Tengo la lavandería en el segundo piso de la casa. Es un lugar poco común, que ocupa espacio de primera, pero que hace todo el sentido del mundo: la mayor parte de la ropa sucia sale de los cuartos, que están arriba. Y como soy yo la que lava y plancha, el arreglo me queda ideal. Es como la entrada a un lugar secreto, limpio, oloroso a detergente. Donde entran cosas sucias y arrugadas y salen camisas planchadas, camisetas dobladas, calcetines con pareja. Se hace magia con la ropa, sobre todo la de dos niños/adolescentes que juegan y se ensucian aún. Lejos está de mi lavandería la obsesión de la ropa inmaculada. Yo la saco limpia, pero hasta allí. Prefiero que se la gocen y no estar regañando (más).
Creo que hay un secreto mágico en encontrarle el placer a los oficios que se tienen que hacer de todas formas. Es mejor encontrarle lo simpático. Además, es otra forma de fijarme en cómo van creciendo los niños y preocuparme un poco más por el bienestar de los míos. Me gusta. Es algo sencillo, que tengo que hacer todas las semanas. Y que por lo mismo me da paz.
Me gusta creer que todos encontramos algo semejante en la vida. Que le jugamos la vuelta a lo inevitable y lo convertimos en algo esperado. Tiene toda la belleza del mundo verle lo bueno. Aunque a veces canse un poco.
