Me tomo fotos

En todas partes, con todo el mundo. Le tomo también a la comida y a mis gatos. Obligo a mis hijos, les pido a la gente que quiero. Las fotos me sitúan en un momento bonito y me hacen regresar.

Me gusta verme en una foto, porque sé que jamás voy a volver a ser igual y, probablemente, tampoco haya sido como lo recuerdo. Y está bien. Es un acto de magia que perdura y se multiplica. Las notas de resumen de la vida que luego juntamos y volvemos a contarnos, aunque no sean tan fieles. No importa.

Hoy hicimos las empanadas de ciruela de la receta de mi mamá con la niña y las fotos nos tienen sonriendo juntas luego de una semana complicada. En un año voy a regresar a las sonrisas y ni voy a recordar las peleas. Mejor así.

El tiempo se detiende

La mejor forma de hacer que pare el tiempo es sostener una plancha (las de ejercicio). O estar debajo del agua. O estar aburrida. Tan aburrida. Como hoy que vamos a mitad de la semana y ¿en dónde se meten las horas para multiplicarse? ¿También ellas engordan con la pandemia y por eso son más lentas?

Aunque lo podemos medir con exactitud, nuestra percepción del tiempo es completamente plástica. Miren si un minuto, el mismo, no se les hace eterno bajo una ducha fría e inexistente con un beso. Tal vez la cura del aburrimiento sea poner atención aguda a lo que está sucediendo, examinar cada segundo que pasa entre nuestras manos como una piedra preciosa, flotar en ese río que nos lleva a todos.

Puede ser que sólo esté aburrida hoy. O que el día fue lento para durarme, porque la vida corre de prisa.

Todo se vuelve normal

Cualquier estado nuevo es uno alterado. Si hace más frío que ayer lo sentimos. O si nos duele algo por primera vez. Todo lo que modifique nuestra realidad constante es una piedra que desvía la corriente por la que vamos navegando. Generalmente nos fijamos aún más si la variante es desagradable.

Al contrario, la familiaridad le quita el filo a las experiencias, hasta las más placenteras. Comer nuestra comida favorita por quinta vez deja de ser igual de agradable que la primera. Y, aunque pasa lo mismo con lo que duele, no creo que sea el estado en el que debemos pasar la existencia.

Una de las cosas que más quiero aprender es a vivir todo como si fuera nuevo. A ver las caras de mis hijos como por primera vez. A comerme ese pedazo de carne como si nunca lo hubiera probado. A palpar el dolor con toda su intensidad. Porque la vida está para fijarse, no para pasar hipnotizada (iba a decir idiotizada) no queriendo darme cuenta de lo que hay a mi alrededor. Así que, hasta esto, que es ponerle el sensor de glucosa a la niña, algo que en sí me causa dolor emocional y a ella físico, vale la pena experimentarlo.

Consistentemente cualquier cosa

Seguir una rutina es el mejor camino para llegar a alguna parte. Que sea el lugar a donde queremos ir no es necesariamente correcto, pero que tiene un final, seguro. Y allí vamos, acercándonos todos los días a una meta, lo sepamos o no.

Las cosas que hacemos de forma consistente definen quiénes somos, no quiénes queremos parecer. Importan poco las intenciones rectas en actitudes torcidas. Y, si no estamos teniendo los resultados que queríamos, lo más importante es revisar la operación. Como cuando uno está haciendo divisiones largas.

En lo personal, mi rutina me ayuda a estar en camino de algo que me gusta. Y cada cierto tiempo, reviso si todavía quiero llegar allí. Porque se vale cambiar de meta.

Yo me puedo hacer mi pie

Encontré la receta de pie de melocotón que hacía mi mamá para mis cumpleaños. Tengo sentimientos encontrados con ese postre: siempre pedía pastel de chocolate, siempre hacía pie de melocotón. Es una de esas cosas de temporada que, además, hay que comer de inmediato porque al día siguiente se ponen espantosos. Pero tampoco puede ser recién salido del horno porque el relleno se hace sopa. O sea… lo efímero hecho postre.

Estoy tratando de tener “mente nueva” para mis experiencias. Si lo pensamos bien, no hemos vivido ni el aliento que respiramos antes, todo es nuevo y todo es maravilloso. Efímero. La belleza se puede volver a sentir como por primera vez y el dolor no importa porque no es acumulable. Todo es nuevo.

Pronto va a ser mi cumpleaños. Ese día no voy a comer pie de melocotón, me lo comí hoy en el momento exacto. Entendí la belleza de hacerlo para alguien que uno quiere. Y el día que me toque, tal vez me haga un pastel de chocolate.

Un problema de perfume

Me encantan los perfumes. Los ácidos para mí. Los que sean ricos en cualquiera. Mi papá siempre me traía de viaje y yo les regalo a mis hijos. Mantengo una ramita de lavanda en la refri. Y ya no me pongo perfume. Porque cocino todo el día y las flores con ajo y aceite no mezclan bien.

Los olores son puertas directas a recuerdos. Pareciera que etiquetamos los momentos de acuerdo al aroma. Así, la lavanda me recuerda a mi papá y el collar de perlas de mi mamá huele a ella y me siento abrazada cuando lo uso. Es algo tan etéreo que apenas puede describirse. Y necesitamos usar referencias de otras cosas para hacerlo.

La gente que huele bien me tiene ganado la mitad del camino a caerme bien. Y los que me dejan su aroma cuando me abrazan, me hacen que los recuerde con una sonrisa.

Inyectar antídotos

Preguntan mis hijos si hay antídotos contra los venenos de las serpientes y, sí, contra algunos. Hay vacunas contra virus y medicinas contra enfermedades, antibióticos contra bacterias y nos vamos inventando cosas que contrarrestan lo que nos daña.

Pero no hay inyecciones que nos hagan hacer algo. No puedo meterles entusiasmo, ni disciplina, ni ambición a mis hijos. Se las puedo explicar de una forma que les sean atractivas, pero, si no están convencidos de quererlas, poco puedo aportarles.

Las emociones nos ayudan a entusiasmarnos para hacer cosas. Entenderlas y utilizarlas nos sirve de energía para realizarlas. Y terminamos queriendo infectar de entusiasmo a los demás. Aunque ellos tengan el antídoto de la hueva contra eso.

Un momento a solas

Estoy ensayando una nueva táctica para tratar a los niños, tomada del famoso poema de Bruce Lee: sé como agua. La disciplina tomada con fuerza y fluidez es más efectiva. Al menos así pareciera en un principio.

Pero también de eso me canso. Y me vengo al último rincón de la casa, mi cuarto, a pasar un momento a solas. Qué poco trabajo tiene uno más que fluir y eso es tal vez lo que más cuesta de todo.

Voy a regresar a mi tarea de llenar las horas del día. Pero en un ratito.

Me hacía falta

No te había escrito y mis días no acaban sin hacerlo. Venir y ponerme en palabras puede ser lo menos trascendente de mi vida, pero lo más importante.

El domingo transcurrió como otros y ninguno es igual. La vida se nos escurre sin asirla porque no es para eso. El niño ya casi me pasa, la niña quiere maquillarse y yo me siento en el mismo lugar que hace veinte años, hasta con la misma ropa.

Escribo. Porque es mi máquina del tiempo. Porque es lo que me dijo mi mamá que hiciera. Porque puedo. Y ya.

Cambiar la mente

Usamos atajos para navegar la vida. Como todos, nos la hacen más rápida. No más interesante. Y, necesariamente, al acostumbrarnos a ellos, dejamos de fijarnos en lo que hay más allá. Pensemos en un túnel que atraviesa una montaña. Seguro es más eficiente, pero también más aburrido. Definitivamente no podemos tomar la “ruta escénica” todos los días, la cantidad de información en la que deberíamos fijarnos es devastadora. Pero sí podemos ponerle atención al panorama general y estar conscientes cuando decidimos no poner atención.

Un momento de ver la cara de alguien con quien uno vive desde hace años y verdaderamente fijarme cómo ha cambiado. El sabor de las cosas. Cómo sigue suave la piel de mis hijos. La música de la mañana. Hasta el hecho de escribir.

Estos días me han regalado la oportunidad de momentos, como cuando doblo la ropa, en que puedo concentrarme en concentrarme. Mi mente cambia. Tal vez también mi forma de pensar. Y eso, a esta edad ya en avance, es valioso.