A la niña de mi vida

Continúas siendo un misterio. Aguas profundas que abarcan a veces tormentas. Llevas un océano en los ojos, que alguna vez fueron morados. Cada año contigo es un deseo cumplido, sobre todo desde el día en que pudo no haber uno más. Sé que eres más. Más perseverante, más dedicada, más cuidadosa. Que yo, que nadie. Y que puedes hacer todo lo que quieras.

Espero, cosita hermosa, estar allí para darte ánimos, alentarte, hacerte sentir amada. Porque mi corazón está en tu sonrisa.

¡Feliz cumpleaños Fátima de mi vida!

Agradecer el egoísmo

Pocos conceptos tan manoseados como el de ser egoísta. Y es tan simple: salvo que estemos sometidos a una presión irresistible, hacemos lo que hacemos porque queremos.

No me voy a meter a discutir las ideas de algunos filósofos como Sam Harris que niegan la existencia del libre albedrío. Y uso el verbo “hacer” en su concepto más reducido. Específicamente en cuanto a nuestro comportamiento en las relaciones personales. Si yo hago algo por alguien más, no es a pesar de lo que yo quiero, sino precisamente porque se me da la gana. Me da la satisfacción de complacerme a mí misma también.

Desde que entendí esto, aprecio aún más las cosas que hacen por mí. Porque entiendo que el acto tiene importancia. Y se hace en libertad. ¿Qué más puedo pedir de una buena relación?

El volumen alto

En casa somos casi todos ruidosos. Nos reímos a carcajadas, se escucha cuando hablamos, también cuando peleamos. Tratamos de no gritar, pero el volumen de la casa ciertamente no es bajo. A mí me gusta eso. Soy hija única y mi mundo fue muy callado. Aún ahora puedo pasar todo el día sin hablar. Pero me gusta tener música puesta todo el tiempo, podcasts cuando cocino y sentarme a comer con mi gente y hablar. Mucho.

Tal vez no es lo recio, sino lo frecuente que importa. Hay que hablar. Todo el tiempo. De emociones, de cosas que nos pasan, de lo que queremos que pase. Y escuchar. Todo. Desde el mundo de Minecraft, los Pinterests de cupcakes, hasta cómo quieren crecer. Todo es importante.

Se vale ser callado, pero no hermético. Y se vale hablar alto, pero no grosero. Y todo lo que queda enmedio.

Si mi abuela…

Así comienza el dicho y termina con una bicicleta. El asunto es tan absurdo como cualquier suposición que uno hace con «si». O sea, la señora bien pudiera simplemente haberse convertido en una abuela con ruedas, pero lo llevamos al extremo de hacerla bicicleta. No se entiende bien el asunto, pero la idea se entiende perfectamente.

Y es que así somos: inferimos significados tomando el conocimiento colectivo que no está en ninguno de los libros del colegio. Es el código no escrito de la sociedad, que está escondido, irónicamente, en el lenguaje. Necesitamos siempre un contexto cultural e histórico para entender a la persona con la que estamos hablando, hasta con nosotros mismos, pues vamos cambiando en el tiempo. Los padres entendemos perfectamente bien ese fenómeno, cuando usamos adjetivos o expresiones que nuestros hijos no entienden, porque nadie les «ha echado Vicks».

La evolución del lenguaje, además, es orgánico, por mucho que lo quieran empujar a cierta parte. Si la mayoría de las personas que lo utilizan no consienten con las nuevas reglas, se quedarán igual de inútiles que todas esas palabras del diccionario que ya nadie conoce. O tal vez les salgan ruedas.

Todo es relativo

Los adjetivos son completamente relativos. Tenemos en la mente el concepto abstracto de “alto”, por ejemplo, pero esto sólo aplica en comparación a algo más. Para mi hijo mayor, yo era alta hasta hace dos años. Ahora soy pequeña y también tiene razón. Él ha crecido, yo no.

Pero los sustantivos no mutan. Decir que alguien llega al vano de la puerta, es suficiente para indicar su altura y que cada quien saque sus conclusiones. Hasta con la experiencia vivida hay que matizar. Pero… no podemos dejar de redefinir conceptos absolutos. Todos sabemos qué es la “empatía” y cada uno la aplica como la entiende.

Supongo que la mayot parte de desacuerdos en la vida se asientan justo allí: en diferencias de entendimiento. Creemos que hay cosas que deben ser evidentemente de una manera y resulta que no todos lo entienden igual.

Todo es relativo. Hacia afuera. Y todos tenemos una forma absoluta de entender.

El clima

Acabo de volver a ver Sense and Sensibility, con Emma Thompson y Kate Winslet. Salvo porque uno tiene que creerse que Emma con sus tantipicos años es la personaje adolescente de la novela de Austin, la película es una joya. A la hermana más pequeña le dicen que, si no encuentra nada bueno de qué hablar, hable del clima.

Buen consejo para no levantar olas, pero, en una casa, la ausencia de conflicto no es necesariamente una señal de que todo marche bien. Las cosas que no se dicen se entierran, se pudren, germinan y los árboles de traumas y problemas no tienen los frutos más dulces de la vida. La familia debería ser el lugar en el que uno se sienta seguro de poder expresar su descontento, de forma amable, obvio, pero con la confianza de ser escuchado. Uno dice que algo le molesta y espera que no lo hagan más, y sólo por incordiar.

Hay un momento, modo y lugar de confrontar. A los niños es importante, mucho, enseñarles a defender sus emociones, a poner límites, comenzando si no quieren saludar de beso a la Tía Rosa (por lo que sea, hasta porque no). Así, van a poder regresar con amabilidad un plato que no ordenaron en el restaurante, a parar en seco las bromas pesadas de sus compañeros y a salir de una relación a la primera señal de peligro. El clima es evidente y sirve de conversación en una sala de espera con extraños.

Repasar

La niña anda en problemas en el colegio: el problema es que no hace nada. Sinceramente no la culpo. Esta situación en la que estamos es tan aburrida. Yo no hubiera estado ni mínimamente motivada a hacer nada con tantas horas frente a una computadora. Y luego entregar tareas a control remoto… Nunca me he metido en su trabajo escolar, no pretendo hacerlo, ni aún en estas circunstancias. Pero estamos en alerta pasada de roja y no creo que esquivemos el archipiélago de hielo que se le viene encima.

Sólo necesitamos repasar. Lo básico. Y siempre que uno regresa a lo primero, se da cuenta de todo lo que le faltó aprender. Como en el karate cuando hacemos avances básicos. Cómo cansa volver. Primero, porque seguro uno ya tiene mañas que hay que borrar. Segundo, porque lo que se hace bien, requiere un nivel de compromiso de atención que a veces soltamos.

Así que vamos repasando, quitando haches donde no van y poniendo puntos al final de las oraciones. Aburrido, sí. Necesario, también.

Demasiado personal

Mi IG seguro cree que soy una glotona irremediable, porque casi sólo me pasa anuncios de comida. Y, aunque antojada sí que soy, no como todo lo que quiero. No pasaría por la puerta. El problema no es IG, sino creer que uno es un ser limitado únicamente a las cosas que busca. Antes, cuando sólo había tele, uno se soplaba la publicidad de todo. Incivilizado, yo sé. Pero al menos se aproximaba a la realidad de uno necesitar cosas para más personas, por ejemplo. Juguetes para los sobrinos, herramientas para la cuñada… cosas que no son personales.

Hay una inherente arrogancia cuando se cree conocer a la demás gente sin equivocación. Hasta cierto punto, podemos hacer aproximaciones a partir de conductas externas, pero el salto de allí a pensar que uno tiene a los demás descifrados, es digno de una olimpiada.

Los anuncios en redes se enfocan en lo que buscamos. Parecieran hasta demasiado personales. Hasta que uno recuerda que se metió a ver los pasteles porque es el cumpleaños de un amigo. Y que prefiere no comer.

Tienes que querer

Para curarse uno tiene que saber que está enfermo. O sea, ni modo que me voy a poner una pomada en el pie si me duele la cabeza. Lo primero es entender qué pasa. Y querer salir de allí. Llevo conviviendo con la depresión hace cinco años y lo peor es la imposibilidad de encontrar las ganas de ya no estar deprimido.

Lo más peligroso siempre es que uno no sabe todo lo que no sabe. Da miedo. Y uno se aferra a lo poquito de lo que tiene certeza, aunque sea malo.

Tal vez me toque aceptar muchas cosas, pero seguro no estoy cerrada a buscarlas. Quiero. Siempre quiero.

Diferencias

Hay un elemento que distingue la necedad de la perseverancia: el éxito. Y la sabiduría está justamente en identificar si se puede obtener o no. Aunque a veces uno no lo sabe hasta que se topó contra una imposibilidad. Es extraño, porque también en cosas delicadas, como la incomodidad y el interés, la diferencia puede ser simplemente una cuestión de subjetividad: hay o no atracción.

Una parte de nuestro cerebro se ocupa en encontrar patrones, clasificarlos y diseñar rutas de comportamiento para que se mantengan más o menos inamovibles. Es el agente determinado que repite sus procesos porque le han servido otras veces. Abstrae la realidad y la vuelve una categoría. El otro lado del mismo órgano se preocupa de la realidad como es: cambiante todo el tiempo. Como tal, no tiene procesos, sólo observaciones. Es flexible y extrae la información del contexto, no reinterpreta lo que ve. Entre ambos hay comunicación que no siempre es exitosa para nuestra salud mental. Y encontramos que en esas sutiles diferencias se esconde la fuente de la felicidad.

Todo a nuestro alrededor cambia, siempre es diferente. No podemos contar con que lo que hicimos ayer sirva para lo de hoy. Pero tampoco podemos empezar de cero cada vez, sería imposible. Habrá que estar abierto a cambiar nuestros procesos antes exitosos para adaptarlos a las nuevas realidades que nos encontramos todos los días. O pasar simplemente por necios.