Se arruinó la pesa

Tengo una pesa muy mala que me ha servido muy bien de diciembre para acá. Al menos he sabido cómo voy con algún margen de error. Ayer kaputt y hoy tenía que medirme. Pareciera que lo hubiera hecho durante años, cuando el contrario es la verdad.

Llevar una medida objetiva del progreso es excelente. Es más, el la única forma en que sabemos con exactitud si vamos en el camino correcto. Hasta que la medida se vuelve más importante que nosotros y, como en todo, nos ponemos rígidos con nuestros rituales. El objetivo es saber si vamos llegando a nuestro objetivo. Para eso hay muchas maneras.

A mí me cuesta la parte de evaluarme sin fijarme sólo en lo malo. Por eso el numerito en el cuadrado era una gran ayuda. Tengo que buscar otro método, porque no voy a salir a comprar una pesa ahora. Y, sobre todo, tengo que no estar preocupada por no poder hacer lo de todos los martes. Sacaré la cinta de medir.

Todo está en la traducción

Tengo un sueño en el que camino al lado de una pileta larga llena de peces. No puedo verlos, sólo la orilla de piedra y la superficie picada del agua. Avanzo y sé que los animales me siguen, o tal vez yo los sigo a ellos. No los miro, pero allí están. Pura cuestión de perspectiva. Si estuviera viendo la escena desde un punto más alto, seguro podría ver las formas anaranjadas impulsándose.

Todo es cuestión de perspectiva. Del punto en el que uno se sitúa. Hasta para leer un libro otra vez. O ver una película de la adolescencia. Simplemente uno ya no está parado en el mismo lugar. La vida juega a hablarnos en el mismo idioma que nosotros traducimos de forma distinta cada vez que escuchamos la frase. Por eso es que algunas experiencias se nos presentan como novedosas, aunque ya las hayamos vivido varias veces.

A los que nos gusta jugar a encontrar la esencia del sentimiento de un idioma al otro, siempre le podemos agregar una rayita de interpretación al asunto. Deberíamos también recordar que eso hacemos con todo y todos los que se nos atraviesan. Los traducimos hacia lo que entendemos y ese traslado de imágenes nunca es completamente fiel, porque pasa por nuestro filtro.

Tal vez, a lo más que podemos llegar, es a ver el entorno y saber que hay peces en el agua, aunque no los miremos.

Se me fue un antojo

Quiero galletas desde hace tres semanas y no me he hecho. Y ahora ya no quiero porque comí platanitos fritos. No es lo mismo, pero me quitaron el antojo. Y eso creo que es triste. Dejar ir algo que quería y no me lo di para no pasarme. Y los días pasan y pasan las ganas hasta que se vayan por completo.

Tomo decisiones con muchas cosas en cuenta, sobre todo el poder verme el estómago sin panza. Pero luego estoy como ahora, añorando tener ganas y sabiendo que igual no me las voy a quitar. Tal vez puedo relajar ambas partes de la ecuación.

Y, el otro viernes, compro galletas.

Tomar té con crema

Mi papá le echaba limón al té. Y vinagre a los huevos duros. Y chiltepe a todo. Pequeñas idiosincracias que tengo muy presentes, más cuando lo que trato de acordarme que quisiera tener grabado no existe. La relación con mi papá fue complicada y no llegamos nunca a desenmarañarla, porque no creo que hubiera un buen traductor para entendernos. Pasa y ya pasó. Hoy celebramos el día del padre, mis hijos le escribieron un librito al suyo y lo escucho decirles que los quiere, reírse con ellos, afirmarles las cosas bonitas.

Mario tiene, por mucho, mejor modo que yo para negociar con ellos. Entiende mejor su postura y les valida sus «argumentos». No pasan tanto tiempo juntos en circunstancias normales, pero este encierro nos ha permitido compartirnos y, aunque siguen viniendo a mí con la mayor parte de sus cosas, saben que él está.

Hay lagunas y metidas de pata, indudablemente. Si las pudiéramos ver, seguro no las haríamos. Pero estos dos niños saben que son queridos y no sólo porque tienen qué imaginarse que los gruñidos y regaños eran una forma de cariño.

Yo tomo té con crema. Y le echo vinagre a mis huevos duros. Y cuando recuerdo a mi papá alisándose los bigotes, me imagino que me dice que me quiere y las cosas tienen otro sentido.

El pez inmortal

De pequeña tuve un pollito de los de piñata, de esos que no sobreviven el camino a casa. El mío hasta llegó a cantarle al sol. Todo iba bien, nos queríamos con Goyo, hasta que se comió las flores de mi mamá y lo regaló. A la niña le dieron un pez en la mañana deportiva del colegio y se lo transportamos con todas las advertencias del caso: que seguro no iba a sobrevivir el día, que los peces son delicados, que no se hiciera ilusiones. Casi cuatro meses más tarde, el animal es el rey de una pecera que ha servido de ataúd a incontables criaturas acuáticas compradas y cuidadas con primor. Algo deben tener los mutantes regalados que aguantan bajo las circunstancias adecuadas.

Nos da esperanza, que haya cosas que sobrevivan contra todo pronóstico. Las flores entre las grietas del pavimento, las historias de perros perdidos que vuelven a sus casas, el rescate de personas en peligro. Ganarle a la muerte nos da sentido en la vida, aunque sepamos bien que la victoria no es permanente, sólo atrasa un poco el final inevitable. Vivir con esa dicotomía, la de querer ser inmortal sabiendo que estamos a un paso de ser abono, nos empuja a nuestras obras de creación. Somos los únicos seres que dejan tras de sí una huella concreta de su existencia, como si nuestro recuerdo construyera las civilizaciones por venir. En cierto modo lo hace.

El pez va a morir. Eventualmente. Igual que todos. Pero eso no nos impide nadar con tanto gusto en la pecera que habitamos.

Soltar el bulto

Me hinché. Casi seis libras en dos o tres días. Me siento como sapo y no hay mucho que pueda hacer más que esperar. Pasa de vez en cuando. La sensación es incómoda, no está localizada y no es necesariamente evidente. No puedo decir: ve, aquí me duele. Y esa falta de especifidad lo hace confuso. Como si no existiera. Pero sí.

En mucho se parece a los sentimientos sin resolver. Nos molestan y no los podemos nombrar y menos sacarlos. Es el recuerdo de alguien sin cara ni nombre que sale en nuestras pesadillas. Es la picazón en la espalda que no alcanzamos. A veces es preferible un golpe evidente a esos fantasmas contra los que no podemos pelear. No se puede golpear el humo. Pero sí respirar y sacarlo. Esparcilo por el viento.

Así que esperaré, respirando, a que se me pase la hinchazón y la incomodidad.

El gusto personal

Nada tan particular como los gustos de comida. La belleza visual tiene parámetros objetivos, matemáticos inclusive. Pero lo que a uno le gusta comer es completamente subjetivo. Como los sentimientos.

Tiene también qué ver con la educación que uno le da a su paladar y lo abierto que está para probar cosas nuevas. Nada tan sin sentido como el instinto de decir que a uno no le gusta algo que no ha probado, pero todos los que vivimos con niños sabemos que esa es la primera reacción. El enseñarles a aventurarse y a no hacer juicios sin evidencia es parte del largo camino que toca para darles las llaves de un mundo más amplio.

Me gusta pensar que ampliarles la escogencia de comida es hacerlos mejores. Al menos tendrán más oportunidades de comer en muchas partes.

Mi libro favorito

El niño acaba de terminar Ender´s Game y le traté de dar The Hitchhiker´s Guide to the Galaxy, pero aún no lo entiende. Está bien, cuando se ría de la primera estupidez genial, sabré que ya creció. Porque ese es mi libro favorito. O por lo menos el que pensé que era mi favorito en el momento en el que se lo di. Pero también me recuerdo con cariño de El nombre de la rosa. O de la saga de Dune. O de Anne of Green Gables. Y se me va la memoria de todos los otros que han sido mis favoritos. El problema, o la ventaja, es que con los libros me pasa lo mismo que con la música: me gusta más el que me está gustando ahorita.

Cambiar de cosas favoritas es una ventaja enorme, porque nos mantiene buscando algo más. La gente que se queda parqueada en una época de su vida es como ese adolescente del colegio popular y guapo que ahora de bastante adulto sigue contando las mismas historias porque ya no continuó con su vida. Pensar que lo mejor de tu vida está atrás, es no tener futuro. Tampoco se puede vivir para adelante, porque eso aún no ha sucedido. Y, aunque es algo muy facilón y «moderno» hablar de vivir en el presente, la sencillez de aceptar que eso es lo único que tenemos de verdad es liberadora.

Como no pudo leer el que le di, le pasé The Road, porque es fantástico y cruel y ya tiene edad para leer cosas que lo incomoden. Y yo tengo muchos años para pasarle mis libros favoritos.

Ya hago frijoles a mi gusto

Pocas cosas como la comida para hacer viajes en el tiempo. Por eso atesoramos las recetas de las abuelas. Cuando me regresaron el libro de mi mamá y pude hacer mi pollo con almendras, recuperé un pedazo pequeño de felicidad, de infancia. Hay cosas que definitivamente no he podido replicar, como los frijoles, porque nunca vi cómo los hacía. Y, obvio, no me quedan igual.

Los recuerdos y los gustos tienen un sitio en el presente. Nada mejor que aprender lo que uno realmente quiere. Agregarle lo personal a lo familiar e integrarlo a la tradición es lo que nos hace humanos. El cambio y la permanencia, una torre que se construye sobre uno mismo, la base que le dejamos a nuestros hijos, nuestra trascendencia.

Como los frijoles. Que hoy hice a mi gusto y al de mis hijos. Me va a gustar probar cómo los hagan ellos en sus casas.

La última que uno prueba

Estoy armando un rompecabezas cuya tercera parte es beige. Todas las piezas tienen la misma forma básica. Y sólo me queda ir probando una por una. Hasta que encuentro la correcta.

Probar hasta que encaja puede ser un buen lema para la vida. Otra forma de tener esperanza, tal vez. Vamos probando piezas hasta encontrar la que queda bien y si no queda bien, seguimos. La necedad se llama perseverancia cuando logra su cometido. Es una pura cuestión de consistencia.

Siempre queda una oportunidad siguiente para intentarlo. Hasta que salga. Aunque uno se tarde. Lo peor que pasa es que no venía la pieza en la caja. Pero lograr armarlo casi todo, también tiene su mérito.