El momento justo

He tratado de leer Tropic of Cancer de Miller tres veces en tantos años y no paso de la página 50. Me parece repulsivo. Luego recuerdo los otros libros que me han caído mal antes y que me gustan después. Todo tiene un momento.

Pasa frecuentemente con las pelis que escogemos para ver con los niños. El criterio de qué es adecuado es más un arte que una fórmula matemática y se reduce a no querer llenarles la mente de cosas para las que aún no están preparados. Todo tiene matices y si no se pueden discutir por falta de cualquier cosa (edad, experiencia, disposición), se pierden y lo que queda es lo más burdo.

Al igual que con Miller, The Sopranos no me había llamado la atención hasta hace unos meses. Al contrario que el libro, esa serie sí la estoy viendo con gusto. Espero que en este cuarto intento, pase de la página 100.

Un café o un té

Tantas veces que un café se vuelve una plática y el líquido pasa de servirse en taza a copa, púrpura al final del día. Extraño las tardes sentada en un lugar que no sea mi casa con alguien que no sea mi familia, para hablar de cosas que no sean el virus. Y también acepto que me gusta la cercanía que hemos tenido en estos meses con los míos, las comidas compartidas y los vinos de los viernes. Quiero creer que había cosas flojas que apretamos (me lo escribieron en una carta) y que me hace falta todo lo que me estaba sobrando.

Ahora tomo té en la mañana, una taza extra después de almuerzo y mucha agua para ahogar los deseos innecesarios. Podría estar viendo una serie de adultos, pero en la mesa del comedor estamos los cuatro, cada uno con lo suyo y esto también me hace bien. Me he enterado de la marea de emociones de los engendros y cómo navegarla. Y también en dónde regalar las mías.

Nada volverá a ser igual. Igual nada nunca lo es.

Un lunes más

Vivir en estos tiempos es estar entregados a lo surreal. Ese plano que se sale de lo normal, pero que de todas formas podemos palpar. ¿Qué otra queda cuando el mundo se desmorona? Nada más que seguir. Y querer.

Me tocó pasar mi cumpleaños en el encierro y me la he pasado lindo. Hasta con pizza. Quiero lo que tengo y eso me hace afortunada. Tal vez no lo hubiera apreciado de otra manera.

Gracias por todo.

Una por una

En algún libro leí que un elefante se come un bocado a la vez. Chiste viejo, verdad antigua. Y me está pasando con el mentado rompecabezas que armo ahora. No hay manera de ordenar bien las piezas, tengo que fijarme en el patrón y buscar de una en una. La tarea parece interminable.

Todas las hazañas del mundo se perciben como milagrosas. Alguien que descubre un invento, la solución a una fórmula inalcanzable, la pose de yoga que desafía la biología. Y es porque no acompañamos en el camino a la persona que logra todo eso. Muchas veces, los pasos son cortos, hay pausas, hasta retrocesos. En realidad, el éxito es la única diferencia entre la necedad y la perseverancia. Y aunque tiene mucho qué ver que el avance sea en la dirección correcta, hay que admitir que para cualquier resultado, hasta los que no queremos, lo que se requiere es aportarle algo de forma constante.

Todos tenemos rutinas que dan exactamente los frutos para los que están diseñadas. Hay que revisar lo que obtenemos y ver si eso es lo que queremos. Y seguir comiendo el elefante bocado a bocado. Tal vez algún día termine este rompecabezas.

Un poco es demasiado

Me siento a revisar tareas con el niño preadolescente y huelo vainilla. Se hace leche con café y avena y hoy le echó una tapita de concentrado de esa esencia, pero una tapita es demasiado y todo se siente exagerado. Algo pasa en su cerebro estos días que se va exprimiendo hasta no dejar mucho más que ojos y dientes. Resulta que, a esa edad, comienzan todas las neuronas a volverse más eficientes en su comunicación. Surge la necesidad de reforzar la red automática que se asienta en la corteza prefrontal y cada conexión se agiliza. Pero perdemos integración. Con cada año que pasa y más información que tenemos, menos le ponemos atención a los detalles porque creemos que tenemos todas las respuestas. Rellenamos los espacios vacíos porque necesitamos ser más rápidos. O al menos eso requería nuestro entorno cuando debíamos huir de depredadores. Ahora que no es necesario, ¿de qué tanto nos estaremos perdiendo?

Un poco a veces es demasiado, como el olor de mucha esencia de vainilla que le ponemos al café. Pero, el poder fijarnos en ese poco, sí hace una diferencia.

En seis días

Mi cumpleaños es el domingo. No me gusta celebrarlos. Y resulta que este año estoy feliz de cumplir años. Qué sé yo cómo funciona esto. Tal vez es porque no tengo presión de hacer algo y puedo genuinamente pedir algo que yo quiero. Pizza, vino, waffles, relámpagos. Todo lo que no como y que se me antoja. Cosas nada complicadas. Estar con los míos. Tal vez buscar una película.

Hay cosas que se cuelan y comienzan a ocupar espacio. Son pequeñas al principio pero se acumulan hasta pesar. Los recuerdos también. Este año estoy desempolvando los cuartos de mi vida y me siento más liviana. Puedo ponerle energía a lo que sí me importa. Y pensar en la comida que quiero para mí.

El rito y la sustancia

Tan rico hacer una receta que quede bien. Entre los pasteles que se tienen que medir con exactitud, los panes que se deben calcular con el tacto y la comida salada que hay que inspirarse, las recetas son fórmulas, guías y sugerencias. Encontrar una que sirva tiene magia en sí. Y el proceso de realizarla hasta comerse el primer bocado es alquimia. El rito de comer en familia nos une desde la primera fogata y regresamos a él todos los días.

Lindos los domingos sin prisas. Hasta el café es pócima. Entre el pan del desayuno hecho el sábado, las costillas del almuerzo y un remedo de pastel en taza, la comida que me doy permiso estos días adquiere toda la dimensión de las cosas prohibidas que se atesoran. Porque estoy con los míos y es lo mejor de todo.

Volveré a escribir

Cuando nade, cuando maneje sola, cuando no revise tareas. O cuando me siente a escribir. Un párrafo a la vez y serán buenos. O no. Y ya lo hago siempre, pero venir aquí a veces me distrae.

Escribir es armar rompecabezas con palabras, dejar que la historia se cuente sola y en estos días no me he podido sentar a escucharla. Pero… hoy me senté a poner algo en la pantalla. Mañana haré lo mismo y saldrá lo que sea. Va a ser glorioso. Y no porque lo que escribo sea bueno, pero hacerlo sí lo es.

Los días veganos

Decidimos, para no quedarnos con las ganas de probarlo, hacer días veganos en casa. Quedan justo después de mis días de ayuno, así que a la hora del almuerzo los martes, podría comer casi cualquier cosa y pensar que sabe rico. Y, sí, saben rico los garbanzos y los vegetales rostizados. Pero me hace falta la proteína y tal vez los miércoles son mis días favoritos.

La ventaja de tener días que se salgan de la rutina, es que nos ayudan a reinstaurarla. Sólo porque creemos que no tenemos disciplina, no quiere decir que no hagamos cosas consistentemente, lo que pasa es que no necesariamente hacemos las cosas que mejor nos caen. Como ejercicio, o escribir, o meditar. Es fácil decir que lo único que se necesita para hacer algo es hacerlo. Fácil y suena tonto. Pero es lo más importante. Vencer el microsegundo de rutina ya instaurada que nos impide levantarnos y simplemente comenzar.

Los martes instauramos los días veganos y ya son parte de la rutina, aún cuando lo que hacen es interrumpir la que siempre llevamos. Ya lo hago en automático, el menú varía y la inversión de pensar cómo ponerles los vegetales a la gente de la casa para que se los coma es intensa, pero gratificante. Pero no quiere decir que no ansíe el pollito de mañana.

Una taza grande

Hay cosas que me gustan grandes. Las tazas, por ejemplo. Así tomo todo el café de un solo y no voy por más. Cuando lo hago en tazas pequeñas, termino tomando tres o cuatro veces lo de siempre. Pura cuestión de percepción. Igual que comer “boquitas”. Nunca sacian, porque siempre cree uno que fueron pocas. O servirse en un plato pequeño la comida para que parezca mucha.

Hay demasiadas formas de engañarnos. Es divertido que uno mismo sea quien lo hace y se lo cree. ¿Será que podemos ocultarnos de manera efectiva las cosas? Lástima que creer que lo que uno come parado frente a la refri no engorda no sea suficiente para que no lo haga.

Y ese es el problema de los autoengaños. Siguen siendo mentiras y tarde o temprano debemos enfrentar la realidad. Tener esa conversación incómoda. Aceptar el error. Sentir esa emoción negativa. Querer ver una cosa distinta de lo que es, sólo enferma. Y tomar demasiado café también.