El pez inmortal

De pequeña tuve un pollito de los de piñata, de esos que no sobreviven el camino a casa. El mío hasta llegó a cantarle al sol. Todo iba bien, nos queríamos con Goyo, hasta que se comió las flores de mi mamá y lo regaló. A la niña le dieron un pez en la mañana deportiva del colegio y se lo transportamos con todas las advertencias del caso: que seguro no iba a sobrevivir el día, que los peces son delicados, que no se hiciera ilusiones. Casi cuatro meses más tarde, el animal es el rey de una pecera que ha servido de ataúd a incontables criaturas acuáticas compradas y cuidadas con primor. Algo deben tener los mutantes regalados que aguantan bajo las circunstancias adecuadas.

Nos da esperanza, que haya cosas que sobrevivan contra todo pronóstico. Las flores entre las grietas del pavimento, las historias de perros perdidos que vuelven a sus casas, el rescate de personas en peligro. Ganarle a la muerte nos da sentido en la vida, aunque sepamos bien que la victoria no es permanente, sólo atrasa un poco el final inevitable. Vivir con esa dicotomía, la de querer ser inmortal sabiendo que estamos a un paso de ser abono, nos empuja a nuestras obras de creación. Somos los únicos seres que dejan tras de sí una huella concreta de su existencia, como si nuestro recuerdo construyera las civilizaciones por venir. En cierto modo lo hace.

El pez va a morir. Eventualmente. Igual que todos. Pero eso no nos impide nadar con tanto gusto en la pecera que habitamos.

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