Gastarnos

Derramamos vino en nuestras bocas

llenando los odres sin fondo

nos dimos besos por gusto

recibiendo sin dar nada a cambio.

Contuvimos el deseo entre las manos

abiertas para dejarlo escapar,

gastamos el sabernos

antes de llegarnos a conocer.

Nos dejamos sin nada.

Hago nuevo lo viejo

Tengo unos Keds que seguro son más viejo que mi hija. Ya están manchados más allá de lo que puede hacer mi lavadora por ellos y donde no, están desteñidos. Los Keds me recuerda al colegio y recibir un par para mi cumpleaños con la ilusión de niña pobre con sus primeros zapatos de “marca”. Desde entonces siempre me han gustado y fui feliz cuando vi que habían vuelto a ponerse de moda. Pero éstos ya están viejos y no me han gustado otros.

Así que los pinté. Con espirales y rayos y flores. Se siguen viendo viejos, pero los puse nuevos, para mí. Así como se puede apreciar volver a comer huevos por las mañanas. Besar a los niños por las noches. Leer. El karate. Todo lo que hacemos de forma regular, cuando lo vemos con una pequeña variante, nos lo hacemos nuevo.

Editamos, resumimos nuestras experiencias, como agarrar una foto vieja que vimos bien sólo la primera vez y luego no fijarnos en los detalles. Y siempre hay algo nuevo.

Ahora mis zapatos están decorados. Igual quiero otro par.

No conocemos todo

Regreso a leer un artículo que describe que sabemos qué sabemos y qué no sabemos, pero no todo lo que no sabemos. Es imposible tener una dimensión exacta de nuestra ignorancia, simplemente porque para tenerla, deberíamos adquirir las habilidades que nos la quitan. Es una paradoja de la realidad que describe con exactitud porqur la gente que no sabe y que cree que sabe, es la más peligrosa. Mi papá decía que no hay nada peor que un tonto con iniciativa.

Por el otro lado, adquirir más conocimiento nos abre los ojos al universo de desconocimiento que se despliega a nuestra vista. Algo así como ir perdiendo la visión, comprar anteojos nuevos y descubrir todas las arrugas que no nos habíamos visto antes.

Yo sé que ni siquiera sé todo lo que no sé. Y que prefiero seguir pensando me están sirviendo las cremas contra las arrugas.

Cómo medir el tiempo

Con la altura de mis hijos. Con la cantidad de veces que te pienso. Con lo que quisiera ver. Puedo medir el tiempo con palabras: las dichas, las leídas, las escritas, las guardadas. El paso de ese hilo que desenreda nuestra vida lo medimos con números rítmicos que se repiten avanzando sin descanso y que creemos dominar porque vemos girar en nuestras muñecas.

Mido el tiempo con lo que me tardo en dar diez vueltas en la piscina, el recorrido del carro de un lugar al otro, cuántas respiraciones puedo dar sin dejar de fijarme. Mucho tiempo pasa entre la ausencia y muy poco en la proximidad.

El tiempo se mide en todo menos en sí mismo, porque un minuto no significa nada si no le metemos algo con qué llenarlo. La canción favorita que termina muy rápido. El regaño que es eterno. La peor forma de hacer pasar el tiempo es esperando en incertidumbre. Mi forma favorita es en cualquier cosa que me haga olvidar que, cuando no lo mido yo, me mide a mí. Y que me voy a terminar.

No quiero más que nada

Mentira. Quiero todo, siempre. Tal vez, como tuiteé hace poco, lo que quisiera es no querer. No querer tener otro cuerpo, menos años, más cosas. O no querer hacer cosas que igual no haría si pudiera.

Manejamos un nivel de frustración por las cosas que no tenemos, que poco puedo entender. Es como que nos hace falta tener un helicóptero, cuando ni siquiera nos hemos subido a uno. No se puede tener nostalgia por las cosas que nunca se han tenido. O no deberíamos hacerlo.

Ansiar lo que no está a nuestro lado, nos ciega. Y no es malo querer otras cosas, nos quedaríamos estancados. Pero sí es pésimo no apreciar el momento en el que estamos. El cuerpo que tenemos y nos lleva a todas partes. El cariño que nos dan y damos.

Quiero todo. Y quiero cada vez menos.

La Tierra es plana

Alguna vez creímos que la Tierra era plana

Que el sol giraba a nuestro alrededor

Que los demonios existían

Y que les importábamos a los dioses.

Alguna vez creímos en dragones,

En bosques poblados de hadas

En portentos escritos por las estrellas

Y que teníamos un destino.

Ahora ya no creemos en la magia

Ni el destino, ni los dioses, ni dragones.

Pero nos seguimos ilusionando con el amor.

Lo que más me gusta

Me encantan los shows de cocina en donde enseñan cosas imposibles. Esas formas antinaturales que les dan a ingredientes desconocidos, metidos en un solo bocado, listos para abrir un mundo entre la boca.

Me gusta verlos. No me dan ganas de comer lo que enseñan. Pero hay momentos, aún en los más sofisticados de estos programas, en los que muestran a la gente comiendo en su casa, con sus amigos, cosas sencillas, preparadas a veces a la intemperie. Y eso sí se me antoja. Puedo ver a qué sabe lo que comen y todo me parece delicioso.

Las cosas sencillas, que se pueden reconocer desde un principio, tienen su propia sofisticación. Sólo porque no estamos contorsionando su significado, no quiere decir que no haya un propósito detrás de la presentación simple. De un dibujo bien trazado, de un cuarto limpio y sin adornos, de un conjunto de palabras conocidas, dichas con la claridad del sentimiento sin esconderse. Hasta los adjetivos superfluos se pueden dejar del lado y decir “te quiero” sin calificación.

Lo que más me gusta es el momento callado antes del la complicación y el disfraz.

Quiero comer un pastel

De chocolate, pegajoso, lleno de caramelo y masa húmeda. Estoy ansiosa porque el niño tiene una citación por conducta que me cayó de la nada y me siento culpable como si yo pudiera estar con él en la maldita clase de ciencias sociales que, según él, no hace más que hablar. No puedo conjugar mi idea de lo que él hace y lo que me puede decir la maestra que hace y no sé cómo lo vamos a solucionar y qué implica eso para mí. Porque ellos son mi trabajo, el cuál aparentemente estoy haciendo mal. Entonces quiero comer pastel. No quiero tomar tequila. El gin ya no me gusta. Pero quiero un pastel. Tal vez de fresas con crema.

No puedo saber qué hacen mis hijos todo el tiempo y ni siquiera han comenzado la adolescencia. Tal vez no me sale bien el asunto de ser mamá y preferiría cambiar de ocupación. ¿Será que encuentro trabajo de lectora en alguna parte en donde no tenga mucha relación con más humanos y menos con los que no pueda tener influencia y pasearme en ellos?

En fin. Tal vez quiero brownies.

Lo que pasa antes

Las sorpresas sólo funcionan si uno no se las está esperando. Y sólo funcionan una vez, precisamente porque hay un elemento desconocido que incide en que lo agarren a uno desprevenido, o no. Eso aplica para las cosas que dan risa y las que asustan. No se puede contar el mismo chiste dos veces a la misma persona y pretender que se ría igual.

Pero para que no sepamos qué viene, necesariamente tuvimos que tener expectativas de un futuro (mediano o corto) y que las cosas no salgan como lo esperábamos. Generalmente nos fijamos mucho más en lo que nos disgusta, porque queríamos algo que según nosotros era mejor. Muy frecuentemente eso pasa en las relaciones, a las que entramos con ideas más o menos fijas y a las que medimos tiempo después contra las mismas, aún cuando nosotros no somos iguales. Y eso no tiene gracia.

Debemos tener una base de cosas que funcionen sin que estemos pendientes para poder funcionar en niveles más elevados. La gente que no sabe si va a tener comida la próxima vez que tenga hambre, poco puede estar preocupados por otras cosas. Pero lo malo es que los que tenemos la dicha de no tener este tipo de condiciones, vamos complicándonos más y más la vida esperando cosas que no son esenciales para sobrevivir.

Aprender a pasar sin expectativas nos abre a dejarnos maravillar por lo que ocurra, no necesariamente sorprender. Dejar ir la ilusión de ser el oráculo de Delfos y saber qué viene nos permite disfrutar lo que venga, porque no nos adelantamos al final y no comparamos la realidad con la fantasía que nos hicimos. Tal vez hasta nos riamos más de los chistes.

Resolver problemas

La niña no quería sentarse donde la pusimos, ni comerse esos poporopos, ni ponerse los tights. Porque no quería. Porque tengo una niña especialista en fijarse en lo que no le gusta, le molesta, le incordia, le exaspera.

Todos somos especialistas en ver lo negativo. Para eso está hecho nuestro cerebro: identificar las amenazas y no ser comido por el tigre. Por eso es que diferenciamos tantos matices del verde. Y por eso es que las emociones negativas nos acompañan tanto tiempo, mientras las positivas se esfuman como un beso entre los dedos.

Se puede entrenar al cerebro. Pero para eso primero tenemos que estar conscientes que hay un problema y que, antes de quejarnos, primero deberíamos solucionarlo. Tantas, tantísimas prácticas y religiones se dedican a eso: a entrenar la masa gris para fijarse en cosas que no la deshagan.

El cerebro que tenemos, tan pequeño, es una maravilla de capacidad y complejidad que ni con él mismo hemos podido replicar. Falta de entendimiento por una parte, falta de entrenamiento por la otra.

Lo que sí estoy tratando es que mi hija se comience a fijar primero en lo bueno, en lo que le gusta, la anima, la hace feliz. Tal vez así todo lo demás que sale mal ya no le moleste tanto.