Compro adornos

Tengo que comprar ropa para dos personas pequeñas que ahora pretenden escoger qué se ponen. Era tan fácil vestirlos como se me antojara cuando eran sólo míos y no de sí mismos. Tanta paz en tenerme en horario con ellos y saber qué hacerles. Aunque no lo supiera, los errores eran tan leves, que se podían corregir con una sonrisa. Ahora ya son tamaño gente y tienen opiniones propias, a veces muy distintas de las mías.

El trabajo de uno como papá es criarlos tan bien, con tanta seguridad, que se puedan ir al mundo sin miedo. La obsolecencia calculada más dolorosa de la vida. Y uno se resiste un poco. Hay ropa que no se deben poner por no tener la edad, cosas que no pueden hacer, decisiones que no pueden tomar. Igual sigue siendo uno el responsable de guiarlos, de ponerles reglas, de hacerlos sentirse seguros. Los límites de una casa no sólo son un marco de conducta, son una barrera de protección. Dentro de esa frontera que necesariamente hay que ir expandiendo, se exploran con cuidado las libertades. Con cosas muy importantes como las consecuencias de malas decisiones, hasta lo más leve. Como la ropa.

Ya no puedo escogerles la ropa impunemente. Ni el corte de pelo. Y, como comprarme ropa a mí misma me da pereza, supongo que sólo me queda comprar adornos.

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