El doble gancho de las relaciones

Siempre he dicho que mi corazón es como uno de esos hotelitos pequeños que están de moda ahora en los que cabe muy poca gente. Pero en realidad me he dado cuenta que es como esas butacas de las óperas que tienen asientos reservados casi de por vida. Se necesita un evento catastrófico para que otra persona ocupe el lugar ya previamente abonado.

Hacemos vínculos con las personas a quienes nos entregamos y nos enganchamos emocionalmente. Para algunos, esos vínculos son más fáciles de cortar que para otros. No es ni malo ni bueno, sólo es. Lo malo es no saber en qué lado del espectro se encuentra uno. El autoconocimiento es la llave de, tal vez no la felicidad, pero sí de un mejor sentido de navegación por la vida. Lamentablemente, este es el tipo de cosas que uno sólo conoce después de un par de trancazos en el camino. Al final, para eso es la vida, para enseñarnos aunque duela.

Me gustaría pensar que la gente recibe lo que uno da, sabiendo hasta qué medida lo está entregando uno. Que lo apreciaran en la misma medida en que para uno es valioso. Pero no es así y lo único que uno puede hacer es saber que la falta no está en uno. Que, no ser apreciado no quiere decir no ser apreciable. Y seguir. Porque yo no voy a dejar de ser binaria. Pero sí puedo ser mucho más cautelosa.

Hoy como garnachas y churros y no levanto pesas

Tengo tres meses de estar entrenando pesas muy duro. Me he gozado el circuito, porque es una de esas cosas en las que uno puede medir un progreso facilón al que sólo hay que meterle tiempo. No es una kata qué aprenderse o un libro qué escribir. Simplemente hay que mover una cosa que pesa de la misma forma varias veces y listo. Pero, como con todo, no puedo seguir haciendo lo mismo todo el tiempo, porque el cuerpo se acostumbra. Así que toca descanso.

Coincide eso con la feria de la ciudad y no tardé en ir a comer garnachas, churros y tomar cerveza. Cosa que mi estómago me está recordando vehementemente.

Las rutinas son deliciosas y nos encarrilan en la vida. Quitarnos decisiones poco importantes como qué nos vamos a poner y qué vamos a comer de encima, libera nuestro cerebro para pensar en cosas más trascendentales, como qué serie de Netflix escoger. Pero no se puede vivir en la rutina permanentemente, porque nos volvemos cómodos.

Por eso existen las vacaciones, los cambios, los retos, el tiempo mismo que pasa y nos deja en lugares diferentes cada vez que nos damos cuenta. El músculo necesita descanso y volver a comenzar, preferiblemente con algo nuevo que se nos convierta en rutina hasta que sea viejo y haya que cambiar lo de nuevo. Igual que la ropa. Igual que la comida. Igual que la vida.

Me cae un poco mal saber que, probablemente al final de esta semana, mis jeans ya no me queden flojos otra vez. Pero nadie dice que no puedo volver a ponerme igual. Además, las garnachas estaban deliciosas y la feria termina hasta el fin de semana.

Talentos potenciales

Seguir instrucciones es uno de mis talentos más útiles. Lo aprendí de mi mamá, que podía seguir los pasos de cualquier manual y salir con una maravilla. Así cocino, así he retapizado muebles, así escribo. Creo que vale la pena encaramarse sobre lo que ya han descubierto otras personas y hacerlo propio.

Las instrucciones, los planes, las reglas, todo eso son atajos probados una y otra vez. Así aprendemos a escribir, a sumar, a pensar. No es lo mismo caminar por primera vez sobre un terreno plano que sobre piedras y atravesando pantanos.

El talento de cualquier cosa que llevamos dentro es más sencillo que lo descubramos primero dentro de un ambiente seguro. Las reglas nos agarran de la mano. Y luego hay que soltarse. Hacer el mundo de uno mismo, sabiendo en dónde está lo conocido y descubriendo qué hay más allá.

Tomamos fotos de las mismas cosas de forma diferente. Contamos la historia más vieja del mundo, para hacerla nueva porque es nuestra. Tocamos un instrumento leyendo una partitura e imprimiéndole nuestro propio sabor.

Los talentos se instruyen, moldean, regularizan. Y luego se dejan volar. Así se sigue bien una receta. Se da bien un beso. Se vive bien la vida.

El hoyo en las canastas

Del cuento de la Caperucita, lo que siempre me llamó la atención fue lo que llevaba en la canasta para la abuelita. Todo lo que describían y que variaba de versión en versión, sonaba delicioso. Además, que la imagen de una canasta de mimbre, de esas que tienen tapadera firme y que se llevan en el brazo es tan romántica. Siempre quise hacer picnic, aunque fuera en mi jardín. Ante las objeciones firmes y categóricas de mi mamá y su argumento de hormigas y demás bichos, jamás realicé mis fantasías del mantel a cuadros rojos y blancos y golosinas maravillosas saliendo como tesoros de un cofre.

Todos llevamos una canasta con maravillas dentro de nosotros. De ésas que nos hacen sentir bien, como la autoconfianza y la valentía y el amor propio y la resilencia y la empatía. Sentirnos amables (dignos de ser amados), protegidos, apreciados. Todas esas cosas van dentro de un lugar que, primero, llenan nuestros papás. Y, como los papás distamos muchísimo de ser perfectos, no llegamos con todo eso lleno a ser adultos. Es más. muchas veces no sólo nos hacen falta cosas, sino que la mentada canasta tiene un hoyo y se nos caen las que logramos acumular.

Buscar en alguien más lo que nos hace falta a nosotros mismos es la receta de todas las relaciones disfuncionales. Porque el hoyo sigue allí y, no importa que la pareja sea tan generoso como queramos, siempre nos va a hacer falta algo. Lo difícil es que cuesta reconocer en dónde fallamos. En dónde está nuestro agujero emocional. Y, por alguna extraña razón, duele repararlo y da hueva y da miedo depender de nosotros mismos. Porque nuestro compañero de espejo, ese que se nos asoma en el reflejo, es un dictadorcito de pacotilla que se goza haciéndonos sentir mal cuando no lo hemos educado.

Yo quiero reparar mi canasta para que no se me caigan las cosas bonitas que logro encontrar para mí. Y quiero estar con alguien que me acompañe a llenarla, no que me oiga pedirle que la llene él. A ver qué tal me va de tejedora de mimbre.

Sentir sin hundirse

Durante la mayor parte de mi vida, he creído que la única forma de no hacerme pedazos contra la pared de mis sentimientos es no sentir. Mantenerme alejada de una sensibilidad que llevo dentro y que, las veces que dejaba que saliera, me arrastraba hasta dejarme peor que un gato bajando una catarata dentro de un barril. Recuperarme de cada uno de esos desastres me ha tomado años. Así que, siempre no, muchas gracias.

Los humanos somos un conjunto complejo de piezas que cazan, precisamente porque son opuestas. La mente racional que busca explicaciones lógicas, el corazón que nos convence por puro sentimiento de hacer cosas que luego no entendemos, el cuerpo que llevamos a todas partes y que no siempre podemos controlar. Descuidar cualquiera de estos aspectos nos hace menos. Dejarnos que sólo uno nos mande también.

Todo crecimiento conlleva una parte de dolor. Entrenar cualquier deporte o hacer ejercicio de verdad, hace que los músculos se desgarren un poco y duelan y se vuelvan más fuertes. Aprender implica invertir horas en el estudio. Sentir… pues sentir es abrirnos a la posibilidad de ser lastimados.

Pero no sentir es cerrarnos, enfriarnos, dejar de apreciar lo que nos conmueve. La clave es sentir sin culpas. Aceptar la posibilidad que nuestra confianza puede ser rota, que nuestro amor puede ser despreciado y darnos permiso para que eso no nos despedace. Porque sentir no es vergonzoso. Dejar de hacerlo es una tragedia.

Todo está a medias

Desde que estamos arreglando la casa, se me ha caído un pedazo de techo, se entra el agua por las gradas, se van desalineando las puertas, descomponiendo las conexiones eléctricas y otra serie de pequeños desastres domésticos. Lecciones en ironías de la vida que le dicen.

A veces, cuando necesitamos arreglarnos, vamos destapando lugares por donde ya no pasábamos. Porque los habíamos olvidado, porque ya eran parte de nosotros, porque creíamos que no necesitábamos visitar. Y resulta que las cosas que no se tratan en el momento oportuno más cercano, se pudren y se infectan y luego todo lo que se construye encima está inestable.

A todos nos ha pasado que nos lanzan una palabra que va sobre las alas de un tonito sarcástico, pero no decimos nada por no hacer más grande la historia, sólo para sacar el ejemplo días después, pero ya con tiempo acumulado.

Saber qué pedir, arreglar, cortar y cuándo hacerlo. A veces es más fácil atacar las cosas pequeñas que dejar que crezcan. Hay monstruos que, ya hinchados, son difíciles de vencer.

Mi vida necesita arreglos. No sabía cuántos. Seguro que, después de esta experiencia no dejo que pase tanto tiempo sin revisar. Como la casa. Mejor estar sobre lo pequeño en vez de pasar días con un plástico en el techo.

La cara que ponemos

Convivir con un grupo de gente relativamente extraña es una excelente oportunidad para fijarse uno en las cosas que hace. Como hablar demasiado o aislarse o reír mucho o no participar en actividades grupales. Después de cierta edad, el impulso por pertenecer a toda costa va desapareciendo y uno evalúa cuándo y dónde compartirse.

Todos tenemos una cara que enseñamos al mundo. Y todos somos editores de la historia que contamos de nuestras vidas. No es que mintamos, es que no decimos todo. Porque no es necesario.

Se pueden tener varias caras con qué salir a la calle. No somos iguales en todos los aspectos de nuestras vidas. Pero sí es cierto que, mientras menos diferencias radicales hayan entre un rostro y otro, mejor nos sentimos acerca de nosotros mismos y menos conflictos internos tenemos. Es muy difícil ser personas diferentes, porque confundimos nuestro interior.

Lo lindo de crecer y dejar atrás los dilemas de una adolescencia que se mete hasta ya bien entrados los treintas, es que se puede escoger los pedazos de uno que más nos gustan. Construirnos a partir de lo que nos hace mejores personas y afinar el resto, es uno de los ejercicios más satisfactorios que podemos hacer. Y, aceptar que uno no es, ni quiere ser el centro de atención en donde vaya uno, libera. Aún y cuando la niña que llevo dentro me pregunte por qué no me quedé hasta las tres de la mañana jugando futío. Mi adulto descansado de hoy tenía razón.

No todo lo puedo

Ni de cerca. Resulta que me quedo corta para muchas cosas. Y aprender eso es una lección dura. Porque uno (yo) quiere hacerlo todo. Especialmente porque se le mete que las cosas tienen que ser de cierta forma. Y luego va la vida a reírse abiertamente de uno.

Porque uno no puede más que lo que es hacia adentro y eso hasta después de aprender a autorreconocerse. Si hasta las emociones nos pasan llevando como trenes descarrilados.

Tener un círculo de soporte, una familia, pareja estable, nos debería permitir dejar ir esa gana de hacerlo todo. Porque hay cosas muy básicas que necesitan hacerse entre dos, comenzando con un abrazo que consuele. Dejarse ayudar, sobre todo emocionalmente, es abrirse y exponerse, claro. Y no siempre la experiencia es buena. Pero lograr esa vez que uno necesita apoyo y obtenerlo redime a la humanidad y pega un poco el corazón cuando se rompe.

Yo no lo puedo todo. Por lo menos no todo lo que quiero. Y tengo que aprender a pedir ayuda, compañía, apoyo. Porque no vivo en una isla y porque me gusta que me abracen.

Rendir cuentas

En las nuevas teorías de educación, he escuchado, se trata de no ponerles calificaciones a los niños, pues éstas son estandarizadas y no reflejan el verdadero conocimiento y menos el potencial que puedan tener los alumnos. En el colegio de mis hijos, no siguen esta corriente y claro que les ponen notas a los trabajos y exámenes. En mi casa, ese numerito tenía un peso que iba mucho más allá de cualquier cosa ponderable. La felicidad de mis padres parecía depender de cuánto podía yo sacar en mis clases y los honores con que me gradué de la universidad eran para ellos algo tangiblemente grandioso.

Todos tenemos qué rendir cuentas. Con las consecuencias de nuestros actos. Con el resultado de nuestros esfuerzos. Con la facilidad con que podemos vernos al espejo. Hacemos cosas deseando un desenlace específico y nos entristecemos si no lo obtenemos. Y, cuando no tenemos ni idea de qué pueda suceder, también medimos el éxito de lo que hicimos con qué tanta satisfacción nos dio.

En lo que hago, que es criar un par de personas, las cuentas se las rindo a mi paciencia, a mi expectativa contra lo que sucede en la realidad, a mi cansancio al final del día. Y soy la más exigente de las jefes. Menos mal que, cuando reviso las calificaciones, lo que busco no es el numerito. Siempre pregunto si se esforzaron lo suficiente. Ellos también tienen que aprender a rendirse cuentas a sí mismos.

Regresó el negro a mi vida y con él, la felicidad

He tratado muchas veces de quitarme el vicio del color negro. De verdad. Hasta al punto de pedirles a mis amigas que me lleven a comprar ropa para que no todo lo que agarre sea de ese color. Pero me gusta mucho y regreso a él en la menor ocasión.

En general, tenemos estilos de ropa, lugares de paseo, comidas, música, olores que nos hacen sentir una medida de comodidad y de seguridad. Por eso regresamos muchas veces a pedir que nos hagan el «plato de la abuelita» para nuestro cumpleaños. O añoramos con regresar a ese puente de esa ciudad en donde nos sentimos libres, jóvenes, felices. Agarramos «el» traje especial para sentirnos con poder. Guardamos la ropa interior que más nos gusta para las noches en que queremos que nos la quiten.

Rituales. Lugares seguros. Certidumbres. De algo tenemos qué asirnos, porque la vida no trae ninguna garantía. Puede que sea infantil, pero un poco de ayuda psicológica nunca le ha hecho daño a nadie. Si ponernos esos tenis antes de salir a correr nos hace creer que lo hacemos mejor, si tener puesta ropa que nadie nos mira nos da una sensación de bienestar, si comer un pedazo de pollo frito nos recuerda que teníamos un lugar feliz, qué mejor.

Porque terminamos de comer, nos quitamos la camisa de la suerte, salimos del lugar bonito y seguimos con nuestras vidas. Aunque sea siempre vestidos de negro. O azul. Pero mejor negro.