Querer lo mismo, pero no siempre

Mi mamá tuvo una infancia extraña. Huérfana de padre a los 8 años, la menor de muchos hermanos, con una mamá que tuvo que salir a trabajar… Visto ahora, creo que ella se crió relativamente sola, en esa mezcla de consentimiento, medio abandono y sobrecompensación que les toca a los niños en circunstancias especiales. Entre todo eso, cuando ella me contaba de cómo la había pasado, nunca hubo una queja. Al contrario. A ella le gustaba la libertad que tenía. Y cómo la chineaban. Con todo, hoy recordaba que alguna vez me confesó que se pasó más de tres años comiendo sólo tres cosas: salchichas, huevos o bistec. Y yo preocupada si repito comida en tres semanas…

Hay una familiaridad reconfortante en saber cómo sabe la comida de la casa. Y tan bonito que era lo predecible del cocido los lunes, carne miércoles y pescado viernes. Pero se vuelve aburrido y llega el adolescente a no querer comer nunca lo mismo (salvo que sea su pollo frito favorito, o el cereal).

No sé qué me pone en más problemas mentales. Que siempre quieran lo mismo o que nunca quieran repetir. Pero también pienso que son pocos los años que me quedan haciendo esto y me doy permiso de quitarle importancia.

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