Resultados inesperados

Llevé al niño enfermo a sacarle exámenes de sangre, para descartar una apendicitis. Todo pareciera indicar que no la tiene, pero tampoco tengo una máquina de ultrasonido en los ojos como para saber si es así o no. Qué sé yo. Hace seis meses me hubiera aguantado, pero ahora prefiero ser un poco más ansiosa.

Esperar resultados de una prueba es estresante. Pocas veces adivina uno el número exacto que va a dar y, o queda satisfecho o no. Recuerdo mis tiempos de estudiante. Ahora me toca cuando enseño un cuento. O cuando espero los resultados de exámenes de sangre de los niños.

Ojalá sea lo que espero. O sea, que no tenga nada.

No es lo mismo adaptarse que doblarse

La improvisación no es lo mío. Planifico lo espontáneo. Me gusta la rutina. Me siento libre. Las cosas pequeñas caminan solas y eso me deja hacer y pensar en las grandes. Pero haz planes y deja que se rían de ti.

Nadie sabemos qué va a pasar. Como hoy que me chocaron camino al trabajo. No pasó nada malo, salvo que perdí bastante tiempo y no llegué a la hora que tenía planeada. Igual llegué.

Adaptarse es una habilidad crucial para sobrevivir. Sino, ¿cómo huimos del tigre que se planta en nuestro camino? La capacidad de cambiar de rumbo ante nuevas circunstancias y lograr una resolución es, sin duda, una de las mejores cosas que podemos alcanzar para vivir felices. Pero adaptarse no es dejarlo todo sólo porque cambiaron mis marcos de referencia. Es evaluar los nuevos hechos, confrontarlos con los planes anteriores y ver si las metas que nos trazamos aún son alcanzables y deseables y continuar.

Las plantas se adaptan al clima y no por eso dejan de ser lo que son. Nosotros debemos hacer lo mismo, aunque sea muchas veces.

No lo dije

Me quedé con algo por decir y las circunstancias cambiaron de tal modo, que ya no valía. No sé si estuvo bueno habérmelo quedado porque después me hubiera arrepentido. O, quién sabe si diciéndolas, las cosas no se habrían acabado así.

Lo cierto es que atrapé las palabras entre los dientes y no las dejé salir. Lo que decimos, lo que no, le da forma a nuestra vida y nos lleva a donde estamos.

La próxima vez, creo que igual no digo nada.

Jugar al escondite

El tiempo se me esconde

Un niño jugando al escondite

Sobre todo cuando quiero verte

No lo encuentro, aunque lo llamo

Voy corriendo detrás de él

Haciendo otras cosas

En vez de tomarme un café contigo

Ese pillo se me convierte en la ida al súper

La cama al mediodía en una siesta clandestina

Las idas y venidas entre el cauce del tráfico

Que también parece un tiempo

Habrá que atarlo para que no se escabulla

Llenarnos las manos de él

Y que se escurra entre nuestros dedos

Mientras nos lo gastamos juntos.

Yo sí sé qué te pasa a ti

Ver a otro ser humano es aceptar que lleva un mundo distinto al propio que probablemente no conocemos. Menos aún sólo en los encuentros superficiales. Un trato más cercano con las personas nos acercan a su realidad, pero no nos permiten sentir todo lo que les sucede y eso tiene dos resoluciones contrarias: o nos ponemos en el plano de ya saberlo todo acerca del otro, porque nos lo suponemos o, y ésta es la realmente difícil, aceptamos que no conocemos qué le sucede y no juzgamos lo que nos dice según nuestros propios prejuicios.

Yo sé qué me pasa a mí, y eso después de terapia y mucha introspección. No tengo ni idea, a priori, de qué le pasa ni a la gente con la que vivo, por mucho que juegue a la adivina con mis hijos y les lea los pensamientos. Ponerse en el plano de conocedor absoluto de la verdad de los demás me parece demasiado arrogante.

Opinar sobre las acciones de las personas y sus consecuencias tangibles es del todo razonable. Sin importar por qué hicieron algo, si eso me lastima, me es indiferente la motivación, puedo decidir alejarme. O exigir un rendimiento de cuentas, aún más si es en el plano legal y punitivo. Los criminales podrán tener sus razones, pero eso no los exime de la culpabilidad de sus actos. No hay que mezclar comprensión con permisividad. Pero venir a adjudicarle sentimientos a otra persona, sólo porque así lo sentimos nosotros, es un error y nos aleja de nuestra propia humanidad.

Yo sí sé qué te pasa a ti, pero sólo cuando te lo pregunto y estoy dispuesta a aceptar la respuesta que me des como válida. Igual no puedo ver en tu interior.

A veces sólo necesito peso

Tengo una lucha eterna con mi cuerpo, que quisiera estar más grande y redondo de lo que lo dejo y yo que quisiera que estuviéramos con unas veinte libras menos. Ya estoy vieja para aceptar que eso está en mi programación de personalidad y ni modo. Seguiré luchando el resto de mi vida.

Pero las personas me gustan con sustancia. Poder abrazar un cuerpo que no se me escape, que su conversación caiga en mis oídos con palabras que hagan una impresión. Hasta estar acostada y sentir un cuerpo encima en un acto de protección.

A veces me siento dispersa, cansada y lo único que necesito es un peso que me ancle y me devuelva al centro. El amor es uno bueno. La risa, aunque flota, es otro. Y luego poder soltarme y volar.

No conozco la historia

Quería escribir acerca de una historia que me contaron, fascinante por sus hechos, pero de la cual desconozco las intimidades emocionales. Tiene toda la información relevante para un relato interesante, como las características de un nuevo teléfono detalladas en el manual y con la misma cantidad de carga emotiva.

Los hechos, el relato de fechas y acontecimientos, poco nos dicen de las personas que los vivieron. Podemos aprendernos de memoria cuándo se descubrió una tierra nueva, pero hasta que no sepamos qué sintieron las personas involucradas, no vamos a poder entender qué sucedió.

La Historia tiene muchas aristas que poco tienen qué ver con emociones, partes geopolíticas, económicas, de conveniencia. Todo eso se puede fácilmente enumerar en un libro aburrido y muy útil. Creo que esa no es sino la parte externa de las cosas que suceden y que, para entender por qué todos esos factores racionales provocan cosas diferentes en circunstancias similares, es mucho más ilustrativo saber qué sentían las personas que tomaron las decisiones.

Quiero escribir un cuento con lo que me contaron, pero no tengo ni idea de qué pasó, aunque conozca todos los hechos. Me falta lo importante.

Hago el café con cronómetro

Tengo la cuchara de medida del café y le tomo tiempo para hacerlo como me gusta. Me permito un chocolate al día, me arruina la vida si no hago ejercicio a la hora que lo tengo planificado y los lunes son para depilarme. Sé a dónde voy en lugares que no he conocido antes y a las cuatro de la tarde es hora de irme de donde esté.

Cuántas reglas para una vida que se me ha desecho entre las manos más veces de las que tenía planeadas. Desde que vi a mi mamá desplomarse frente mío con un derrame debería haber entendido que esto no se puede predecir, ni medir, ni planificar y que siempre, siempre, se trata de adaptarse a lo que viene.

Pero me gusta regresar a lo que conozco. Así que escribo todos los días, me tomo una cerveza los domingos y vino los viernes. Supongo que ya integré en mi rutina lo impredecible.

Escribir un adiós

Si tuviera que escribir

Una carta despidiéndome

Hablaría de las noches que pasaron sobre nosotros

Cuando compartíamos el sueño

De las olas que no tocamos en la playa

Y de las risas que volaban entre nuestras bocas.

Si quisiera decirte adiós

Pondría la lista de canciones

Que escuchábamos en el carro camino a cenar un miércoles cualquiera

O de las películas que dejábamos a medias.

Queriendo despedirme

Nombraría todas las bienvenidas en tus brazos

El aroma del vino recién abierto

Y el sabor de tus ojos sobre mis labios.

Te diría adiós

Sólo para querer quedarme.

La pura imitación

Me pasa seguido que leo poesía y rápido quiero ir a escribir, como si pudiera. O veo un cuadro y se me antoja pintar. No me sale tampoco. Los programas de cocina me dan hambre y antojo y los de carros… pues ganas de correr.

En El silencio de los inocentes, Lecter le dice a Starling que uno desea lo que mira. Algo que pareciera contradecir la creencia que la familiaridad le quita el filo al deseo. Se nos antoja lo que vemos seguido. Por eso a veces nos llegan a gustar personas que no nos atraían en un principio. Las cosas de las que nos rodeamos moldean nuestras actividades más de lo que creemos.

Así que por eso siempre tengo en dónde escribir a mano. Para los momentos de (errada) inspiración. Quién me dice que a fuerza de consistencia no me salga al menos un poema medio decente. Menos mal sí cocino delicioso.