Que duerma el hámster

Anoche me costó dormirme. El hámster que da vueltas en mi cabeza no paraba de sacar pensamientos para examinarlos y rumiarlos. Me tienen despierta cosas a las que ya les encontré una salida, sólo porque aún no la he pasado.

Nuestro cerebro nunca descansa. Dormir sólo nos pone en modo inconsciente, pero las neuronas siguen echando punta. Por algo soñamos. Se puede aprovechar esto y pedirse a uno mismo que encuentre una solución. La cosa es acordarse al día siguiente.

Amanecí con los mismos pensamientos en el fondo de mi plática interna. No se van a callar hasta que tenga la plática externa con quien corresponde. Y eso también me mantiene despierta.

Un espacio

Es demasiado importante crear un espacio para hablar de forma honesta. Pero con ciertos requisitos: no se trata de una cloaca para la diarrea mental, ni de un confesionario en donde todo se absuelve.

Cuando uno está criando gente, este espacio es aún más importante. Se debe dejar claro que es mil veces mejor contar las cosas que ocultarlas y ser consecuente en las reacciones. No se deja pasar todo, sólo se escucha y se decide.

No es algo que venga natural. Se aprende a pura putrefacción de las cosas no dichas que lo persiguen a uno desde la oscuridad. Se aprende desde el rompimiento de las relaciones por no querer tener la conversación difícil. En el dolor de un fracaso por no saber cómo expresarse. Mejor evitemos todo eso.

Mucho tiempo juntos

Es una belleza pasar tiempo junto con alguien interesante. Sin prisa y sin distractores y con atención. Hay conversaciones que necesitan tiempo para llegar a ellas, como un destino lejano que se lleva mucho camino qué recorrer. Se comienza con temas livianos y el pozo de la relación, si vale la pena, lo va halando a uno a ir cada vez más profundo, a iluminar lugares menos claros, a bajar al origen, a conocerse. No cualquiera tiene esa disposición. O la profundidad misma. Hay gente que hace de su vida un charco y es feliz en la superficie. Bien por ellos.

Las conversaciones que marcan, no necesariamente son bonitas. Pero son la manera de sentar las bases de un mejor futuro. O de saber si uno ya no quiere seguir allí. Y ambas posibilidades son mejor sacarlas antes que después.

Pasara tiempo con alguien interesante, además, le permite a uno crecer. Reflexionar en los pensamientos que no siempre surgen. En recordar cuáles posiciones tiene uno mismo. Es un privilegio tener gente en mi vida con la que me gusta compartirla.

Cartas a mí misma

Me escribí una carta

con todo lo que no dijiste

y que ya no quiero escuchar,

sólo para guardar tus no palabras

donde quedaron las promesas

y lo que ya no quisiste.

Yo ya no lo quiero tampoco.

Sin receta

Acabo de volver a hacer pepián. La vez pasada quedó bien y ahora mejor. Pero es una de esas cosas que se hacen siguiendo instrucciones, aunque no recetas. Y no siempre queda igual.

Algo así con todo en la vida, hasta las dietas. No siempre son iguales. Tampoco el ejercicio. Menos la maternidad. Hay un norte, una idea de cómo se quiere terminar. Pero no paso por paso. Como una fórmula química. Es más parecido a la alquimia. Con resultados igual de maravillosos.

Hay que poder improvisar. Adaptar. Mejorar. Variaciones sobre un tema reconocible que uno hace nuevo cada vez que se le toca. Me gustan esas instituciones.

Ser liviano

Es bueno darle importancia a las cosas que las tienen. Las relaciones con los cercanos, las metas por alcanzar, los deseos. Las cosas tienen un peso propio y uno les presta atención que concuerda con el mismo. Pero… rumiar, sobrepensar, apoyarse en expectativas no les da mayor cuidado, sólo las hace más pesadas y se van hasta el fondo.

Yo he confundido muchas veces el cuidado con atormentarme por detalles. Por desbordarme hasta olvidarme de mis propias necesidades y luego quejarme porque no cumplen con expectativas no expresadas. Injusto para todos. En vez que mis detalles se apreciaran como algo bonito, llevaban la carga de un deseo no cumplido por mí misma. Imposible. Y he aprendido.

Ser liviano es más difícil de lo que parece. Hay que dejar ir cosas que parecen importantes. A las que les metemos tiempo y emociones. Y que, de pronto, hasta nos parece que son parte nuestra. Hay que re calibrar esas conexiones neuronales, pensar en lo que funciona. Y dejar ir lo demás.

Cuando se vuelve normal

Hablar de normalidad es peligroso. Se podrá hablar de comportamiento promedio con más propiedad, pero lo «normal» tiene demasiado qué ver con cada individuo. Porque a la gente la parece marciano que yo me despierte a las 4 de la mañana a hacer ejercicio y me acueste a las 8 de la noche, pero eso es lo que yo hago. Normal, en serio, no es un calificativo que sirva de mucho.

Pero no hay que descartar que hay comportamientos que se salen de la norma (son anormales por definición) y nos chocan. Hasta que se reiteran tantas veces que sustituyen lo anterior, para bien o para mal. Así vemos cómo hemos abolido instituciones milenarias como la esclavitud (al menos de forma legal). Lo. malo es cuando se fijan posiciones que no nos hacen mejores y ya las vemos como algo que debería suceder así.

Yo creo que hay ventajas de seguir las normas sociales y también en romperlas. Ambas posturas tienen consecuencias y hay que aceptarlas, porque no hay nada peor que tratar de hacer lo que a uno se le da la gana y no estar dispuesto a asumir el precio.

Mejor información

Detesto ir al médico. Peor si es para chequeos. Los exámenes de laboratorio me incordian. Y voy todos los años. Porque lo mejor que tiene nuestra medicina moderna es la detección.

Sería tan conveniente hacer lo mismo con el resto de la vida. Un pinchazo y uno ya sabe qué hablar en la terapia. O cómo tratar a los hijos. O qué camino escoger. Pero no. Toca tomar decisiones con poca información y hacerle ganas a las consecuencias.

Ya llegó el mes de hacerme exámenes y no lo voy a postergar. Me caen mal por incómodos. Supongo que la alternativa es peor.

Sin recubierta

Me acaban de decir, como cumplido, que mi hijo es igual de claro y directo que yo. Lo aprecio porque nunca hemos confundido la claridad con la grosería.

Da una medida enorme de seguridad hablar con alguien que uno sabe le va a decir la verdad, aunque no sea lo que uno quiera escuchar. Así se aprende qué tipo de comida le gusta, o cómo prefiere que le digan. No hay necesidad de mentir si lo que quiere la otra persona es conocerlo a uno. Nos evitamos ambos gastar energía.

En casa somos brutalmente honestos. Con el cariño que debe llevar cualquier comentario. Y caminamos sin dudar que pisamos terreno firme.