Ahora le pongo cebolla a los frijoles

A mi papá le daba alergia la cebolla. Al menos eso decía. El vegetal estaba exilado de mi casa de forma absoluta. Crecí oliendo las cebolla frita de la vecindad, justo antes de poner los frijoles y siempre quise llegar con mi plato.

Hay cosas de otras casas que se nos antojan. Los juguetes de los amigos que son iguales que los nuestros pero que están en otros cuartos. La comida, el sofá, la tele. Tal vez de pequeños sabemos que la casa de nuestros papás, aunque nuestra, no la hicimos a nuestro gusto y queremos cosas distintas.

Recuerdo haber detestado la profusión de adornitos que sólo servían para acumular polvo. La cocina pequeña. La falta de cebolla. Me gustaba mucho más, aún me hace falta tener casa de mis papás a dónde regresar. Pero soy feliz teniendo una propia. Y le frío cebolla a los frijoles.

Se me olvidó publicar

Porque supongo que más de cuatro años haciendo lo mismo todos los días no ha sido suficiente para instaurar la costumbre, que más que eso debería ser necesidad. Me senté a escribir la entrada ayer, tranquila con un vasito de ron con soda de mandarina y me quedó bien, al menos me salió algo y ahora que me senté a escribir para mañana, me di cuenta que no la publiqué. Siempre lo hago a las 5:30a.m., porque a esa hora tengo casi siempre un momento de respiro y puedo apachar «enviar», en mis redes. Quién sabe. Ya lo publiqué.

Escribir se me ha convertido en un momento de terapia. La pantalla me rebota las ideas de regreso y las puedo ver en todo su ridículo esplendor. Es como uno de esos espejos que aumenta hasta la última de las arrugas, pero que sirve para quitarse los pelitos de las cejas sin quedar con un agujero. La precisión de ponerme en palabras y poder leerme me ha ayudado a darle un cause a las cosas que me pasan, a los sentimientos que me envuelven y a las ideas que a veces no son tan malas. Es un testigo de mi vida interior, por mucho que no cuente intimidades, porque son innecesarias.

Publicar es una decisión de compromiso. Conmigo. De mantener alguna coherencia en mi vida aún cuando está fuera del camino que me gustaba. Las palabras, el lenguaje, tiene como primordial causa el comunicar y para eso se necesitan dos personas. Cuando escribo quiero que me lean, aunque sólo sea yo misma al regresar unos días más tarde.

Hoy no lo hice a la hora acostumbrada, aunque sí lo hice de todas formas. Espero no olvidarlo mañana.

A las cuatro se regresa a casa

No importa el uso horario en el que me encuentre (y ahora que escribo, no sé si es con h o no eso del uso, pero no lo voy a buscar), las cuatro de la tarde es hora de irme de donde esté. A mi casa. Al lugar donde no hay gente que no sea mía, que no huela a mi comida, en donde no pueda encontrar mis libros. Allí está el vino que quiero tomar, la soledad que me rodea en cualquier esquina y los gatos que me persiguen.

A las cuatro de la tarde, agarro el reloj y lo señalo como si fuera un mandato. Ya es hora. Me ha pasado en museos al otro lado del mundo, cuando las cuatro de la tarde son las ocho de la mañana en el lugar en donde está mi casa. Quiero irme de donde sea que esté. Hay un imperativo de huída hacia lo familiar, no lejos de lo que conozco. Tal vez mi barrilete no tiene una cuerda tan larga y quiero siempre volver a las manos que me aseguran.

Quisiera que mis hijos no tuvieran una alarma interior que les diga que ya tienen que irse, no importa cómo se sientan. Quisiera que ellos decidieran quedarse volando, no ser barriletes, ser aves sin cuerdas, dueños del viento. Yo tengo los pies muy enraizados y me gustan mis espacios. A ellos les quiero dar el mundo entero. Y que no quieran regresar necesariamente a las cuatro de la tarde, pero sí alguna vez.

Las formalidades

La forma sigue la función. Dios está en los detalles. Las leyes de las cosas pequeñas. Las formalidades que nos indican por dónde va el contenido. Los formularios que nos piden lo importante. Hacer cosas metódicas que nos sitúan en dónde debemos ir.

Vivimos en un constante fluir entre las cosas pequeñas y lo grande. Entre las formalidades que parecen nimias y lo que nos pesa del fondo. Si nos pasamos del lado de lo externo, le ponemos obstáculos a avanzar lo interno. Pero si sólo vemos lo de adentro, sin hacer las cosas hacia afuera, tal vez no lo podemos transmitir que se nos entienda.

Ir de uno y el otro lado, no perder la forma y no olvidar el fondo. Como decir un “te amo” y sentirlo.

Vamos al zoo

De pequeña me gustaba ir al zoológico para ver a los monos. Decía que eran mis hermanitos, yo solita haciéndome burla.

Ahora tengo un día para estar solos con el niño y lo voy a llevar al zoo. Hay algo fascinante de ver animales exóticos que me hace pensar en la cercanía y similitudes con ellos más que en las diferencias. Puede uno sentir empatía, supongo que tiene que ver con la proximidad.

Igual que con las personas. Al acercarse uno un poco y ver más allá de la superficie, uno encuentra en dónde nos parecemos todos. La empatía no es un cheque en blanco para permitir las acciones dañinas de los demás, sino una capa de protección propia de uno hacia su humanidad. Reconocernos en lo bueno y lo malo de los demás nos eleva a la altura de seres humanos.

Me encantan los zoológicos. Y sigo queriendo visitar a mis hermanitos.

No sé cómo llegué aquí

Iba buscando la llave de la puerta y de pronto ya casi me topé con ella. No sé cómo llegué, obvio mi cuerpo sí. Es raro eso de estar desconectada con lo que hago y de todas formas hacerlo.

La distracción sólo sirve en momentos en que la buscamos a propósito. Como haciendo un deporte repetitivo para dejar en blanco la mente, lavar platos, ocuparse de ordenar el clóset. Cosas que podemos hacer en automático y que nos liberan. Pero la capacidad de fijarnos en lo que hacemos con enfoque preciso es parte del reconocimiento de nuestra vida. Pasarla distraído nos roba tiempo, que es lo único que no podemos recuperar.

Es peor ir manejando y pensar en todo menos en lo que uno hace.

Consuelos temporales

Saber que otras personas han pasado por lo mismo que uno, que lo superan con éxito y que siguen adelante, no siempre me ayuda. Porque estoy en un hoyo hoy y no sé qué pie poner encima del otro para salir de allí. Hoy. El futuro ese rosado de la superación me parece muy lejano, el fango que me atrapa muy pegajoso y el borde del pozo muy lejano.

No sé, tal vez soy muy extraña y las historias de superación no me son inspiradoras. Hasta que paso del primer momento de dificultad y doy el primer paso. Me encuentro con que las cosas no eran tan difíciles, ni tan negras y ya puedo salir del primer nivel de decepción en el que estaba.

Entonces, y sólo entonces, es que puedo apreciar las historias que me han contado los demás que ya pasaron por allí y perseveraron. Y yo puedo pensar que lo mismo me puede pasar a mí.

Las cosas que hago bien

Cocinar, bordar aunque ya no lo haga, escribir aunque sólo a mí me guste. Nado bien. Sé escuchar. Bailo como me gusta. Quiero bonito. Soy metódica. A veces me pongo a hacer lista de las cosas que hago bien, porque me siento abrumada por todas las que no.

Irónico que no siempre el esfuerzo determina mi habilidad. Como con el karate. Nunca le he dedicado tanto tiempo de práctica a algo como a eso. Y no soy buena. Soy aceptable. Está bien.

Pero me cae bien recordar que sí puedo hacer cosas. A todos.

Morir por cosas que no pasan

Hoy fui a despertar a la niña por la mañana como siempre lo hago y, durante menos tiempo de lo que dura un parpadeo, ella no reaccionó. Estaba enrollada en su frazada, pálida y creí que se había muerto. Me tardo cien veces más escribiendo esto que lo que se tomó suceder todo, pero perdí tres vidas en ese instante. He pasado el día con el corazón apretado. Yo sé que no pasó nada, que ella está bien y que las posibilidades de encontrarla muerta en su cama son ínfimas. Todo ese saber no me sirvió de nada en ese momento, no fue algo racional, para cuando reaccioné, la niña ya estaba hablándome.

Nos acongojamos por cosas que no suceden, devanamos las posibilidades horribles como una madeja de problemas que se nos enredan entre los huesos y nos manejan a su antojo. Arruinamos relaciones por lo que pueda suceder. Dejamos de enamorarnos porque podríamos ser lastimados. Nos secamos por dentro con tal de no ser rechazados cuando ofrecemos nuestro cariño. Morimos sin vivir.

Podría pasarme al cuarto de la niña y velarle el sueño. O podría hacer lo que hago y dejarla en paz. Olvidar lo de hoy, exorcizarlo al escribir y confiar que mañana, ella se va a despertar cuando entre a su cuarto. Como hoy y como el resto de días de mi vida.

Confundida

A veces hago cosas que he dicho que no quería hacer. Muchas de ésas tienen que ver con comida y el exceso. Es como si mi mano y mi boca estuvieran en conspiración contra mi cerebro y termino terminándome la tercera galleta, que ni siquiera me pareció tan rica desde la primera.

Hacemos como humanos muchas cosas que no concuerdan. Dicen que un signo de inteligencia es poder sostener dos verdades absolutas, pero opuestas al mismo tiempo. Pero hacer y decir cosas diferentes, aún cuando nuestra determinación se haya decantado por el lado perdedor, es aún más humano que el poder contradecirnos en nuestras ideas.

Creo que vivimos con dos dirigentes: uno el del cerebro que es capaz de ordenarse de forma lógica y tomar decisiones desprovistas de emoción. Y el otro en los sentimientos que nos halan por donde nos duele menos, sin tomar en cuenta que ese camino nos puede hacer más daño al final.

Así terminamos muchas veces confundidos entre lo que realizamos y lo que queríamos. Como yo, ayer, con la bolsa de las galletas feas a medio terminar.