Vivir con la decisión

Hay cosas de las que uno se arrepiente al día siguiente y que tienen nulas consecuencias. Como cortarse o pintarse el pelo. Casi siempre me pasa que me cambio algo y salgo feliz, sólo para llorar al día siguiente.

Pero también están las decisiones que, si bien es cierto no son de las que alteran el rumbo de una vida, tienen peso y nos cambian de formas más sutiles, pero no menos permanentes. Y allí es donde hay mucho qué aprender cuando uno tiene que guiar a la gente a su cargo (en mi caso los niños). Dejarlos tomar sus decisiones y que afronten las consecuencias es como enseñarles a caminar. Se van a caer. Pero uno tiene que dejarlos, dentro de un ambiente relativamente controlado. El arte está en saber hasta dónde el control.

Me gusta pensar que no los manipulo para que escojan lo que yo quiero. Pero que también tienen un mínimo de criterio para decidir. Las rueditas de la bici tienen que sacarse en algún momento.

No quiero que me cuenten

Las precuelas, en general, son la forma fácil de subirse a una historia que ya tiene éxito. Casi nunca aportan algo nuevo y sirven poco para la trama que a uno le gusta. Digamos que tratan de llenar vacíos, pero no toman en cuenta que uno ya lo hizo. Y hasta mejor que lo que pueden presentar.

No sucede lo mismo con las personas, que son una fuente inagotable de historias por descubrir. Sobre todo los papás de uno. Tengamos en cuenta que son como una película que uno empieza a ver a medias y que llevan una trama que apenas se comienza a entender cerca del final. Es tan bonito sentarse a hablar con la gente de uno y pedirle que le cuenten las cosas que vivieron como personas separadas del papel que juegan con uno.

Yo no tengo el privilegio de hacerlo con mis padres. Pero sí tengo a los abuelos de mis hijos y cada vez que nos cuentan cosas, los entendemos mejor y me da una dimensión más clara de dónde vienen. Tal vez sí quiero enterarme de lo que ha pasado antes, pero sólo si llevo la historia a la mitad.

La línea recta

No vamos a encontrar

una línea sin curvas

que me lleve de aquí hasta allá

porque torciste los caminos

con cada sonrisa de esa boca tuya,

me envuelve y hace girar

el mundo me rodea en espirales de deseo

y no puedo caminar recto.

Sonreír y saludar

Aprendí a ser amable hasta el cansancio. A seguirle la conversación a extraños con los que no quiero hablar. A bailar en las fiestas aunque no quisiera. “Las niñas deben ser finas y delicadas”, me decía mi mamá esforzándose en moldearme a un ideal completamente anticuado.

Agradezco que lo cortés sea parte de la composición de mi personalidad. No me lo puedo quitar, al menos no como un impulso primario. Siempre empiezo con una sonrisa, con un tono amable. Pero después de mis varios años, aprendí a portarme intratable. Puedo poner mala cara si me invaden el espacio. Puedo ser directa, hasta pesada. Porque no hay que tolerar cada interacción y un extraño que quiera mi atención tiene que aceptar que no se la dé. Es mía.

Pero, siempre hay que comenzar con una sonrisa y un saludo.

Nada le pasa al que no hace nada

Llevo varias lesiones en el karate. Y los moretes ni me sorprenden. Pero no estoy quejándome. Es casi algo de qué estar orgullosa. Porque hago algo que me encanta y no me da miedo seguir adelante.

Hay que hacer cosas en la vida. Lo que cueste porque nos gusta. Aunque duela. Y seguir. Se termina la vida y nadie llega intacto al final.

Sinceramente, lo que más me ha costado, es el transcurso del tiempo que me ha tomado. Podemos pensar que hay suficientes años delante nuestro. Pero se nos olvida que nos los vamos gastando de forma inexorable. Por eso no me han pesado estos últimos ocho años entrenando, ni lo que ha dolido. Ni lo que viene.

Hablar muladas

En casa somos tres extrovertidos contra un introvertido. Que hace necesario que la mayoría nos midamos para que el solitario tenga ocasión de hablar. Y conste que extro/intro no tienen tanto qué ver con ser callados o tímidos como con preferencias de procesamiento de información. Unos piensan para hablar y otros hablan para pensar. Cada esquema tiene lo suyo y no se trata tanto de verle lo malo como de potenciar lo bueno.

En casa trato de enseñar que uno no debe vomitar las palabras, sino que deben pasar por un mínimo filtro de prueba. Y también trato de alentar a una conversación más suelta, porque no todo tiene que estar tallado en piedra. Por eso, la mayoría de nuestras conversaciones en la mesa consisten en hablar muladas. Que si la música, las series, las películas. A veces los libros, los cuadros.

Por allí, entre lo trivial, se asoma lo profundo. Aprendo qué opinan del mundo, qué color de lentes tienen puestos y cómo reaccionan ante estímulos. Las tonteras son la primera capa de un pastel complejo, pero hay que pasarlas también. Cae bien tener conversaciones amenas y tontas. Reírse. Y establecer caminos anchos que acepten la comunicación que necesiten.

Verlo de nuevo

Tener hijos es una oportunidad de ver el mundo otra vez, por primera vez. Puede ser el mejor regalo que me han dado los niños. Cada experiencia que me comparten, me permite estrenar ojos. Que es el principio de todo aprendizaje: tener mente de principiante. Ayuda para entender que uno no tiene la clave absoluta de la verdad. Eso es refrescante.

Aún ahora, con hijos más grandes, me toca repetir. Con cosas como volver a ver episodios de una serie que quieren ver conmigo. Y está perfecto. Porque me hablan de las cosas que les interesan y compartimos experiencias. Otra forma de unirnos.

Uno de papá tiene la tarea de enseñarles el mundo a sus hijos. Y, a cambio, uno lo recibe nuevo, de nuevo. El mejor trato que he hecho en mi vida.

Felices no-95

Siempre fue muy fácil recordar tu fecha de cumpleaños: el mismo número que la mía. En estos 16 años, siempre se me pasa por alto el día que moriste, pero no tu cumpleaños. Hago cuentas para ver qué edad tendrías y, perdón, pero ya desde hace diez años pienso que igual ya te hubieras muerto. Pues, siempre dijiste que no querías llegar a los 80 y lo cumpliste.

Últimamente te he pensado mucho, sentido cerca. Me han dicho que me cuidas, cosa que no me era muy presente cuando estabas vivo pero que ahora no me sorprende. Te miro en algunas de las líneas de la cara de tu nieto. Digo tus refranes. Tengo tu disciplina. Imprimiste en mí lo mejor de ti, que era muy bueno. Ahora hasta uso tu reloj, me pesa en la muñeca como una mano sosteniendo la mía y me encuentro hablándote.

Los hijos siempre estamos vedados de conocer a nuestros papás como personas. Es la naturaleza de la relación. En compensación, guardamos los recuerdos de los momentos íntimos, suaves, que no tiene nadie más. Gracias por el helado, la coca-cola y la sopa compartidos. Por las siestas. Por los títeres. Por enseñarme a bailar vals y hacerlo mejor que nadie. Por darme una primera infancia llena de amor. Tanto, que sigue compensando por todo lo que vino después. Si yo tengo un sentido del deber y de la lealtad que me guía como faro en cualquier tormenta, es porque tú encendiste la luz. Quién sabe, tal vez hasta la cuidas todavía.

Espero que comas mucho pastel y helado, que te encantaba aunque no te gustaba admitirlo. Quiero darte un buen beso y uno de esos abrazos contra tu pecho ancho y fuerte en el que siempre me sentí pequeña.

¡Feliz cumpleaños Papi!

Vamos a tener un perro

Tengo dos gatos. Me encantan los gatos. No me gustan los perros. Y, aún así, se me está acabando el tiempo de vivir en una casa chucho-free. A pesar que me mordió un perro y me deshizo la cara cuando yo tenía seis años, mi disgusto no viene de eso. Viene de que me son desagradables, demasiado pedigüeños, muy dependientes y absolutamente apestosos.

Pero… puede ser una buena adición a la casa. Hasta nombre le encontramos con la niña. Y, si es como el perro maravilla que tuvo mi mamá, puede que hasta me caiga bien.

Siempre vale la pena abrirse a algo nuevo. Aún que bote pelos, babee y huela mal. Tal vez hasta me llegue a gustar.

Un tiempo de reacción

Todos tenemos varios modos de proceder, dependiendo de cómo nos sintamos. El problema es que no somos muy buenos para predecir cómo vamos a reaccionar en un estado de ánimo particular. Ni cómo nos vamos a sentir de la reacción después. El que está enojado no se da cuenta qué tan enojado está hasta después de decir todas esas cosas por las que luego tiene que pedir perdón.

Pero así como uno hace planas, practica escalas, repite movimientos y estudia, de igual forma uno puede ejercitar la forma en la que uno quiere reaccionar en un momento dado.

A mí me sirve tomar distancia. ¿Quiero comprar algo? Espero un par de días a ver si todavía me vale la pena. ¿Quiero decir algo hiriente? Mh… eso me cuesta más, pero he aprendido a pedir que me dejen sola un rato. Ya si no me hacen caso, no es mi culpa.