Las relaciones tienen un comienzo que lleva una dirección. Si hay una situación en común, seguro que van a evolucionar con más calma que las accidentales. En las actividades conjuntas, como una clase, o un trabajo, uno no escoge a sus compañeros y va viendo cómo y con quién tiene afinidades que pueden desarrollarse en el tiempo. Cuando uno conoce a un extraño bajo una circunstancia casual, ese primer impulso es el que generalmente lleva el progreso. Si alguien no me atrajo cuando lo conocí y no tengo ocasión de volver a tratarlo, simplemente sale de mi pensamiento.
Creo que es importante entender en dónde comienzan las relaciones para ver si uno quiere llevarlas por allí. También pesa mucho si uno está dispuesto a darle largas a una persona con la que no necesariamente hubo fuegos artificiales en un principio, pero que tiene potencial de caer bien. No siempre es lo mismo. Pero sí siempre es necesario analizarse uno a ver qué quiere.
Conocer gente nueva a cierta edad depende mucho más de la casualidad que de la cotidianidad. Uno ya casi no cambia de círculo y rara vez toma actividades nuevas. Es lo que hay. Lo más que uno puede esperar, es que un feliz accidente le permita encontrarse con alguien distinto. Y, de allí, ver si le gusta. Y, más aún, si le cae bien. Y, sobre todo, si ambas cosas se conjugan. Difícil. No imposible.
