Vamos a darnos un tiempo

No eres tú. Soy yo. Necesito un espacio de soledad en el que se me acumulen todas las palabras y salgan explotadas, impactantes. Me quiero presionar. Hacer estallar. Forzarme a que se me junte todo y la alquimia saque algo diferente que hasta ahora.

No eres tú. Soy yo. A veces un tiempo separados hace bien, nos recuerda lo que nos gusta del otro y nos fuerza a volver. Porque volver siempre es una de las aventuras más viejas y más importantes. Todos queremos irnos para regresar, esperar para recibir. Todos somos Ulises y Penélope y Calypso.

No eres tú. Soy yo. No me voy por mucho tiempo. Dos semanas a penas. Prometo regresar como si fuera nueva.

 

 

El amor como la comida

Estaba haciendo buñuelos con recetas de familias diferentes a la mía, porque la de mi mamá no la encuentro. Siempre es una aventura hacerlos, porque son de ocasión (una o dos veces al año) y la masa tiene esa exactitud de las recetas de antes (hasta que se haga una bola, ¿cuál bola? ¿qué tan espesa? ¿la dejo en el fuego o no?), que se les adquiere el punto haciéndolas seguido. En casa no se hacen seguido, pero cuando se hacen, es como para un batallón. Tres recetas de una sola vez, para que valga la pena la meneada de la harina sobre la estufa y la batida de los huevos y la calentada del aceite (desde que me enseñaron a usar el sartén eléctrico para mantener la temperatura del aceite pareja todo el tiempo, es una adivinanza menos en la ecuación). Así que me paso un par de horas friendo buñuelos que me recuerdan al antojo severo que tenía yo de esas cosas cuando estuve embarazada del primero de los niños y que no logré que nadie me hiciera, porque mi mamá ya no estaba y mi suegra no sabía cómo. Aprendí a hacerme muchas cosas a mí misma, como los buñuelos, o algunos de mis pasteles favoritos, a coserle vestidos a la niña y a seguir las recetas. Tengo el sabor del recuerdo en mi boca con mucha comida y prefiero hacerla a mi manera para no competir con fantasmas. Tan parecido cocinar a amar. Sobre todo en recetas tediosas con resultados medio comunes. Los buñuelos son un perfecto ejemplo: requieren fuerza para batir la masa caliente sobre la estufa, paciencia para agregar los huevos uno a uno, después de esperar un rato a que enfríe, hacer una miel con sabor a algo más que sólo agua con azúcar y, luego, freírlos sin amontonarlos, esperando a que se den vuelta solos como por arte de magia cuando ya están dorados de un lado, siempre manteniendo el aceite a una temperatura adecuada. Todo esto, que lleva su tiempo, se consume en menos de tres minutos si se parecen a mis hijos que los aspiran como máquinas de tragar bolas de ferias olvidadas. El momento de disfrutar del amor es efímero, como la comida, y, si uno no lo sabe, cree que los platos aparecen por generación espontánea para nuestro consumo. Saber apreciar todo el trabajo que tomó el llegar hasta allí, aumenta el placer. Así como acordarse de los nuestros que ya no están, pero que nos siguen acompañando porque los invitamos a nuestras vidas cada vez que los pensamos. Así como hacemos de nuestros hijos parte de ese entramado de sabores con los que unimos recuerdos. El fiambre podrá no gustarme mucho, pero sí me gusta comerlo con los míos, como me gusta ver la forma en que desaparecen los buñuelos, como me gusta saber que saben que los amo, aunque las ocasiones especiales sean especiales y no comunes. Amar lleva mucho esfuerzo, del bueno, del productivo, del que se disfruta al final. Y del que hay que hacer muchas veces.

Corregir errores

En el colegio hacíamos matemáticas con pluma fuente. Con ese sentido del orden germánico que nos metieron entre números y letras, no dejaban que borráramos; teníamos que tachar nuestras faltas con una línea recta hecha con regla y volverlas a hacer. El error permanecía visible, pero anulado, por decirlo así. Limpio, radical. Tratar de borrar un trazo en lápiz siempre deja huella. Y ni me hablen del abominable “liquid” que deja una masa infesta que le grita al mundo que hay algo que nunca debió existir debajo.

Nada de lo que uno hace puede dejar de existir. Deja una huella a su alrededor que se puede rastrear hasta por la energía gastada en su lugar. Cada palabra, gesto, pensamiento, llevan una existencia en sí mismos que se acumula. Los errores que cometemos existen, por mucho que los tratemos de enmendar. Las consecuencias que van dejando se apilan, sobre todo las que están fuera de nuestro alcance corregir. Tratar de ignorar es apagar la luz en un cuarto que debemos saber navegar. Las cosas existen, por mucho que queramos ocultarlas. Es más ordenado y práctico, aceptar que fueron, que tuvieron un impacto que probablemente cambió el curso de nuestra historia y continuar.

Los errores en la vida no son tan fáciles de corregir como una suma mal hecha, pero tampoco significan algo insuperable. Sólo hay que estar dispuesto a volver a comenzar la ecuación y hacerla bien la siguiente vez.

Pensar lo peor

Tanto leer de cómo ha evolucionado el cerebro del humano y aún no me sirve para cambiar el cableado con el que venimos “de fábrica”. Ése que nos hacía sospechar de cualquier sombra porque podía saltarnos un depredador, el que nos ayuda a distinguir infinidad de tonos de verde (no entiendo cómo sobrevivieron los daltónicos) y que nos lleva a las peores conclusiones.

Porque, invariablemente, mi mente va a pensar lo peor. Si alguien no me contesta es que me dejó de hablar para siempre. Si alguien está tarde es porque se murió caminando en la calle y le cayó un piano encima. Si tengo una bolita en la pierna comienzo a repartir mis bienes. Todo lo llevo al extremo. Y yo sé que podría perfectamente utilizar toda esa energía para exactamente lo contrario: pensar lo mejor. No se trata de ir por la vida sin fijarnos en los barrancos, creyendo que podemos volar. Pero sólo utilizar la imaginación para armar películas de terror pareciera un desperdicio de masa gris.

Yo quiero pensar en bonito, sobre todo de cosas que no sé. Si no hay certeza de nada, ¿por qué no mejor imaginarme que todo está bien? Claro, para mientras, yo ya dejé de comer de la angustia. Lo cual tampoco me cae tan mal.

La cara de la verdad

Conocemos las cosas tan a medias, que decir que sabemos la verdad es una mentira parcial. En una conversación, hay una diferencia enorme entre lo que se dice y lo que se entiende, luego, aún está el componente de lo que se recuerda. Entre las cosas que yo solía hacer cuando trataba con clientes era seguir una conversación telefónica con un correo que rezaba como ensalmo: “de acuerdo a lo platicado con usted hoy…”, porque sufrí las consecuencias de los malentendidos, sobre todo en cuestiones de tiempos y cobros. Los clientes siempre entienden que las cosas salen antes y cuestan menos.

Lo cierto es que hay cosas fácticas que no tienen dos versiones: el fuego quema, el agua moja, el hielo es frío. Y, aún así, puedo asegurar que hay gente para la que una llama no es tan caliente como para otra y el frío no lo es tanto y el agua, pues tendrán impermeables y no la sienten. La verdad, eso que proceso nuestro cerebro para darle forma a nuestra realidad, es plástica.

Adaptarse a lo que percibimos, estar abiertos a que el otro no necesariamente lo tiene igual de claro, o tal vez sí, pero lo entiende diferente y navegar en un mar cambiante, pero con un faro al final del camino, es lo más que nos podemos acercar a tener una verdad propia. Para todo lo demás, están los textos a los cuales uno puede regresar para enseñar que, efectivamente, dijo que en esa fecha era la fiesta a la que había que ir.

Un día normal

Hoy bajé a la cocina dos veces. El resto del día se pasó entre vegetar viendo tele, vegetar leyendo y vegetar comiendo. Nada del otro mundo. Pero fue un día normal, de esos que deberían conformar la vida entera, en los que la normalidad es un río que baja feliz entre pequeñas piedras que lo hacen saltar.

Nos imaginamos la existencia entre grandes acontecimientos: nacimiento, graduación, primer trabajo, casamiento, hijos, muerte. ¿Y todo lo demás? Ese camino inclinado que llamamos la cotidianidad, y al que le atribuimos sólo cosas aburridas como la rutina, el tedio, la repetición, es todo menos poco importante. Es la tela de nuestra vida, el aire que respiramos, la comida que nos sustenta. La “normalidad” es lo que nos sostiene para los peores momentos, son los brazos que nos protegen cuando ya desfallecemos, la mano en la noche que nos encuentra para consolarnos.

Un día normal se repite para siempre y deberíamos cuidar que fueran los mejores, los más íntimos, los que nos llenen. La felicidad, cuando la recordemos, va a ser una tarde de reírse a carcajadas de cosas que ya no son importantes, sólo el sentimiento.

Este día fue uno normal y sólo pido que sean la mayoría.

Querer y no poder

Pasé toda mi infancia queriendo maquillarme. Mi mamá me obligó a esperar hasta los 15 y sólo para ocasiones especiales. Era más difícil porque yo tenía un año menos que el resto de mis compañeras del cole y, a esas edades, las diferencias superficiales marcan brechas profundas. Luego sí me maquillaba todos los días para trabajar. Después mejor me tatué los ojos porque me hastié. Ahora no me puedo maquillar aunque pueda, porque todo me da alergia.

La vida tiene etapas para hacer cosas y saltárselas es una de las cosas que más se lamentan después. Es como leer libros para los que uno no está preparado. Llegan en un momento en que no se entienden porque no se tienen las experiencias necesarias. Vivir tiene sus estaciones que ahora parecen adelantadas por la tecnología, pero que sólo son un tren que nos hace saltarnos estaciones que deberíamos visitar. Es muy triste querer retroceder el tiempo y hacer cosas para las que uno ya no tiene la edad, porque está viviendo otra etapa.

Yo ya no me podría maquillar todos los días, lo dejo para ocasiones especiales. Como ayer. Y hoy tengo los ojos que parecen tomates.

Pocas cosas que me mueven mucho

Ver anuncios emotivos en la tele me deja fría y las “chick flics” me dan alergia. La demasiada atención me hace tener sospechas de los motivos de quien me la da y los muchos cumplidos de gente no cercana me incomodan. Crecí en una casa de gente parca, con pocas demostraciones afectivas y un par de tonos abajo del drama.

Las preferencias de “sabor” emocional se construyen desde pequeños. Qué aceptamos y qué no como marco para demostrar nuestras emociones moldea lo que traemos ya en nuestra caja de herramientas. Algunos podemos darles mejor explicación a lo que sentimos, encontrar su fuente y ponerle una etiqueta. Otros no. A algunos les conmueven historias de perritos abandonados, a otros no. No es falta de sensibilidad, es una afinación para tocar diferentes músicas.

Yo nací muy llorona. Me lo quitaron a punta de burlas en el colegio. Ni bueno ni malo. Sencillamente mi forma de lidiar con la frustración no era la aceptada en mi grupo y, aunque me costó, aprendí. A pesar que mi corazón de espacio limitado sí es romántico, no cualquier gesto lo ablanda. No es malo. Es lo que hay.

Saber, poder darle nombre a lo que sentimos, nos da una medida poderosa de autosanación. Saber qué nos ensatana también, porque podemos escoger estallar o no y no dejarnos llevar por esa marea roja.

Sí me conmuevo. Con mis hijos. Con algunas palabras. Con la música. Tampoco soy insensible.

Conocer es querer

El niño dejó salir al gato y se cortó la cola. Me tocó llevarlo al veterinario. A mí. Porque no se deja de nadie más ni para meterlo en la jaula. Si no han tenido gatos, les cuento que son una fuerza de la naturaleza en un empaque pequeño. Éste en particular es un tanque. Lo tienen que sedar hasta para vacunarlo. Pero se deja de mí.

Lo conozco. Sé cuándo dejarlo en paz y cómo agarrarlo. Así como conozco a mis hijos y entiendo por dónde entrarles. Por eso me desconcierta la gente que no es clara y que no se deja conocer. ¿Cómo la va a querer uno?

Conocer y entender es querer. En el momento en que vemos en dónde está la herida del otro y reconocemos que la nuestra no es muy diferente, encontramos el hilo que nos une como humanos. Reconocerse en el otro, no sólo para repelerse a primera vista, sirve para perpetuar nuestra especie que se ha colado en la evolución sin garras ni dientes. La empatía viene antes que el intelecto. La necesidad de ser comprendidos es más poderosa que el deseo de tener la razón.

Al gato lo quiero porque lo conozco.