Cocinar para adolescentes

Yo creí que alimentar un niño mañoso de dos años era complicado. Ahora que ambos están en la adolescencia, entiendo que no sabía nada. Tiempos aquellos… resulta que no les gusta lo mismo de una semana a la otra.

El proceso de la adolescencia está subinvestigado. Es hasta hace poco que los neurobiólogos se están interesando en averiguar lo que sucede en el cerebro durante esta etapa, que va mucho más allá del desarrollo sexual. Si a eso le sumamos que los seres humanos han alargado social y culturalmente el momento de procrear, pero que el cuerpo tiene otros tiempos biológicos, nos quedamos con seres en el pico de su madurez corporal y en lo más estúpido de la mental. Linda combinación.

Por mucho que haya leído y, según yo, me haya preparado para afrontar las etapas sensibles en la adolescencia, admito que a veces me sobrepasa. Días como hoy, que hago comida rica y ninguno de los engendros la quiere ni probar, he aprendido a servirme lo mío, sentarme a comer y esperar lo inevitable. Poco a poco, los adolescentes salvajes se aproximan a la mesa, dándole un rodeo con desconfianza, olfateando el aire ante olores que les atraen. Uno se acerca y le doy un poco de mi comida. El otro se sirve un plato. Y así se van domesticando.

A sacar el libro

Llega diciembre y, aunque ya no horneo ni la décima parte que antes, siempre regreso a ver las recetas de mi mamá. En mi vida normal, pocas veces reviso mis libros de recetas, siempre recurro al internet. Hasta que necesito algo con sabor específico, como la magdalena o el pollo con almendras y me voy a lo conocido.

La gente frecuentemente dice que las cosas ya no saben “como antes”. Es más preciso decir que ya no les saben a ellos como antes. Porque uno crece y ya no está en las mismas circunstancias, ni con las mismas personas. El recuerdo del sabor está incrementado con el de todo lo demás. Unámosle a eso el paso de los años y, aunque le trajeran la comida exacta con una máquina del tiempo, no le sabría igual.

Me sirve de consuelo. Voy a hacer Stolen y no va a ser lo mismo. Pero eso me da libertad a que me guste algo distinto y no me frustre. Mis recuerdos siguen bien guardados. Todos felices.

Qué aburrido el fuchibol

Me ha tocado llevar al niño a partidos de fuchibol este año. Ha sido lindo porque lo tengo conmigo en el carro y platicamos. Los momentos en que todavía es mío. Los partidos son aburridos, no me gusta el soccer. Pero todo, hasta el tráfico, se compensa.

Tenemos la bendición de ver crecer gente y moldearlos, guiarlos, conocerlos. Agradezco cada momento que paso con ellos y hablamos, no importa cuál sea la circunstancia. Incluso concuerdo con otra mamá que decía que el carro es el lugar ideal para hablar de cosas serias, porque no hay contacto visual y uno puede sentirse más libre. “Vamos a comer un helado”, se convierte en la invitación para pasar tiempo juntos.

Me aburre ver fútbol. Pero lo hago con gusto, con tal de estar cerca de gente que pronto se va a ir. Y todo eso está bien.

Cuestiones prácticas

Desde que recuerdo, para mí el tema del peso ha sido importante. Siempre, siempre, me he percibido como gorda y las burlas en el colegio no ayudaron. Miraba a las modelos famosas de mi juventud, con sus piernas del grosor de mis brazos y suspiraba con envidia.

La estética en el ser humano es esencial desde que los marcadores de belleza comenzaron señalando buena salud y la habilidad de procrear. Para eso sirve ser atractivo, en su comienzo, para perpetuar la especie. Pero los humanos todo lo llevamos a extremos y lo estético ha llegado a tener una prominencia por sí mismo, no como función de algo práctico. Cuando separamos la razón de la consecuencia, nos quedamos con campanas sin bedel.

Ahora miro fotos de hace treinta años y sólo me lamento no haberme podido apreciar en su momento. Con la costumbre perversa de perpetuar esa mirada crítica y sólo poder verme los defectos en el espejo. Hay que reencontrar la dimensión útil de lo externo. Y dejar de buscarme lo malo.

Nuevas cosas

De nuevo, me sorprende tener perros. No sólo tenerlos, quererlos. Difícil darle de comer a un ser vivo y no tenerle cariño, supongo. Recuerdo que, salvo uno de los muchos perros en casa de mis padres, ninguno fue mío. Ahora lo son dos, con la sorprendente independencia de los pastores alemanes que, aunque educados, sí dejan saber que tienen personalidad propia.

He estado muy consciente últimamente de la necesidad de adaptarme. A mi edad. A la edad de mis hijos. A tener ganas. A no tenerlas. A perros y gatos y trabajo y comida. A tener rutinas y cambiarlas cuando no me sirven. A querer distinto. ¿Será esto fluir? Me da más paz. Al menos no me la quita. ¿Cómo transmitirle eso a mis hijos y que no lo tengan que aprender recogiendo pedazos de la vida que siempre se nos desarma. Porque hay que volver a armarla.

Tengo perros. Y gatos. Y adolescentes. Y todo cambia a mi alrededor. Y todo eso está bien.

Aprender a navegar

Las crisis presentan oportunidades. Y hay pocas verdades menos dolorosas. Porque poder hacer algo no quiere decir que no duela. O que no de miedo. Pero el viento cuando cambia, nos saca de donde estamos.

Pasamos mucho de nuestras vidas ideando un futuro y aferrándonos a lo que conocemos. Pero la única manera que un reloj deje de avanzar es que se arruine. Igual nosotros. El cambio como guía y aprender a adaptarse como lema.

Mi vida no se parece a lo que yo imaginaba hace veinte años. Y eso que me senté a describir cómo la quería. No puedo dejar de pensar que, si las cosas hubieran salido como las esperaba, tal vez hubiera sido más aburrida. Muchas veces me ha dolido. Pero jamás me ha dejado tibia. Y eso ya es mucho.

Los puntos se conectan hacia atrás

La único forma de hacer predicciones certeras es al revés. Pareciera no tener sentido, pero sirve: cuando nos fijamos en los acontecimientos sobresalientes de nuestras vidas que nos han llevado a donde estamos hoy, los redimensionamos y entendemos mejor.

La humanidad ha estado obsesionada con adivinar el futuro desde que podemos hablar. Como si fuera más importante saber qué viene después que entender lo que sucede ahora mismo. Lo peor del caso, es que el tiempo sólo es una medida de distancia, el camino que recorremos. Allí, lo esencial se convierte en entender la dirección que llevamos ahora, porque eso determina el después.

Hacer planes está bien. Pero es imposible predecir al cien por ciento qué va a suceder. Yo quiero entenderme hoy. Recorrer con sabiduría de pitonisa mi pasado y conectar mi vida. Si le encuentro sentido al camino, le doy sentido al momento que vivo. Lo que venga después será otro punto de vista. Y hoy será otra conexión.

De último minuto

Puedo estar hirviendo en fiebre, que si me invitan a salir, me dan ganas. Hay un disparador que me levanta de donde sea para ir. Ya en el evento, el entusiasmo es relativo y, muchas veces, me quiero ir de primero. Nada tiene que ver lo extrovertido con lo sociable.

La gente confunde timidez con arrogancia y verbosidad con autoestima. La verdad es que las acciones externas no siempre reflejan el interior. Además que, una cosa es ser extrovertido y otra querer hablar con todo el mundo o gustar estar entre una muchedumbre. Es interesante y hasta bueno entender cómo funcionan los requerimientos energéticos de nuestra gente, para no sobrecargarlos y hacerlos sentir mal. O drenarlos.

Me gusta salir. Aunque me cueste hacerlo ya a la hora de la hora. Tal vez por eso es que, aunque sea tan planificadora, me disfruto más de las cosas de último minuto.

Las preguntas

Hace unos años salió un artículo en The New York Times enumerando 36 preguntas para “enamorarse”. Las preguntas son interesantes, pero creo que tienen poco qué ver con la intimidad. O sea, sí revelan algo de la otra persona, pero si uno de los dos (o ninguno) está dispuesto a ponerle atención sin adulterar a las respuestas, de poco sirven.

La intimidad es resultado de un genuino interés por alguien. Porque conocer, acerca. Y tiene un truco adicional: es constante. No basta sentarse una hora a hacer un ejercicio simpático. Hay que estar atentos lo más que se pueda. Todos cambiamos y siempre hay algo nuevo qué conocer.

He leído varias veces las preguntas del NYT y las recomiendo. También recomiendo hacer las propias, con las cosas que a uno verdaderamente le parecen importantes como qué sabor de helado prefieren. Y volverlas a hacer. Es divertido encontrarse con cosas nuevas en gente conocida.

Voy a cocinar

En mi vida, hay dos formas de demostrar cariño: o te escribo o te cocino. Los demás “lenguajes del amor” me salen con un acento horrendo. Pero también he aprendido a advertir que estoy queriendo cuando cocino. Aunque sea una sopa de sobre.

Uno no quiere como quiere, quiere como puede. Claro que en ese “poder” hay campo para el aprendizaje y obviamente no va uno a, por ejemplo, leerle un poema a un bebé recién nacido y pretender que con eso se dé por satisfecho. El cariño, como el gusto por la comida, se va desarrollando y uno debe ampliar el paladar.

Debería ser todo mucho más simple. Saciar la necesidad de cariño como la sed. Pero los humanos lo volvemos todo complejo y hasta algo tan básico lo enmarañamos. Espero algún día poder demostrar lo que siento de forma que me lo entiendan y aprecien sin tener siempre qué recurrir a la explicación culinaria. Aunque me guste.