Cuando crecemos, vamos construyendo barreras. Algunas son esenciales como los filtros para hablar. Otras son invisibles hasta que nos chocamos con ellas. Pero todas están hechas con la buena intención de protegernos, aunque sirvan de pavimento en el camino ya sabemos a dónde.
Lograr envejecer sin amargarse es poder identificar las barreras que tenemos y elegir cuáles dejar. Tener la disposición de quitarlas para dejar entrar nuevas relaciones, aún sabiendo que pueden salir mal. Ser vulnerables, tener interés, sacar el corazón a que le dé la luz. Todo requiere voluntad, valentía y una sana dosis de locura.
Es interesante caminar con alguien a quien le interesa atravesar la pared con la que se topa. Y, aunque la cosa no resulte como uno quiere, no significa que no vale la pena derribar muros y exponerse al daño. Todo hay que usarlo en esta vida; la ropa, los trastos, las joyas, el corazón. Yo no me quiero morir dejando cosas perfectas sin usar. Mucho mejor que sirvan, aunque se rompan. Yo misma me he roto en tantos pedazos que ya no encontré todos. Y ahora luzco repuestos con orgullo. No estoy intacta, pero estoy completa.
