Todo termina

Hasta mi forma de tratar a los niños, aunque me haya funcionado hasta ahora. El día de hoy va a tener el mismo término que el de ayer. Los sentimientos se esfuman. La gente se va.

Yo también termino, no funciono igual que otros días y dejo de hacer lo que solía.

Todo termina. Y sigue. Tal vez lo correcto sea decir que todo cambia, aunque permanezca.

Se descarrila el tren

Tener rutina, para mí, es tener que preocuparme de menos cosas. Ya sé qué se hace a qué hora, no tengo que preguntarme si tengo hambre o sueño, a los niños se les despierta siempre igual y voy a ciertas partes con regularidad. Es una delicia. Me deja libre para decidir sobre otras muchas cosas.

Hasta que tengo que hacer cambios. Integrar nuevos pasos, pensar en comidas diferentes, salirme de las vías de mi tren en marcha. Allí me cuesta. Porque tengo que repensar todo mi esquema, mover piezas que había sujetado, ampliar el horario restringido.

Cambiar rutina cuesta. Hasta que ya se vaya sola, de nuevo.

Rascarse donde pica

El libro de la selva, versión Disney, tal vez era de las películas que más me gustaban de pequeña. Especialmente la parte en la que el oso se rasca contra la palmera. Porque no hay sensación más inquietante que la picazón en un lugar a donde no se alcanza a rascar. La solución del animal me pareció genial y frecuentemente me sirven las esquinas de las paredes para lo mismo. ¿A quién no nos ha pasado que alguien amablemente se ofrece a rascarnos y no llega a «ese» lugar? Es como un juego con truco, nunca son suficientes las instrucciones y yo puedo asegurar que el punto molesto se mueve entre la piel, eludiendo el alivio de las uñas ajenas.

Eso pareciera valer en todo. Hay problemas, molestias, incomodidades, sensaciones desagradables, que sólo podemos arreglarnos nosotros a nosotros. Las personas ajenas a nuestro interior no encuentran el punto, porque no son los que lo sienten y pasan tratando de arreglarlo sin éxito, por mucho que intentemos darles una ruta precisa.

Para eso está el autoconocimiento. Para encontrar el punto, la solución y, hasta ese momento si es necesario, pedir ayuda o compartirlo con alguien. Creo. Igual también me ha pasado que el método de la pared no me termina de convencer y pido uña ajenas. A veces encuentran el punto y es glorioso.

Un momento para mí

Nadé hoy. Despacio y poco. Sentí una libertad mayor que lo que puedo describir al dejar el teléfono a un lado y sumergirme a no escuchar nada más que el agua. Qué poco me había dado cuenta de lo mucho que me hacen bien esos momentos desconectada de la vida.

Después que mi mamá tuvo el derrame, estaba atada al teléfono cuando salía, porque siempre había una emergencia. Con los niños, esto es menos agudo, pero siempre constante. Ahora supongo que volveré a sentirme con un apéndice extra. Está bien. Pero también está bien poder dejarlo un pequeño instante.

Como hoy. Todos necesitamos el momento que sólo sea nuestro, porque no podemos darnos si no tenemos nada dentro. Espero haberlo aprendido ya, para no desgastarme, pues necesito servir durante mucho tiempo más.

Inevitable

El tema principal de las tragedias griegas es el destino y nuestra búsqueda por evitarlo. De buena referencia Edipo Rey, por poner el ejemplo más sonado. Pareciera que el punto es decirnos a los humanos que hay cosas que ni los dioses pueden evitar.

Sí y no. La toma de decisiones nos pone en un camino hacia un rumbo y eso es inevitable en el sentido que eso escogimos y hacia allí vamos. Pero luego están todas las otras cosas que se salen de nuestra esfera de opciones y con las cuales simplemente nos toca convivir. Nuestra composición genética es una (aunque hay corrientes que insisten que hasta eso se puede modificar), nuestra altura, preferencias olfativas, enfermedades.

No hay cosa que me haya frustrado más que el saber que una enfermedad simplemente no era prevenible. Pero toca hacerle ganas. Porque no puedo evitarla, pero sí me puedo adaptar a ella y no permitir que me saque de mi rumbo escogido. Hasta que escoja otro.

Dando vueltas al hámster

Hoy pasó un tacuacín en la pared divisoria. No era tan grande y ahora ya no me parecen tan feos. Recuerdo que se hacen los muertos y hasta simpáticos me caen. El gato grande se puso loco. Debe ser por eso que anda desesperado por la casa y que me mordió ayer. Sólo me dejó marcado el colmillo, abriendo apenas la piel. Pero tengo la mano hinchada y me duele como si me hubiera lastimado. Este animal es capaz de contenerse y no lastimar demasiado. Como cuando mira pasar a los hámsters sin comérselos. Se han escapado varias veces, sin que les hagan nada.

El hámster que da vueltas sin parar en mi cerebro se queda pensando que cómo es posible que el animal se haya contenido para no hacerme demasiado daño. Pero que igual estoy con dolor. Algo así como cuando nos guardamos cosas para no herir, pero seguimos tan enojados que igual hacemos todo pedazos.

Me sigue doliendo la mano. Y el gato ya no se acuerda.

Los domingos dejo de contar

Cuánto como, el momento en que me despierto, las repeticiones de ejercicios. El domingo es un día libre, que se me pasa rápido y lento y nunca termina pero no dura nada. Son días con rutinas que cambian con cada semana, con menús abiertos y horarios truncados.

Las rutinas nos ayudan a navegar por la vida incierta, a darle orden a cosas que no podemos controlar. La vida es una continuidad de hechos sucesivos que creemos que conocemos y que todavía nos sorprenden. Los hijos crecen, lo sabemos, aún así creemos que se pueden quedar del tamaño de nuestros brazos. Hasta que nos llegan a la nariz y calculamos que la próxima vez que los regañemos, los vamos a tener qué sentar.

Nuestros cuerpos nos traicionan en el espejo, cuando nos acostamos del lado y hay piel que sobra y el cabello se queda sin color. Así nos pasamos los días y los domingos que son días fuera del tiempo.

Hoy, que fue domingo, pasé con el viento en la cara, amigos a la mesa y los niños corriendo. Extrañando lo que no está, porque nunca está y disfrutando de lo que hay alrededor. Y comí. Eso sí es rutina en domingo.

Hago nuevo lo viejo

Tengo unos Keds que seguro son más viejo que mi hija. Ya están manchados más allá de lo que puede hacer mi lavadora por ellos y donde no, están desteñidos. Los Keds me recuerda al colegio y recibir un par para mi cumpleaños con la ilusión de niña pobre con sus primeros zapatos de “marca”. Desde entonces siempre me han gustado y fui feliz cuando vi que habían vuelto a ponerse de moda. Pero éstos ya están viejos y no me han gustado otros.

Así que los pinté. Con espirales y rayos y flores. Se siguen viendo viejos, pero los puse nuevos, para mí. Así como se puede apreciar volver a comer huevos por las mañanas. Besar a los niños por las noches. Leer. El karate. Todo lo que hacemos de forma regular, cuando lo vemos con una pequeña variante, nos lo hacemos nuevo.

Editamos, resumimos nuestras experiencias, como agarrar una foto vieja que vimos bien sólo la primera vez y luego no fijarnos en los detalles. Y siempre hay algo nuevo.

Ahora mis zapatos están decorados. Igual quiero otro par.