Todo va a estar bien

Las cosas tienden a resolverse. No necesariamente como uno quiere, pero allí es donde vale la pena aprender a dejar ir. No el principio del asunto, sí la forma. Hay varias maneras de llegar al mismo sitio, todas con aprendizajes.

Ante los retos, las personas o se marchitan o florecen. Quisiera pensar que he aprendido a enfocarme en lo que importa. Que no vale la pena trabarse con lo que no salió como planeado. Que busco estar mejor, no necesariamente como me lo imaginé. Es un constante desafío para alguien que ha aprendido a que le gusta el control, pero que no sirve de nada.

Me encanta que me digan que todo va a estar bien. Y luego hacerlo que suceda. Porque, al final, todo lo está.

En movimiento

Tengo una semana entera de manejar sin parar. Necesito dejar de moverme. Estar tranquila. Pero no veo en el horizonte un momento para descansar.

En general, la vida se define como el movimiento independiente. Estar vivo es no estar quieto. Todo nuestro cuerpo está hecho para funcionar bien cuando se usa. Uno de los marcadores de longevidad y buena salud tiene que ver con movimiento.

Tal vez no debo quejarme de tener que ir a todas partes. Aunque sería ideal que no fuera en tanto tráfico.

Tomar perspectiva

Es imposible tener una perspectiva distinta desde nuestro único punto de vista. Vemos el mundo desde nuestros ojos. Así funciona y, tomando en cuenta que el fin de la evolución es propagar nuestros genes, tiene sentido que nosotros seamos los centros de nuestros propios universos.

Pero, como todo lo relacionado a los humanos, también somos seres sociales y necesitamos amoldarnos a vivir con más personas. Allí tenemos que tener la capacidad de ponernos en los zapatos de los demás, salirnos de nuestra cajita. Abrirnos.

Hay una forma segura de hacer eso: rodearse de personas a quienes uno respete y estar dispuestos a escucharlas. Mientras más estemos dispuestos a considerar otras perspectivas, vemos desde otros ojos. Por eso pregunto, porque no me basta mi propia opinión siempre. Y por eso tengo gente cerca a quien puedo preguntarle. Cuestión de evolucionar.

Cicatrización

Me abrí la frente por una cadena de circunstancias que incluyó zapatos muy altos y distracción. Con sangre y toda la cosa, pero sin mayores consecuencias. Porque la cosa fue el domingo y hoy miércoles ya está prácticamente cerrada la herida. El chinchón sigue, pero me lo escondo con el pelo.

Es interesante que la cara sangre tan fácil y tanto. Debemos tener mucha sensibilidad. No es muy práctico, porque los golpes no tan graves son muy aparatosos. Mi caso sirve de ejemplo. Como todas las heridas, ésta dejará una cicatriz, que espero no sea notoria, ya tengo suficientes en la cara.

Supongo que todo nos va dejando marcas. A mí me gustan las que me hago a propósito, como los tatuajes y la línea del bronceado. Las que me hace la vida las llevo de recuerdo, no siempre bueno. Ya a estas alturas, lo más que puedo pedir es que la cicatrización sea rápida.

Lugares nuevos

Ayer te escuché

una inflexión de voz

que no conocía

y eso que yo soy experta

en todos los tonos que tienes

me sorprendió darme cuenta

que aún me faltan tantos lugares tuyos

que no he visitado todos tus rincones

que me queda mucho por recorrerte

dicha la mía

Visitas a nadie

Al fin fui al cementerio. No creo que estén allí mis papás. Ni siquiera sus cuerpos, quince años más tarde. Pero hay una placa con sus nombres y fechas de principio y fin. Tuve que pedirle a uno de los jardineros que me llevara a donde está. Lindas las flores que les dejé. Bueno. Dejé. A la que le gustaron fue a mí. Fui sola, al fin y al cabo, de ellos sólo quedo yo.

Los cementerios son jardines donde crecen los recuerdos. Nos hacen palpable la impermanencia. Y quedamos más conscientes que nosotros sí seguimos. Una placa sobre la grama no tiene brazos ni oídos. Sólo está quien visita.

Supongo que volveré. Aunque sea por mí misma. Allí no hay nadie a quién visitar.

Préstame tus ojos

Tengo un par de ojos

para verlo todo mejor

mis defectos

lo que me falta

en dónde no estoy.

Por eso necesito los tuyos

que miran más allá

y me devuelven otro reflejo

formado por tus palabras.

Para más tarde

Me guardé el sol en el bolsillo

Calentando los besos que me mandas

Escapados de entre tus dedos

Y que voy juntando para pedírtelos.

Disipamos el aire a carcajadas

y recogí el sonido

para otro día que no fuera ese

pero sí cualquiera diferente.

Tengo muchas próximas veces

esperando turno de estrenarse,

luego las reúno entre papeles

y te las devuelvo escritas.

A veces los días hacen puente

entre un ya pasó

y un más tarde

mientras te espero.

El proceso que no termina

Leo en un curso que me hice tomar que el cuerpo es un proceso. Ilustran el punto haciendo ver cómo cambiamos de células cada cierto tiempo. A lo que yo le añadiría que, al final de nuestra vida, resultamos siendo más bacterias que humanos. Supongo que es poético, que vamos dándole aventón a otras cosas mientras nos renovamos hasta que se nos acaba la gasolina.

Pero tiene una trascendencia mayor el hecho de admitir que el cuerpo no es estático, porque nos permite ver cómo cambiamos y cómo hacernos cambiar a lo que queremos ser. Si fuéramos algo inamovible, ¿en dónde quedaría nuestra esperanza de mejorar, de crecer, de ser diferentes? Sería igual a no poder aprender. Sabiendo que aumentamos nuestro acerbo de conocimiento, modificamos la forma en la que percibimos la vida, acumulamos experiencias, deberíamos poder traspasar esa certeza a lo que puede hacer nuestro cuerpo. Tal vez necesitemos un poco más de cuidado, un tipo de reeducación para vernos de otra forma.

Yo, al menos, tengo la esperanza de conseguir una paz con este proceso y que me lleve de la mano, no arrastrada, hacia la evolución a la que todos debemos acercarnos. Nada es para siempre, pero sí sabemos que siempre cambiamos.

Cuando no escribo

Me pasé desde el jueves sin escribir. Tengo como un poquito de vacío de palabras, tal vez porque me tardé desde noviembre en escribir un «libro» que se lee en tres horas (si se lee lento y uno se levanta a prepararse un café). Es extraño cómo se llena tan poco tiempo efectivo con tantas letras. Así que, he estado leyendo. Rayuela (Cortázar me va a convencer que, ni escribo bien, ni entiendo lo que leo), a Bolaño, a Borges, a Martínez, a Restrepo, a Montano… La vida no alcanza para lo que uno «debería» leer, menos aún para lo que uno «quisiera» leer.

Uno tiene ocupaciones favoritas a las que regresa en momentos de más necesidad. O de felicidad. O de tristeza. O de vivir. Generalmente es eso que nos hacían hacer de pequeños y en donde más seguros nos sentimos. Costumbres como cocinar y comer rico para celebrar un triunfo. Hábitos como despertarse temprano y tratar de estar felices, aunque después el día nos arruine el buen humor. Deportes, juegos de mesa, lecturas, música. Todos encontramos lugares y actividades en dónde retomar nuestro centro.

Resulta que ahora tengo que revisar todo lo que escribí. Ya voy por una tercera parte y, en vez de escribir más, estoy quitando palabras que me parece que estorban. Así que probablemente se lea en 2 horas cortas. Eso, o me disparo capítulos intercalados con una historia completamente diferente. Pero, para mientras, leo. Porque necesito volver a llenarme de palabras.