Ponerme al sol

Hoy salí a asolearme al mediodía, la luz en escuadra con respecto al suelo, ni el viento frío resguardándome del calor que da un sol sin nubes. No puedo hacer nada cuando estoy allí. Ni leer, ni meditar, ni dormir. Es un momento vacío, suspendido entre la actividad de siempre.

Estar aburrido es el campo fértil de la creatividad. Dios debe haber estado sublimemente aburrido y solo cuando hizo el mundo, deliberando cada detalle, capas geológicas, animales diminutos. En nuestro mundo moderno no estamos acostumbrados a momentos de silencio y paz. Queremos estar haciendo algo siempre, hasta cuando descansamos. Así, escuchamos música nadando, vemos nuestros teléfonos cuando tomamos café hasta acompañados y no me extrañaría que alguien (o varios o todos) quisieran un extra cuando intiman. Es la droga de nuestra sociedad, esa ocupación constante. Nos llena todos los espacios de ruido, basura y deja poco lugar para la profundidad.

Estar al sol, sin hacer nada, me deja en silencio y allí me escucho. No siempre digo cosas interesantes, pero siempre me llego a acompañar un rato, aunque sea un poco aburrida. Nos haría bien a todos encontrar un espacio en dónde aburrirnos. Y poder crear.

Esta es mi droga favorita

Es simpático. Las drogas sólo provocan una reacción química en nuestro cerebro, como cualquier cosa que le metamos al cuerpo. En teoría, podría producir los efectos de los fármacos sólo con programarme para hacerlo. Se supone que la meditación logra mucha de la interconectividad cerebral que tiene el ácido, el ejercicio libera endorfinas, el parto serotonina y estar enamorado se parece mucho a tomar MDMA.

Yo tengo una particular que me llama cada vez que la veo: salir al sol. El calor sobre la piel y la sensación de llenarme de luz.

Cada uno tenemos una necesidad de nivelarnos y algunas veces es necesario hacerlo con ayuda, que no tiene nada de malo. Durante los últimos tres años he vivido con alguien que padece de depresión y los efectos del desbalance químico en su cerebro han sido devastadores. Vale encontrar la droga que se necesita y tomarla. Siempre los venenos también sirven de cura en pequeñas cantidades.

Pero, si debo confesar cuál es la que más me gusta, tengo que admitir que es ésta: estar aquí escribiendo.

Te voy a narrar tu vida

Vivimos dándole significado a lo que experimentamos. Tanto así que un helado de vainilla no es un simple postre, sino las tardes con mi papá comiendo del mismo plato, un momento cálido, de los pocos que tengo con ese hombre que me quería y no sabía cómo demostrármelo. Y allí de nuevo hago una historia fuera o encima o más allá de lo sucedido hacia afuera. Creo/pienso/me cuento, que mi papá me quería y que su incapacidad para hacérmelo saber se debía más a su propia carencia de afecto cuando fue niño que a algo roto en mí. Que me lleva a pensar en dónde me siento vacía, insuficiente en este momento y reviso los últimos años en mis relaciones para encontrar cómo cambiarle los colores al dibujo.

Nos narramos la vida, cada vez de una forma distinta y eso nos ayuda a lidiar con los daños, pero también ayuda a preservar lo bueno. Una pérdida amorosa deja de ser una tragedia, la enfermedad de un ser querido deja de pesar como peñasco sobre el pecho, los años que pasan no nos pasan encima. Todo depende del guión que escogemos ese día. No es tan sencillo, porque el escritor particular depende de mucho autoexamen, buena salud química y trabajo espiritual y psicológico para no caer en las líneas que ha utilizado tantas veces para describir nuestra vida.

Tal vez por eso escribo todos los días, para ensayar otros géneros y no quedarme estancada en el mismo de siempre.

La fuente

Hay una tendencia entre los científicos que investigan la conducta humana que niega la existencia del libre albedrío y explican todo como una respuesta a influencias externas y reacciones internas que tienen todo qué ver con biología y educación y nada qué ver con voluntad.

Se desmorona nuestro sentido de personalidad y el objetivo de la humanidad parece inexistente.

Pero creo que no están tomando en cuenta todo lo demás que podemos hacer con esos impulsos. Es cierto que tenemos información limitada y sólo podemos escoger entre lo que conocemos. Pero eso no implica que no haya un proceso de toma de decisiones. Y que eso no tenga que ver con libertad.

Tenemos en nuestra mente la fuente de todo lo que hacemos. Entenderlo, conocer nuestros sentimientos y no dejarnos arrastrar, es el sentido de tener voluntad.

Los buenos días

Pasamos el domingo comiendo. No puedo pensar en mejores actividades en un día sin mayores preocupaciones. Trato de dejar atrás lo que tengo que hacer mañana (¿o es adelante, para el día siguiente?) y me concentro en el camino que me lleva a recoger el pie de pecanas que encargué. Ha sido lindo el día, con sol, cerveza, carne, papalinas con jalapeño. Tal vez mis días felices tienen comida involucrada. Y abrazos de mis hijos, el pelo de la niña tiene el recuerdo de una bebé pequeña pidiendo comida. La voz del niño no estaba cambiando, sólo estaba ronca y ahora vuelve a sonar dulce. Salvo cuando grita, que es seguido y por eso se la lastima.

Hoy amanecí con los gatos entre las piernas. La cama caliente y el sol afuera, llamándome. Un buen domingo y compré una botella de vino que no necesitaba pero quería. Y eso hace que la necesitara. Escucho a todos hablar al mismo tiempo y me encanta que seamos cuatro, una columna en cada esquina, aunque los pequeños nos dejen pronto (no importa en cuánto tiempo, siempre será pronto para que se vayan). Vemos un partido del deporte que a mí me gusta y que el niño juega y que la niña no entiende salvo que le gustan los traseros apretados de los jugadores y no puedo negarle la apreciación, es cierto.

Los domingos puedo pensar que he meditado todo el día, pensando en la gente que quiero y queriendo a mi gente todo el día.

Celebrar fechas

Me cuesta recordar las fechas de cumpleaños. Hasta los años de nacimiento de mis hijos se me desdibujan. Recuerdo el evento, de forma vívida, pero no le fijo un número de día y a veces eso arruina las celebraciones.

Ya aprendí a preguntar «¿cuándo es tu cumpleaños?», aunque sea por enésima vez, porque me encanta hacer especial los momentos. La primera vez que tomé café con alguien, los cierres de ciclo, las risas. Todo eso vale la pena recordar y es bueno apuntar las fechas para hacerlo.

Tenemos una oportunidad nueva cada año para celebrar lo bueno que nos ha sucedido y dar gracias que nos alejamos de lo malo. Es una manera conveniente de estar presente en lo que nos llevó hasta donde estamos y darnos una idea amplia de lo que nos ha hecho lo que somos. Así que, sí, me encanta celebrar las fechas importantes, aunque me olvide de ellas y las tenga qué preguntar.

Ser uno(dos) mismo

Leer a Harari es entender pero no integrar. Tiene ideas de cómo va a ser el futuro que retan nuestra concepción del mundo y de la humanidad. Entre lo que llama la atención es cuando afirma que somos esencialmente dos personas: una que experimenta y otra que narra. Y muchas veces se contradicen. Probablemente por eso estamos llenos de incongruencias.

Independientemente de lo que todo eso pueda significar para conceptos enormes como la moralidad y la consciencia, me parece iluminador para el actuar diario. Vivimos entre dos formas distintas de pasar nuestros días y cada una es importante. Por un lado, el estar, sentir, nos centra. Por el otro, el describir lo experimentado le da significado, sobre todo más adelante.

Me llama la atención que esto sólo refuerza el hecho que la realidad nunca se puede atrapar entera. Porque no sólo están limitados nuestros sentidos, sino que editamos lo que usamos para contarnos nuestra historia.

Somos, como seres humanos, una multiplicidad de formas de vivir. Que no creo que eso nos haga seres fraccionados. Al contrario, nos ofrece distintos campos en dónde desarrollarnos. Pueda ser que tengamos muchas facetas, pero somos la misma piedra.

Una nueva lista

Tengo desde el 2016 de hacer una lista de canciones por año. Con las que me van gustando y lo que escucho. Me sirve de diario emocional y para regresar a cómo he cambiado. Puedo situarme mejor con una canción en el momento que tratando de hacer memoria a secas. Tiene esa ventaja. La desventaja es que voy dejando buenas canciones atrás y creo que tendré que hacer otra lista con mis canciones favoritas de la década.

Es un ejercicio banal y bonito y me ilusiona irle agregando. Cada año he tenido más que el anterior y eso es como aumentar gustos. Creo firmemente que la única forma de enriquecer nuestras vidas es abrirnos a nuevas experiencias con la disposición de niños. Si no nos gustan, pues ni modo, pero si nos gustan… agregamos algo a la lista de cosas que nos hacen felices.

Este año quiero que me gusten más canciones, de diferentes géneros. Y probar comida nueva. Y conocer lugares distintos. Y sentir diferente. Necesito un año leve, que me voltee las comisuras de la boca hacia arriba y me ayude a llevar el peso del corazón. Así que espero irle aumentando a la lista del 2020. Ya lleva 3.

La importancia de ser leve

He creído siempre que mi maternidad debe pesar. Que mi trabajo es corregir, llamar la atención, poner límites. Todo eso requiere menos sonrisas de las que podría ponerle a mis días y no es sorprendente que termine más cansada cada vez.

Claro que hay que moldear, los niños no deben crecer como animalitos salvajes. Es más, hasta ellos tienen reglas qué seguir. Pero quisiera enseñarles con menos cara de enojo. El problema es que no sé bien cómo. Es una línea fina entre ser relajada y ser permisiva y ahora en la mañana de domingo estoy pensando cómo disciplinar a la niña que hizo algo que no debía.

No hay respuestas universales. Ni siquiera sirve lo mismo mañana que funcionó ayer. Porque todos cambiamos, los niños más. Tal vez puedo comenzar por enfocarme en lo que sucede en este momento y no acumular lo anterior. Así le pongo el peso justo a la situación. Y también puedo tratar de sonreír más.

El desapego

Sentirme sola, desconectada, distraída, fue la constante del 2019. Por una serie de circunstancias desafortunadas, se me fueron rompiendo varias de las conexiones que tenía con la vida hasta ese momento. Me encuentro ahora con la poco usual oportunidad de retomarlo todo. O no.

Practicar meditación ayuda a medir con menos angustia las propias experiencias, porque se aprecian como transitorias, nada dura más de lo que le ponemos atención. Que no quiere decir no sentir, sino sentirlo todo hasta agotarlo.

Si no me aferro a lo que he pasado, puedo ponerle todo el empeño y dedicación a lo que tengo enfrente. El desapego de uno mismo tiene como resultado la presencia consciente en el ahora y en el yo.

Estoy exquisitamente lejos de lograr todo esto, pero estoy segura que me encuentro a las faldas de la montaña correcta y es sólo cuestión de escalar, no importa cuánto me tarde. La cima se puede seguir alejando el resto de mi vida, pero el camino me llevará cada vez más allá de donde estaba y a veces eso es suficiente. Quiero sentirme acompañada, conectada y concentrada y eso sólo lo puedo lograr dejando ir a la necesidad anterior.