Dueños del tiempo

Hay un momento en la existencia cuando uno sabe perfectamente bien que el tiempo no le pertenece. Para mí, es ocasiones como ésta: he pasado tres horas de mi domingo viendo un partido de foot del niño.

Compartimos nuestra vida con las personas que nos importan y metemos el cauce de nuestros días en recipientes comunes. No siempre logramos apreciarlo y siempre hay que reservarse aunque sea una pequeña parte para uno mismo. El problema es cuando uno usa ese tiempo en cosas que no son importantes y se va para siempre. Eso no se recupera.

Nadie es dueño del tiempo. Sólo lo dirige hacia un lugar o el otro. Y lo mezcla con el de las personas que quiere. Esta mañana se me fue en una banca incómoda. Y fue genial.

No tengo pelis favoritas

Me gusta lo que me gusta. Y siempre busco algo nuevo qué apreciar. Supongo que por eso siempre escucho música distinta. O veo series nuevas. O leo libros de autores que no conozco. Me cuesta decir cuál es mi película favorita, porque tengo buenos recuerdos de muchas. Y aunque hay algunas a las que regreso, siempre me gusta más la última que me gustó.

Tengo la firme convicción que uno no debe quedarse estancado en lo que le resonó hace años. Y eso es la belleza de apreciar los cambios de las personas con las que compartimos el recorrido. Porque nos permite interesarnos por cosas nuevas en la misma persona.

Regresar y pensar que lo anterior es mejor, es engañarse. Es prenderle una candela a la nostalgia y nada más equivocado que creer que un recuerdo es real. Me emociona pensar que no tengo una película favorita. Y que la siguiente que me guste, va a ser la mejor. Hasta la próxima.

Amigos que saben

Tengo amigos que son buenos, excelentes en lo que hacen. Me siento afortunada. Porque no sólo son buenos, sino también generosos. Quieren elevar a las personas a su alrededor.

Es importante uno ser excelente en lo que hace. Y rodearse de personas que nos complementen. Porque es imposible saberlo todo. Ni siquiera debería ser nuestro propósito. Pero sí encontrar quién lo pueda ayudar a uno. Y reconocer esa excelencia en los demás.

Pedir ayuda no es señal de inutilidad, lo es de una demostración de querer ser mejor, ir más allá de lo que uno puede hacer solo. Y después uno tiene la obligación de corresponder. Espero poder hacerlo.

Apretar un poco sin que se note

En todo lo que hace uno todos los días, hay olas de comportamiento que ayudan o estorban al crecimiento. En general, el problema es que como es una actividad constante, los cambios suelen ser menores, casi imperceptibles y uno puede dejar pasar un deterioro. Nos damos cuenta de las crisis y sus cataclismos, pero el desvío mínimo y persistente, el que es aún más significativo porque es más habitual, ése se esconde.

Creo que a mí me sirve tener cambios hormonales mensuales, sobre todo para darme un nuevo ímpetu de fijarme en cosas que me molestan. Allí es cuando vuelvo a pedir orden en casa, a revisar tareas, a sermonear por malos hábitos. Y luego aflojo otra vez, porque no puedo mantener esa presión de forma constante, nadie la aguanta.

El secreto es apretar de forma consciente, de a poco, para que las cosas no se nos salgan de las manos. El caballito de la vida quiere quedarse pastando en hierbas verdes, pero uno tiene que guiarlo con firmeza para avanzar. No me quiero quedar varada.

No se trata de ti

El famoso «no eres tú, soy yo», es lo más certero que pueda haber en este mundo. Porque jamás se trata acerca del otro, sino de cómo nos hace sentir. En eso siempre hay razón: las personas sólo nos lastiman si los dejamos. Pero… como es usual, las cosas no son blancas o negras. Claro que nos pueden hacer/decir algo con toda la intención de ofendernos, herirnos. Y claro que los sentimientos iniciales son involuntarios. Hasta allí, es una agresión que da en el blanco y que uno no puede dejar de sentir. Pero… ¿qué pasa con el después?

Esa maravillosa capacidad que tenemos de tomar un espacio entre el sentimiento y la reacción. Y la poderosa oportunidad que se nos da de no alimentar nuestro dolor más allá de lo que ya existe de por sí. Esas cosas que nos permiten respirar y seguir y no desangrarnos, son lo que hace que las cosas definitivamente sean más acerca de nosotros que de los terceros.

En las relaciones es imposible que no haya una alimentación emocional que va y viene. En todas. Pero también podemos aprender a no comernos todo lo que nos presentan. Y, que tengamos ese alejamiento, o al menos esa falta de reactividad, no quiere decir que no podamos levantarnos e irnos de una situación que nos agrede. Tal vez hasta es más fácil, porque no nos enganchamos sino que simplemente lo dejamos atrás.

Para todo el resto de situaciones, también se vale decir: no soy yo, sos vos.

Querer lo mismo, pero no siempre

Mi mamá tuvo una infancia extraña. Huérfana de padre a los 8 años, la menor de muchos hermanos, con una mamá que tuvo que salir a trabajar… Visto ahora, creo que ella se crió relativamente sola, en esa mezcla de consentimiento, medio abandono y sobrecompensación que les toca a los niños en circunstancias especiales. Entre todo eso, cuando ella me contaba de cómo la había pasado, nunca hubo una queja. Al contrario. A ella le gustaba la libertad que tenía. Y cómo la chineaban. Con todo, hoy recordaba que alguna vez me confesó que se pasó más de tres años comiendo sólo tres cosas: salchichas, huevos o bistec. Y yo preocupada si repito comida en tres semanas…

Hay una familiaridad reconfortante en saber cómo sabe la comida de la casa. Y tan bonito que era lo predecible del cocido los lunes, carne miércoles y pescado viernes. Pero se vuelve aburrido y llega el adolescente a no querer comer nunca lo mismo (salvo que sea su pollo frito favorito, o el cereal).

No sé qué me pone en más problemas mentales. Que siempre quieran lo mismo o que nunca quieran repetir. Pero también pienso que son pocos los años que me quedan haciendo esto y me doy permiso de quitarle importancia.

La insuperable calma de la lavandería

Tengo la lavandería en el segundo piso de la casa. Es un lugar poco común, que ocupa espacio de primera, pero que hace todo el sentido del mundo: la mayor parte de la ropa sucia sale de los cuartos, que están arriba. Y como soy yo la que lava y plancha, el arreglo me queda ideal. Es como la entrada a un lugar secreto, limpio, oloroso a detergente. Donde entran cosas sucias y arrugadas y salen camisas planchadas, camisetas dobladas, calcetines con pareja. Se hace magia con la ropa, sobre todo la de dos niños/adolescentes que juegan y se ensucian aún. Lejos está de mi lavandería la obsesión de la ropa inmaculada. Yo la saco limpia, pero hasta allí. Prefiero que se la gocen y no estar regañando (más).

Creo que hay un secreto mágico en encontrarle el placer a los oficios que se tienen que hacer de todas formas. Es mejor encontrarle lo simpático. Además, es otra forma de fijarme en cómo van creciendo los niños y preocuparme un poco más por el bienestar de los míos. Me gusta. Es algo sencillo, que tengo que hacer todas las semanas. Y que por lo mismo me da paz.

Me gusta creer que todos encontramos algo semejante en la vida. Que le jugamos la vuelta a lo inevitable y lo convertimos en algo esperado. Tiene toda la belleza del mundo verle lo bueno. Aunque a veces canse un poco.

Uno hace lo que tiene que hacer

Ser mamá en estos tiempos es un poco siempre quedar corta. Porque antes era suficiente cuidar casa y niños. Las mamás que trabajaban eran la excepción. Y claro que no les hacían la cosa fácil. Pero ahora ya no es suficiente quedarse en casa. Ni trabajar y pedir apoyo de familiares o contratarlo. Ahora hay que hacer las dos cosas. Y bien.

Sinceramente dan ganas de mandar todas esas expectativas sociales al caño. Lo que uno debería querer es hacer lo mejor que puede con lo que tiene. Y listo.

Me falta muchísimo para ser una mamá medianamente adecuada. Tengo tantos defectos que aún no supero, que mis hijos seguro necesitarán hablarles de mí a extraños. Pero he logrado poner todo lo que tengo en lo que se requiere de mí. Es todo lo que puedo hacer.

Mi parte favorita

Tengo dos semanas de desorden y lo que más ansío es escuchar la alarma y despertar a la hora de siempre. Algo debe haber de mágico en la rutina que hace que me sienta segura.

Un buen descanso incluye apartarse de lo usual. Las interrupciones a los horarios se pueden tomar como un alivio, aún las más dramáticas. Uno hace una pausa, reevalúa qué sirve y continúa, tal vez con uno o dos cambios.

Esta semana retomo la normalidad, se siente como avanzar, continuar. Y de eso tengo ganas.

Me cambió el clima

En nuestras latitudes, el clima no aburre nunca. Lo mantiene a uno adivinando, preparado para todo. Y, salvo en situaciones catastróficas, no pasa de un poco de lluvia.

Tal vez lo importante es eso, esperar que puede pasar cualquier cosa y hacerle ganas. De mojarse uno no pasa.

Todo sirve de metáfora para la vida. Pero no me quiero poner aún más filosófica. Mejor me preparo para mojarme.