La constancia le gana al talento

Mañana, (hoy jueves que publico esto) es mi examen para segundo dan en el karate. Me ha llevado 8 años, que se escucha como mucho, pero no es nada comparado con mis compañeros que algunos llevan 50. Estoy nerviosa, aunque no preocupada. He hecho lo que estaba en mi alcance para prepararme y ahora sólo queda confiar que la memoria muscular haga lo suyo.

Yo no soy buena para el karate. Me faltaría haberlo empezado hace 40 años. Pero lo que me quedo corta en talento, lo he tratado de compensar con perseverancia. El dojo me ha visto entrenar con dolor de pie, de espalda, de cabeza, desvelada, de goma (una vez todavía borracha), con una mano rota, el pie recién operado, la niña en el intensivo, de lunes a sábado, por Zoom, en vivo… es un lugar que me llena, en donde siento que no hago bien las cosas, pero sí mejor, en donde tengo amigos con los mismos intereses y en donde siento que mi cuerpo tiene una función.

Agradezco a todos mis compañeros con quienes he entrenado, porque he aprendido de todos. Espero poder seguir entrenando así toda mi vida. Porque, aunque no soy particularmente buena, me gusta lo suficiente para continuar. Tal vez precisamente porque me cuesta es que me esfuerzo más. Ahora sólo espero que no me revienten la cara como en el último examen.

Lo nuevo sin lo viejo

Hace miles de años ya dijeron que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Campbell describe la historia de la humanidad que cuenta cuentos como una única: la del viaje del héroe. Aunque todos sentimos lo propio, las emociones se nos manifiestan de igual forma a todos en la cara. Y, aún así, aunque sea repetido, todo es nuevo.

Al momento que nos entierren, ni una sola de nuestras células será la misma con la que nacimos. Además que seremos un porcentaje desconcertante de bacterias con las que convivimos y que necesitamos hasta para ser felices. El cambio está codificado en nuestra impronta. Por eso es extraño que le tengamos tanto miedo. Tal vez perdimos nuestra capacidad de adaptarnos cuando dependimos de la primera cosecha. No por nada he leído a Diamond asegurar que la agricultura ha sido “el peor error en la historia de la humanidad”.

Viniendo de mí, a quién le centran sus rutinas, exaltar las virtudes de la apertura al cambio parece hipócrita. Pero, si algo he aprendido, es que las cosas jamás son iguales y que la vida nos cambia, no las piezas del juego, sino hasta la casa donde lo estamos jugando. El cambio es inevitable y es mejor separar lo viejo de lo nuevo, quedándonos con lo que nos permita continuar inventando otras formas de ver las mismas cosas.

A las 8 ya es mediodía

Despierto tan temprano, que la mañana se me alarga puro resorte. Y, tal cual, me revienta en la cara tipo 10am que ya sólo quiero hacer siesta.

Tenemos el privilegio de ahuyentar a la oscuridad con luces artificiales. Pero como con todo lo bueno, lo abusamos y ahora la humanidad entera padece de trastornos del sueño. No es normal decir que uno no es “morning person”, si nuestros antepasados sólo hacían su vida con el sol. Los seres humanos somos animales diurnos, pero nos detestamos y pasamos despiertos la mitad de la noche.

En días como hoy, que del sol ni un rayo y sólo hay una frazada de nubes permanente en el cielo, yo sólo quiero dormir. Tal vez mi antepasado lejano fue un pollo y no un mono.

Historias que nos quedamos

Todos tenemos un pedazo de la historia de nuestras familias. Porque la vivimos de una forma particular y nunca nos trataron igual a todos. Para los que tenemos familias con generaciones mezcladas, escuchar lo que los mayores saben es como que nos cuenten la precuela de la película.

La historia de la humanidad se cuenta de persona en persona y cada uno la mira tan lindo como quiera. Ahora tenemos accesos digitales a registros. De tantas formas. Tantas fotos, textos, grabaciones. Y ni así recopilamos todo. Porque sólo plasmamos una parte.

Yo he escrito todos los días en este espacio como un ejercicio personal. De autoconocimiento. Pero poco a poco me he dado cuenta que también les dejo a mis hijos un bosquejo de quién soy. Queda en ellos venirme a buscar o no. Y de entenderme. Que tampoco es fácil.

Donde se juntan los medios

Claro que hemos escuchado que lo importante es que se junten los medios. Sobre todo si hablamos de personas con estaturas muy dispares. El problema siempre son los extremos. En todo.

Perdemos de vista la humanidad de nuestro interlocutor cuando no podemos escuchar su posición. Los extremos, sobre todo los radicales, son todos malos. No hay una posición que pueda ser inamovible sin tener contradicciones. Porque así somos los seres humanos. Nuestra composición psicológica entera está conformada de valores opuestos y somos más felices y mejor adaptados cuando los podemos reconciliar por dentro. En el medio. Donde cuenta.

Hay que tener la capacidad de escuchar a la otra parte. Y mientras más se distancie de nuestra posición, más importante es entenderla y encontrar el interés común. De nada nos sirve demostrar que tenemos la razón, si perdemos el argumento. Y nunca hay razones suficientes para convencer a un fanático. Mejor entrar por el lado amable, ese donde uno se acopla y hasta agradable se vuelve la interacción.

El no-niño sigue dormido

Ya es la una y media y no se asoma el joven de 14 años que vive en mi casa. No quiero despertarlo, pero tampoco estoy del todo segura que esté durmiendo. Puede estar chateando con su último crush. Por algo es guapo y adolescente. Tengo que admitir que el cambio que ha tenido nuestra relación es desconcertante. Lejos el niño que se acurrucaba a hacer siesta conmigo. Y lo aplaudo. Definitivamente no quiero un niño grande. Quiero que se convierta en adulto.

Necesitamos un espacio con nuestros pares para desarrollar nuestra personalidad. Y darnos el chance de probar varias, lejos de la supervisión de otros que creen conocernos definitivamente. Para los hijos, está la integración con su grupo de amigos. Para una pareja, está el regalo de no imponer expectativas en el otro y dar espacios de crecimiento personal. Además de tener una apertura para aceptar las diferencias. Todos cambiamos. Siempre. Claro que uno tiene el derecho de decir si lo nuevo le gusta o no y uno alejarse. Pero no imponerse. Un poco de guía con los hijos, claro.

Mi papá no me dejaba dormir tarde ni los domingos. Aquí si la puerta está cerrada, se deja. Hasta el mediodía porque ya está el almuerzo y tengo que ver si el engendro respira.

Primeras veces

Vi palomas deshojarse del techo de una iglesia que dice ser la primera. En realidad, todos somos primeros en algo. Al menos en nuestras propias vidas. Y, si queremos hilar más fino, todo lo que hacemos es nuevo porque es imposible repetir las cosas. El momento pasa. Y tal vez el siguiente sea parecido, pero nunca igual.

Rico tener primeras veces. Escoger si habrá más o uno se queda con esa única. Y, aunque el ser especial sea lo más común en la naturaleza, no hay obligación de quitarle mérito.

Pequeñita la iglesia. Parece un libro colocado sobre las orillas de su portada, haciendo un triángulo. Adecuado que las palomas parecieran pájaros de papel que alguien deja caer.

Emoción vacía

Los domingos se supone que duermo hasta más tarde que de costumbre. Y heme aquí, viendo un montón de carros dar vueltas… Parece aburrido en papel pero es demasiado emocionante. Por algo estoy despierta. Lo mismo con cualquier deporte que uno mira sin jugar. Hay un fenómeno extraordinario que nos permite sentir que estamos personalmente involucrados en cosas que ni siquiera sabemos hacer.

Los humanos tenemos la capacidad de aprender viendo a otros. Nada fuera de lo común. Lo que nos distingue es que podemos participar de las emoji de los demás. De hecho, la empatía es una habilidad indispensable para nuestra humanidad. Nos permite ser sociables, mantener relaciones, emocionarnos con películas y música y deportes.

Claro que no todo es bonito. Como ahorita que salieron los dos carros de “mi” escudería. Me tengo que recordar que ni los manejo, ni tengo una sola acción del equipo. Tal vez me vuelva a dormir.

Caldo de frijoles

Hoy hice caldo de frijoles. En esta casa eso sí es excepcional porque casi no hago. Parece tan sencillo, pero no es comida que me venga a mente como cosa normal. Y le puse nuditos de masa que vi en un tuit.

Escribo de esto porque mi gente estuvo feliz y me recuerda que a veces sólo tengo que hacer un pequeño cambio para regresar a un estado de gracia. Es como cambiarse el peinado, comprar una blusa nueva, mover de lugar los muebles. Cosas pequeñas que nos sacan del aburrimiento y nos regresan a querer seguir. Por eso uno toma vacaciones, hace cosas distintas el fin de semana, tiene hobbies. La vida camina bien con rutinas y mejor con pequeños recreos.

Tal vez no vuelva a hacer caldo en mucho tiempo. Pero seguro sí hago algo distinto cada semana.

Engañosamente simple

Hay postres que aparentemente son sin gracia: un pan-de-pan, unas torrejas, los buñuelos… ay, las chancletas. Un postre inglés, el trifle, que no podría tener ingredientes más sencillos. Pero todos tienen capas de sutileza que nos hacen regresar a comerlos una y otra vez.

La complejidad a veces tiene poco qué ver con lo complicado. Así son las mejores personas: sencillas, abiertas, fáciles de convivir. Pero profundas y llenas de sabores bien hechos. Tal vez eso es el secreto: hacer bien las cosas, por muy simples que parezcan.

Me gustan esas cosas, prefiero esas personas. Es más rico tener un fundamento firme y bien alisado. Se puede construir un edificio enorme sobre esa base. Ahora sólo tengo que encontrar una buena receta para las chancletas.