Decisiones

Dejarse llevar es rico cuando uno sabe que no hay peligros adelante. En caminos desconocidos, es mejor estar alerta. Y para hacer la ruta, es necesario tomar decisiones.

Porque la vida tiene esa mala costumbre de llevarnos por donde se le da la gana si no oponemos resistencia. Generalmente es en bajada, rodando, muy feo. Termina uno enlodado, roto y maltrecho. No quiero decir que las decisiones que uno hace conscientemente sean siempre buenas. Es probable que uno termine en el mismo lugar, o peor. Pero al menos la tomó.

Dejarse llevar… es para cosas inertes. O para cuando uno está flotando en una piscina, mejor si con margarita en mano.

Armar un escrito

Las madres sabemos que no hay mejor forma de atraer a los hijos hacia nosotras, que entrar al baño. Es como el llamado de la selva, imposible de resistir. Allí tienen toda la urgencia de contarnos cualquier cosa. Y cuando uno ya está libre, se desaparecen como nubes después de una tormenta.

Yo tengo un método aún mejor: sentarme a escribir. Como si verme sentada ante la pantalla detonara un imperativo irresistible. No he logrado juntar más de dos líneas sin un «¡Ahorita no que estoy escribiendo!», que ya de por sí me impide seguirlo haciendo.

Es complicado justificarme a mí misma el «derecho» que tengo de no ponerles atención a los engendros. No nos enseñan que una tiene necesidad como ser humano de momentos a solas, para hacer lo que a una le gusta, sin que sea «útil». Iré aprendiendo. Porque tengo necesidad de juntar palabras y ellos no se van a ahogar (espero), si no les alcanzo el detergente de inmediato — no sé para qué — o los miro hacer lo mismo por enésima vez.

Ya pasará. Y, aprendemos, o aprendemos.

Repetir lo nuevo

¿Cuánto fuego ha corrido por cuántas venas? ¿Y estrellas en los ojos? Seguro hay más que en las galaxias. Los labios han tenido más miel que la de los panales y las risas como campanas repican sin parar.

Encontrar cosas nuevas qué decir, metáforas ingeniosas o simplemente un cumplido medianamente original es imposible. Porque todo se ha dicho ya. Muchas veces. El mundo no es nuevo. Ni siquiera novedoso. Se repite y replica, con variantes, pero ni lo único es poco común. Todos somos distintos, iguales en nuestra naturaleza diferente.

Pero… igual nos asombramos de lo que vemos. Nos enamoramos con la misma fuerza que una vez. Vivimos con el alma dispuesta a retomar el mundo como si estuviera recién hecho. Tal vez es una amnesia que nos viene natural. O simplemente que, de hecho, sí hacemos de nuevo el universo cuando lo volvemos a contemplar.

Hasta el cumplido más trillado vuelve a resplandecer en boca de quien queremos. Y siempre se le puede regalar un buen libro de poemas para que encuentre inspiración.

Irse y regresar

Me voy a ir para volver

y no seré yo quien regrese

pero sí me traerá con ella

me voy a perder para buscarme

llevo el mapa del olvido

y las manos llenas de brújulas

el norte es cualquier sitio

que quede a más de dos pasos de distancia

cuando salga a otra parte

espérame sin irte

que ya regreso.

Una aventura aburrida

En las historias épicas de descubrimiento del ser, hay pedazos sumamente emocionantes, como cuando estamos esperando que el gigante se emborrache y lo podamos cegar. Sentimos toda la adrenalina de la posibilidad, el desafío, el peligro. Y crecemos poco. Porque en la acción no hay una pausa para pensar, es sólo dejarse ir. Y luego está la parte aburrida, el desierto, la cueva, la montaña. Nada de movimiento, todo se queda quieto. Y es allí, en el estar varados, cuando el héroe tiene iluminaciones.

Pocas veces se siente uno tan frustrado como cuando no avanza. Nada que no se mueva puede sobrevivir. Pero también es cierto que, sin reflexionar, no hay una toma de medida de quién somos y en dónde estamos. ¿Cómo vamos a escuchar lo que nuestra vida debe decirnos si no nos callamos?

Las aventuras emocionantes no tienen demasiada profundidad. La profundidad no tiene mucha aparente emoción. Y no podemos vivir sólo en uno de los dos estados.

De regreso a lo básico

Hoy entrenamos técnica básica en el karate. Puñetazos con paso. Defensas. Patadas. Repetir. Y repetir. Y repetir. Los fundamentos de cualquier cosa sobre la que se construye algo. Es como aprender a hacer bien un huevo. Es difícil hacerlo mal, pero que quede bien requiere práctica.

Uno se olvida de lo sencillo. Las líneas rectas son tan humildes en su elegancia, que nos damos el lujo de sentirnos aburridos. Pero pidan que les tatúen una y verán cómo son lo más difícil de lograr. Hay magia en las cosas primeras, en los cimientos. Sobre todo porque son invisibles si funcionan, pero hacen que todo se desmorone si no. Prueben tener una buena relación sin haberla hecho sobre la comunicación y cuéntenme quiénes son sus abogados de divorcio.

Regresar a lo básico no es retroceder. Es apuntalar. Es afinar lo aprendido. Y afianzar lo bueno. Vale la pena. Nunca se desprecia un huevo bien hecho.

Cómo perderse en tres pasos

  1. Olvide de dónde viene: el camino recorrido no significa nada. Esas experiencias dolorosas no le sirven.
  2. No tenga una meta: nada como dejar de ver el faro al final del camino.
  3. Sólo fíjese en lo malo: todo tiene siempre defectos. Auméntelos poniéndoles demasiada atención.

Perderse es muy fácil. Pero no más sencillo que poner energía en aprender del pasado, mantener el curso buscando la luz y buscando las cosas buenas de lo que nos rodea.

Las cosas como no son

Tenemos la idea equivocada que podemos ver el mundo de forma objetiva. Como si la percepción de nuestros sentidos fuera lo suficiente para demostrarnos cómo son las cosas «reales». Comencemos con decir que no hay realidad sin subjetividad, al menos no como la percibimos. Sobradas veces nos han dicho que nada tiene sustancia en olor, color, sabor, sonido, etc., sino que son impulsos eléctricos, partículas químicas, ondas auditivas. Nuestro cerebro las traduce, pasan por el filtro de nuestra capacidad para recibirlos y luego nos hacemos una idea de que lo de afuera es como lo construimos adentro.

De hecho, el mundo sólo existe en nuestro cerebro y cada uno de nosotros lo lleva de forma distinta. Hay que huir como de la peste de cualquier persona que asegure tener la verdad absoluta para dictar nuestro comportamiento. Las verdades tajantes sólo funcionan piel adentro. Imponerse sobre otro es ejercer una arrogancia desmedida.

Las cosas no son como creemos. Sólo podemos aceptar que son así para nosotros.

En el tráfico

Crucé la calle en amarillo

otra decisión a última hora

o la oportunidad de pasar

presente de forma imprudente

y con el peso del tiempo

que alarga las distancias

tú estás tan lejos

y ahora me cuesta avanzar

entre esquina y esquina.

Ahora la luz está en rojo

no me quiero quedar

varada en el camino

tú me esperas al final.

La temperatura correcta

Hay un juego de balance en encontrar la proporción correcta de agua fría/caliente para bañarse, cosa delicada que se puede esfumar en un segundo con un mal juego de la cañería. Algo así como tomar café. Tiene su momento exacto, porque si te quema, duele y si está frío, sabe feo. Luego hay cosas que son versátiles, la pizza el mejor ejemplo. Hasta de la refri sabe bien.

En la vida tenemos momentos en que el elusivo «timing» es esencial. Dos personas que coinciden en una fiesta y se pasan juntas el resto de la vida y otras dos que nunca llegan a conocerse porque una no llegó a la cita. Pero esos momentos son elusivos y, al final del día, no tan trascendentales, sobre todo si no son consecuencia de una serie de decisiones conscientes. Las cosas más importantes de la existencia se calculan todos los días y se tiene la oportunidad de realizarlas en varias etapas. No habría matrimonio que sobreviviera la presión de ser siempre perfecto, en el tiempo adecuado y la forma requerida. Hay desencuentros en todas las relaciones y el mérito está en superarlos.

Menos mal hay tantas otras comidas que no son delicadas. Aunque hasta el café me lo tomo frío si no tengo otra opción.