Hay pocas formas tan certeras de amargarse uno la vida como preguntarse «¿por qué?» «¿Por qué llueve el día que lavo el carro?» «¿Por qué no gané el examen?» «¿Por qué murieron mis papás?»
Lanzar preguntas sin respuesta al aire es alimentar el hámster que da vueltas en nuestro cerebro. Puede que corra muy rápido dentro de su bola, pero no va a ninguna parte. Crea uno en un ente superior o no, tratar de adivinar motivos ulteriores en acontecimientos de la vida es meterse en campos esotéricos. Salvo que uno se dedique a la filosofía, dudo que esa ocupación sea satisfactoria.
A mí me ha tocado recablear neuronas y comenzar a pensar «¿para qué?» El tratar de encontrarle un sentido hacia futuro accionable a las cosas que me han pasado, me da por lo menos la ilusión de tener agencia sobre mi vida. Mi mamá no está para ver a sus nietos. No sé por qué. Mi «para» es el tener una libertad mayor para vivir la maternidad a mi manera. No es que no preferiría que estuviera criticándome, pero puedo darle un sentido a su ausencia.
