Creo que todavía conservo un par de jeans de cuando tenía 20y pico de años, sólo para ver qué tanto voy cambiando. Como si me gustara tenerme guardada para compararme contra algo que ya no existe.
Las imágenes que tenemos de nosotros, las cosas que decimos que somos, pesan a veces más de lo que realmente somos. Peor aún cuando nos llevamos lo que éramos de adolescentes a nuestra adultez. ¡Con la cantidad de cosas sin completar que éramos en ese entonces! Tenemos una imagen falsa, magnificada, de nuestros defectos y cualidades. De lo que nos decían nuestros papás y le escuchábamos al grupo en el que nos movíamos.
La realidad es que hay muy pocas cosas que no podamos cambiar de nosotros mismos. Salvo las limitaciones obvias de talento, todos podemos llegar a desarrollar las habilidades que queramos. Hasta el carácter es moldeable.
La maravilla de ser adulto es ver el marco en el que uno mismo se ha puesto y escoger si le gustan o no esos parámetros. Hay cosas que, obviamente tenemos que mejorar, porque nunca se termina de crecer. Pero otras que podemos decidir que están bien.
El resto es simplemente la historia que nos contamos. Y que nos podemos hacer realidad. Mis jeans viejos me recuerdan lo que era. Y me los pongo para llevar mi pasado a lo que soy. Y porque todavía entro en ellos.
