El bien común

Nada tan poco normal como el bien común. Ése que hace que todos queden medio satisfechos, o al menos así lo veo con mis hijos. Cuando uno quiere hacer algo diferente del otro, sólo queda encontrar un compromiso que medio deje contentos a los dos, irse por lo que uno quiere o simplemente no hacer nada. Problemas que no tenía para nada como hija única, pero que me dejaban en una situación binaria: o sí o no. Casi siempre era no.

Para lograr que alguien deje de hacer lo que quiere, hay que convencerlo que eso es bueno y que le va a reportar beneficios mayores a lo que quería hacer. A él, dentro de su singular cosmovisión, que bien puede ser que la persona sea completamente altruista y su satisfacción personal venga de hacer felices a los demás. Da lo mismo. La escala de felicidad es completamente personal y no hay nada externo que sea definitivo. Así que, la primera cosa que uno debe lograr es cantinearse a quien quiere cambiar de parecer. Tarea nada fácil cuando se está muy convencido que uno tiene la razón y el otro debería darse cuenta. Nada es evidente, todo hay que justificarlo y hay que tomarse la molestia de convencer, no de imponer.

En casa creemos en la democracia, la república, la participación ciudadana, el bien común y todas esas cosas. Salvo cuando se trata de tomar decisiones que involucran ir en contra de la voluntad de los niños. Allí el bien común somos nosotros.

Ampliar los límites

La niña está empezando a aprender piano. Practica cinco minutos todos los días. Y yo quisiera hacer lo mismo. Lamentablemente mi día ya no tiene suficiente tiempo para hacerlo.

Y no tengo ganas de probar. Es una cuestión de asignación de recursos. Tengo mucho de rutina qué llenar mi tiempo y todo me es importante. Hasta el no hacer nada en algún momento.

Cada cosa nueva que incorporamos a un día común, nos amplía el horizonte de lo que somos capaces de hacer. Una habilidad que queríamos, un instrumento, hasta una relación. Todo nos enseña que hay algo más allá del límite entre el que vivimos. Después de todo, sólo conocemos lo que conocemos. Dichosas las personas que están conscientes del universo desconocido al que se pueden acercar poco a poco, aunque nunca abarcar por completo.

Pero no tengo ahota mismo tiempo para incorporar el piano.

Buena forma

Yo creía que ya sabía cómo pararme en neko dashi hasta que me dijeron que no. Cinco años de sentir cada semana que ya sé dónde poner los pies con respecto a las rodillas, a las caderas, a los hombros y no. Siempre no lo hago perfecto.

La buena forma en las cosas es indispensable. Son las bases sobre lo que construimos todo lo complicado. Por eso les remachamos a los niños que saluden y se despidan, mastiquen con la boca cerrada, se bañen todos los días. Por eso cuidamos la ortografía y nos lavamos los dientes, somos amables y no nos pasamos un alto.

Las cosas pequeñas bien hechas, mantener las buenas formas, nos lleva a mantener una línea más fácil. Igual que hacer planas para escribir. Las cosas que comienzan bien, se aprenden bien y terminan bien. O al menos eso espero mientras termino de aprender cómo pararnos.

No me pidan la contraseña

Me salta el corazón cuando una de las ventanas que abro me pide la contraseña. No la recuerdo. Aunque la acabe de poner hace cinco segundos. Es una de esas cosas que me entra en una neurona y me sale por la otra. Confieso que no me sé el cumpleaños de mi cuñada y mi suegra, apenas me aprendí el de mi papá (el de mi mamá era muy fácil, 24 de diciembre). Tengo que revisar mi argolla para verificar el año. Hacer cuentas para saber cuándo nacieron mis hijos. Simplemente hay datos que no se graban. Entre ese limbo, las caras y los nombres.

Recuerdo con exquisito detalle lo que estaba comiendo la noche que murió mi papá. Lo que tenía puesto la primera Navidad que pasé en mi apartamento. Cómo se sentía el pelaje de mi gata cuando murió. Se me queda impreso lo que le gusta a mis amigos comer. Cómo olía mi mamá. Las partes importantes de los libros que me gustan.

Todos tenemos lugares en donde guardamos la información relevante, la que queremos atesorar. Neurológicamente, apenas están entendiendo cómo funciona la memoria y durante muchos siglos existen técnicas para guardar los hechos que queremos conservar. Pero el cerebro es plástico y nuestros recuerdos cambian con cada revisión, así que todo eso que creemos que pasó como lo tenemos guardado, es posible que no haya sucedido así.

Hay cosas que necesito no olvidar. Por eso me pongo alarmas para avisarme de cumpleaños de gente querida. Lo demás, los pequeños detalles que no son determinantes en mi vida, pueden escapárseme. Ocuparían espacio que tiene reservada la sensación de la mano de mi bebé de tres meses sobre mi mejilla izquierda una noche de darle de comer. El sonido de mi niña prematura pidiendo de comer con exigencias en vez de llanto. Qué más da que tenga que buscar las demás cosas en una libreta.

El peso de la banalidad

Me gusta pensar que soy banal. Que me muevo justo en la superficie de las cosas, apenas metiendo un dedo en las aguas turbulentas que uno siempre mira debajo. La profundidad me aterra. Sé que me puedo ahogar con demasiada facilidad. los humanos no estamos hechos para vivir debajo del agua, pero sí estamos particularmente adecuados para nadar. No hay primates que hagan lo mismo.

El inconsciente es un cuerpo de agua oscura sobre el que navegamos para entender lo que nos pasa a nosotros y a nuestro alrededor. Nos sumergimos en él de vez en cuando, gozando de la sensación de ingravidez. El agua es el único medio en el que flotamos, lo más parecido a volar que podemos experimentar. Igual que los sueños. Igual que las drogas. Y buscamos esa sensación de muchas formas, no todas sanas.

Me gusta sentirme banal, sin peso, sin cargas. Creer que puedo flotar sin que me arrastre la corriente, o el monstruo de tentáculos verdes me lleve a su cueva. Pero también me gusta nadar y sumergirme. Porque no podemos vivir sin enfrentarnos a lo que llevamos dentro. Terminaríamos ahogados.

Lo que debimos hacer

Es todo eso que creemos que nos llevaría a estar en otro lado del que tenemos enfrente. Pero se nos escapa pensar que todo lo demás que dejamos de hacer nos llevaría a lugares en donde, también allí, estaríamos donde no queremos. En algún momento no nos gusta en dónde estamos. Tanto hacia adentro como hacia afuera.

Hay una teoría que se usa mucho en cómics: la del multiverso, en donde cualquier decisión que tomamos engendra todos los mundos paralelos que surgirían si hubiéramos tomado otras. O sea que en algún lugar sí hicimos lo que debimos hacer. La realidad es que siempre tomamos la decisión que creemos que es la mejor, sacrificando a veces preferencias personales, deseos, momentos. El precio que pagamos por tener lo que queremos siempre es todo lo demás que dejamos de hacer.

Yo no tengo la menor duda que hay muchas cosas que pude hacer con mejores resultados. Pero no es el punto. Si no en dónde estoy yo, aquí, y si no, siempre me puedo mover.

No me doy cuenta

De muchas cosas no me doy cuenta muchas veces. Se me escapan los detalles, las claves que me dirían en dónde están los momentos importantes, las cosas pequeñas que se acumulan hasta volverse montañas descomunales. No me doy cuenta que el clima no va a hacerme el favor de ponerse de acuerdo con la ropa que me quiero poner y paso frío o calor a mitad de la tarde. No me tomo el tiempo de fijarme en que tengo hambre y llega el momento en el que estoy de mal humor y le contesto mal a mis hijos hasta sentarme a almorzar y recuperar la cordura. No me doy cuenta que un saludo no es igual y sigo pensando que las relaciones siguen en donde las dejé.

Evitar fijarnos para no ver lo que pasa es tan común, que hasta se lo hemos atribuido a las avestruces, pájaros que, por cierto, nunca han metido la cabeza en la tierra para esconderse de nada. Las cosas existen, las queramos ver o no. Como el sol detrás de las nubes que igual quema aunque no nos caliente.

Hay cosas de las que no me quiero dar cuenta, porque no quiero que se arruinen o que los niños crezcan o que no sepa cómo continuar. Pero sí me doy, aunque no lo sepa y por eso sigo tratando de avanzar y fijarme. Fijarme tanto que las cosas que verdaderamente no mire, no sean porque no tuve la valentía de enfrentarlas.

Resumiendo

Estamos acostumbrados a escuchar la mitad de las cosas que nos dicen, metiéndoles la información que ya tenemos preparada para complementarlas. A no ver con detenimiento las caras de las personas que tenemos a nuestro alrededor, porque ya tenemos una imagen pregrabada. A no ponerle atención al camino que recorremos todos los días, sin que nos importen los cambios que puedan haber.

Resumimos, reducimos, telegrafiamos. Es necesario para poder enfocarnos en lo que vamos a hacer. No creo que sea muy productivo irse fijando en todos y cada uno de los detalles que se nos atraviesan en la vida, pero también a veces pienso que hay mucho de lo que nos perdemos. Sobre todo cuando se trata de las relaciones que tenemos. Si no nos fijamos en los pequeños cambios, cuando notamos las diferencias a veces ya es demasiado tarde.

Tomarse el momento para analizar el estado real de las cosas en el momento en el que estamos, cómo se sienten nuestros seres cercanos, hasta la calle en la que vivimos, es recuperar el sentido de ir percatándose de la vida como cuando la vimos por primera vez. No sé si puedo hacerlo constantemente, pero recuperar la capacidad de asombrarme me acerca a ser más feliz.

El final del dolor

Todas las sensaciones son independientes de nosotros mismos como personas. El dolor existe en nuestra mente como una respuesta de advertencia hacia algo que nos hace daño. Hacer pesas duele. Nos estamos desgarrando los músculos. Pero lo seguimos haciendo porque la vida que vivimos ahora no está llena de correr por la llanura cazando la cena, ni arrastrando el animal de regreso a la cueva, ni trepando al árbol a conseguir la fruta. No caminamos ni siquiera a nuestro trabajo, viviendo en Guatemala, eso es un deseo de morir.

Aprender cosas nuevas duelen, porque requieren concentración y dedicación, el empujar nuestra voluntad hasta donde se sale de su zona de comodidad. Sentarse a practicar un instrumento, a estudiar para el próximo examen, a aprender otro idioma, da pereza.

Querer duele. Porque lo llenamos de expectativas de comportamiento de otra persona que no somos nosotros y les damos la responsabilidad de nuestra felicidad, nuestra autoestima, nuestro bienestar.

Todo duele, pero seguimos teniendo hijos, aprendiendo idiomas, queriendo extraños. Porque vivir sin que nos duela sólo se logra cuando ya no estamos vivos.

Entender por partes

Me pasa muchas veces que tengo que volver a escuchar los podcasts en donde aprendo algo, porque no siempre me fijo en lo mismo, ni en todo. Siempre puedo descubrir cosas nuevas, ponerle atención a un pedazo que se me había pasado por alto. Generalmente son detalles que se escapan por ver el todo. Entonces me concentro en las pequeñas cosas y se me olvida la imagen global.

Aprendemos por tramos, muchas veces de forma escalonada, construyendo sobre bases que se alzan poco a poco. Así con los idiomas, a dibujar, a escribir. Pero hay conocimiento/sabiduría que no se adquiere poco a poco, sino en un único instante, aunque tome años llegar allí. Quererse a uno mismo, entender de dónde viene el sentimiento de agobio, la angustia, Uno lo tiene o no. O así pareciera que viene cuando al fin viene. El amor y la confianza son o no son.

El problema de ir entendiendo por partes puede ser olvidar lo que vino antes. El problema de querer entenderlo todo junto es que se puede uno perder sin una base anterior.

Así que regreso a revisar las cosas que estudio, para ver si recuerdo bien lo que creo que sé y para ver si necesito aprender cosas nuevas dentro de lo viejo.