Rascar la roncha

Hace poco amanecí con 6 ronchas en la cadera izquierda. Me picaron hasta que me di cuenta que las tenía. Y me comencé a rascar como desesperada. ¡Eran 6! ¡Todas juntas! Sospecho de alguna pulga perdida por allí (entre los gatos de la calle, la grama del jardín y mis gatos, no sé quién fue el culpable.

Hay cosas que nos molestan hasta que nos damos cuenta que las tenemos. Así como me pasó con las ronchas. Así como me está pasando con cosas de mi carácter que nunca me habían incomodado. Partamos de que nadie es el mejor observador de sí mismo. Y que nadie cambia hasta que tienen necesidad de hacerlo. Hasta ahora, yo había navegado con algún éxito en mi vida interpersonal, sobre todo en los últimos años. No había tenido que cambiar nada para casarme con mi marido, a quien le caigo bien tal y como soy.

Cambiar por alguien, sólo por caerle bien o cumplir sus deseos, no sirve. Nunca. Pero, darse cuenta de algo que ya no funciona en la vida y corregir el rumbo, porque uno quiere, claro que sí funciona. Siempre. Causa una especie de dolor el hecho de no poder obtener los resultados deseados. Y es allí en donde la incomodidad nos sirve para mejorar.

Algo así como las ronchas, que me picaron hasta que las vi. Así como mi constante querer hacer lo que quiero, como lo quiero y cuando lo quiero, de forma cerrada y no se hable más. Ya me duele estar así estricta. Toca cambiar.

Motivaciones

Muchas veces soy paciente porque sé que me conviene: cuando dejo de gritarles a los niños para que me hagan más fácil caso, cuando no llamo a mi marido a media mañana porque sé que me va a prestar más atención a la noche…

Ejercer una virtud tiene gracia por sí mismo. Todo el mundo debería ser paciente, amable, educado, honrado, leal, por serlo. Pero no funcionamos así. Los seres humanos hacemos las cosas que mejor nos convienen. O, por lo menos las que pensamos que nos convienen.

El problema es que a veces ni siquiera identificamos exactamente qué es lo que necesitamos y menos si es a largo plazo. ¿Para qué voy a dejar el sillón cómodo y hacer ejercicio cansado? ¿Por qué me voy a contener el insulto si ahorita estoy enojado? ¿Cuál es la gana de decir la verdad si me va a caer?

Parte de madurar es poder crear nuestras propias motivaciones para ejercer virtudes. Eso a la vez se traduce en mejores relaciones, vidas interiores más sanas y momentos de felicidad más seguidos. Claro que no siempre funciona y mis hijos reciben el chillido-rompe-tímpanos de vez en más seguido de lo que quisiera. En fin.

La emoción que estalla

Después de un día de feriado pasado entre cine, almuerzo, niños, niños, comida, tele, niños y niños, al fin estábamos tranquilos y solos sobre la cama. Uno de esos raros momentos de paz que tienen un par de papás de menores de edad, juntos. Y, de repente, estallé. Ya ni les puedo decir exactamente cuál fue el detonante, lo cierto es que la erupción del Vesuvio y su destrucción se quedaron cortas.

Por una razón u otra, nos han socializado para ocultar las emociones negativas. Sobre todo si uno es mujer. “Sonría mi´ja, que así nadie se le va a acercar.” Las palabras “dulzura, paciencia, ternura” están íntimamente ligadas con la feminidad y la maternidad. Una mujer que muestra firmeza es una bruja. En tiempos pasados, los escapes que encontraban eran ataques de histerismo que luego eran tratados con terapias de agua (los invito a buscar las “terapias” que les aplicaban a las mujeres en la época victoriana).

Aún ahora, en la época moderna en que vivimos, no nos enseñan a manifestar lo que estamos sintiendo de una forma productiva. Vemos insultos a extraños por Tuiter, bocinazos, cuando no balazos, en el tráfico, completa intolerancia ante un disgusto. A la par de esto, pareciera que nos venden que tenemos que sentirnos felices todo el tiempo y que todo lo que varíe de esto es algo anormal que hay que arreglar.

Pero no. Estamos diseñados para sentir un rango enorme de emociones que nos deben orientar hacia encontrar soluciones a situaciones que pueden mejorar. No a destruirlo todo a nuestro paso cual Godzilla, traje con zípper incluído. Así no les pasa lo mismo que a mí, que desperté al día siguiente con la conciencia remordida de saber que había sobre reaccionado. Mejor entender y manifestar lo que me molesta antes de protagonizar otra prueba nuclear.

Por dentro

Si apuntara las conversaciones que tengo conmigo misma, seguro me da para escribir un par de libros. Desde mejores desenlaces a peleas del pasado (nunca se piensa una mejor respuesta a un insulto, que horas después), fantasías con personajes ficticios (también yo he ido a Hogwarts), hasta recuerdos con gente que ya no está (como cuando le cuento a mi mamá alguna tontera). Pero nunca como lo que me digo a mí misma enfrente del espejo.

Pocas personas nos tratan tan mal como nos hablamos a nosotros mismos. No hay negrero más despiadado. Ni inquisidor más sádico. Nos conocemos todas las llagas que aún no han sanado, nos hablamos en todas las voces que nos quitan el sueño, nos empujamos a todos los precipicios que nos despedazan.

La única manera de no dejarse manejar por el enemigo que se lleva dentro es utilizarlo a él. ¿Nos decimos que lo que hacemos no está bien? Pues nos demostramos que sí. ¿Nos vemos deficientes al espejo? Pues nos sonreímos y enfocamos en lo bonito. Ese mounstro obsesivo que nos arrastra, puede ser el motor que nos impulsa. Ese agente exigente al que nunca le parece suficiente nada, es el que nos guía a la excelencia.

Todos llevamos las semillas de nuestra propia inconformidad dentro. Depende de nosotros mismos la forma que le demos al árbol que nazca de ellas. Para mientras que aprendo a podar el mío, mejor paso rápido y sin fijarme mucho al espejo. Ya sé qué me voy a decir a mí misma. Y no es siempre bueno.

Ser suficiente

Vivo con el casi y el más

Casi tengo el cuerpo que quiero

Casi logro pasar un día sin chingar

Casi me termino de entender

Más tiempo debería leer

Más paciencia debería tener

Más esfuerzo debería hacer

Hasta hoy.

Hoy soy suficiente.

Tomarse vacaciones

En algún momento estuve en una mala relación, culpa de ambos, obvio. Lo divertido era que, si estábamos de viaje, la cosa no iba tan mal. Claro que cuando regresábamos a la normalidad, todo se iba rápido y en bajada al carajo.

Las vacaciones sirven para despejar la mente del trajín del día a día, no para escapar de la realidad. Porque la realidad es jodida y lo recibe a uno de vuelta, aún más en pelota de lo que la dejamos. Todas las relaciones se benefician de un período concentrado de atención, que sirve para afianzar lo que ya está. Pero algo tiene que haber antes. No es precisamente al lado de una piscina que se arreglan problemas de pareja de esos gruesos.

El convivir de cerca acentúa todo lo que uno tiene. Es muy difícil esconder el carácter con la persona con la que se comparte el baño. Por eso es que si existe algo que arreglar, se hace en el diario vivir.

A mí, ahora, me sigue encantando viajar. Dejar de escuchar los “mama, mama, mama” de vocecitas persistentes, ordenar casa, arreglar comidas… Pero siempre quiero regresar. Y eso vale más que cualquier vacación.

¿Seré así?

Hablando con una amiga hace poco, le comenté que tal vez no me estaba “dejando llevar por el momento.” A lo que ella me contestó con todo el cariño del mundo: “claro, como eres perfeccionista.” Al rato le pregunté a mi marido si él creía que yo era así. Ni les cuento la cara de “¿en serio me lo estás preguntando?” que me hizo.

Realmente no lo había considerado. No es necesariamente la perfección lo que busco, porque sé que eso no existe. Es que me gusta prepararme y esperar que las cosas sucedan de la manera que me las imaginé y me cae mal que no salgan así y entonces no puedo delegar porque no las dejan como quiero y… Está bien. “Buenas tardes, mi nombre es Luisa Fernanda y soy una perfeccionista en recuperación.”

Meh. Lo divertido es que yo nunca hubiera dicho que soy así. ¿Qué tantas cosas más haré que no me doy cuenta? No es malo ser algo, o no. El problema es no saberlo. Porque a mí no me molesta serlo, sólo me perturbó no haberme percatado.

Cuando tenemos gente a nuestro alrededor a los que les caemos bien como somos y nos tienen genuino aprecio, es fácil abrirse para dejarnos ser observados. Por eso es tan importante tener una pareja que respetemos, amigos que nos quieran.

El “dejarme llevar” va en contra de mi naturaleza, pero lo estoy aprendiendo. Lo perfeccionista ya me sale por los poros. Mis amigas aprovechan que sea así para comer lo que les hago.

Claridad

Una de las personas más brillantes que conozco suele decir que “el riesgo del insulto es el precio de la claridad”. Lo aplico seguido no preguntando acerca de cosas que no quiero saber. Para qué arriesgarme a sentirme ofendida. 

Sin embargo, la falta de transparencia en cualquier relación es uno de los factores que más erosionan el trato diario. Las mentiras, por muy pequeñas que sean, son como tumores que van creciendo hasta matar. Si comienzo a decirte que me gusta cómo se te mira el pantalón de payaso que no le favorecería ni a Bozo, lo siguiente es decirte que no me cae mal que seas grosero, no contarte en dónde y con quién estuve porque qué pereza y, al final, ya no queda nada real.

No hay que confundir claridad con grosería. No hay necesidad de ofender para compartir un sentimiento con sinceridad. Tampoco hay que decir todo lo todo que se nos atraviesa por la mente.

El justo medio casi siempre es una buena guía, aunque sea difícil de mantener. Y también por eso mismo es que rara vez pregunto si me miro bien. No necesito tanta claridad.

Perder el control

Estoy pintando de colores bonitos unos escritorios baratieris de melanina blanca. El azul con celeste para el niño y el lila con morado para la niña. No me están quedando perfectos, pero me están gustando. Viene la niña y me quiere ayudar. Y yo le digo, de primer impulso, que no.

Vivir con más gente se supone que hace más eficiente cualquier proceso. En un mundo ideal, cada uno se dedicaría a lo que mejor le sale y así todos se benefician. Por ejemplo: hablando mi marido y yo igual de bien el alemán, la que le habla en inglés a los niños soy yo, porque lo hago mejor que él (lo hace muy correcto, pero con un acento a lo Schwarzeneger que recuerda los mejores momentos del Governator). Pero eso es en un mundo ideal.

En la realidad, cada quien hace lo que se le da la gana y delegar sale a veces como tiro por la culata. Peor si se tiene una idea fija de cómo quiere uno que salgan las cosas. Vivir así es cansado. Tanto para el que se echa toda la responsabilidad de todo a tuto, como para el que no lo dejan ayudar.

Dejarse ir, confiar en la gente que lo rodea a uno, delegar. Todo eso me aterra. Pero entiendo que si quiero que los peques hagan sus cosas solos, irónicamente me tengo que dejar que me ayuden.

Las partes que pintó la niña efectivamente quedaron sheretas. Pero fue feliz y tiene el orgullo de haber hecho parte de su escritorio. Y, he de confesar, terminé más rápido.

Aprendí

A tratarme como trato a mis amigas.

A tomarme el mundo menos en serio.

A comer mejor y moverme más.

A vestirme para gustarme.

A escuchar con más atención.

Pero, lo más importante, es que aprendí a aceptar que merezco que me ame.