Buscar un regreso

Veo de nuevo Seinfeld, me río, a pesar de saber qué viene. Es buena, porque las conversaciones banales que tienen los personajes son profundamente humanas en su sentido más granular. Las inseguridades y mezquindades y gustos y defectos, las cuestiones tontas de la vida diaria que conforman la mayor parte de nuestra historia. Jerry le cuestiona a George por qué necesita que le devuelvan libros que ya leyó. Algo que es evidente para los que amamos nuestros libros: los leí, son míos. Respuesta que sirve perfectamente de argumento para lo contrario: ya los leíste ¿para qué los quieres?

Regresar a los lugares queridos nos aporta una especie de seguridad en la vida que tiene nada de certidumbre. Pedimos el plato que nos gusta en el restaurante de siempre, compramos el mismo vino, escuchamos la música de toda la vida, vamos a las mismas ciudades y, a veces, leemos de nuevo los libros que tenemos. Y es que ninguna de esas experiencias que repetimos son iguales a las anterior, por mucho que sean las mismas. Hay un reencuentro en el regreso y, en esa puesta a comparación entre lo de antes y lo de hoy, también hay un descubrimiento. Siempre somos distintos. Es más fácil reconocerlo contra cosas familiares.

Por eso se leen de nuevo los libros: para leerlos como nuevos.

El cambio para ser eterno

Me dolió la operación más de lo que había pensado. Para ser sinceros, creí que no me iba a doler. Pero sí. Ni modo. Tenía qué hacer algo para poder durar más tiempo.

La fuente de la eterna juventud, al menos en lo interno, es poder cambiar y evolucionar. No hay manera de trascender sin hacerse nuevo cada vez. Porque permanecer igual es la receta para quedarse atrás. Todas las relaciones, hasta las que uno tiene con uno mismo, caminan hacia delante, aceptan el cambio y se adaptan.

Resulta que la clave del amor eterno (de cualquier cosa permanente), es poder cambiar. Aunque duela. Como mi pie.

Es muy poco lo todo que puedo hacer

Los miércoles lavo la montaña de ropa que ya saca mi familia. Es una tarea de todo el día que a veces se extiende hasta el día siguiente, además de la mañana que uso para planchar (porque ya aprendí a planchar, o al menos a hacer algo que se le parece). No tengo el lujo hoy de tardarme tres días, así que saqué la tarea en uno. Medio, para ser exactos, porque además cociné la comida de dos días, fui al súper, dejé ordenados los materiales del proyecto de artes industriales de la niña, me depilé, hice ejercicio y hasta salí a asolearme. El día se siente como de a una semana y, heme aquí, escribiendo. Porque mañana me ponen cepo y no podré bajar las gradas de mi casa al menos hasta el domingo. Obvio estoy hecha un hoyo negro de ansiedad, no por lo que pueda pasar en la cirugía, que sé que va a estar todo bien. Por no saber qué va a pasar después, ni cuánto tiempo no voy a poder manejar, hacer ejercicio, caminar… Y tampoco puedo hacer nada hasta que esté del otro lado de mañana. Ya hice todo lo poco que podía hacer para estar preparada y, lo demás, es el puro desentendimiento de las cosas que pudieran suceder. No hay nada que no se pueda pedir por teléfono, tengo cinco libros sin abrir, toda la tele que se me dé la gana y esto, la computadora para (si me armo de disciplina) para escribir. Todo es soportable, todo pasa, todo va a estar bien. Y lo que no lo esté, se arregla.

Lo que no se puede comprobar

Hoy sentí que me siguió un tipo en el parqueo de un cc. Esperó que me bajara del carro, me siguió hasta la entrada y no entró. Me pareció muy sospechoso, desde su actitud hasta la forma en que estaba vestido. No pasó nada, ni cuando salí. No lo volví a ver.

De vez en cuando dejamos de hacer cosas porque tenemos un presentimiento extraño. Luego no pasa nada y no hay forma de saber si evitamos una calamidad. Nos sentimos hasta un poco ridículos por dejarnos llevar por sentimientos irracionales. Pero, la verdad, es que nuestros cerebros procesan muchísima más información de la que estamos conscientes y nos mandan avisos que no tienen una estructura verbal concreta. Sobre todo porque parecen advertencias del hemisferio derecho en el que no hay lenguaje abstracto pero sí contexto. Hacerle caso al primer sentimiento de desagrado es bueno. Aunque luego obtengamos evidencias a lo contrario.

Prefiero haber hecho que el joven en el cc se sintiera incómodo porque lo vi con muy mala cara y que no fuera un delincuente, a que me dé pena protegerme para ser educada y ser víctima de un asalto. No tengo forma de saber si tuve razón. Menos mal.

Vivimos con magia

Veo anuncios de lo que hacen los relojes nuevos y estoy segura que es completamente científico y explicable. Doy por sentado que un aparato colgado de la muñeca puede medir mi ritmo cardíaco, decirme cuánto he caminado y hasta cómo va mi saturación de oxígeno. Momento… ¿oxígeno medido en la muñeca? ¿Qué uno no respira por los pulmones?

El momento de sorpresa y maravilla es fugaz, porque me meto a un carro que cambia solito las velocidades, escucho música que me envían por internet y hablo por teléfono sin tener que marca un sólo número. Mi capacidad de asombro tiene una barra muy alta qué saltar, porque en casi todo lo que utilizo a diario hay cosas que simplemente no podría replicar. No sé si es una ventaja no tener que ser experto en armar y desarmar cualquier aparato que utilizamos todos los días. La cantidad de máquinas que nos acompañan es tal, que dudo que haya una persona en el mundo que pudiera reparar todas las que se usan en una casa promedio.

No puedo explicar c´ómo sabe un teléfono si estoy respirando bien. Supongo que tampoco me interesa lo suficiente como para aprender (el oxímetro normal de dedo envía pequeñas pulsaciones infrarrojas que se reflejan en la sangre que pasa por la extremidad, midiendo los cambios en la absorción de luz en la sangre). Y así con tantas cosas. Creo que voy a comenzar a verlo todo otra vez con ojos nuevos, porque, si lo acepto, estoy rodeada de magia. ¿Y quién no quiere más magia en su vida?

Once años más tarde

Me lastimé el pie de una forma muy tonta y ahora me duele. Me duele desde que lo lastimé, pero hasta ahora me molesta. La lesión fue hace once años, pero yo no tenía el tiempo para pasar sin hacer nada. Luego ya no le di importancia. Después me acostumbré. Y así se fue el tiempo.

Si uno de mis hijos se hubiera lastimado, no hubiera pasado un día sin que lo llevara a arreglarse. Y resulta ser muy común que uno de padre se deje para más tarde o nunca. Creo que es una sobredimensión de lo importante que es nuestra presencia y un descuido de la importante que es nuestra salud. Lo dejamos estar para después hasta que la cosa es inevitable y, casi siempre, mucho peor.

Me opero el jueves. Algo relativamente sencillo con una recuperación larga que ya me tiene arrepintiéndome de operarme. Pero… creo que ahora no aguanto otros once años.

Con razón ese principio

Tener la mente de principiante es uno de los postulados principales de la meditación. Y, de verdad, de todo, porque es el pilar en blanco sobre el que se construye todo lo nuevo. Si mi hoja ya tiene dibujos, no puedo agregarle nada. Algo así como la mente de un niño, que tiene el hardware básico para programarla como se pueda sobre ella.

El principio de todo es vital. Cómo nos aproximamos a un tema determina, casi siempre, cómo lo absorbemos. Y cuando comenzamos a hacer algo, es más fácil tener en cuenta la importancia de dejar ideas preconcebidas atrás. Lo verdaderamente complicado es entrar con mente de principiantes a algo que ya creemos saber hacer. Es otra forma de describir la necesidad de conocer bien las reglas antes de poder romperlas.

Nuestra vida comienza en cero. Así deberíamos poder acercarnos todos los días a lo que hacemos, con una mirada dispuesta a ser sorprendida. Al final del día, el asombro es la base de la magia. Y sin magia, el mundo es muy aburrido.

Dejar pedazos

Me he roto y desarmado y perdido varias veces. Pero no es nada extraño ni único. Nadie llega al final entero, al menos no con las piezas originales.

La medicina tradicional se fija en la totalidad del ser, viéndolo como un sistema integrado. El dolor de pie afecta la digestión y el humor y la capacidad de tomar decisiones morales y la salvación del alma. Todo por un dolor de pie. La medicina moderna lo mira a uno como un mecanismo con partes reemplazables. Ambas son correctas, una sirve de mirada y la otra de procedimiento.

Me duele el pie. Hay que operarme. Dejaré esa pieza atrás y tendré otra. Y otra más adelante cuando aprenda algo nuevo. Y perderé una parte mía con cada vez que se me rompa el corazón. ¿Quiénes somos al final si no somos los mismos? Ni idea. Pero sigo pensando que no importan las partes perdidas, mientras integre las que lleguen a suplirlas.

Más que pregunta…

Volvemos a hablar de la muerte con el adolescente y nos parece tan lejana en nuestro contexto. Entre él y yo sólo hay vida y él pregunta cómo es que yo he estado cerca de tantas personas que ya no están. Me siento como un puente entre una realidad y la otra. Pero las discusiones no son pesadas ni hay miedo en ellas. Sólo son.

No le temo a morir. ¿Cómo se le puede temer a una certeza? No tengo preguntas, tampoco. Tal vez sólo una preferencia por poder ayudar a mis hijos a crecer. Por lo demás, no encuentro mucho misterio. No porque sepa qué hay después, sino precisamente porque no lo sé sin duda alguna.

Meditar, tal vez, me ayuda a saber que sólo tenemos claro el momento que va pasando. Y que en ese río debemos aprender a navegar, porque igual o nos lleva o nos arrastra. Así que, sin preguntar, sigo aprendiendo a ver lo que hay.

Todo duele

Hoy domingo, que es el día que me toca, no comí pan. Ni ayer, ni hace una semana. Porque estamos limpiando la comida en casa para favorecer a uno de los nuestros y los sacrificios valen la pena. Que no quiere decir que no haya hecho el puchero correspondiente y esté haciendo planes para salir a comer a escondidas. Todo duele, todas las decisiones se toman a costa de otras oportunidades, siempre hay algo que uno deja de hacer.

La vida es el resultado de lo que uno hace. La mayor parte de nuestros minutos, esos que transcurren hasta en un río de aburrimiento, son el grueso de nuestras experiencias. Digamos que tenemos una línea base de satisfacción y de eso depende nuestra visión del mundo. Mientras más abajo de una marca positiva nos encontramos, más amargados terminamos. Yo tenía una tía que cargaba puesto siempre un estudio en desagrado, todas sus facciones hacia abajo, hasta la boca, aún cuando sonreía. Yo no quiero verme así. Para mí, la clave de sentirme bien, hasta feliz, es estar en paz con mi situación. Una parte es producto de mis decisiones y entonces sólo tengo que hacerles ganas, y la otra está hecha de cosas que no puedo controlar, entonces mejor les hago ganas.

Todo duele. Y todo da satisfacción. Es la moneda con la que pagamos nuestra existencia.