Vamos a trasladarnos

Toca cambio de teléfono y viene con su consecuente ansiedad. Nunca se pasa toda, toda la información y termino buscando las notas escondidas en las que guardé las contraseñas. Y, como están escondidas, rara vez las encuentro. «Ponga su contraseña» «Ésa no es su contraseña», «Saque una nueva contraseña», «Esa contraseña es igual a su contraseña anterior»… Y así.

Los cambios que no se sienten como imperativos, son difíciles de hacer. Pero es mejor comenzar a hacer cosas pequeñas para avanzar que saltar el precipicio que se abre ante una serie de decisiones pequeñas no tomadas. El problema es que, si no duele, uno no se cura. Tenemos muy mala costumbre de sólo hacernos reparaciones, no mantenimientos. Pero todo necesita revisión constante. Todo. Y si lo hacemos con los carros, ¿por qué no hacerlo con el resto de cosas que somos y tenemos?

Ya estoy haciendo todos los pasos engorrosos del cambio de aparato. Pero no voy a dar el viejo aún. Tengo que revisar demasiadas cosas antes de dejarlo ir.

Sociablemente arisca

Me encanta estar sola. Camino a mi ritmo (rápido), miro lo que me interesa, me voy cuando quiero. Es una deformación de ser hija única, supongo. Me extraña que a muchos les cueste sentarse en un restaurante a comer solos. Siempre se puede leer.

Los seres humanos sólo podemos sobrevivir, emocional y prácticamente, en sociedad. No hay forma de llenarse uno todas sus necesidades. Hasta hablar con alguien más es esencial y el ser visto se siente glorioso. Además ¿cómo nos enteramos que tenemos un perejil trabado entre los dientes si alguien más no nos lo dice? Hay lugares en la espalda que pican y uno no alcanza rascarse. No necesito más prueba de la necesidad de estar acompañado.

Me encanta salir, ver gente, platicar. Pero a mi ritmo. Por eso escojo a dónde ir. Sobre todo si no llevo mi carro y me puedo largar desapercibida. Una especie de arisca social. Y está bien. Puedo con eso.

Escribir en futuro

Uno escribe y cree que alguien, en otro momento, lo va a leer. Ese alguien puede ser uno mismo más adelante, que igual es una persona distinta de quien escribió el texto. Las palabras no cambian, sólo su forma de ser entendidas. Me gusta proyectarme hacia un futuro incierto. Es mi manera de lanzar un anzuelo y que haya vida después de hoy. Cosa que nadie está seguro.

Tal vez eso es lo que hacemos los humanos de siempre: tirar piedras en el pozo del tiempo, deseando que las ondas permanezcan aún cuando nosotros ya no estemos. En ese sentido, existimos rodeados de la musica que se quedó vibrando desde siglos atrás, aunque no la podamos escuchar conscientemente.

Cada mano plasmada en una pared oscura, cada verso aprendido de memoria y transmitido de generación en generación, cada frase escrita, aún la más mala, nos lleva a un viaje en el tiempo. La única forma de hacerlo.

Todas las opciones

Hay muchos momentos adecuados en la vida para dejar la empatía del lado y ser duros. Pero son menos de los que uno cree. Se pueden decir muchas cosas de formas sin filo para obtener los resultados deseados sin dejar sangre regada.

Los doctores tienen muy poco entrenamiento en esto. Es ridículo. Debería ser al revés. Generalmente lo encuentran a uno en sus momentos más vulnerables, en donde se está con todo el dolor expuesto. Sería bueno que no llegaran a echarle limón encima.

Yo padezco de falta de dulzura. Mis pobres hijos son testigos de eso. Pero… puede ser que esté aprendiendo poco a poco a medir el peso de mis palabras y a bajarme del balcón de donde las tiro. En serio que no es siempre necesario dejar cadáveres de sentimientos por donde uno pasa.

Lo que es / Para lo que sirve

Tantas veces que uno escucha el “no preguntes por qué, pregunta para qué”. Jamás en circunstancias felices. Cuando uno está contento, no se detiene a preguntar qué hizo para merecerlo. Simplemente lo acepta como parte de lo apropiado. Ahhh, pero al menor dolor nos cuestionamos la justicia del universo. Nos iría mejor entendiendo que las cosas pasan porque pueden. Y ya.

Ahora, una cosa es que uno tenga la herramienta en la mano y otra muy distinta que uno la sepa usar. Hasta un martillo requiere técnica. Cualquier experiencia puede tener una finalidad, hasta el saber que uno no la quiere volver a sentir.

Seguro tiene siempre utilidad entender lo que uno tiene enfrente. Qué es. Mucho más útil saber qué hacer con ello. Para qué sirve. Aunque sea para tirarlo.

La segunda vez no es mejor

Regresamos al lugar donde no hubiera querido volver a venir. Tiene la cualidad de lo surreal, el regresar a una pesadilla conocida. No porque uno conozca el argumento deja de dar terror. Conozco el final. Todo va a estar bien. Ya estuvo mal.

Creemos que todo lo malo sólo debe pasarle a los demás y que es ridículo que se asombren. Claro “es parte de la vida” y tantas otras platitudes. Cuando nos toca a nosotros, cae de sorpresa. Se nos olvida que todo está sujeto a deteriorarse.

Yo no estoy contenta aquí. Estoy tratando que no me afecte demasiado. Pero dudo que pase sin dejar huellas. Menos mal ya estoy marcada de la vez pasada.

Pedir consejos

Dicen que, cuando uno está indeciso entre dos opciones igual de buenas, debe tirar una moneda. De qué lado caiga resulta indeferente. Lo que importa es cómo se siente uno acerca de lo que escoja el azar. Y es que, siempre lo difícil es decidir entre cosas iguales.

Así con todo. Los dilemas morales nunca son entre algo bueno y algo malo. Eso es fácil. Cuando uno tiene que decantarse por la justicia o la empatía. Allí duele.

Me pasa también con las opciones en un restaurante nuevo. Y casi siempre pregunto qué está mejor. La verdad es que, si todo es relativamente igual, da lo mismo. La moneda puede caer de cualquier lado.

Huevos duros con vinagre

Todos cambiamos. Mucho, durante largo tiempo, lento, imperceptible. O muchísimo, en poco tiempo, el terremoto que destruye la torre. Pero lo hacemos. Si nos tuvieran que resucitar, no podrían agarrar el adn de hace tres años, porque ni nuestras bacterias son las mismas. A algunas personas se les nota fácil el cambio. Por cosas buenas, a veces aún más por las malas.

En casa, mi papá no hacía cambios, era un enigma constante. La anécdota más ilustrativa es que me enseñó a comer huevos duros con vinagre. Un día le ofrecí y me dijo que él no se los comía así, que no le gustaban. Alguna vez pensé que me lo cambiaban en la noche.

Creo que lo mejor que podemos hacer es ser distintos, esforzarnos por trascender, elegir música nueva, cortes de pelo diferentes, comida variada. Tal vez no debemos hacer esos giros tan radicales como mi papá. Lo único bueno que puedo decir de eso es que no era aburrido. Y a mí sí me siguen gustando los huevos duros con vinagre.

Un pequeño ajuste

Tengo escoliosis. Nada severo, pero si subo de peso o dejo de hacer ejercicio, sí me molesta mucho. Son de esas cosas a las que seguro no le presté atención cuando tenía menos años encima. Ahora es uno de mis alicientes para no tragarme hasta el último pedazo de pastel. Pero, de vez en cuando, no importa cuánto me cuide, me recuerda que estoy defectuosa.

Todos tenemos una característica que nos inclina hacia un lado. No siempre es mala. Simplemente nos desbalancea si no le ponemos atención. Nos toca pedir un ajuste, casi como llantas en un carro. Es bueno tener idea de por dónde se tuerce uno. Puede ser un orden llevado al extremo. Trabajo sin parar. Sociabilidad sin límites. Cosas que, en medida, hasta son virtudes.

Se me acaba de desajustar el balance y me pasé un par de meses tratando de no hacerle caso. Hasta que capitulé y me hice un masaje que me dejó atropellada. Espero que mañana se sienta mejor todo.

Las mejores preguntas

Creo que los momentos más agradables que he pasado con gente es cuando platicamos después de haber hecho una pregunta sin respuesta. Es horrible cuando alguien le pregunta a uno algo para lo que tiene una réplica en su mente. No hay espacio alguno para un poco de charla.

En general, no aprendemos a conversar. Contemos con que desde pequeños nuestros padres nos dan instrucciones, no nos preguntan nuestra opinión. Y en el colegio están buscando que respondamos lo que sabemos, no que elucubremos. Y de allí como por qué no llevamos una plática amena. Tenemos el «eso me pasó» en la punta de la lengua, o queremos opinar de cualquier cosa, o demostrar que somos expertos en un tema. Cuando, entre pares, lo más rico es desmadejar un tema para el que no tenemos un mapa ya trazado.

Tenemos costumbre en casa de comer juntos, de escuchar qué ha pasado en nuestras vidas y de hablar de muladas. Porque así nos conocemos mejor y tratamos de compartirnos. Las mejores preguntas son las que no tienen una respuesta prefabricada.