El tiempo es perro

Había extraviado un álbum de fotos de cuando tenía 20 años. Tenía un sentimiento de nostalgia de no tener las únicas fotos de esa época de mi vida que, por muchas razones, prefiero no recordar. Bien tomadas, son muy bonitas y es chilero enseñarles a los niños que su mamá alguna vez estuvo cerca de sus edades.

Nunca regresamos a una época pasada. Ni siquiera podemos volver a leer un mismo libro con el mismo resultado. Cuando tomamos una foto, aún de ayer, no estamos en el mismo lugar, ya pasaron 24 horas que causaron un impacto en nuestras vidas.

Volverse a ver, 20 años después, en un momento ideal y congelado es ignorar que hubo días despeinados, lágrimas que hinchaban los ojos, noches de profundo dolor. Siempre los hay. También es injusto con el yo de hoy, porque le restamos importancia a las mañanas de sol, a las risas que iluminan las caras, la experiencia que le da carácter a las facciones, el cerebro que nos hace interesantes.

El tiempo es perro. No cesa de pasar. Y es fiel, porque nos trata como nosotros a él. Y nos da la oportunidad todos los días de rascarle la cabeza y movernos la cola. Y avanzar. De eso se trata. De vernos como éramos y querernos entonces, queriéndonos más hoy.

Escribir

Escribir se ha vuelto mi forma preferida de comunicación. Texteo para sostener conversaciones en vez de llamar por teléfono. Envío correos para hacer convocatorias. Tuiteo como desahogo. Y escribo aquí y en cuadernos y en papelitos que guardo o pierdo o enseño o destruyo.

Pienso que siempre estamos escribiendo nuestras vidas en las acciones que realizamos. Al principio nos dejamos dictar el guión, por nuestros padres y maestros y amigos.

Luego lo tiramos todo y creemos que nos inventamos todas las metáforas y poemas y símiles del mundo. Nadie ha querido como nosotros. Somos las personas más sabias. Todos deberían leernos.

Pasan unos cuantos años más y nos pega el peso de la adultez. Tenemos 35 años y sabemos que sabemos menos de lo que creíamos que sabíamos. Queremos parar de escribir para no terminar manchando las hojas. Repetimos el texto que conocemos. Avanzamos sobre lo seguro.

Y, justo cuando creemos que ya no hay nada nuevo qué decir, le damos la vuelta a la hoja y nos volvemos a encontrar con un espacio abierto, ilimitado en dónde plasmar nuestras palabras.

Ahora ya entendemos que lo que escribimos en el libro de nuestras vidas es imborrable. Que todo lo que ponemos tiene consecuencias. Que cada manchón se paga. Y que, aún con borrones y tachados y manchas, es nuestro. Que nuestro guión lo dictamos nosotros. Y que es tan bello como lo querramos.

Matemos las expectativas

Mis hijos creen que yo puedo leerles la mente. No andan muy alejado de la realidad, sus acciones son tan transparentes que se les pueden leer los pensamientos en la frente. Lamentablemente, a veces creo que esa es una verdadera habilidad y espero que la gente a mi alrededor lo haga.

Nada tan trágico para una relación como creer que el otro sabe lo que queremos sin decírselo. Es una maña muy fea esperar que la persona que tenemos enfrente nos entienda qué esperamos de ella si no se lo hemos explicado. Se mira en los trabajos cuando no preguntamos exactamente cuáles son nuestras atribuciones. En los colegios que no tienen políticas claras. En las parejas que no tienen ni idea qué quiere el otro, pero “se lo imaginan”.

Generalmente, tenemos expectativas del comportamiento del otro y nos decepcionamos cuando no se cumplen. Como si fuera obligación de los demás llenarnos. Además, lo que hagan terceros está fuera de nuestro control y sólo deberíamos aceptar o rechazar, no resentirnos si no hacen lo que queremos. Sobre todo si no dijimos de antemano qué era lo que esperábamos.

Dejar las cosas en claro implica que nosotros sabemos qué queremos. Tal vez allí está el problema, porque muchas veces ni nosotros mismos nos conocemos.

Fría y calculadora

Cuando los niños tienen sentimientos “negativos”, casi siempre queremos decirles que no estén tristes o enojados. Puede ser porque no nos gusta verlos mal. O porque nos lo tomamos personal y creemos que es contra nosotros. O simplemente por costumbre. Pasa más con las niñas. También consideramos ya de adultos que estar en algún estado emocional es malo y que hay que ser siempre racionales.

Como si pudiéramos ponerle un tapón a nuestros sentimientos y dejar de emocionarnos con las cosas que pasan a nuestro alrededor. Imposible ahogar la tristeza, curar el enojo, matar la pasión. Dejaríamos de ser humanos.

Pero tampoco podemos dejarnos arrastrar por impulsos emocionales que anulan nuestro raciocinio. Porque también para eso tenemos el cerebro: analizamos toda la información, inclusive la de los sentimientos y tomamos las decisiones que mejor nos convienen. O al menos eso deberíamos hacer.

Cuando nos invalidan nuestros sentimientos diciéndonos que “no nos enojemos”, nos quitan el derecho de ser nosotros mismos. Cuando tomamos una decisión arrebatados por la ira, nos comportamos como seres no pensantes y pasamos por encima de la gente a nuestro alrededor.

Ninguna de las dos cosas funciona. A mí me gusta pensar que soy “fría y calculadora”, no porque no sienta, sino porque estoy aprendiendo a alejarme un momento de lo que siento muy profundamente y considerar todas mis opciones. Decidir con el enojo o la tristeza, cuando no sabemos si son permanentes, sólo nos lleva a tomar caminos equivocados que quién sabe si podemos retomar.

A los niños sería bueno decirles que pueden sentir lo que quieren, siempre y cuando no hagan un desastre por un berrinche. Eso nos deberíamos decir al espejo también.

Y encima, ayuno

Fue un septiembre del año 2014 cuando decidimos que sería buena idea dejar de comer granos y azúcar y leguminosas y edulcorantes artificiales. Por lo menos durante tres semanas. No fue difícil, porque habíamos pasado ocho días de viaje sin restricción alguna y estábamos un poco estragados.

Siempre he dicho que mi motivación principal para hacer ejercicio y comer “bien” es la vanidad. Aunque eso no deja de ser cierto, la razón más profunda y que verdaderamente me mueve es que los dos pulgos que tengo sentados enfrente en este momento, no me miren tan deteriorada como vi yo a mi mamá. Entonces me esfuerzo. Cambié por completo mis gustos alimenticios. Dejé de tomar coca, que me gustaba tantísimo. El poco gusto por lo dulce que me queda lo mato con chocolate amargo. Y ya ni eso me fascina.

Así se va dando uno cuenta poco a poco de todo eso que le “gusta”, de lo que no puede dejar por nada y que resulta que ni es tan rico, ni fue tan difícil no volver a probar. Esa relación que sólo nos abre la misma llaga todos los días. El gasto en cosas innecesarias que llena algún pequeño vacío. El mal humor que nos escuda de nuestras verdaderas emociones.

El problema es que uno le agarra cariñito a las cosas que le hacen daño. Como a todo lo que uno recibe con frecuencia. Entender que la cotidianidad y costumbre no son sinónimos de beneficio, toma un resto de autoanálisis. Y ése duele.

Sobre todo porque uno se da cuenta que siempre hay algo que se puede hacer mejor. Algo malo que uno debe dejar. Un mal hábito que hay que terminar. O una forma de comer mejor. Como ahora. Que resulta que es bueno hacer ayuno durante por lo menos tres días. No he llegado ni a medio y ya estoy que me como la computadora.

Un faro

Los niños ya están en edades que no necesito llevarlos todo el tiempo de la mano. Van solos, dentro de mi campo visual y se sienten bien de ese ensayo de libertad. Igual se van sin mí al colegio y no es mucho lo que yo puedo hacer al respecto. Pasa que siempre terminan buscándome al final de sus aventuras, ya sea para quejarse del otro, para contarme algo que los emocionó o simplemente para un abrazo.

En la vida pasamos navegando mares de diversas dificultades. Nos llenamos de agua, nos quedamos sin provisiones, sentimos que nos hunden las olas. La vida nos da vueltas como a un barquito de papel.

Nos toca seguir a flote. Quedarse sin hacer nada y dejarse llevar hasta el fondo no debería ser opción. Pero no se puede en la completa oscuridad. Siempre necesitamos un faro que nos sirva de referencia en las noches más desesperadas, que nos de la luz que perdimos por dentro, que nos recuerde que hay un puerto seguro a dónde dirigirse.

Las ideas, los amigos, los amores, sobre todo, recordarse uno de la propia lámpara que lleva dentro, todo eso nos ayuda a pasar la tormenta. Porque siempre hay una tempestad. Y también siempre termina. Y sale el sol.

Y podemos pedir un abrazo.

Recobremos

el espacio que queda entre nuestros brazos,

la luz que se refleja en nuestros ojos,

la voz que timbra con una canción feliz,

la vida que nos ofreció la vida.

Regalar un universo

Comencemos contando la triste historia de cómo, de pequeña, no tenía muchos amigos. Tampoco creo que me hayan hecho tanta falta o al menos esa fue mi normalidad y ya. Lo que sí tenía era una cantidad inacabable de mundos qué visitar en los libros que leía. Desde las clásicas y macabras historias para niños, hasta un Dumas con su implacable estudio de la naturaleza humana. Desde entonces, he pasado más horas divagando por lugares que existen dentro de mi cerebro gracias a un libro, que en el mundo de afuera.

Y no por eso es menos real. La “realidad” que perciben nuestros sentidos es simplemente la interpretación que hace nuestro cerebro de los impulsos químicos, eléctricos, físicos y auditivos que hay a nuestro alrededor. Y nadie nos garantiza que todos vemos lo mismo.

Entonces, ¿por qué habría de ser menos real lo que leo sólo porque no sucedió? Lo cierto es que los universos que encontramos entre palabras que parecieran escritas sólo para nosotros, nos engrandecen la experiencia en este mundo. Es una de mis mayores ilusiones transmitirles esta puerta a la infinidad a mis hijos. Me fascina hablar con gente que me puede llevar a sus propias experiencias de autores favoritos. Siento que encuentro a un amor perdido cada vez que me gusta un nuevo libro.

La gente que me regala un universo, tiene un lugar especial dentro de mi corazón. Siempre. Mi mundo sería más pobre. Y esa no es manera de vivir.

Caminemos un poco, por favor

Salgo a correr porque no quiero nadar porque está fría el agua y yo son culeca. Y qué. Ya suficientes incomodidades le hago pasar a mi cuerpo con los entrenamientos, como para encima de eso hacerlo entrar en estado de shock cuando me tiro al agua helada de la piscina que no tenía calentador. Y ahora corro. Despacio. Poco. Pero corro.

Cuando voy por menos de la mitad del camino, comienzo a pensar “¿Por qué jodidos es que estoy corriendo? Ya estoy cansada.” Y sigo. Cuando voy por la mitad, digo: “Ya, ya llegué a la mitad. Ya podría parar.” Y sigo. Paso por el punto que yo creo que son las dos terceras partes y otra vez: “Estoy harta de esto. No entiendo qué hago aquí. Quiero terminar.” Y llego corriendo hasta el final del recorrido.

Eso lo hago sola. Hoy corrí acompañada y fui a mejor paso porque mi amiga corre de verdad. Morí. Me faltaba la respiración, se me agradaron las piernas, iba llorando por dentro, pero seguí. Hasta que ya no pude más y pedí caminar un poco. Y está bien. No estaba a mi mismo paso de tortuga, me estaba forzando y me cansé. Pero no paré. Caminamos un pedacito y terminamos corriendo.

Quisiera poder hacer eso a veces con mi vida. Pedir una pausa, caminar un poco, agarrar un enésimo aire. Y seguir. Porque hay que terminar el recorrido y llegar bien y forzarse. El cuerpo y la vida no están hechos para desfallecer. Igual todos vamos a llegar a la misma meta, sólo que sí hace una enorme diferencia cómo.