La persona indicada

Hay puntos de inflexión en mi vida que puedo recordar y decir: aquí tomé una decisión importante. Es una mera ilusión. Todo el curso de mi vida es un río abriéndose camino hacia el destino que nos espera a todos. Podemos creer que nuestros destinos están trazados. O que podemos dirigirlos a punta de completa voluntad.

Lo cierto es que no tenemos control de las cosas que se nos ponen en el camino. Sólo de qué hacemos con ellas. Allí está nuestro verdadero poder. No hay cosas absolutas y pocas carecen de solución. Siempre hay decisiones excluyentes y las que tomamos determinan qué viene después.

Lo cierto es que hay una persona adecuada en nuestra vida para vivirla: nosotros mismos.

Eso no es mérito de uno

Mi papá era un hombre de pocas palabras de halago. Su filosofía de vida era que uno debe hacer lo mejor que puede con lo que tiene. En especial, no toleraba a la gente que hacía alarde de cosas que no eran mérito suyo. Apariencia física, inteligencia y dinero heredado estaban incluidos en la lista de lo poco valioso. La disciplina, la constancia y el aprovechamiento de oportunidades era lo que valía la pena felicitar y aún eso con mesura. Al final del día, es obligatorio hacer lo más que se puede con lo que hay.

Como con todo, una postura tan radicalmente estricta no permite disfrutar muchos logros. Todo se puede cuestionar desde la pregunta: ¿y tú qué hiciste para ganarte eso? El problema es que la humanidad no es un juego de azar en el que se limpia el tablero con cada vuelta de dados. Es una carrera de relevos que avanza a las personas en lo individual y en lo colectivo, pero con puntos de partida distintos. Y está bien. Si tuviéramos que comenzar de nuevo con cada nacimiento para que todos partan de la misma línea, jamás avanzamos. Incluso la imagen de una carrera da una idea falsa, pues la competencia casi nunca es contra los demás, si no contra uno mismo.

Creo que vivir sin celebrar lo logrado es dañino y lleva a querer que nadie más haga nada. Alegrarse por los méritos bien ganados de los demás nos permite compartir su felicidad. Y, mientras las reglas sean iguales y conocidas para y por todos, la carrera nos avanza. A todos.

Hablamos de mí

Cuando a uno le piden que hable de sí mismo, hay un momento de pausa. ¿Por dónde comenzar? ¿Qué puede ser relevante? ¿El accidente a los dos años? ¿Los amigos del colegio? ¿El primer novio? ¿La carrera? ¿Qué parte de la vida es lo que dice quiénes somos en verdad?

El verdadero punto es saber para qué está en ese lugar. Porque no somos iguales para todos, ni siquiera para nosotros mismos. Y allí está lo complejo de la existencia. Somos algo que no podemos definir porque cambia todo el tiempo, pero igual nos concebimos como una unidad coherente y es lo que tratamos de presentar. La narración mental que corre en modo automático y que nos da una ilusión de llevar un piloto en miniatura al mando de nuestro cuerpo, no es real. Pero, si pensamos que el mundo como lo percibimos tampoco existe sino que sólo es nuestra forma de interpretarlo, entonces somos tan reales como eso.

Soy muchas cosas y algunas se alinean a lo que necesito. Me pueden volver a pedir que hable de mí y seguro diré algo distinto a la última vez. Sin que deje de ser verdad.

La línea base

He escuchado que cada persona tiene una línea base de emociones. No es ese el término, pero así es como yo la visualizo (y sí, así se usa ese verbo, que no es lo mismo que “ver”). Digamos que hay una tabla que mide el buen y mal humor y todos dibujamos un garabato constante entre esos dos picos. Pero no todos parten del mismo punto y su humor normal puede ser mejor o peor que el del vecino. Hay gente naturalmente taciturna.

Lo mismo pasa con las relaciones. Tienen su estado de reposo natural, porque no se puede estar siempre extasiados. Lo importante es que esa normalidad sea agradable y no tire hacia abajo. Cuando uno puede tomarse el café todas las mañanas con la misma persona y encontrarle lo bueno, casi siempre, se aprecia el valor de lo tranquilo. Claro que me gustan los momentos emocionantes, pero no cambio la felicidad diaria y calmada. Dura más y es más constante.

En general, mi línea base es alta. Casi siempre estoy de buen humor, aunque sí tengo picos fuertes. No es que sea enojada, es que me enojan. Pero he aprendido a apreciar a los que son más planos. Tienen un encanto particular cuando se les encuentra la profundidad.

Yo sí sabía qué tenía

Tengo más de veinticinco años de moverme sola a donde yo quiero, a la hora que necesito, sin dar muchas explicaciones. Que me hayan quitado dos semanas la posibilidad de manejar fue muy complicado, pero no es que me haya quedado quieta. La libertad de moverse uno a donde sea, es, por mucho, una de las cosas más deliciosas que pueda poseer un ser humano normal. Y eso implica mucho más que sólo el desplazamiento físico.

Hay una libertad existencial, que nos separa de la necesidad de vivir por los demás de forma enfermiza, que necesariamente se desarrolla conforme uno mejor está por dentro. Es la posibilidad de tomarse un café en un lugar sin nadie más y estar feliz. O de entretenerse sin necesidad de molestar. O de vivir uno su vida sin compararla con la de alguien más. Qué triste y qué pobre la gente que está pendiente de lo que hace alguien que ni conoce. No entiendo, por ejemplo, cómo alguien puede decir que le caigo mal sin darme la oportunidad para darle una razón.

Yo sé qué he tenido desde siempre: independencia. Me gusta y no quiero perderla. Que no es lo mismo que no tener relaciones profundas a las que estoy estrechamente unida. Muy distinto querer que necesitar.

Ya me quitaron las grapas y ya puedo volver a manejar. Es un poco de normalidad recuperada y eso se siente muy bien.

Nadie sabe cuánto pesa tu pasado

Mis papás dejaron amigos que los recuerdan con cariño. Y sus hijos me conocen desde hace mucho. La consecuencia de esas dos cosas juntas, es que hay una amistad casi heredada entre ellos y yo, de esas relaciones que no es necesario tener constantes para ser cercanas. Tengo la dicha de poder invitarlos a mi casa y hacer recuento de lo no compartido. Retomar cariños buenos es sencillo.

Hay algo fascinante al redescubrir gente del pasado, pues uno puede poner en contexto lo vivido en común, los recuerdos vistos desde otros ojos y una explicación de vida más madura con los años. Tal vez es algo que, si uno tiene suerte, logra hacer con sus padres ya más grandes. Yo no tengo esa oportunidad. La mujer que soy jamás la conocieron ellos, no hemos podido poner nuestro pasado en común, nos quedamos un poco a medias.

Hoy vino una de esas amigas y llenamos muchos espacios desconocidos. Increíble la perspectiva que se adquiere y cómo puede uno liberar tantas dudas con sólo ser uno mismo. No sé si sería igual con mis papás vivos, pero no creo estar haciendo algo que los decepcione. Y, siempre, puedo invitar a sus amigos.

Tradiciones

Poco puedo hablar de cosas en familia, porque soy hija única y hago todo por mi lado desde que murieron mis papás.

Me gusta pensar que les estoy haciendo un mapa de cariño a mis hijos en donde ellos encuentren su rumbo y puedan regresar a lugares felices.

Yo tengo rutinas. Ésas me llevan.

Adaptarse al medio

Vamos saliendo de ver Dune. Yo leí los libros cuando era adolescente y gracias a ellos soy adepta fiel de la ciencia ficción. La narrativa es extraordinaria, la creación de un universo y, especialmente, de la geología particular del plneta en el que se desarrolla la acción son geniales. Tenía reservas al ver la peli, porque son demasiados años de admirar la historia, hasta volví a comprar los primeros tres libros y los estoy terminando de leer.

Siempre hay momentos en los que algo tiene un principio y se forman gracias a su entorno particular. Simplemente basta con analizar la arquitectura tradicional de una cultura y ver el paisaje que la rodea para entender cómo una se educa por el otro. Nosotros mismos somos moldeados por las costumbres de nuestra familia, las normas sociales y el momento histórico en el que vivimos. Cualquier salto hacia el futuro tiene que tener en cuenta la diferencia de ambiente, aún cuando el cambio sea sólo por lo temporal.

Es complicado trasladar una historia de un medio a otro, porque cada uno cuenta con herramientas distintas y éstas influyen a su vez en el contenido mismo, porque la forma también alimenta el fondo. Cuando entendemos cómo nos influye lo de afuera y estamos abiertos a moldearnos para mejor expresar el fondo que tenemos, es cuando trascendemos a otras formas de comunicarnos. Muy importante para entender a nuestros hijos, por ejemplo. Y, la peli, está maravillosa.

Sobre la rutina cabalga mi alma


La base de toda religión es el ritual. El hecho de seguir ciertos pasos en el mismo orden, es una invitación a nuestra mente a entrar a un cierto estado de ánimo. Lo mismo la ropa, los uniformes, los himnos, las declamaciones, los contratos. Las fórmulas y las rutinas son el viento que empuja los barcos de nuestras existencias, en lo enorme y en lo privado.

Para mí, mis rutinas me dan paz, y me la quitan. Parte de lo que he aprendido últimamente es a relajar la necesidad de seguir siempre algo igual, sobre todo si está fuera de mis manos conseguirlo. La constancia debe ser un alivio, no una carga imposible. No vamos a encallar en una roca sólo por no cambiar un poco el rumbo.

Y allí he encontrado mi respuesta: que las rutinas me encaminen hacia la meta, pero que no sean más importantes. Prefiero encontrar el significado detrás del rito y no sólo quedarme en la repetición.

La vida como la conocemos

Lo «normal» no existe como una cosa absoluta. Es completamente relativo a la época, el lugar, la persona… a mí me puede parecer muy normal ponerle sal a los plátanos fritos, pero fuera de mi casa es otra historia. También tiene que ver con lo que hacemos de forma continua. De allí que se le diga «normal» a muchas cosas que son comunes. Hablando de una palabra como esa, se mete demasiado el sentido de moralidad, dando a entender que todo lo que se sale del cuadro, todo lo anormal, es malo. Pero, si en serio todos estuviéramos cortados con el mismo molde, ¿con qué nos entretendríamos?

Queremos que las cosas regresen a como estaban antes de este encierro, que vino a crear una crisis gigantesca en nuestro mundo. Es como si todas las personas del planeta hubieran sacado La Torre en una tirada de cartas al mismo tiempo. Pero no hay tal cosa como regresar, nos queda seguir, bajo las circunstancias que nos rodean en cada momento.

En mi casa, hemos tenido mucho cuidado de no contagiarnos. Nuestra hija puede ser afectada especialmente por la enfermedad y, sinceramente, no queremos corrernos el riesgo. Pero es innegable que las cosas van a continuar con una realidad adicional: hay Covid y en algún momento nos podemos contagiar. ¿Eso me va a obligar a renunciar para siempre a cualquier evento social? No. ¿Mantendré encerrados a los niños y que no vayan al colegio cuando sea una posibilidad? No. Aclaro que ya estamos vacunados todos y que eso me da un poco de respiro, pero la realidad de una posible enfermedad no es nueva para nadie, siempre puede caer uno enfermo y no por eso volverse ermitaño.

Hay una normalidad, la que vivimos todos los días. Ahora parece diferente de la de ayer, pero eso es lo común.