De esos días que despiertas con medio ojo abierto, duele la espalda al levantarse, se revienta la yema del huevo y el café sale aguado. O las amistades que tienen cosas desagradables en común. O los trabajos que dejan un mal sabor en la boca desde el primer día.
Las cosas que comienzan mal, terminan mal. O no. Porque siempre pasa suficiente tiempo como para arreglarlas. Tal vez es más importante arreglarnos nosotros mismos. Todo puede saber, verse, sentirse mejor. Cuesta lo que cuesta volver a contarse la historia del día.
La narrativa con la que vivimos es la que está contándonos la vocecita del cerebro. Esa que nos ayuda a encontrar hasta el último defecto en el espejo. Pero, al final del día, somos nosotros los que escribimos el guión y damos las direcciones. Yo quisiera que me contaran una historia lo suficientemente buena como para dormir sin problemas todas las noches. No importa cuán mal puedan comenzar mis días.
