Hace poco recordé el cuento que me contaba mi papá de pequeña. Siempre era el mismo. Con pocas variantes. Y siempre se lo pedía. No quería para nada que me contara otro. Lo escuché toda mi infancia. Estoy segura que lo conté diferente.
Tenemos la obligación de contar las historias que conocemos de forma distinta de como nos las contaron. Porque las tenemos que ver desde nuestro punto de vista y eso necesariamente las modifica. No está mal. Sólo es lo que es. Y eso pasa con cualquier reinterpretación de lo que ha venido antes.
Igual, nos contamos nuestra propia vida de diferentes lados. Preciosa forma de trascender, porque quedarnos estancados en el momento en el que vivimos las cosas que nos dolieron sólo nos ancla a la impotencia. No se trata de ponerle a todo una pátina de felicidad. Hay momentos difíciles que tenemos que poder ver de frente y aceptarlos. Pero, creo que nos debemos el salir adelante, no cargando lo feo, sino transformándolo en otro eslabón de la cadena de nuestra armadura. De nuestro traje. No es para hacernos más duros. Es para saber. Conocer. Conocernos. Y ser felices.
