Lo perfecto no sirve

Estoy sentada en un lugar en el que podría escribir una novela. Está aislado de todo, no hay gente a mi alrededor y no he dejado de pensar que aquí podría quedarme, sobre todo en estos tiempos en los que el comedor me ha servido de centro de operaciones y todo el mundo pasa hablándome. Perfección. Inalcanzable por mucho tiempo, mejor dicho, insostenible. Porque mi vida no transcurre en este sitio, tengo cosas qué hacer (dejé las toallas en la lavadora) y me tengo que ir en un par de horas.

Lo perfecto es enemigo de lo bueno, decía mi papá, dicho del que me he quejado antes y que ahora entiendo a la perfección. Si tuviera que esperar el momento perfecto para hacer cualquier cosa, ya me hubiera atrofiado. Ese momento existe un instante y luego se va. Lo que sí hay es el momento adecuado, como ahorita que tenía veinte minutos y pude escribir.

Y ya. El momento se fue. Regresaré a mi comedor.

Destellos

La vida se puede pasar durmiendo entre los pensamientos que nos arrastran, o precisamente despierto, fijándonos en absolutamente todo. Estos son los dos extremos de la existencia y rara vez nos situamos permanentemente en uno de ellos. La mayor parte de las veces tenemos destellos de claridad, como el cielo entormentado. Alargar esos momentos es una de las tareas de nuestra madurez, darnos exquisita cuenta de cada uno de nuestros sentimientos, de la realidad que nos rodea, de cómo nos perdemos. Hasta reparar que estamos distraídos. O dejarnos llevar a propósito. No me veo en ninguna forma de futuro cercano llevando mi pobre práctica de meditación a planos más permanentes. Es un ejercicio extenuante y a veces es rico dejarme llevar en la corriente del día, aunque eso tenga como consecuencia a veces que el modo automático sea muy feo. Yo me vuelvo muy fea cuando no me despierto a mis actitudes, a mis reacciones. No me gusta quién soy cuando no me doy cuenta. Así que cada día decido iluminar un poco más de tiempo esta vida en la que camino. Ver no siempre es satisfactorio, pero al menos no me pierdo de lo que pueda haber más allá.

El clima cambia

Salí a leer a mi silla nueva. Había sol. Comenzó a llover. Parece que las cosas no tienen mucho sentido a veces con el clima. O con mi estómago que ya no aguanta ni un tercio de bolsa de cochinadas y me tiene doblada. Las cosas cambian.

Como si fuera un juego de expectativas y pronósticos. Jugamos más a la lotería que al ajedrez. Porque no tenemos todas las variables a nuestro alcance, no vemos todo el tablero. Seguimos a veces las reglas que pusimos al principio, aún cuando ya no estamos en el mismo juego. Y allí perdemos. Insistir en mantener un estado que no existe, que se quedó atrás, nos arrastra a la insatisfacción y el dolor.

Como el de estómago que tengo ahorita. Ya no puedo bajarme las cochinadas de cuando tenía veinte. Ni le cae bien a mi libro que me quede bajo la lluvia.

La misma vista

Fue el día de la madre y sí me cocinaron una pizza sin dejar la cocina como zona de guerra. Eso era suficiente regalo, pero, además, me dieron una silla para poner en mi terraza. Veo la misma vecindad que me ha rodeado desde pequeña, pero desde una perspectiva distinta.

Tal vez así se pasa mejor este encierro: contemplando la misma pared con otras ideas. Al final del día, lo único que cambia lo que percibimos es nuestra propia mente, así que hay que considerar otras alternativas, hasta el ángulo desde donde se miran las cosas. Aprender a pararse de cabeza, por decirlo así, y ver con ojos nuevos las cosas viejas.

Así perduran las relaciones, encontrándose los cambios. Así se pone alto al aburrimiento. Y, así, pasamos un encierro que nos obliga a estar en lo mismo. Al menos eso espero que sea cierto, mientras me siento en mi regalo.

Salidas apocalípticas

Hago compras más o menos cada quince días, lejanos quedaron aquellos tiempos de ir al súper una o tres veces por semana, para comprar cosas olvidadas, antojadas o simplemente imaginadas. El arte de la organización a largo plazo con espacio de refrigeradora limitado es algo que ocupa no poco espacio personal. Suena a exageración, pero en casa comemos cuatro personas (un preadolescente incluido que come como tres, a veces) y todo tiene que alcanzarme y durar hasta la siguiente salida.

Lo importante es la adaptación. Aprovechar lo que hay. Y no permitir que un pedazo medio feo de un chile marrón impida que se vaya al horno. Todo se usa, porque salir a traer más es incómodo y los recursos son escasos. No está mal. He aprendido a cocinar y comer panza, por ejemplo. Uso mucha menos ropa. Compro menos carne. Y, hasta ahora, no hay quejas.

Poder salir, traer comida, prepararla, es algo que aprecio todos los días. Aunque haya alguna molestia involucrada en más de uno de los pasos. Y, me digo a mí misma que salir con mascarilla es misterioso y que puedo aprovechar de estar en peores fachas de lo normal, sin que nadie me reconozca. También hay ventajas.

Un poco más

El sábado no quería hacer ejercicio, ni levantarme de la cama, ni cocinar. Pero es un día como los otros y me doy cuenta que mi cuerpo no sabe de días, el sol sigue su camino y mi gente igual tiene que comer.

A veces nos quedamos trabados en el pedazo de abajo. En ese momento en que no queremos nada. Renegamos de los últimos cinco minutos de todo. Pero, así como una respiración sucede a la otra, igual al día siguiente se nos acumulan las cosas que dejamos e igual terminamos después.

Es poco lo que falta. Para cualquier cosa. Así hice más ejercicio, después de salir de la cama. Pero pedí comida.

Lo que he aprendido estos 12 años

  1. Que hay muchas más cosas de qué preocuparse de las que pensé.
  2. Que no hay forma de aprender sin arruinar.
  3. Que no hay libros que me digan todo lo que tengo que saber.
  4. Que una salida en carro para ir a traer un helado sirve para arreglar casi todo.
  5. Que ver una peli todos juntos es una buena manera de pasar el tiempo.
  6. Que mi gente sabe hacerme pizza.
  7. Que puedo explicar por qué sí y no, con toda la racionalidad y detalle del mundo y de todas formas me van a pedir otra explicación.
  8. Que puedo amar sin condiciones.
  9. Que está bien querer un descanso.
  10. Que soy, por mucho, una mamá defectuosa. Pero le hago ganas todos los días.

Las últimas veces

En estos días, me he cachado pensando varias veces «la última vez que»… cualquier cosa: fui al cine, comí en un restaurante, usé bra. Y sí tienen un significado especial, porque no veo un panorama concreto para repetirlas. Al menos no en el futuro mediano.

Pero todo eso es una mera ficción. Porque siempre estamos haciendo las últimas veces de todo y sólo no nos hemos dado cuenta. Es más, esas resoluciones de «si esta fuera la última vez que nos vemos», para motivarnos a dejar una impresión positiva en las personas y que nos recuerden bonito, no sirven de mucho.

La vida entera está llena de últimas veces, simplemente porque nunca se repiten, el tiempo todo lo transforma, nosotros no somos iguales. Si durante mucho tiempo hemos sido una basura, que el día de nuestra muerte seamos dulces ¿de qué sirve? Hoy, ahora, es la última vez de todas las cosas que repetimos. De lo que queremos volver a hacer. De lo que ya dejamos atrás. Hoy fue el último día que hablaste con la persona que amas. Hasta mañana, y eso quién sabe.

Hoy no hice nada

Comenzó la tendencia cuando, en vez de concentrarme en la meditación, se me ocurrieron dos o tres ideas de cosas nuevas qué hacer. Una ya está en proceso. Luego siguió con un video de ejercicios distinto del que hago (el doble de tiempo), más la clase de karate. Desayunos hechos, cambié las sábanas y toallas. Ahora reviso tareas (arreo niños, más bien), recogí la botella de desinfectante de alimentos que destrozó la niña y espero que sea el mediodía para hacer el almuerzo. Nada. Incluido el trabajo, que también me necesitan.

Eso quiero hacer hoy. Nada. Y de todas formas me levanto y desdigo mi inclinación, porque toca. Ser adulto es enfrentarse a muchas de las cosas que nos impiden avanzar, principalmente las que llevamos dentro. La pereza es un arma poderosa cuando se usa para hacerse la vida más fácil, pero un veneno demasiado peligroso cuando no nos deja ser responsables.

La vida contemplativa, la que permite crear obras de arte, me está vedada en estos momentos, por las circunstancias que me empujan y atropellan. Adiós las tardes de escribir con tranquilidad y los espacios en blanco en la piscina para pensar. Pero ya vendrán. Para mientras, seguiré haciendo nada, después de terminarlo todo.

Detesto las gavetas

Y los espacios cerrados, en donde uno amontona todo lo que no quiere ver. Las cajas opacas. Las bolsas con cosas. Es invariablemente la puerta a otra dimensión en la que uno esconde lo que le molesta y no regresa hasta que amenaza con estallar.

Tengo que ordenar una bodega, que es mi mantra y mi castigo desde hace catorce años. Lo he hecho ya un par de veces y sigo teniendo cosas sin usar porque eran de otra persona. Que ya no está. Que no se puede enojar porque yo no las use.

Ya comencé y siento cargo de consciencia. Pero lo voy a terminar. Esta vez sí. Porque vamos a llegar a otros 14 años y allí seguirá esa bomba de tiempo estallándome en el cerebro cada vez que tengo que buscar algo allí.