Nada tan poco normal como el bien común. Ése que hace que todos queden medio satisfechos, o al menos así lo veo con mis hijos. Cuando uno quiere hacer algo diferente del otro, sólo queda encontrar un compromiso que medio deje contentos a los dos, irse por lo que uno quiere o simplemente no hacer nada. Problemas que no tenía para nada como hija única, pero que me dejaban en una situación binaria: o sí o no. Casi siempre era no.
Para lograr que alguien deje de hacer lo que quiere, hay que convencerlo que eso es bueno y que le va a reportar beneficios mayores a lo que quería hacer. A él, dentro de su singular cosmovisión, que bien puede ser que la persona sea completamente altruista y su satisfacción personal venga de hacer felices a los demás. Da lo mismo. La escala de felicidad es completamente personal y no hay nada externo que sea definitivo. Así que, la primera cosa que uno debe lograr es cantinearse a quien quiere cambiar de parecer. Tarea nada fácil cuando se está muy convencido que uno tiene la razón y el otro debería darse cuenta. Nada es evidente, todo hay que justificarlo y hay que tomarse la molestia de convencer, no de imponer.
En casa creemos en la democracia, la república, la participación ciudadana, el bien común y todas esas cosas. Salvo cuando se trata de tomar decisiones que involucran ir en contra de la voluntad de los niños. Allí el bien común somos nosotros.
