Más que pregunta…

Volvemos a hablar de la muerte con el adolescente y nos parece tan lejana en nuestro contexto. Entre él y yo sólo hay vida y él pregunta cómo es que yo he estado cerca de tantas personas que ya no están. Me siento como un puente entre una realidad y la otra. Pero las discusiones no son pesadas ni hay miedo en ellas. Sólo son.

No le temo a morir. ¿Cómo se le puede temer a una certeza? No tengo preguntas, tampoco. Tal vez sólo una preferencia por poder ayudar a mis hijos a crecer. Por lo demás, no encuentro mucho misterio. No porque sepa qué hay después, sino precisamente porque no lo sé sin duda alguna.

Meditar, tal vez, me ayuda a saber que sólo tenemos claro el momento que va pasando. Y que en ese río debemos aprender a navegar, porque igual o nos lleva o nos arrastra. Así que, sin preguntar, sigo aprendiendo a ver lo que hay.

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