con la sabiduría para no querer decirlo todo.

Contra el frío

La receta contra el frío:

un suéter de la mamá, pasado de moda

té de jengibre, picante y con canela,

una niña pequeña, pegada en la cama,

un gato, o dos, peludos,

deseo de chocolate después de almuerzo

y la esperanza de hacer contigo otro recuerdo.

Una cuestión de consumo

En estos meses de cambio, he apreciado aún más mi ropa. Me gusta toda y siento que no necesito más. La maña de querer una quinta blusa blanca es únicamente la ilusión de ser importante. Nadie se fija si es la misma ropa de la última vez. En realidad, lo de la moda deshechable es tan moderno, que sólo hay una generación de por medio entre las mamás que todo se lo hacían ellas mismas y nosotros que todo lo compramos.

Claro que acercar la posibilidad de ropa accesible a bajo precio a todos es una maravilla. Pero entre eso y sentirse obligado a comprar todo lo nuevo porque lo demás ya pasó de moda es un desperdicio. Peor aún si es porque lo de hace un mes está tan mal hecho que se deshace.

Supongo que estar en casa, sin tener que impresionar a alguien más, debería enseñarnos a no tener que hacerlo nunca. Y supongo que es algo bueno del encierro. Sólo espero que nos dure.

El punto al final

Hay pocas cosas tan pequeñas que tengan tanto peso como los puntos. Los ponemos en papel (pantallas) y los buscamos en la vida. Ponerle el final a las cosas no se logra sin ese diminuto gesto de apuntalar. Pareciera una presión que cierra la puerta.

No se necesita nada para terminar algo. Apenas nada. Sólo la fuerza de voluntad para alejarse y no quedar convertidos en estatuas de sal. Porque en realidad no hay historia que termine del todo donde la dejamos. Es más bien nuestra ignorancia de lo que pasa después lo que la aleja de nosotros.

Los puntos sólo nos sirven de roca desde donde saltar a lo siguiente. Regresar a moverlas generalmente saca gusanos. Así, el final es el que vivimos y mejor aprender a no pretender saber si, los que dejamos atrás se quedaron allí o siguieron con sus vidas. No debería ser relevante.

Los finales anunciados

Durante siglos y siglos, las historias se repiten. Ya sea de política, de familia, ciertamente de amor. Y siempre, siempre, creemos que podemos tener una distinta. Lo cierto es que, aunque nuestra historia particular no ha sido escrita y se desarrolla por un camino especial, los trazos de las personas que nos han precedido corren paralelo y muchas veces coinciden.

Pero… nada de eso nos impide vivir. Sólo porque sabemos cómo termina el cuento, no dejamos de leerlo. Tal vez es parte de la cuesta que debemos subir todos.

Este año, con todo lo inesperado, no deja de ser predecible. Llegará el 31 de diciembre, le daremos vuelta al calendario y tendremos cuidado de poner 2021 en los cheques (por muy pocos que escribamos). Me gusta saber en qué va a terminar mi historia, más aún, me gusta no saber cuándo. Y creo que allí está el encanto.

Y el helado

Me quedé dormida como niña pequeña, boca abajo, abrazando una almohada. Seguro fue el helado que vine a rematar con un banano. Me despertó la posición extraña (duermo boca arriba, como vampiro) o el ruido del niño tirando una pelota en el jardín. Los domingos tal vez son espacios que voy recuperándole al año este, que tanto nos ha quitado. Imagino que la falta del paseo, la comida en casa, el helado de ventanilla, son preferencias, no imposiciones y que la vida transcurre normal.

Despertar a media tarde, con pocas horas de sol por delante, se siente como una pregunta: ¿sigo de largo hasta mañana o intento regresar a este día? Igual sé que sería imposible dormir las horas que distan hasta el sonido de pájaros de mi alarma. Y, aunque no tengo ni asomo de hambre, al parecer aún queda una comida en el día.

Así que recojo lo que me queda del domingo junto con el teléfono y el libro que casi termino y bajo a decir que cada uno encuentre qué va a cenar. Mañana regresamos a la rutina auto-impuesta para darle alguna forma al tiempo de gelatina que tendremos. Tal vez aún pueda comer un pedazo de pizza.