Pocas cosas como la comida para hacer viajes en el tiempo. Por eso atesoramos las recetas de las abuelas. Cuando me regresaron el libro de mi mamá y pude hacer mi pollo con almendras, recuperé un pedazo pequeño de felicidad, de infancia. Hay cosas que definitivamente no he podido replicar, como los frijoles, porque nunca vi cómo los hacía. Y, obvio, no me quedan igual.
Los recuerdos y los gustos tienen un sitio en el presente. Nada mejor que aprender lo que uno realmente quiere. Agregarle lo personal a lo familiar e integrarlo a la tradición es lo que nos hace humanos. El cambio y la permanencia, una torre que se construye sobre uno mismo, la base que le dejamos a nuestros hijos, nuestra trascendencia.
Como los frijoles. Que hoy hice a mi gusto y al de mis hijos. Me va a gustar probar cómo los hagan ellos en sus casas.
