Fantasías que nos definen

Creo que todavía conservo un par de jeans de cuando tenía 20y pico de años, sólo para ver qué tanto voy cambiando. Como si me gustara tenerme guardada para compararme contra algo que ya no existe.

Las imágenes que tenemos de nosotros, las cosas que decimos que somos, pesan a veces más de lo que realmente somos. Peor aún cuando nos llevamos lo que éramos de adolescentes a nuestra adultez. ¡Con la cantidad de cosas sin completar que éramos en ese entonces! Tenemos una imagen falsa, magnificada, de nuestros defectos y cualidades. De lo que nos decían nuestros papás y le escuchábamos al grupo en el que nos movíamos.

La realidad es que hay muy pocas cosas que no podamos cambiar de nosotros mismos. Salvo las limitaciones obvias de talento, todos podemos llegar a desarrollar las habilidades que queramos. Hasta el carácter es moldeable.

La maravilla de ser adulto es ver el marco en el que uno mismo se ha puesto y escoger si le gustan o no esos parámetros. Hay cosas que, obviamente tenemos que mejorar, porque nunca se termina de crecer. Pero otras que podemos decidir que están bien.

El resto es simplemente la historia que nos contamos. Y que nos podemos hacer realidad. Mis jeans viejos me recuerdan lo que era. Y me los pongo para llevar mi pasado a lo que soy. Y porque todavía entro en ellos.

Guardar selfies

Los 40s no llegan por gusto. Hace que uno se cuestione la vida, porque estadísticamente hablando, la llevamos a la mitad. Y uno ya no está ni joven, ni es viejo. Aún reconoce a la veinteañera en los músculos que responden y mira a la sesenteañera que se asoma en las arrugas que comienzan a asomarse. Y está bien.

Ahora la facilidad de tomarse uno fotos sin pedirle favor a nadie nos abre un poco la puerta para llenar nuestros dispositivos de imágenes banales. El almuerzo de hoy, la blusa nueva, los zapatos favoritos. Una salida con amigas debe ser adecuadamente documentada.

Me pasé buena parte de un año utilizando mi Instagram como lo que llamaba medio en serio medio en broma, mi «muro al ego».  Subiendo fotos mías que, aunque sin filtro, mostraban una buena cara siempre. Momentos de crisis en los que se busca aprobación aunque sea de ajenos, supongo.

Regresé a tomar fotos sólo de cosas importantes. De los momentos con personas queridas, de las risas con mis hijos, de algo que verdaderamente me conmueve.

Conservo dos fotos mías. Una extremadamente triste y otra feliz. Como ejemplos de un extremo del que quiero salir y de un estado al que quiero regresar. Algo así como separadores de libros.

Las demás, las boté. Me puedo ver en un espejo y la gente que no me conoce, dudo que tenga interés.

A ver si no me pasa algo así con los 50s.

Lo que uno hace bien

De pequeña, mis papás me metieron a clases de tenis. No lo hacía mal. Pero no me gustaba. Para nada. Y era un sufrimiento cada vez que tenía que ir. Preferiría montar a caballo. Cosa que no hacía bien, pero que me fascinaba.

No siempre nos gusta lo que nos sale bien según nuestras habilidades. Pareciera que es muy fácil dejar a un lado lo que nos viene natural, como si nuestra naturaleza humana retorcida necesitara sufrir para sentir que se merece algo. Desde los hobbies esos en los que gastamos horas de horas y jamás llegaremos a ser famosos, hasta las relaciones imposibles que mantenemos vivas en nuestro corazón.

Vivir y sentir dolor son uno y lo mismo. O no. Tal vez esforzarse y sentir satisfacción sí son consecuencia uno del otro. Y tal vez aprendemos a no ser masoquistas y apreciar lo que se nos hace fácil.

Pero igual el tenis sigue sin gustarme.

Hasta dónde sentimos

Yo veo a mi hija dar volteretas por la casa porque se puede quedar con las flores de unos arreglos. Canta y baila como si fuera la emoción más grande de su vida. La veo y me emociono. Pero ya no como ella. Esa capacidad de entregarse a un sentimiento es algo que, no sólo ya no conozco, sino que evito a toda costa.

La adultez pareciera ser una lima que nos suaviza las partes punzantes. Entre ellas, la los sentimientos puros. Nos enseñan a no gritar muy fuerte, a no cantar en público, a no llorar frente a la gente. Aprendemos a no enojarnos sin medida. A no fantasear con amores apasionados que duran toda una vida.

Qué triste. Yo veo esa felicidad transparente de una niña que baila y baila y baila, sólo porque tiene una rosa. Y sé que no lo puedo evitar. Porque tengo mucho tiempo de estar atemperando mis reacciones. Yo no quiero que el enojo se me salga. Y me da vergüenza llorar frente a otras personas. Mi risa ya no tiene el mismo volumen. Y me río cuando un cuento termina en «y vivieron felices para siempre». Porque sé cómo es la vida.

Tal vez hay momentos en los que hay que olvidar todo eso que aprendemos.

La función de las cosas

Escuchar a mi papá decir que todo tiene un modo y que, generalmente, es «suavecito», era un detonante seguro para sentirse exasperado. Porque tenía razón. Y porque no siempre aplicaba eso a su vida personal.

Todo tiene una función para lo que está diseñado y es uno de los mejores axiomas de diseño el que define que «la forma sigue a la función». Como un buen carro que no tiene adornos superfluos que le quiten aerodinamismo. O la ropa que queda perfecta porque no tiene vuelos extra.

Igual las relaciones que llevamos. Todo es mejor tenerlo bien claro y poder poner las cosas sobre la mesa. Pero suavecito. Porque hay mucho que se puede decir, que se debe decir, cuando uno quiere que los lazos perduren y se fortalezcan. Sin embargo, hacerlo a quemarropa y sin la menor consideración por el daño que se pueda causar es el equivalente de utilizar un martillo para matar una hormiga. Efectivo, pero innecesariamente destructivo.

La función de una relación laboral es intercambiar habilidades por dinero. La función de una amistad es dar cariño y apoyo y contexto a la persona. La función del amor es complementarse y apoyarse y crecer juntos. Si no se cumplen con las funciones, no hay forma que las salve. Y si no se cuida el modo, no hay función que valga.

Todo tiene una función específica. La cosa es hallarle el modo.

Perder el lugar seguro

Mis hijos me abrazan cuando quieren sentirse seguros. Recuerdo muy bien esa sensación, yo sentada sobre mi mamá en el sillón de bordar. No es de una infancia remota el recuerdo. Lo seguí haciendo bastante entrada en años, apoyando la mayor parte del peso de mi cuerpo en los brazos del dichoso sillón.

Supongo que necesitamos un lugar seguro en dónde refugiarnos de la vida de vez en cuando. Una iglesia, un rito, una cama. Unos brazos. Los ojos de alguien que nos puede ver y decirnos que «todo va a estar bien» aunque no tenga ni la más peregrina idea de cómo sea eso. Aunque nos mientan.

Es imposible tener garantizado nada en la vida. Hasta el amor se escapa a veces por la ventana y no hay forma de predecirlo. Las palabras de aliento se las lleva el viento. Los brazos se voltean hacia otro lado. Y uno se queda solo. No siempre. Pero sí a veces. Y allí toca pararse al espejo, verse a los ojos y decirse que «todo va a estar bien». Y más vale que uno se lo crea, porque es muy difícil seguir sin esa esperanza.

Cuando mis hijos me piden que los haga sentir seguros con un abrazo, me siento segura yo también. Porque si se los puedo decir a ellos, me los puedo decir a mí misma.

Mi catarro es más fuerte que el tuyo

Mi mamá solía decir que las cosas de cada uno son importantes, porque le pertenecen a esa persona. Sus dolores son más fuertes, sus alegrías son más vívidas, sus amores son más eternos. Porque le pasan a uno. Porque uno es el testigo, protagonista, juez, medida, balanza y lente a través de los cuales experimenta la vida.

Digamos que todos partimos del mismo punto: de dentro de nosotros. Todo lo que nos pasa, lo procesamos dentro de nuestro cerebro. No podemos hacerlo de otra forma. No tenemos otro cerebro. Sin embargo, una de las habilidades básicas para vivir feliz en sociedad y tener relaciones duraderas es poder empatizar, ponernos en los zapatos de nuestro vecino, tratar de ver las cosas desde su punto de vista. Escuchar qué es lo que motiva algunas acciones incomprensibles, observar qué dispara ciertas conductas, reconocer las reacciones emocionales ante estímulos que, según nosotros, no van a tener mayor impacto.

Entender a los demás nos amplía el mundo. Es como aprender a comer diferentes tipos de comida. A apreciar otro tipo de música. Al menos a tratar de darle una oportunidad. Y saber en dónde poner el límite. Porque, por mucho que lo entendamos con la cabeza, muchas veces las consecuencias de las acciones de los demás nos duelen tanto, que mejor nos alejamos. Por nuestro bien. Porque, al final del día, somos nosotros los que sentimos nuestro dolor y sabemos si podemos regresar a ponernos en la misma situación. O no.

El precio de la paz

He aprendido, a lo bruto, que a los niños no les gusta hacer siesta. Aún que se mueran del sueño, tengan los ojos rojos, estén insoportables y ya no puedan más. Es como si sus mentes se rebelaran en contra de la posibilidad de dejar de vivir un sólo momento. Cosa que, ahora que considero las siestas como uno de los placeres fundamentales y necesarios de la vida, simplemente miro como un desperdicio de oportunidad.

Tener paz a veces nos cuesta. Porque queremos seguir haciendo cosas, porque tenemos mil pendientes, porque nos cuesta enfocarnos en una sola cosa. O porque, a veces, tener calma exige que dejemos ir. Sobre todo, nuestras expectativas. Esos espejismos de las vidas perfectas que teníamos trazados como mapas del tesoro.

Nos movemos entre tener horizontes claros y caminos tortuosos. Entre ver un faro a la distancia y navegar por un mar sin compás. Es imposible prever todo lo que nos puede suceder. O hacer todo lo que queremos.

La paz se compra con calma. Y ésta sólo se consigue soltando. Dejando ir un poco. Relajando esa mano con la que nos aferramos a lo que creemos, aún cuando nos hace daño.

En el momento de escribir esto, ya me levanté tres veces, escribí cuatro tuits, hablé con cinco personas por el WhatsApp. Porque a mí también la vida me parece corta y no me quiero perder ni un poco. Espero alguna vez poder pagar el precio que se necesita para estar en paz. Por ahora, me conformo con hacer una siesta de veinte minutos.

Algunas verdades no sirven

Hay cosas que todos sabemos y que no nos hacen más o menos sabios. Como cuando aumentamos de peso y lo podemos ver en un espejo. O practicamos un deporte para el que no somos demasiado talentosos. O cuando vemos que las arrugas ya comienzan a hacer un mapa en nuestra cara. A veces, asumimos esta información, otras, la ignoramos. Porque son cosas que no se pueden evadir. Es lo que es. Y ya. Como la muerte. Todos sabemos que vamos a morir. ¿Y?

El problema es que, siendo la muerte nuestra compañera de vida, tenemos el final ya escrito, pero tenemos que desarrollar todo lo que hay en medio. Saber que tenemos un tiempo limitado, a algunas personas las hace vivir al límite. A otras las paraliza

En mi vida, la muerte de seres queridos, amigos, padres, ha sido un marcador. Hay antes y después. Y todo sigue en medio. Qué va uno a saber. Lo cierto es que uno tiene que vivir sabiendo que todo se va a acabar. Sin excesos destructivos porque igual ya todo se va al trasto. Sin paralizarse. Simplemente viviendo.

Saber el final, pero no todo lo que pasa antes. Le da un enfoque a nuestra existencia y también le quita mucha gravedad.

Cuando es mejor no seguir hablando

Tengo un pequeño problema entre mi familia: la mayor parte de mis parientes no tiene filtro para decir las cosas y salen directo sin pasar por la cabeza. Así, mi tía me ha dicho que estoy gorda y/o demacrada en la misma frase, mi papá se burlaba de mí por hacerme un cumplido y más de un tío me hizo pasar un momento incómodo. Mi madre, que tampoco tenía muchos filtros, me decía que las palabras no podían sólo escaparse del corazón, que tenían que ser digeridas primero por el cerebro.

Cosa que me es sumamente difícil, porque me efervescen las emociones y siento que se me salen hasta de los poros. Cosa que es sumamente divertida, si no es para tomar decisiones permanentes. En una conversación seria, de esas que se convierten en discusiones tipo batallas, perder la calma es lo peor que puede pasar.

Para cualquier tipo de relación, laboral, de amistad, de parentesco, sacar todo el sentimiento puede ser muy satisfactorio. En el momento. Pero es como tirar la computadora al carajo cuando no enciende y sentirse estúpido por haberla roto en el proceso. Las palabras hieren. Porque tienen poder. Porque evocan sentimientos y se quedan grabadas y no hay borrador que las quite. Ni el alcohol. Por eso es bueno tener semáforos internos para ponerle fin a conversaciones que, aunque uno quisiera continuar hasta ahogarlas a puro argumento, no tienen ninguna finalidad constructiva y sólo nos van a dejar con los pedazos de la relación en la mano.

Ponerme un bozal me cuesta. Yo siempre quiero tener la razón. Pero sentirme mal después de haberlo hecho todo añicos, me cuesta aún más. Así que, estoy aprendiendo a levantarme y pedir una pausa para poder continuar en otra ocasión.