Cancelar planes es un placer reservado a cierta edad. Uno los hace con entusiasmo y, cuando se avecinan, se arrepiente. Es un alivio poder decir “perdón, ya no puedo por…” y dar una razón válida. “Porque ya no quiero” no la es, aunque sea verdadera.
Salir, estar en un lugar extraño, forzarse a conversar, puede ser horrible. Al menos imaginárselo. Porque cuando ya estoy allí, me la paso bien y vuelvo a hacer planes para una siguiente vez, echando a andar de nuevo un ciclo interminable. Quisiera poder decir que no antes, o no arrepentirme después.
Tal vez con la edad uno ya no sienta necesidad de llenar cada segundo del día con entretenimiento. Y también puede ser que la compañía de terceros ya no sea tan necesaria. Cada vez puedo pasar más tiempo sola. Y cada vez tengo mejores amistades con quiénes compartir. Por eso siempre termino haciendo planes y evito cancelarlos aunque me den ganas.
