Es chilero poder expresarse. No tanto cuando se olvidan los filtros. Y menos cuando es uno el que recibe esas expresiones. Mi mamá decía que las palabras tenían que pasar primero por el cerebro. Todavía no logro siempre que dejen de tomar atajos y salgan directo del hígado a la boca.
No estoy segura de coincidir plenamente con lo de que es más importante cómo se dice lo que uno dice. Me parece que es apreciar el regalo por el empaque. Y por el otro lado, los malos modos me pudren. Así que no me decido. Lo que sí sé es que, el conjunto de tono, volumen, expresión facial y contenido, son la bomba de comunicación que detona mis reacciones, para bien o para mal.
Así como la felicidad es un menor espacio entre expectativas y realidad, la paz está en agrandar el espacio entre recibir y reaccionar. Es en esos lugares de respiro que uno encuentra el camino para responder. Aunque uno se decante por la violencia, hasta allí vale la pena hacerlo de forma consciente.
