Sentir sin recuerdos

En la vida no tenemos nada por cierto. Todo cambia, hasta nuestros rostros en el espejo. Veo una fotografía de hace 28 años y no reconozco a esa persona que está usando mi nombre. Pero sí recuerdo cómo se sentía. La angustia y el desasosiego que viví esos años me inunda como un deslave y, por un momento, regreso a ser esa niña insegura, sin amigos y sin sentirse apreciada. ¿Y? Ya no soy la misma, por mucho. Probablemente ni siquiera era tan así como lo veo ahora, con tanta distancia de por medio.

Los recuerdos se modifican cada vez que los examinamos. En mi caso, mi paso por el colegio está muy poco revisado, porque no regreso allí si puedo evitarlo. Por una serie de circunstancias desafortunadas, fui el blanco de todo el rechazo de mis compañeros desde 2o primaria. La perseverancia es lo mío y no me salí, pero pude haber tenido una mejor experiencia si no hubiera sido tan necia. Ya estuvo. No soy más ni menos que lo que soy ahora, gracias a todo lo que he pasado para estar aquí. Además, estoy segura que si les preguntara a mis compañeros, jamás se acordarían de nada de lo que yo tengo presente. Porque no fue importante para ellos, no les afectó. Y se vale.

Menos mal uno cambia. Siempre. Y esa es mi única razón de revisar el pasado. Para tomar distancia y aceptar que hemos llegado a vivir mucho más. Le agradezco a esa niña que me mira desde la foto todo lo que aprendió. Me gustaría decirle que valió la pena.

Compro adornos

Tengo que comprar ropa para dos personas pequeñas que ahora pretenden escoger qué se ponen. Era tan fácil vestirlos como se me antojara cuando eran sólo míos y no de sí mismos. Tanta paz en tenerme en horario con ellos y saber qué hacerles. Aunque no lo supiera, los errores eran tan leves, que se podían corregir con una sonrisa. Ahora ya son tamaño gente y tienen opiniones propias, a veces muy distintas de las mías.

El trabajo de uno como papá es criarlos tan bien, con tanta seguridad, que se puedan ir al mundo sin miedo. La obsolecencia calculada más dolorosa de la vida. Y uno se resiste un poco. Hay ropa que no se deben poner por no tener la edad, cosas que no pueden hacer, decisiones que no pueden tomar. Igual sigue siendo uno el responsable de guiarlos, de ponerles reglas, de hacerlos sentirse seguros. Los límites de una casa no sólo son un marco de conducta, son una barrera de protección. Dentro de esa frontera que necesariamente hay que ir expandiendo, se exploran con cuidado las libertades. Con cosas muy importantes como las consecuencias de malas decisiones, hasta lo más leve. Como la ropa.

Ya no puedo escogerles la ropa impunemente. Ni el corte de pelo. Y, como comprarme ropa a mí misma me da pereza, supongo que sólo me queda comprar adornos.

Te encontré

Hay muchas fotos en las que no me reconozco. He cambiado tanto. Y ayer me dijeron que sigo igual, porque siempre he tenido adentro lo que logro sacar ahora.

Que lo vean a uno, verdaderamente, desde lo que uno es y lo que uno puede ser. Todos queremos que haya alguien que sirva de testigo de nuestra vida. Porque allí encontramos nuestros verdaderos espejos-filtros-ejemplos. Queremos compartirnos.

Entonces… seguiré buscándome.

Lo que necesito

La dulzura no es lo mío. Intensidad, pasión, racionalidad, todo eso, sí. La parte tierna… no tanto. Cosa que funciona bien con adultos (algunos), pero no con mis hijos. Y ahora estoy aprendiendo. Todos los días. Es un constante estar encima de mis preferencias. Ellos no saben que mi tono seco no es regaño, y eso que me conocen desde que nacieron.

Hoy estuve con personas que recuerdan con mucho cariño a mis papás. Qué cosa extraña volverlos a ver con otros ojos. Quiero pensar que mis hijos llegarán a compartir conmigo lo suficiente para verme a mí de manera distinta.

Tengo más de lo que he querido. Nunca imaginé esta forma de crecer con la gente que quiero. De poder ser una persona con tanto cariño a nuestro alrededor. Y también tengo lo que necesito, todo lo que me reta a ser mejor.

Llegar al fondo de mi paciencia

Quiero salir corriendo. De todo. Por un rato. Y regresar porque me gusta lo que tengo. Pero todos tenemos un punto de quiebre. El mío es pesado, fuerte, ahora ha aprendido a ser flexible. Pero está. Y me he columpiado en él mucho en estos años.

No hay pegamento para todo lo que nos rompemos. Quedan rajaduras y pedazos en el camino. Lo bueno es que hay forma de seguir adelante y quién nos obliga a ser los mismos de antes. Nadie. Así, nos quebramos, retomamos. Seguimos.

Me quiero ir. Pero no quiero alejarme.

El día más bonito

Es un miércoles cualquiera y yo estoy sin parar desde las 4am. Hasta tiempo de asolearme me dio, entre todo el corre-corre, con almuerzo y lavar ropa incluidos. Cada minuto cuenta, quiero que la vida no me diga que dejé de usar el tiempo que era mío. Todos los días me paso en cosas y he aprendido a que no hacer nada también es algo. Tal vez mis ocupaciones no sean trascendentales, ni esté preparándome para dejar huella permanente de mi existencia. Pero sí quiero que cada día termine como parece hacerlo hoy: lleno.

Hay días objetivamente más lindos que un miércoles cualquiera. Pero el reto es que los mejores sean los normales. Que la línea normal sea alta. Y que la satisfacción sea constante. Con lo que hay. Porque es lo que hay.

Mañana, que es jueves, habrá otra montaña de cosas qué hacer. Y eso también debe ser bonito.

Nada es suficiente

Yo no quiero más. Lo quiero todo. Y lo tengo, pero no todo el tiempo. Porque es como comer la hamburguesa y las papas con cerveza. No cabe todo junto en la boca al mismo tiempo y, aunque así fuera, no sé si me gustaría.

Por otro lado, siempre quiero algo que no tengo, así voy de antojo en antojo y, menos mal, no me doy todos. Se salta de experiencia en experiencia, aunque sean repetidas. Lo que hay que aceptar es que no todos los bocados son agradables y la vida lo obliga a uno a comerse lo que le sirve y no retira el plato hasta que uno se lo acaba. O se lo vuelve a poner a uno enfrente. Una y otra vez.

Siempre voy a quererlo todo. Y espero aprender a que me sea suficiente lo que tengo enfrente.

Aprender de nuevo

Mi mamá hacía la mejor magdalena del mundo mundial. Pero no me gustaba. Sólo esperaba que la hiciera para poder quedarme con las paletas llenas de masa. Claro que ella me dejaba suficiente en el trasto, hasta más que eso. Creo que he hecho esa receta una vez. Y no le di masa a mi hija.

Es más difícil aprender algo que uno ya sabe a comenzar de cero. Tener mente de principiante permite abrirse a recibir todo. Por primera vez. Y construir un edificio con los pedazos de conocimiento que uno va adquiriendo. Pasa el tiempo y uno ya puede decir que uno “sabe” algo. Si ya hay tanto hecho de cierta forma. Como la maternidad. Uno tiene contra qué comparar la propia, si ya tuvo mamá. Allí está el plano de cómo hacer lo bueno y cómo tratar de evitar lo malo. Lo jodido es este impase en el que estoy porque no me había dado cuenta que me duele no poder compartir con mi hija las cosas bonitas que hice con mi mamá. Y esa falta de base me ha desconcertado los últimos dos años. Tengo que aprender de nuevo a hacer algo que según yo ya sabía hacer y pobre la niña porque es con ella con quien ensayo.

Al menos ya dejé de tenerle cariñito a una idea que no está funcionando. Ahora es cuestión de encontrar lo que sí lo haga.

Nada es personal

El mal humor de los demás, sobre todo cuando es de gente cercana, afecta. Es difícil no preguntarse uno en dónde es que uno estuvo mal. Y buscando se encuentra. Siempre hay algo qué mejorar.

He vivido con gente malhumorada que siempre encuentra cómo justificar sus desplantes. Es culpa del otro. Me incluyo, porque yo también quiero que haya razones externas para mis pucheros. Cuando, en realidad, todo lo que sucede de piel afuera bien puede no afectarme. No digo que uno sea una babosa sin espina dorsal. Pero es muy distinto no aceptar algo dañino a enojarse sin control sólo porque no hay el helado que uno quiere. Joder, para eso puede uno irse a comprar uno. De vainilla.

Lo cierto es que muy pocas veces lo que hacen los demás tiene qué ver directamente con uno. Primero es con ellos mismos. Y, por eso, nada es esencialmente personal. Salvo que uno quiera.

Con el formato equivocado

Llenar un formulario, a veces, requiere de cierto arte psíquico. Porque algunas preguntas están hechas más como enigmas y hay que entender la intención detrás. Cuestión de espacio. Y de conocimiento previo no compartido: todo eso que uno sabe y que no explica porque cree que no hay necesidad.

Esa presunción de partir desde un sitio común es muchas veces la fuente de muchas confusiones. Los que escribimos padecemos de esto en aún mayor medida o, al menos, se nos nota más. Porque contamos una historia que ya conocemos y omitimos detalles que nos parecen obvios.

Por otro lado, tampoco hay que remachar en hechos que todos saben, porque el agua moja en todas partes. Pero creo que prefiero repetirlo a no dejar claro lo que quiero decir. Y, definitivamente, he aprendido a preguntar exactamente qué es lo que quieren saber. Porque pocas cosas son tan inútiles como llenar un formato contestando cosas que no están preguntando.