Dejar las cosas como están

Jamás he vivido fuera de Guatemala. Sigo en la misma casa donde nací, aunque sí me he mudado varias veces. Una vez pongo los muebles en un lugar que me gusta, allí se quedan para eterna memoria. Soy de relaciones largas, afectos duraderos, ideas fijas.

Pero todo se me olvida, cambio de opinión varias veces al ordenar en un restaurante, dejo de ver a amistades que alguna vez fueron íntimas y he cambiado de color de pelo más veces de lo que me acuerdo.

Nos gustan las cosas estables. Que todo a nuestro alrededor no cambie, mientras nosotros no somos los mismos. Le hacemos odas a la nostalgia, épicas al pasado y añoramos lo que ya no está. Tal vez es porque sabemos que nada se queda igual. Siempre hay algo más, el aire es diferente, la luz cae en otro ángulo. O simplemente dejan de gustarnos las cosas como las dejamos.

Guardamos el recuerdo de lo que nos dio placer para no volver a encontrarlo igual. Eso es lo malo de las cosas que permanecen estáticas. Aunque lográramos ese conjuro particular, nosotros no somos iguales y jamás mojaremos los pies en el mismo cauce, por parafrasear lo del río y cruzarlo.

Podemos dejar las cosas como están, pero no se quedan así.

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