Y se llega el día cuando uno olvida hacer algo que viene haciendo desde hace 17 años, todos los domingos. Porque el día fue extraño. Porque me acosté tarde. Porque tengo la cabeza en otra parte. Por lo que sea. Pero se me olvidó.
Cambiar la rutina cae bien. Renueva las ganas. Da otra perspectiva. Y nos saca de lo usual. Aunque lo cotidiano sea como rieles que nos mantienen en camino, salirse de lo usual ayuda a apreciarlo.
Ya. Igual ya hice lo que me tocaba. No pasó nada malo. Sólo no pasó ayer.
