Convertir el tiempo

Me toca cambiar un horario al local para una reunión de la niña. Hablo con un amigo que ya vive en mañana y con otra que sólo tiene medio día de diferencia. La forma que medimos las horas tiene más qué ver con el lugar en donde estamos.

Los griegos creían que tres diosas tenían en sus manos nuestras vidas, una madeja qué tejer y cortar. Los budistas lo miran como una rueda de la cual escaparse. Nosotros creo que lo hemos banalizado al número en nuestros teléfonos.

Convertirse en la vida que uno lleva, no el tiempo que uno pasa. Tal vez allí está la eternidad.

No es lo mismo

Mi vida es muy parecida a la de cualquiera y aún así, cuando quiero decir “yo sé, a mí ya me pasó”, me muerdo la lengua. Porque nada es igual, porque aunque lo fuera, no nos sirve de nada el concurso de anécdotas y porque es una cosa demasiado egoísta pensar que porque yo ya pasé por una situación, sé lo que hay qué hacer.

Las experiencias semejantes ayudan para que uno pueda empatizar con el otro. Pero no para dar instrucciones. Los seres humanos no somos sólo algoritmos (aunque casi) que se puedan resolver. Somos más complejos. Hasta la misma creencia que lo somos, nos hace distintos. Sí, el hecho de ser “únicos e irrepetibles” es la condición más repetida sobre la existencia. Y eso debería también servirnos para nosotros. Nunca para hacer sentir de menos a alguien.

Que te cuenten su historia. Aunque la hayas escuchado miles de veces. La narrativa tal vez no te sea nueva a ti, pero sí a quien la vive por primera vez. Y nunca es igual.

Olvidé que era tu cumpleaños

Lo recordé hoy, una semana y pico después y me sentí muy, muy mal. Es interesante cómo nos puede hacer sentir mal un muerto, porque somos nosotros mismos los que le metemos algo que no existe. No hay relación más constante que la que no existe más, y alimentamos de recuerdos. Creo que no me haces falta, lo siento, pero sí siento la necesidad de recordarte, aunque esa idea se me desdibuje entre emociones contradictorias. Estoy segura que hubo cariño, pero no puedo decir con la misma confianza que haya habido una relación qué echar de menos. No tengo una sola pieza en mi corazón que se sienta vacía sin ti. Y eso me da tristeza. Tuve la oportunidad de hacer algo distinto entre nosotros y simplemente no hubo tiempo. O ganas. O ambos. Difícil eras, definitivamente, pero eso no me quita la parte de la responsabilidad que me corresponde. Las relaciones son de dos vías y ahora una está deshabilitada permanentemente.

En fin. Se me olvidó tu cumpleaños, tanto el de tu muerte como el de tu nacimiento que están convenientemente cerca. ¿Se vale decirte feliz cumpleaños? A ti seguro no te es importante y para mí debió haberlo sido. Lo siento.

Hilvanar historias

Estoy recordando los pedazos de la historia de mi familia que recuerdo de conversaciones pasadas con mis padres. Éramos un núcleo familiar aislado dentro de dos ramas enormes, por un lado porque se habían peleado y por el otro porque a mi papá le caían mal todos mis tíos (o sea, también con ellos se peleó). Resulta que no tengo mucha noción de dónde vienen ni qué hicieron mis antepasados, pero sí tengo, seguro, mucho material genético deformado por sus vidas. Es interesante encontrar las coincidencias, tan siquiera por saber que todos venimos de la misma especie.

Por eso me gusta escuchar la historia personal de la gente a mi alrededor. En todas encuentro algo especial y algo común. Ese hilo conductor que sirve para ponernos a todos en el mismo plano. Lo que más nos acercan son nuestras emociones y son las mismas las que nos hacen retirarnos de alguien. Como los enojos. Supongo que podría tener sesgos muy inclinados al momento de bordar el tejido de mi familia, sobre todo si sólo escucho una parte de la historia. Tal vez por eso me gusta esta especie de limbo en el que crecí, porque me permite observar de lejos. Y tratar de unir los relatos, junto con los de cualquier persona que me hable de su familia más de cinco minutos.

Hoy te digo

Que tus rutinas ayudan a todos a tener días más fáciles, aunque a veces sean difíciles para ti de mantener. Que las cosas complicadas que cocinas te acercan a la memoria feliz de los tuyos. Que los abrazos que tienes que recordarte de dar son el mejor principio de cualquier día. Que puedes estar cansada y no hacer nada un día, para poder hacerlo todo los siguientes. Que se vale que no puedas esos días tampoco. Que eres perseverante, aunque a veces sólo parezcas necia. Que eres amable, en el sentido de merecer que te amen. Que eres suficiente y te queda hasta para guardar. Que en los días soleados, puedes salir a cargar baterías y en los días lluviosos, tomar chocolate caliente. Que puedes mejorar, siempre, pero eso no quiere decir que estés mal. Que está bien comer mal.

Hoy te digo que te quiero. Espero que lo recuerdes.

El clima sin tiempo

Hoy está destemplado el día. Expresión perfecta para describir los días sin color, porque el sol se esconde y el calor, porque no hay, pero tampoco hay frío y aún no llueve. Un día para quedarse en casa, aunque se pudiera salir. Encendemos las luces aunque no sea tarde, tomamos algo caliente y esperamos lo que seguro viene.

Las esperas, donde se hagan, siempre tienen ese tinte gris. Mejor dicho, no tienen tinte, ni forma, ni tiempo. Son estos días sin clima, horas sin números y semanas sin nombre. Las hojas en blanco que enseñan lo que uno no ha escrito y los teléfonos mudos que se quedaron sin hablar.

La vida así es eso que crece debajo de una piedra y nunca sale al sol. Mejor que llueva hasta arrastrarnos o que el calor nos derrita. Hasta lo incómodo es mejor que la no existencia.

Pero hoy esta nublado sin lluvia y no queda otra cosa que hacer algo mientras se espera.

Un ayuno

Tengo desde (creo) octubre de hacer ayuno intermitente. Es sólo cuestión de comer a ciertas horas, cosa que para mi necesidad de control, es una maravilla. La rutina hasta para eso es un bote salvavidas. Y ahora más. No sabiendo si nos van a dejar en casa hoy, mañana, pasado y/o toda la semana, tener una medida de medida sobre lo que como me calma.

Pero… (tan llenos de peros mis escritos), entiendo que esto es una ilusión, que de nada sirve ver qué me meto a la boca si no cuido lo que sale de ella, que nada de lo que tengo en mis manos ordenar hace algo por ayudar a lo grande y que, al final, todo lo que logre en estos días es un paso más hacia el futuro que no sé si quiero que venga, así como viene.

Igual. He hecho ayuno en estos días, no he tomado entre semana, sigo haciendo ejercicio y meditando. Trato de mantenerme lo más cercano a ser persona agradable que puedo, porque eso sí lo puedo controlar y más me vale, teniendo que compartir espacio con la gente que más quiero. El chiste, al final de todo esto, creo que va a ser salir no sólo vivos, sino mejores. Ni idea cómo hacer eso. Al menos no saldré rodando.

Falta de espacio

Traté de escribir un cuento. Necesito por lo menos dos horas de atención no interrumpida para poder poner en unas doscientas palabras la idea que me atormenta desde hace unos días. Siempre es así, el cuento ya está hecho, yo sólo tengo que observarlo y describirlo. Casi como una interpretación de las hojas del té, la narración va surgiendo. Pero para eso necesito paz. Aunque yo misma salga a respirar, es un momento que me doy yo.

Por otro lado, el constante “Mama” de dos niños que creen que vivo para ellos definitivamente no es el medio ideal para hacer nada creativo. Se me escapa el susurro y queda ahogado entre las voces de este par de engendros que quieren a su mamá, aún esta versión tipo ogro.

Pero es lo que hay. Y, aunque no puedo decir que no me quejo, porque precisamente eso hago, no lamento demasiado mi pérdida de espacio. Porque estos meses los he visto crecer y he tenido el gusto de acompañarlos a pasar momentos difíciles. Espero que las ideas me tengan paciencia.

O se saca o se olvida

Quedarme con cosas por decir no es lo mío. Casi siempre elaboro cada una de las ideas que tengo, reboto palabras contra cualquier oído dispuesto y escribo y escribo. Me gusta ver cómo mis pensamientos vuelan y se juntan, formando algo más grande.

Pero no siempre digo todo lo que siento porque creo que las emociones no son buenas consejeras de lo adecuado para decir. Sobre todo las negativas. Entonces me siento sobre las palabras con la esperanza que se desvanezcan. A veces lo logro. Otras…

Como en todo, debo encontrar el camino en medio entre soltarlo todo y encerrarme. Tal vez lo más sensato es preguntarme qué es más útil de acuerdo a mi objetivo. Y tratar de lograrlo.

El fin es lo primero

Decir que el fin justifica los medios es no entender que el fin es más importante que los medios. Llegar a una meta muchas veces implica cambiar el camino para acercarse a donde uno quiere, con distintos métodos, hasta parando un poco en el camino.
Hace poco me tatué lo que debe ser mi mantra en el antebrazo izquierdo “El control no es poder”, para recordarme que muy pocas cosas puedo cambiar, pero sí puedo navegarlas. Las personas que no aceptan su incapacidad por tener todo en las manos, son generalmente las que atropellan a todos para lograr lo que quieren. Y dudo mucho que lo obtengan de verdad.
El fin, la meta, es lo más importante. Pero nos toca a nosotros adecuar el cómo.