Mi papá le echaba limón al té. Y vinagre a los huevos duros. Y chiltepe a todo. Pequeñas idiosincracias que tengo muy presentes, más cuando lo que trato de acordarme que quisiera tener grabado no existe. La relación con mi papá fue complicada y no llegamos nunca a desenmarañarla, porque no creo que hubiera un buen traductor para entendernos. Pasa y ya pasó. Hoy celebramos el día del padre, mis hijos le escribieron un librito al suyo y lo escucho decirles que los quiere, reírse con ellos, afirmarles las cosas bonitas.
Mario tiene, por mucho, mejor modo que yo para negociar con ellos. Entiende mejor su postura y les valida sus «argumentos». No pasan tanto tiempo juntos en circunstancias normales, pero este encierro nos ha permitido compartirnos y, aunque siguen viniendo a mí con la mayor parte de sus cosas, saben que él está.
Hay lagunas y metidas de pata, indudablemente. Si las pudiéramos ver, seguro no las haríamos. Pero estos dos niños saben que son queridos y no sólo porque tienen qué imaginarse que los gruñidos y regaños eran una forma de cariño.
Yo tomo té con crema. Y le echo vinagre a mis huevos duros. Y cuando recuerdo a mi papá alisándose los bigotes, me imagino que me dice que me quiere y las cosas tienen otro sentido.
