Comenzar mal las cosas

De esos días que despiertas con medio ojo abierto, duele la espalda al levantarse, se revienta la yema del huevo y el café sale aguado. O las amistades que tienen cosas desagradables en común. O los trabajos que dejan un mal sabor en la boca desde el primer día.

Las cosas que comienzan mal, terminan mal. O no. Porque siempre pasa suficiente tiempo como para arreglarlas. Tal vez es más importante arreglarnos nosotros mismos. Todo puede saber, verse, sentirse mejor. Cuesta lo que cuesta volver a contarse la historia del día.

La narrativa con la que vivimos es la que está contándonos la vocecita del cerebro. Esa que nos ayuda a encontrar hasta el último defecto en el espejo. Pero, al final del día, somos nosotros los que escribimos el guión y damos las direcciones. Yo quisiera que me contaran una historia lo suficientemente buena como para dormir sin problemas todas las noches. No importa cuán mal puedan comenzar mis días.

Tres deseos

Para ser feliz, hay que alinearse con las creencias imperantes de la sociedad en la que uno vive. Al menos eso dice un historiador. El hecho de sentirse uno con un propósito, cualquiera que ese sea en el momento en el que está, le da a la vida la sensación de satisfacción, que es la única que puede equipararse a la felicidad como estado emocional constante. Hablar de un estado basal emocional es situarse uno dentro de sí mismo y saber hasta dónde uno vive contento, o no. No estamos hablando de la euforia de un momento emocionante, sino de el sentimiento que rige como energía y con el que nos levantamos todas las mañanas.

Yo creo que tengo un nivel elevado de felicidad. Como cosa contradictoria con mi cara de «resting bitch face» y la fama de enojada que me he logrado gracias a ser directa y clara. Una cosa nada tiene qué ver con la otra. Tal vez por eso en un ejercicio de pedir deseos, no escogí «ser siempre feliz», porque hay que experimentar todas las emociones y porque eso simplemente sería muy aburrido.

Tres deseos creo que podemos tener en la vida, sin necesidad de genios que salen de las lámparas. Yo quisiera comer sin engordar, no tener que preocuparme de cosas materiales de mi familia, el tercero sería difícil. Pero por lo que deseamos podemos conocernos mejor.

Hoy no soy igual

Ven, que te quiero platicar de todo lo que no somos iguales a ayer. Pasó una noche, buena o mala, comimos rico o no y estuvimos cerca de personas a las que queremos, o al menos eso espero.

Todos los días que pasan puede que hagamos lo mismo, pero no somos iguales. Porque siempre hay una pieza menos en nuestro cuerpo, una célula nueva que la sustituye, un patrón de pensamiento distinto porque ya tiene otra información. La diferencia entre nosotros y un programa de computadora normal es que incorporamos todo lo nuevo a nuestro acerbo de experiencias y nos adaptamos al cambio, aunque sea para no aceptarlo.

Hoy no escribo igual que hace tres años, me falta la frescura de los temas primeros, pero lo hago con más soltura y por eso sigo. Supongo que aprender a mejorar, no sólo a cambiar, es la clave para encontrar más felicidad de la que voy dejando atrás.

¿Ves cómo cambiamos siempre y dejamos de ser los mismos?

Vivo revisando

Cuando organizo los viajes, siempre me entra la preocupación de no haberlo dejado todo bien. Reviso y reviso y reviso. Que si estén los pasaportes, las visas, los pasajes. O que si dejo encargados a los gatos, la casa, suficiente comida. Casi es un poco obsesivo.

Pero también me pasa con las cosas que hago. Es como si agarrara el recuerdo y le diera vueltas y vueltas. Lo reviso y lo reviso y me atormento cuestionando lo que dije. O lo que no dije. Si fuera crítico de cine y mi vida una película, sacaría cero. Siempre ha sido así. Mi voz interior es una cosa cruel que me demuestra una y otra vez cómo hago mal las cosas.

Ya le estoy dando clases de amabilidad. Trato de hablarme como les hablo a las personas que quiero. Aunque vuelva a revisar. Tal vez algún día logre encontrar todo lo que hice bien.

Vamos a regresar

No tengo voz. No sé si fue el aire acondicionado o tener que hablar tanto. Pero sueno a cuerda vieja. Así me siento también luego de días mezclados entre tensos y de sociabilidad forzada.

Es increíble cómo todo se nos gasta, hasta las palabras y cómo suenan. Recuerdo que mi mamá ya no podía cantar en sus últimos años de vida. Los ojos también se ponen grises y ni hablemos del pelo con las canas.

Pero tal vez este desgaste es tan solo la forma que tiene la vida de lijarnos para encontrarnos la forma esencial que a veces llevamos escondida. La raspada duele, pero termina uno mejor acabado. Hay muchas cosas que ya no acarreo conmigo más que como referentes del espacio que ya no está lleno de fantasmas pesados. Ha dolido quitarlo, pero estoy más liviana y puedo regresar a los lugares de antes sin ahogarme por exceso de peso.

Vamos a regresar siempre. Pero cambiados. Tal vez sin voz. Pero ojalá sin equipaje que no necesitamos.

Improvisación

Me encanta la improvisación. De lejos. Cuando lo hace otra gente con sus planes y su vida. Lo mío es la planificación. Esa que puede decir en una ciudad en la que nunca ha estado, cuál estación de tren y a qué horas. O en dónde comen los locales. Hasta dejo un día sin planes para poder planificar la improvisación. ¿No es así como se hace?

Es un problema de control. Nunca es suficiente. Y nunca es real. Tema recurrente en mi mente y en lo que escribo. Aprender a moverse con la corriente contra la que no se puede nadar, tomar un respiro y volver a intentar retomar la dirección original. O considerar nuevas metas a dónde llegar. Todo va cambiando con la vida y lo que hace veinte años me parecía importante, ya lo dejé atrás.

Improvisar, en el mejor de los casos, es tomar lo que le dan a uno y transformarlo en lo que uno quiere. No estar corriendo como gallinas sin cabeza (tan gráficamente satisfactoria esa imagen) sin el menor de los planes. Aunque a veces también es bonito no tenerlos.

Ver pasar el tiempo

Tengo dos niños. El mayor cumple 11 años hoy. Sin pensarlo mucho, fui a buscar fotos del niño de cuando era bebé. La sensación siempre me pega como un tanque. He visto en mi propio cuerpo cómo ha pasado el tiempo entre esa foto y ahora que ese bodoque casi tiene mi altura. Pero nada es tan fascinante como esa diferencia entre los niños pequeños y ahora que aún lo son pero ya no tanto.

Lo mejor de tener hijos, lo he dicho demasiadas veces, es volver a vivirlo todo como si fuera nuevo. No es que uno vuelva a la propia infancia, si no que acompaña a otras personitas a hacerlo y es grandioso. Se viven tantas vidas como a personas vemos crecer. Seguimos viendo el paso del tiempo en sus cuerpos y en su forma de ver la vida.

Yo no recuerdo mucho de lo que pasé de niña, supongo que es parte de lo que vamos aprendiendo. Pero sí he hecho nuevos recuerdos con mis niños.

Quiero ser irresponsable

Recoger platos y sacar niños a tiempo y hacer ejercicio y cuidar lo que como. Porque tengo que ser vieja funcional, poder moverme sin ayuda y comer sin que se me caiga la comida. Trabajar para no ser un desperdicio. Escribir porque puedo.

No sé. A veces me dan ganas de agarrar mis brassieres favoritos y largarme a recorrer el mundo, viendo qué veo. Claro, lo digo desde la comodidad de un techo, comida, gente que me quiere y seguridad que me iré a dormir y despertaré en un lugar que conozco, con baño. El baño es importante. Tal vez sea eso lo que me detiene.

Habemos gente para todo. Admiro con algún nivel de envidia a las personas que se llevan a sí mismas a todas partes, sin pensar lo que dejan atrás, sin compartirse más allá del momento en el que están. Y que se van. Yo no sé irme. Siempre me quedo. Supongo que también se necesita de gente que sea útil. Funcional. Que sirva hasta que ya no.

Quisiera ser irresponsable, pero ni siquiera sé por dónde empezar, porque ni siquiera puedo dejar de escribir porque me toca. También en eso hay alguna magia.

Dejar las cosas como están

Jamás he vivido fuera de Guatemala. Sigo en la misma casa donde nací, aunque sí me he mudado varias veces. Una vez pongo los muebles en un lugar que me gusta, allí se quedan para eterna memoria. Soy de relaciones largas, afectos duraderos, ideas fijas.

Pero todo se me olvida, cambio de opinión varias veces al ordenar en un restaurante, dejo de ver a amistades que alguna vez fueron íntimas y he cambiado de color de pelo más veces de lo que me acuerdo.

Nos gustan las cosas estables. Que todo a nuestro alrededor no cambie, mientras nosotros no somos los mismos. Le hacemos odas a la nostalgia, épicas al pasado y añoramos lo que ya no está. Tal vez es porque sabemos que nada se queda igual. Siempre hay algo más, el aire es diferente, la luz cae en otro ángulo. O simplemente dejan de gustarnos las cosas como las dejamos.

Guardamos el recuerdo de lo que nos dio placer para no volver a encontrarlo igual. Eso es lo malo de las cosas que permanecen estáticas. Aunque lográramos ese conjuro particular, nosotros no somos iguales y jamás mojaremos los pies en el mismo cauce, por parafrasear lo del río y cruzarlo.

Podemos dejar las cosas como están, pero no se quedan así.

Yo no quiero ser coherente

O tal vez sí. Lo que pasa es que muchas veces es rico comer y quejarme que estoy gorda. O no dormir y llorar que estoy cansada. O volver a tomar las mismas decisiones y sorprenderme de obtener los mismos resultados.

Como seres humanos, buscamos muchas cosas sin querer necesariamente hacer lo que necesitamos para obtenerlas. Tal vez por eso nuestra fascinación con la magia. Sería fabuloso hacer conjuros y que apareciera lo que deseamos. En todas las culturas se habla de genios, anillos, brujas… y siempre se nos olvida que también eso se paga. Con sangre, con hijos, hasta con la misma obtención de lo anhelado.

La coherencia es una de esas cimas a dónde aspirar llegar. Y no hacer las de Sísifo y tirarlo todo justo antes de alcanzarla.