Diferencias irreconciliables

Mis hijos quieren ver tele todo el día. Yo no los dejo. Nuestras posiciones son opuestas, pero yo mando. No hay opción. Yo no quiero pasar mi vida en el tráfico. Me tardo media hora en dos cuadras. No hay opción. Entre mis amigas pensamos diferente acerca de distintas cosas y no por eso dejamos de tener relación.

Las cosas son y no son, depende del momento, porque todo fluye. Lo que queríamos hace veinte años, ni se nos antoja ahora. Las cosas en las que creíamos, ya no resuenan en nuestra cosmovisión. Y nuestros principios también mutan.

El momento para determinar que hay una diferencia de opinión que puede romper para siempre una relación depende totalmente de en dónde nos encontramos como personas. Qué difícil no aceptar que nos podemos adaptar (siempre y cuando no nos estén haciendo daño, claro), porque a veces dejamos mucho empeño en la situación y no la queremos soltar.

A veces simplemente no hay más qué hacer.

Por qué es importante lo banal

Nos despertamos, lavamos la cara, salimos a la calle, pasamos en el tráfico, regresamos a casa, comemos, platicamos, pensamos en lo que hicimos o vamos a hacer. Y, entre todo esto que no podemos poner en el libro de nuestra biografía porque aburriríamos a cualquier lector promedio, tal vez pensamos en una de esas cuestiones que cambian el universo. Vivimos sumergidos en la banalidad. En lo cotidiano. Es el cimiento de nuestra vida, que sólo a veces despunta en lo brillante. Nadie se fija en las bases de un faro, sólo en la luz que destella a lo lejos, casi despojada de un cuerpo que la sostenga.

La banalidad es esencial. Si no comemos, nos movemos, respiramos, no vivimos para hacer el poco de cambio que se supone necesitamos realizar en nuestras vidas. Es como construir las obras de arte según Goethe: 90% expiración, 10% inspiración. Nos tiene que agarrar trabajando cualquier cosa importante que queramos lograr.

Tal vez por eso me gusta escribir acerca de las cosas normales, de esos espacios que llenamos con la vida que tenemos, sin bombos ni platillos. El despertar en una cama compartida, el desayuno carrereado de las madrugadas con niños, el deseo constante de vernos diferentes al espejo. De eso está hecha nuestra vida en la mayor parte de nuestras horas y todo es importante, porque todo somos nosotros. Y sólo a nosotros nos importa.

Cuando todo no es suficiente

Estoy preparando un paquete de información que debo enviar. Hemos trabajado durante tres semanas para terminar a tiempo y lo logramos con un par de días de holgura. Pero en un formato equivocado.

Tengo en mente la imagen de un corredor haciendo todo su esfuerzo por llegar a una parte, sin darse cuenta que está corriendo en la dirección equivocada. Porque a veces el empeño, los sacrificios, el trabajo, no son suficientes. Habrá algo de mala suerte. O de falta de planificación. Pero no está el elemento esencial y, ciao cariño.

Lo bueno, en esta ocasión, es que con esos días extra, tengo suficiente tiempo para agregar el formato. Porque, entre lo “todo” que le meto a algunos esfuerzos, también contemplo espacio para hacerlo todo de nuevo.

Cómo tomar café

A mis hijos les ha dado por tomar café el domingo al desayuno. Y a mí se me ha olvidado hacerles las últimas semanas. Tal vez porque yo nunca aprendí a tomar café de pequeña, es hasta ahora que me gusta, solo, sin azúcar. Pero sólo si es rico. Que no esté aguado. Ni quemado. Ni ácido. Ni amargo. Por eso no tomo en cualquier parte.

Todos tenemos formas particulares y únicas de aproximarnos a las cosas generales y comunes. Por eso encontrar algo que le guste a todos, es imposible. Tal vez nos llame la atención la idea abstracta, pero ya en vivo, necesitamos adecuarla a lo que queremos. El agua, fría. La sopa, caliente. El amor, intenso. El café, negro.

Y todo es válido, mientras no impongamos nuestra inclinación sobre los demás. ¿Cuál es la gana de hacer que otro tome/coma/disfrute de lo mismo que uno? ¿No basta con conseguirlo para mí? Es cierto que hay cosas qué aprender. Y que hay caminos por los cuales avanzar. Pero no quiere decir que, si me gusta algo, no sea bueno para mí. Como el café de los domingos para los niños: con mucha leche.

Se perdió el hámster

Ayer le di magdalena a los hámsters de los niños, mientras mirábamos el juego con amigos. Un pedacito pequeño, que se notaba les encantó. Son lindos los roedores esos, mascotas sin mucha interacción que sí tienen gracia. Se han escapado de sus bolitas de exploración, dejando a los gatos con la curiosidad y las ganas de ver si los instintos les están aconsejando bien.

Pero hoy en la mañana no estaba uno. Revolvimos la viruta, movimos muebles, les preguntamos a los gatos. Todo en vano.

El primer paso cuando uno tiene mascotas es ponerles nombre. Los hacemos nuestros al identificarlos. La ilusión cuando nace un hijo (o el pleito, depende) y poder decidir la forma en que lo van a llamar el resto de su vida. Es tan básico. Poder decirle a las cosas por lo que son despeja dudas, enfoca sentimientos, sana enfermedades. Y convierte a extraños en propios. Por eso preguntamos por Goliat (el hámster perdido) y no por uno genérico a quien no conocemos por su nombre y poco nos importa qué le suceda.

Me gustan las denominaciones precisas. La claridad es, para mí, el camino a la libertad. Y el hambre debe haber llevado al hámster de vuelta a casa. Porque apareció, acurrucado en la lavandería.

Estoy nerviosa

El partido de Foot está cerrado y tengo gente en casa. Mi equipo apenas gana y no hay forma que se separen del otro. No tengo ni ganas de comer. Esto es un sufrimiento. Como si yo fuera la dueña de algo allí. Es ridículo. Pero igual nos emocionamos. Los deportes nos suplen esa necesidad de conquista, de sangre, de violencia.

En mi caso particular, supongo que me gusta la sensación de preocuparme por algo que no puedo controlar. Aunque me enoje si no ganan y no gane nada si ganan.

Quiero que ganen. Ya no falta mucho.

Quiero nadar

No he nadado en lo que va del año y creo que ya es tiempo de hacerlo. Aunque haya frío y me dé pereza. Pura cuestión de agarrar de nuevo la rutina. Lo cierto es que esa sensación de falta de peso me está haciendo demasiada falta, siento que llevo el mundo encima y nadando lo olvido. Pienso en cualquier otra cosa menos en mi cuerpo, la gravedad que lo atrapa a la Tierra, el esfuerzo por poner un pie detrás del otro.

Agarrar una actividad que nos eleve de nuestro paso normal por la vida, lo que sea que nos saque un ratito de ser nosotros mismos, nos permite estar bien el resto del tiempo. Ser algo separado de lo de siempre, olvidarnos del día a día, aunque sean diez minutos y luego regresar a los que nos rodean, renovados. Actividades de personas con tiempo, supongo, pero también es un estado mental que se puede tener en cualquier momento.

Para mí es nadando. Pocas cosas me sustraen de lo que me ahoga como el agua. Y me tiraré con gusto el sábado, aunque me convierta en un témpano de hielo.

Me escondí todo el día

A veces me da dolor de cabeza. Me devora un animal pesado, que se posa sobre mi cráneo y me anuncia que piensa empollar una tortura. He aprendido a esconderme de él, entre la sombra de mi cuarto. Pero siempre me descubre. Se disfraza de mandados qué hacer, niños qué atender, trabajo, artículos, vida. Estoy muy quieta, creo que esta vez sí me le escapé, sólo para sentir una garra que me sujeta.

Aprendemos a vivir con el dolor. Hay estudios que indican que después de una enfermedad y luego de recuperar alguna rutina, cualquiera puede regresar al nivel de felicidad normal que manejaba antes de sufrir. La satisfacción base es íntima y, aunque tiene picos y valles, la mantenemos en alguna escala constante. Anticiparse a lo negativo también ayuda a sobrellevarlo. Como ver cuando viene el pinchazo. O saber que, al menos un día al mes, me va a doler la cabeza.

Es cuando nos sorprenden que verdaderamente nos duele. El choque que nos agarra desprevenidos, el adiós que no logramos ver venir, la pérdida súbita. Y, aún así, terminamos sobreponiéndonos. Como yo espero hacerlo mañana, mientras ignoro al animal que tengo asentado sobre mí.

Lo viejo que no conocemos

No sé por qué siempre me ha caído mal el dicho de lo viejo conocido y lo nuevo por conocer. Como si sólo pudiéramos pasar en lo viejo toda la vida. Si no descubrimos cosas nuevas, no crecemos. Luego está el otro que dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Cada vez que me siento a escribir, entiendo que probablemente ya hablé del tema y que simplemente le estoy dando una vuelta más al círculo en donde me meto.

Pero no siempre es así. Es cierto, todo ya fue dicho, hecho, visto, sentido. Entre la gama de experiencias humanas, lo básico no cambia, sólo el escenario. El amor es más viejo que el mundo, si creemos en esa forma de creación, pero para el que se enamora por primera vez, es nuevo y nadie lo ha sentido así antes.

Teniendo hijos, esto es aún más sencillo de identificar. Basta ponerles una película con el final retorcido, que no se puede volver a ver porque ya no tiene gracias y vivirla con emoción porque ellos no conocen cómo termina y es nueva. La vida se nos marchita desde el momento en que no podemos reconocer una cosa nueva, aunque ya la hayamos visto antes. Porque, si bien es cierto todo es repetido, cada vez que lo vivimos estrenamos ese momento.

Me queda la satisfacción de reconocer en dónde puedo volver a sentir.

La noche de anoche

Sonó la alarma. Cuando realicé qué estaba haciendo, ya miraba por la ventana de la cocina, descalza y en piyama, como si pudiera proteger mi casa y a los míos a punta de cara de dormida y pelo de loca. Un gato. O que se fue la luz. Cualquier cosa tonta. Me espantó el sueño. Pasé más de una hora dando vueltas en la cama, escuchando la respiración pausada del durmiente a mi lado. Me dieron ganas de despertarlo, por indecente de dormir mientras yo no podía.

Nuestros primeros impulsos no son siempre edificantes. Queremos romperle la cara al que nos atraviesa el carro, salir corriendo después de un accidente, ir primero en todo. La preferencia primaria, si la siguiéramos en todo, haría imposible nuestra vida en sociedad. Por eso nos pasamos años amaestrando a los niños para que piensen dos pasos más allá de sus acciones y sopesen las consecuencias. Porque somos seres sociales, nuestro propio bienestar emocional lo hace necesario. Así que no podemos ir pateando a los demás, por muchas ganas que tengamos. Ya somos “civilizados”.

Logré volver a dormir hasta la 1:30 am. Un sueño ligero, que me tiene medio mareada, sin estar muy segura de estar escribiendo algo coherente. Pero no desperté a nadie más.