Es fácil ser amable con extraños

Nos pasamos teniendo conversaciones truncadas en redes sociales, mezcla de monólogos, exabruptos y preguntas que no llegan a crear intimidad real, pero la imitan bastante bien. Creemos que conocemos a los demás por lo que leemos en poco más de dos líneas al día, pero que nos mantenemos misteriosos. Preguntar por la tristeza de alguien que no pasa de nuestra pantalla es sencillo, no implica nada nuestro, ni siquiera la respuesta del otro. No tenemos qué interesarnos más allá de lo que puede darle una pequeña satisfacción a nuestra necesidad de ser «buenos».

Lo difícil es serlo con las personas que están en nuestras vidas. Porque allí las cosas no son rápidas, los problemas sí nos afectan y se requiere mucho más de nuestra atención y cariño que una simple pregunta.

La falta de compromiso en nuestro buenismo en redes sociales es liberador. Pero es un escape. El verdadero yo, el que entregamos porque queremos conectar con el otro, sólo se puede dar en el día a día y eso cansa.

Me toca trabajar en la empatía verdadera todos los días. Lo demás, no existe, es sólo un reflejo de un reflejo.

No presiones los botones que te muestran

Ser vulnerable es un acto de valentía, pero recibir esa vulnerabilidad es hacerse depositario de un tesoro. Las personas que te enseñan en dónde están los botones que los desarman saben que esa es la única forma de crear verdadera intimidad. Lamentablemente, esa misma cercanía nos expone a que, inevitablemente, alguien va a presionar donde más nos duele.

Hay una responsabilidad compartida, por un lado, el no hacerlo de forma maliciosa, por el otro, confiar que uno es más fuerte que la debilidad. Desnudarse emocionalmente es mostrar lo más lindo, más frágil. Requiere de mucha fuerza. Con la misma hay que saberse proteger sin enconcharse.

Lo veo con mis hijos. Sé perfectamente en dónde les podría hacer daño y lo evito como a la peste. No se trata de marcarlos intencionalmente, ya suficiente les hago seguramente aún con la mejor de las intenciones. Si bien es cierto no soy responsable de la reacción de alguien más, tampoco es cuestión de dedicarme a ver cuánto aguantan.

Todo lo que necesito

Todo lo que necesito cabe en una cama iluminada en la mañana de los domingos. Dos niños, dos gatos, un hombre, yo. Qué más le puedo pedir a la vida que ese apuñuscamiento de cuerpos cálidos y voces mezcladas.

Lo único que necesito es sentirlo. Sentirme querida. No importa qué tanto mire el amor a mi alrededor, si mi corazón no lo puede absorber, de nada me sirve. ¿Desde cuándo tengo ese órgano como piedra y no como esponja?

Me culpo a mí misma. Mi incapacidad para creer que alguien me pueda querer.

Así, por lo menos, reconozco que poco más necesito que el sol un domingo temprano dándome los colores del cabello de mis hijos.

No me digas

No me digas que me amas

con dagas entre los ojos

las manos que desgarran

besos que matan.

No me digas que me amas

detrás del muro

donde te retiras

para no sentir.

No me digas que me amas

si no puedo acercarme

con fuego en la voz

el remolino en el pecho.

No me digas que me amas

si no entregas todo

aceptando lo que doy

que siempre lo ha sido

todo.

Ser feliz si se puede

Hoy pregunté en Tuiter si serían felices si pudieran. No me refería a serlo todo el tiempo, sino a la posibilidad de alcanzar ese estado y la disponibilidad para hacerlo. Me cuestiono últimamente mi propia capacidad para ser feliz, porque me detengo demasiado en los pensamientos que me lo impiden. Un remolino que me traga y no me devuelve sino para volver a comenzar.

Se complica con el paso del tiempo salir de los lugares que cavamos, cada vez vemos más lejos la orilla y tal vez creemos que después del fondo llegaremos al otro lado. Lo extraño es que lo único que se debe hacer es parar. Detener el tren de pensamiento. El esfuerzo es grande porque hay que ponerle freno a una máquina en movimiento.

Por eso me intriga si yo sería feliz si tuviera la oportunidad o preferiría seguir subida en mi carrito en picada. Espero elegir no estrellarme.

La estela y el rumbo

Navegamos por la vida dejando detrás de nuestro un surco que desaparece casi instantáneamente. Apenas dejamos un recuerdo vaporoso en la mente de quienes quedan y éste está distorsionado por la percepción de quien lo guarda. Lo que dejamos resuena en la distancia como un eco. Las palabras que escribimos se desvanecen, no hay tinta eterna.

Pero igual de seguro es que herimos el agua para abrirnos rumbo, dejamos una impresión aunque sea efímera, luchamos con cualquier elemento que nos presenta resistencia. Si no somos permanentes, tampoco nos desaparecemos cuando estamos presentes.

La naturaleza del ser humano es encontrar un camino hacia dónde dirigirse, plantar una bandera en lugares deshabitados, pintar cavernas oscuras. Y luego ya no estar. Dejar a su paso apenas el aroma de su piel para que los demás sepamos que alguien estuvo allí.

En mi vida, en este momento, me sé inconsecuente, impertinente, reemplazable. Y también me sé perseverante. Tal vez la estela que deje tras de mí no dure lo que tarda la espuma en derretirse, pero mi barco estará enfilado hacia el puerto que quiero, aunque me quede a medio mar.

La mala poesía

Escribo poesía, sabiendo que lo hago mal. No porque tenga ilusión de hacerme mejor, sino porque a veces sólo así puedo decir lo que tengo en el cerebro y prefiero sacarlo, aunque sea defectuoso. Uno de mis mejores maestros dice que cualquier cosa que valga la pena hacerse, vale la pena hacerla mal. ¿Te gusta bailar y pareces Elaine de Seinfeld? Qué importa. ¿Quieres hablar un idioma y suenas a Terminator? Dale. ¿Te llama la atención pintar y la De León lo hace mejor que tú? No es relevante.

Todo lo que uno hace es sujeto de hacerse mejor. Si se espera a ser maestro en las cosas, podemos esperar para siempre. Lo cierto de cualquier actividad humana es, primero, subjetiva y luego, imperfecta. hay más mérito en realizar lo que a uno le gusta, poniéndole todo el esfuerzo que uno pueda, a ser extremadamente talentoso y no sudar la práctica.

Mis hijos se tienen aprendido el hecho que es peor ser haragán que tonto. Pero también saben que si pusieron de su parte, yo los voy a felicitar aunque el cuadro esté torcido, la canción desafinada y los panqueques incomibles.

Yo escribo mala poesía. Buenos cuentos. Y seguiré haciendo ambos porque vale la pena para mí.

No dejes que te digan

Que si en el colegio me tenían apodos nada agradables. Tanto así que no recuerdo el peor de ellos, por mucho que intente hacer memoria. Y está bien, era una mezcla de animales y no precisamente de los agraciados.

Crecer es tratar de dejar atrás la vestimenta de opiniones que los demás nos pusieron encima. Qué mejor que poder quitársela como cualquier otra prenda de vestir. Lo malo es que no se va. Porque la hicimos nuestra y nosotros mismos las seguimos usando.

Dejarme que la opinión de alguien más me defina ya es demasiado. Tengo suficiente con la voz criticona de mi interior.

Las frases de la Historia

El universo empieza con una orden

Nace la luz, se parten las aguas, hay tierra

Una voz anuncia portentos

En todas las creencias.

Vuelan las serpientes

Nacen héroes

Mueren vírgenes.

Iniciamos la vida con un grito

La dejamos sin despedirnos.

Más allá de tu voz

Está lo que dejaste

Detrás de la última frase.

Creer en lo absurdo

Sólo es necesario creer en las cosas que no se ven. En Dios o lo que pongan en su lugar, en la Justicia, la Verdad, el amor. Se necesita creer. Con todas las fuerzas para darle sustancia a lo que no existe en el plano del meter los dedos en la llaga. Yo sé que siento amor, no lo puedo meter en una caja para darlo.

Nos queda sólo demostrarlo. De forma en que el interlocutor lo entienda. Lo sienta como propio. Todas esas cosas importantes, al momento de enseñarlas a los niños por ejemplo, se convierten en un ejercicio de dibujo en la oscuridad. Yo quiero pensar que les estoy demostrando lo que siento, que les enseño la importancia de decir la verdad, que les estoy dando un lugar cálido. Pero es más cuestión de cómo lo reciban ellos.

Creer, lo que implica estar seguro que eso que no se puede palpar es cierto, es exclusivamente humano. Somos capaces de perder la vida por abstracciones, de perseguir un ideal sin forma. De ir a la guerra.

Todas las creencias, en ese sentido, son absurdas. Pero la lógica tiene límites, no todo es racional. Seríamos, allí sí, un mundo completamente absurdo si sólo actuáramos conforme a lo que vemos.