Hoy domingo es el día de la madre y a mí siempre me ha causado un poco de inquietud esta celebración. En primer lugar porque mi mamá murió hace casi veinte años. En segundo, porque creo que soy una madre mediocre, si bien me va. Nada qué celebrar. He hecho lo que puedo con lo que tengo. Si yo les contara a mis hijos la cantidad de veces que me ha costado hacerles la comida, lavarles la ropa, ser amable, pensar antes de reaccionar… No me aproximo al ideal de una madre como esas de reels. Ni de cerca. Pero siempre los he querido y querido hacer lo mejor para ellos.
No quiero calificarlo de tragedia, porque es muy dramático. Pero la parte más irónica de crecer es que, probablemente, nuestros papás tienen la respuesta a la mayoría de nuestras preguntas. Y nosotros no se los creemos. Es una falla en el sistema. O tal vez no. No siempre aprendemos a hacer lo que debemos sólo porque nos lo dicen. El dolor del calor del fuego es más intenso cuando nos hacemos la ampolla.
Si yo pudiera contarle a mis hijos cómo vivir, les diría que amen sin límites y se dejen ir como gordos en resbaladero por la vida. O sea, que hagan exactamente lo que van a terminar haciendo. No he conocido a nadie que valga la pena que no haya cometido errores ni que no se haya gozado vivir. Y eso conlleva darse de cara en el suelo, romperse el corazón, ser feliz, llorar, todo. Contarle a mis hijos de mi vida es una tarea sisífica. Porque la sigo viviendo. Porque estoy aprendiendo a ser feliz de otras formas. Y porque no pienso dejar de hacerlo hasta que estén seguros que estoy muerta. ¡Feliz día de la madre!
