El tiempo contra la paciencia

Hay una forma de pasar la vida: queriendo cambiarlo todo y nunca estar satisfecho. Hay otra: resignarse y dejar que le pase a uno encima todo. Obvio, todos oscilamos entre ambas, porque uno nunca se mantiene en un extremo siempre, sino que se mueve de uno a otro como péndulo.

Edtoy haciendo un caldo de pavo desde hace cuatro días, dejando que los huesos se disuelvan en el agua caliente hasta que suelten todo lo que necesito. El proceso requiere un mínimo de involucramiento y mucho tiempo, una mezcla entre dejar pasar y manipular cuando se debe. No es resignarse, no es empujar, es aceptar lo que hay y trabajar con eso para hacer lo mejor que se pueda.

Cada día trato de hacer eso: ver lo que tengo, experimentarlo, trabajar con lo que está a mi alcance y dejar que las cosas se consuman solas. Hay muy poco que está dentro de mi esfera de control. Y mucho del día a día no cambiaría si tuviera más o menos. Simplemente es lo que hay.

Una amabilidad cruel

Mis hijos son los niños más lindos del mundo. Los m´ás inteligentes, amables, talentosos… Tienen todas las cualidades del mundo. Y obviamente no es cierto. JM se ríe horrible y Fátima baila descordinado. Y si me lo preguntan, se los digo con sinceridad. No creo en los halagos mentirosos, hacen más daño de lo que pueda hacerlo la realidad.

En la vida nos balanceamos entre una autoconfianza que puede y debe algunas veces ser empujada por el autoengaño y una inseguridad que nos hace buscar mejorarnos. Es lo que nos hace creer que tenemos el material para ser buenos, pero que hay que trabajarlo. Ni el músico más talentoso se libra de practicar. Y es el trabajo amoroso de una persona cercana, como una madre, el ayudar a ver el pelo en la sopa. Decirle a alguien que canta bien, cuando sólo emite graznidos, es exponerlo a hacer el ridículo a nivel internacional, como esa pobre gente que llegaba a las audiciones del concurso de canto y la sacaban en el programa dedicado a las peores.

Yo no creo en las amabilidades mentirosas. Me arriesgo a recibir verdades crueles, pero que me ayuden a crecer. Lo prefiero. Y mis hijos, no importa lo perfectos que yo quiera verlos, se enteran con rapidez si yo creo que deben mejorar en algo. No quiero que luego el mundo se los estrelle en la cara.

Hacerlo.

Aunque ya pasó demasiado tiempo, hay recuerdos que me empequeñecen. No puedo evitarlo. Es porque en el lugar donde se guardan las memorias, no existe pasado como tal, sino que se trae al ahora ese momento. Por eso funciona la terapia, porque uno le da otro significado al trauma.

Tengo en el futuro inmediato una ocasión para volver a sentirme inadecuada y, aún ahora, me duele el estómago como cuando era pequeña. Es tonto. Podría simplemente no ir. Pero yo ya no soy esa niña desvalida. Y no enfrentarme a la molestia es otorgarle demasiado poder.

Puedo hacerlo. No importa cómo siento. Porque puedo sentirme de manera distinta ahora. Al menos eso espero. Si no, siempre hay otros días.

La segunda vez duele más

En el parto ni me enteré cuándo le cortaron el cordón umbilical a mis hijos. Principalmente porque fueron cesáreas con algún grado de complicación y eso era lo último en lo que me estaba fijando. Es un corte que no duele, además de ser completamente necesario para que el bebé sobreviva. Me parece aún más peculiar porque, durante varios meses, sin ese tubo no hubiera sobrevivido. Bonito acto simbólico el que nos pone enfrente la naturaleza.

Ahora el primero de esos niños tiene 13 años y quedaron muy lejos las tardes de hacer siestas juntos y de que me pidiera atención. Está creando su propio mundo, al que de vez en cuando me invita con tiempo limitado. Se está encontrando a sí mismo desde el gusto por la comida, hasta la ropa. Me toca verlo y cuidar que no se salga demasiado del camino seguro, aunque cada vez pueda hacer menos.

Es como volver a cortar el cordón umbilical. Si hago bien mi trabajo, él no se va a enterar que lo hizo, aunque esta vez sí me duela a mí.

Un día de nada

Despierto temprano todos los días, porque un cuerpo no sabe bien que es lunes o domingo. Y me quedo en la cama con cargo de conciencia, porque creo que debería estar haciendo algo. Cualquier cosa. La vida sólo se aprovecha si uno tiene algo qué enseñar: mira, hice ejercicio, mira, cociné, mira, escribí. No hay mérito en la nada.

Descansar, como dejar ir todo, está poco valorado. Y es esencial. Es posible que nuestros antepasados cazadores-recolectores, tuvieron mucho tiempo libre en sus días normales, dejando que se desarrollaran como grupo social y que estuvieran más felices. Desde que somos agricultores, nuestra disponibilidad de ocio se disminuye considerablemente y hasta se equipara la calidad moral con la ocupación. Trabajar es sinónimo de virtud. Y la felicidad queda como última consideración, algo infantil a lo que ya no se debe aspirar de adulto. ¿Y si lo tenemos mal? ¿Si estar ocupado no es todo lo bueno que creemos y seríamos personas más felices disfrutando de momentos de no hacer nada? Imposible pensar en eso en nuestros días llenos de medios sociales, personas escribiéndonos, entretenimiento sin fin. Hasta no haciendo nada tenemos que llenarlo viendo la última serie, revisando redes, llenándonos de información.

Quiero aprender a disfrutar no hacer. Dentro de esos minutos que no abarroto de actividades, debe haber espacio para encontrarme. Y sólo ser.

El misterio de la t-shirt perdida

Yo tenía una t-shirt favorita: blanca, suave, sin mucha gracia más que era mi favorita. Y se perdió. En la casa. Yo lavo la ropa y la clasifico. Y no está. Estoy segura que se escapó, la niña dice que no la tiene, el niño está adolescente poco colaborador y al marido seguro, seguro, no se la metí en su canasta de ropa.

En las casas hay misterios que generalmente están protagonizados por la ropa. Los calcetines son personajes principales, con esa su habilidad para entrar emparejados y divorciarse en el camino entre la lavadora y la secadora. Las llaves se prestan a jugar a las escondidas y, si una tiene una hija, misteriosamente todo de todo termina en una de sus gavetas.

Supongo que es parte de hacer una convivencia rutinaria un poco menos predecible. De obligarnos a mantener orden hasta en las esquinas olvidadas y de no dar por sentado que todo siempre caminará sin problemas. Seguiré buscando mi t-shirt. Estoy segura que no salió caminando de la casa.

Un nuevo cuidado

Mi mamá decía que yo caminaba como caballo. Hago ruido hasta descalza, la delicadeza no es mi fuerte. En este último mes, sin embargo, he tenido que aprender a moverme con cuidado para no lastimarme el pie. Es una sensación extraña avanzar con cautela, más hoy que fui al karate y no puedo dar ni un paso “suelto”.

La clave para seguir mejorando en lo que uno hace es, cada cierto tiempo, aproximarse al asunto desde una perspectiva distinta. Puede ser limpiando la mente de lo aprendido, explorando técnicas nuevas, buscando otros maestros. Vale la pena llenarse de conocimiento que no tenemos, porque ni siendo los expertos más grandes de una materia la tenemos agotada. También podemos considerar que hemos adquirido hábitos que nos impiden mejorar y es bueno quitárselos. Aunque para identificarlos haya que comenzar de cero.

Algo así me está pasando hasta para bajar las gradas. No las puedo agarrar como pista de carreras. Tampoco manejo rápido. Y hoy tuve que aguantarme de patear cosas. Todo sea por hacerlo mejor cuando ya pueda.

Por muy poco

La niña hace manualidades, pero no es ordenada y eso se junta para cortadas y quemadas menores frecuentemente. Anoche no fue pequeña la cosa y terminó en la emergencia del hospital con varios puntos en su dedo. Un accidente que no debió suceder, si ella hubiera sido cuidadosa. Pero así pasan los accidentes: aunque pueden sucederle a cualquiera, es más fácil que se le atraviesen a quien anda distraído.

La herida fue profunda, pero sin daño permanente. No por mucho, pudo haber sido peor. Y quisiera filosofar y decir que fue una lección lo suficientemente dolorosa como para que aprenda y no le vuelva a pasar. Pero no tengo tanta fe en la naturaleza humana y estoy segura que tengo que seguir reforzando la lección. La tarea ingrata de uno como padre muchas veces es parecer grabación en loop. Hasta que se afianzan las costumbres y ya se van en automático. Al menos esa es mi esperanza, porque el “no hables con la boca llena” que llevo repitiendo cada comida, varias veces por comida, ya hasta a mí me está cansando.

Tengo el privilegio de cuidar a mis hijos. Y de dejarlos cometer errores, porque estoy allí para ayudarlos. Tal vez entre las repeticiones y los accidentes leves, nos ahorramos los graves. Es lo más que puedo pedir.

Aquí estás bien

Me encanta invitar gente a mi casa. Cocinar y atender son una medida, para mí, de que mi vida está bien. No tengo la decoración más bonita, ni la casa más ordenada. Definitivamente no es un lugar de revista. Pero me siento orgullosa de enseñar el lugar que habitamos, con todo lo que eso implica.

Compartir vida es esencial para ser humano. Tener una tribu, retroalimentarse de las vivencias de otras personas, lograr hacer a otros sentirse bien. Es parte de lo que aprendimos en las cavernas y de lo que le da sentido a todo lo que pasamos, lo bueno y lo malo. Si encontramos con quiénes abrirnos y celebrar lo bueno, llorar juntos lo malo y seguir, simplemente seguir, conseguimos ese paso importante para vivir. Porque todos tenemos experiencias que podemos tener en común y escuchar a los demás cómo lo han sobrepasado, ayuda a tener esperanza, a iluminar posibilidades, a sentirse acompañado.

Tal vez eso es lo que me gusta de invitar amigos: generar un buen espacio seguro en donde se escucha a los queridos y se les ofrece eso, un espacio. No necesitamos mucho más, si va acompañado de comida y vino. Y de eso siempre hay bastante aquí.

La persona indicada

Hay puntos de inflexión en mi vida que puedo recordar y decir: aquí tomé una decisión importante. Es una mera ilusión. Todo el curso de mi vida es un río abriéndose camino hacia el destino que nos espera a todos. Podemos creer que nuestros destinos están trazados. O que podemos dirigirlos a punta de completa voluntad.

Lo cierto es que no tenemos control de las cosas que se nos ponen en el camino. Sólo de qué hacemos con ellas. Allí está nuestro verdadero poder. No hay cosas absolutas y pocas carecen de solución. Siempre hay decisiones excluyentes y las que tomamos determinan qué viene después.

Lo cierto es que hay una persona adecuada en nuestra vida para vivirla: nosotros mismos.