El límite del intelecto

Hay mucha diferencia entre ser crédulo y confiar ciegamente en cosas que no hacen lógica y creer que no hay nada más allá de lo que no se puede entender. Comenzando con que ni siquiera comprendemos cómo funciona nuestro propio cerebro.

Los seres humanos compensamos nuestra ignorancia con la imaginación y la vamos corroborando conforme avanzamos en conocimiento puro y duro. Pero no deberíamos olvidar que, primero, caminamos en los cuartos oscuros de lo desconocido hasta encontrar el interruptor de la luz. Y abrimos la siguiente puerta.

Si tuviéramos qué esperar a conocer y entender la vida, tendríamos que quedarnos sentados sin hacer nada. Yo le tengo un sanísimo respeto a mi intelecto, pero sé que lo que no sé, es inmenso. Para todo eso, me sirve la imaginación.

Tener una sombra de mascota

Siempre quise un gato negro de bruja. Y siempre me han gustado los gatos peludos. Cuando una amiga me ofreció un gato porque tenía 37, yo ya tenía dos y le dije que sí, sólo si tenía uno negro peludo. Tenía.

Mis hijos le pusieron Shadow y le hace honor al nombre. Cuando se mete en el clóset no hay quién la encuentre y verla salir de un cuarto oscuro me hace imaginar a la muerte en pequeño. Es como algo que se desprende del vacío. No existe antes y se disuelve después. Tener esta gata me ha enseñado a confiar en que por allí anda y aparecerá cuando quiera, que no siempre coincide con cuando yo la llamo.

Me gusta mi gata de bruja. Me hace creer que en esta casa hay algo de magia que nos protege. No está de más confiar en que todo está bien, o lo estará, aunque uno no lo mire.

No te voy a contar

Lo peor que hago es decir que eso también me pasó a mí cuando estoy hablando con alguien. Lo peor. Y lo sé, lo siento cuando sale de mi boca, pido disculpas, pero las palabras ya abrieron un boquete en el dique de mi sentido de lo apropiado y salen alineadas y campantes. Detesto eso. Espero hacerlo cada vez menos. Pero es casi imposible no pensar en las veces que he pasado por algo similar.

El lenguaje va mucho más allá de lo que supongo fue su objetivo primario: comunicar hechos urgentes. Lo más importante para lo que lo usamos ahora es para compartirnos. Y por eso es tan difícil no contar lo propio, siempre. Es parte de nuestra necesidad de ser vistos, de tener testigos de nuestra existencia. Quién sabe si seríamos realidad sin nadie que nos viera.

Quiero aprender a soltar esa necesidad, por el simple hecho que es indiferente. La existencia mía me compete a mí hacia adentro, mis actos hacia afuera, a los demás con quienes tengo relación. Y punto. Prefiero ser testigo de los demás. Me gusta saber que hay otras realidades aparte de la mía. Para soltarme, está Tuiter.

Sé lo que me estás diciendo

Se puede entender a las personas mucho más fácil si uno presta atención a todo lo que dejan de decir. Muchas veces se quedan con una tonelada de palabras y sólo dejan escapar un par. Pero siempre muestran de alguna forma lo que quieren de verdad. El problema es que uno no puede actuar en lo que intuye, debe basarse en lo que escucha.

Por otra parte estamos acostumbrados a no ser totalmente transparentes, dejar un poco sin decir. Porque pareciera que lo directo duele, molesta. Me gustaría encontrar algo intermedio. Una forma de revisar intenciones y de decir lo que siento.

Las mejores relaciones que tengo son las que me dan el espacio para ambas cosas. Y me gusta aprender a leer a mi gente, ayudarlos a hablar. Aunque lo sepa desde antes.

Resultados inmediatos para problemas viejos

Luego de años de usar el método para pelo colocho, ya me aburrí. Y como no quiero pintarme el pelo, ni procesarlo de alguna otra forma en salón, compré un kit de manzanilla para aclararlo. Llevo ya dos días de usarlo y no veo diferencia. Obvio. No la esperaba. Aunque tal vez en el fondo sí.

Creamos una dirección de nuestras vidas con cada paso que damos y se nos escapa que no manejamos un carro que pueda cambiar de inmediato de dirección. Vamos en un buque gigantesco que necesita tiempo para moverse en otro sentido. Se puede, claro, siempre se puede. Pero no es cuestión de tronar los dedos y voilà. Tal vez por eso me frustran tanto los famosos “challenges” de bajar de peso y esas cosas que ofrecen soluciones rápidas. Supongo que decir “le va a tomar tiempo estar en una forma distinta que la que ha venido construyendo todos estos años”, no vende. La gente olvida lo que le ha tomado llegar a donde está y quiere un cambio inmediato.

Lamentablemente no existe la magia. No de esa forma. Existe poner todos los elementos juntos para que se amalgamen y surja lo que queremos. Bastante mágico es eso ya. Y, a razón de hechizos, la mejor palabra es “consistencia”. Porque eventualmente llegan los resultados. Ya veré si regreso a ser rubia algún día.

La receta de la felicidad

Hay muchas cosas que he aprendido que me ayudan a ser feliz:

el abusivo lleva la vía.
si el carro parec taza de preso, déjalo pasar.
nadie sabe qué lleva el otro encima.
todos somos irremplazables, pero ninguno indispensable.

Pero, lo mejor que aprendí y que más feliz me ha ayudado a ser es:

Nada es personal.

Quitarle el filo

El adolescente está de vacaciones y, por primera vez en la vida decidí dejarlo tranquilo con los horarios. Claro que eso representa otros retos, como alentarlo a no ser un completo cerdo en su espacio personal. Pero sin ser insoportable, que es lo que me sale natural.

He aprendido una cosa invaluable: a tratar de no tomarme las cosas de forma personal. Si alguien me tira el carro en el tráfico, no me enojo. Porque esa persona no me conoce, no me lo hizo “a mí”. Es una cualidad esencial para trabajar. Y me salva el hígado con los niños. Cuando logro aplicar el mantra, los desafíos diarios con hijos se vuelven más llevaderos. Que no quiere decir que no me enoje, sólo que menos.

De allí que, de vez en cuando, no regaño. Dejo notas de “la Gerencia” con instrucciones despersonalidas. Cero tono de regaño. Cero caras decepcionadas. Y logro, en alguna medida, que se restaure el orden. Pero creo que igual mejor pongo otra vez los horarios.

Gente interesante

Si uno presta atención, todas las personas tienen algo interesante qué contar. Pero no todas son interesantes. El pozo de personalidad que se han cavado es superficial y no siempre hay agua allí. Pero, de vez en cuando, uno se encuentra con gente de profundidades inagotables, aunque el líquido no sea necesariamente del sabor que a uno le gusta.

Hay pocas cosas tan fascinantes como el escuchar a alguien hablar con pasión de algo que conoce y le gusta. Y, si encima de eso tiene una genuina apertura a aprender más, curiosidad de preguntar y autoconfianza para admitir que no lo sabe todo, ni del mismo tema que sabe mucho, esa persona es un tesoro.

Lo cierto es que uno tiene hasta cierta obligación de ser más curioso, más abierto. No hay excusa para quedarse estancado en las cosas que a uno le gustaban antes. Porque es sacar agua del pozo sin rellenarlo. Al final, se va a agotar.

Quedar bien con uno mismo

Yo cocino lo que yo quiero comer. Procuro hacer cosas que a todos nos gusten, pero primero, a mí. Nunca he entendido la necesidad de sacrificarse uno por los demás y exigir reconocimiento, sobre todo en algo tan básico como hacer comida. Supongo que era otra forma de demostrar cariño. Pero prefiero comer lo que me gusta y que a los demás también.

Hay una tendencia rara entre las mujeres de cierta edad, que creemos que cuidar de nosotras, pensar en nosotras, es malo y no productivo y reprobable. Descansar no está permitido, no sobresalir en todo es señal de mediocridad y no verse perfecta todo el tiempo sólo puede llevar al completo derrumbe de nuestra autoestima. No nos enseñaron a vernos con cariño, decirnos palabras de ayuda, ponernos atención. Y pretendemos recibir todo eso de los demás, poniéndoles una presión innecesaria, porque primero tiene uno que gustarse a uno mismo. Nadie llena ese vacío.

Tengo demasiados años de usar palabras afiladas, tonos criticones conmigo misma. No sé si podré cambiar. Pero sí quiero comenzar a ponerme de primero para mucho, porque quiero ponerles después toda la atención a los demás.

Para lo que uno entrena

Cada vez me impacta más la verdad de la frase: todo sistema está perfectamente diseñado para dar los resultados que da. Es que es tan lógico y tan sencillo que dan ganas de retorcerlo, de recitar algunas palabras mágicas que nieguen eso, de esconderse donde la realidad no lo encuentre a uno. Pero nos rodean los resultados de nuestros sistemas, en lo más íntimo y cercano, sobre todo. En ese universo personal que vivimos todos los días, si reiteradamente obtenemos cosas que nos molestan, es imperativo revisar cómo las estamos creando.

Como reto adicional, nuestros cambios propios a veces nos pasan desapercibidos y el mismo sistema que nos ha servido hasta el momento, deja de funcionar. No cabemos en la misma ropa de hace veinte años. No igual. Ni sabemos lo mismo, ni secretamos las mismas hormonas, ni buscamos lo de siempre. Detener las consecuencias es como sujetar el agua. Claro que la mano se queda mojada, pero no la pudimos detener.

Con hijos que crecen, me sorprende siempre cuánto me debo adaptar a sus necesidades y a las mías, porque el resultado que busco es fijo, pero los métodos han cambiado. Me cuesta esa flexibilidad, no hay yoga que valga para una mente cerrada. Pero entiendo que es mejor soltar el proceso, arreglarlo, hasta hacer uno nuevo, con tal de tener el objetivo que quiero.