Lo bueno

Crecemos con un innato sentido de la justicia. Un niño de dos años sabe perfectamente bien cuando algo no le está siendo correspondido como se debe. Y nos rebelamos contra atropellos cometidos contra nosotros o los que consideramos nuestros. No de balde tantas revoluciones. Pero no siempre logramos identificar, o parar, cuando nosotros mismos estamos siendo injustos.

La justicia, como valor, es una espada afilada. Corta y separa con nitidez y sin misericordia. Y no siempre es el mejor instrumento para resolver conflictos. La vaina de esa espada es la misericordia, donde se guarda y se protege. Ambos valores son igualmente importantes, pero hay que saber cuál aplicar en determinada circunstancia.

Si tengo que defender, probablemente escoja lo justo. Pero si tengo que negociar, prefiero encontrar lo bueno. Lo bueno implica que hace bien a ambas partes, que no hay cortes fatales y que se puede seguir adelante. La misericordia es buena.

Volverlo a hacer

Tengo varios años de participar en un concurso de escritura. La exigencia es grande y las jornadas de escribir son intensas. Toca completar consignas y constreñirse a ciertos géneros literarios y, todo, para no acabar más que en las semi finales, porque la forma en la que escribo no es para concurso. Y siempre digo que no lo voy a volver a hacer.

Tal vez perseveramos hasta darnos cuenta que no lo hacemos por llegar a la meta sino por recorrer el camino. Hay ejercicios que tienen valor en sí mismos, aunque no consigamos el resultado deseado. Un buen viaje en tren sin destino. También puede ser que me estoy consolando por no terminar las cosas como quiero. No siempre participar es suficiente.

Me avisaron del comienzo de un nuevo mundial de escritura. Y ya escribí mi primer texto. Me gustó, pero seguro que no será suficiente, porque no lo ha sido. Y también, seguro, volveré a decir que no vuelvo a participar. Hasta que me den de nuevo el aviso.

Volver a empezar

No me quiero poner filosófica, o al menos no demasiado, pero es increíble como, mientras más edad tengo, más siento que vuelvo a empezar cada día. Será una cuestión de darme cuenta cuántas personas distintas he sido en tantos años. Y es un tema recurrente, ya he tratado de ponerlo en palabras otras veces. Lo pienso cuando vuelvo a vivir cosas con mis hijos, ellos por primera vez, yo con ellos. También con mi vida propia, cuando vuelvo a sentir algo, la emoción no es nueva, pero la ocasión sí.

No es necesario tener un acontecimiento que le mueva uno el mundo para darse cuenta que todo es nuevo. Que vale la pena tener mente de principiante, no sólo para aprender cosas prácticas, también para vivir. La capacidad de asombro nos mantiene comprometidos con la vida, la dejamos de disfrutar cuando ya nada nos emociona. Es otro tipo de ejercicio, no dejarnos caer en la complacencia del cinismo, que no es otra cosa que miedo a lo nuevo.

Agradezco todo lo que ya sé hacer. Y quiero volver a hacerlo de nuevo, todas las veces que pueda. La vida, si sólo es una, quiero disfrutarla al máximo. Además, siempre se puede volver a comenzar.

Volverlo a contar

He sido tantas personas en esta vida, que agradezco cada iteración. Y no me refiero a nada tan dramático como una enfermedad mental de personalidades múltiples. Me refiero al prosaico paso del tiempo que nos va formando en gente distinta. Es lo que nos permite crecer y cambiar y mejorar, ojalá.

Una de las terapias nuevas para ayudar a las personas con estrés postraumático es tomar MDMA y redimensionar los eventos horrorosos que marcaron a las personas. Se vuelven a ver desde un lugar completamente distinto. Se toma distancia del dolor y se sale de allí con una nueva perspectiva. Estas terapias sólo son seguras bajo el cuidado de un profesional experimentado, porque el químico necesita acompañamiento psicológico. Pero lo fascinante es que el paciente no olvida su pasado, no se disasocia de él. Lo resignifica.

Eso hacemos todos, todos los días. O deberíamos. Volver a ver nuestro pasado desde donde estamos y aceptar que esa persona de antes ya no existe. Ahora somos nosotros. Y que, si hubo un cambio antes, igual lo puede haber ahora. Nos podemos dar permiso de cambiar hacia lo que más queremos ser. Y hacerlo de forma consciente porque va a suceder de cualquier manera. Mejor escoger uno la dirección.

Desde afuera

Somos protagonistas de nuestras vidas y espectadores de la de los demás. Tal vez me tenga que tatuar eso, porque ser mamá de niños pequeños le da a uno la idea errónea a veces de ser co-protagonista con ellos. Uno toma muchas decisiones, pasa con ellos muchísimo tiempo y los encamina por ciertos senderos. Pero jamás es la vida de uno.

La adolescencia, ese período complicado, sirve para que el niño quiera dejar de serlo. Si no lo logra, se queda a medias. Es difícil entender eso porque uno ha estado más de diez años siendo esencial.

Yo voy a seguir siendo el centro de mi propio universo, porque es la única perspectiva que tengo. Nadie podemos experimentar el mundo a través de otro. Simplemente no se puede. Y voy a ser inmensamente feliz de ser observadora de cómo mis hijos son el centro del suyo. El hecho de acompañar implica compartir. Y eso, es lo más importante.

Mejor confirmo

Estaba escuchando un podcast acerca del cinismo y cómo no es la mejor herramienta para vivir en sociedad. Los seres humanos necesitamos cooperar los unos con los otros y resulta que ser siempre desconfiado no nos sirve. Salvo que vivamos en una cultura de altísimo conflicto. Allí sí vale la pena creer que todo lo que agita una hoja es un tigre.

He caminado entre la desconfianza y la credulidad, tocando a veces los extremos. Creo que he sido más feliz creyendo. Hasta que me demostraron que estaba equivocada. Pero hay que tener en cuenta que a uno se le quedan más grabadas las veces que nos decepcionamos que todo el resto que no.

Creo que, otra vez, como todo la cosa es un balance. No le debería dar las llaves del carro a un desconocido, pero sí lo he hecho en más de algún parqueo. No voy a creer que en el restaurante me quieran estafar, pero cuando llega la cuenta la reviso. “Confía, pero verifica.”

Lo que uno deja atrás

Resulta que la menopausia y el trayecto que lleva a ella, sirven para que uno se despoje de tantas cosas que le hacían a uno más pesado el camino. La opinión de los demás, la pena de quedar en ridículo, el querer quedar bien con todos. Cosas que sirven en su momento y luego, ya no.

Los procesos de cambio radicales en el ser humano (la adolescencia y la menopausia), son principalmente neurológicos, con consecuencias hormonales. Nos convertimos en seres completamente distintos. Tenemos la oportunidad de mejorar. Los últimos 20 años de nuestras vidas pueden ser más libres, más livianos, más felices. Con mejores límites y sentimientos menos complicados. O no. Depende de nosotros.

Yo quiero ser una vieja feliz. Espero ir hacia eso.

Demasiadas opciones

Hay tanto qué ver ahora en la tele que cuesta decidirse y termina uno pasando más tiempo escogiendo. Casi me hace extrañar los tiempos de cinco canales.

El problema es que creemos que rodas las decisiones son trascendentales, porque el tiempo nos es finito y desperdiciarlo es pecado. Pero no todo es súper importante. Podemos equivocarnos y buscar algo más en vez de volver a ver algo que ya sabemos que nos gusta.

Por eso escojo casi al azar lo que voy a ver. Lo más que pasa es que no me gusta. Siempre hay más opciones.