Cuando la mente nos juega feo

Nadar es una de esas actividades que nos liberan de nuestro entorno y nos atrapan dentro de nuestras mentes. No hay nada. El agua tapa los sonidos, los anteojos enfocan la vista en puntos estrechos, el agua nos limita el cuerpo. Flotamos, casi como si voláramos. Estamos con nosotros, y nadie más.

Al principio, como en todo, uno va más enfocado en respirar y no ahogarse. Es la adquisición de cualquier habilidad, el comienzo de toda relación. Queremos verla andar y nos concentramos en el poner un pie delante del otro sin perder del todo el aliento, con una meta muy concreta en mente. Nos cansamos rápido y tomamos respiros frecuentes. Hasta que le agarramos el modo y los movimientos son mucho más fluidos, los avances ya no nos demandan toda la atención, ya no nos tenemos que concentrar tanto en los detalles. Nos damos el lujo de sentirnos cómodos.

Es allí cuando la mente nos traiciona. Porque siempre tiene que estar ocupada y, si no la alimentamos de cosas positivas en qué nos ayude, seguro va a encontrar en qué divagar. Rara vez es eso bueno. Comenzamos a escarbar, a levantar piedras que esconden bichos, a unir cabos que no sólo no van juntos, sino que nos hacen corto circuito.

Vamos nadando en un lago en el que apenas hay peces y nos imaginamos cocodrilos, pirañas, monstruos acuáticos que salen del fondo oscuro a devorarnos. Se nos olvida regresar a lo básico, a avanzar. A no ahogarnos. Los monstruos son lo de menos cuando es nuestra propia mente la que nos asfixia.

El clima y la ropa

Amaneció completamente gris. Nubes como sábanas cubrían el cielo y al sol sólo se le miraba como entre algodón, pálido. A sacar el suéter y los zapatos tapados, porque ni modo. Pero luego se despejó y hubo calor con humedad, lo que me ayudó a conservar mi look de Pantera Rosa recién salida de la secadora que favorezco naturalmente (aunque no mucho me favorezca a mí). Me cambié a algo menos abrigado, agobiada por el calor de tal forma que al fin me levanté de la silla en la que estaba tan cómoda. Si ya de por sí me cuesta decidir qué ropa ponerme en la mañana, tener que cambiarme a media carrera me enerva.

Todos tenemos ciclos. De día, de noche, de luna, de hambre, viciosos, virtuosos… Algo así como las estaciones del tiempo. A veces, esas transiciones las hacemos de forma consciente, como preparándonos a avanzar en espiral. Marcamos nuestro comportamiento con fechas significativas, privadas o públicas. Sacamos la ropa que se adapte al clima. Estudiamos para los exámenes finales. Nos esmeramos en celebrar cumpleaños.

Otras, los cambios nos son completamente ajenos al control que nos gusta. Despidos, despedidas, muertes. Todas cosas que marcan nuestro paso por el mundo de forma a veces drástica. igual nos tenemos que adaptar. Porque el tiempo sigue y mejor si le seguimos el paso. Quedarse atrás, paradójicamente, es sinónimo de dejarnos atropellar por su paso.

Así que, ya con una blusa más liviana, estoy viendo cómo se vuelve a nublar el cielo y bajar la temperatura. Menos mal llevo una chumpa en el carro.

Echar a andar la maquinita

Los gatos de mi casa pasan dormidos lo que pareciera ser 25 de las 24 horas del día. Salvo cuando corren como endemoniados, trepando por todos los muebles y haciendo más ruido del que verdaderamente les correspondería por el tamaño. Pasan de la total inactividad al completo desahogo, como si sólo supieran estar en «apagado» y «rapidísimo».

Tal vez así funciono yo también. Porque tengo lapsos de actividad frenética en los que no paro y reparo libreras, corto patas de mesas, lijo, pinto, barnizo, encero… y luego ya no lo hago. O durante el día hago karate, pesas, corro, nado, yoga y, después, que no me pidan que me levante de donde me aplasto. O escribo cinco cuentos y luego pasan meses sin juntar dos palabras.

Hay cosas que se deben hacer todos los días y otras que tienen sus propios ritmos. Pero es innegable que es más fácil hacer avanzar algo que ya está en movimiento, que empujar una máquina totalmente parada. Tal vez por eso es mejor eso que hacen las personas verdaderamente hacendosas que se aplican un poco en todo, todos los días y logran mucho más de lo que yo pueda alcanzar en una actividad muy concentrada.

Necesito practicar. Para todo. Y, tal vez, escoger algo que mantenga en movimiento.

Mucho tiempo de no verte

Nunca había leído nada de literatura oriental. Hasta ahora. Como siempre me pasa con todo, me dieron ganas de comer sushi, ver geishas, asistir a una lucha de sumo, tener un kimono (para lo cual tengo el peor cuerpo del mundo) y retomar la pintura japonesa. Oígase «retomar» muy levemente, porque tampoco es como que la hubiera hecho magistralmente en ningún momento de mi vida.

Supongo que todos hemos hecho cosas para las cuales no tenemos talento, pero que nos divierten. Como recibir clases de canto para subirse con confianza en un karaoke. O agarrar una raqueta aunque jamás lleguemos ni cerca de ser buenos.

Todos tenemos habilidades y aspiraciones y éstas no siempre coinciden. Es allí donde la perseverancia y el pragmatismo deben coexistir. En realidad, nos deberíamos esforzar siempre para todo lo que hacemos, aún y cuando no nos cueste. Y, también, deberíamos ser lo suficientemente sinceros con nosotros mismos para reconocer los límites de nuestra realidad. Hay muchos factores que influencian hasta dónde llegamos con algo, no sólo es la voluntad.

Sin embargo, eso no nos debe impedir jamás hacer lo que nos gusta, dando todo lo mejor de nuestro ser. Porque la satisfacción que derivamos de algo que nos llena va mucho más allá de cualquier premio o reconocimiento externo que recibamos. Siempre. Nos debemos medir contra nosotros mismos, sabiendo que debemos mejorarnos. En resto de la existencia se ocupará de sí misma.

Para mientras, seguiré haciendo planas y lamentando el desperdicio de tinta. Igual me divierto.

Sola estoy bien

Me encanta estar sola. Que haya silencio a mi alrededor. No tener que hablar con nadie. Poder escoger qué comer sólo para mí. No buscar entre mi escaso repertorio de habilidades sociales las actitudes que ayuden a no ofender a la gente a mi alrededor.

Sola, no tengo que ser amable, ni platicar, ni compartir. Sola puedo poner mi música, mi tele, estar en mis fachas.

Sola, junto todos mis recuerdos y los anudo en mi garganta sin pena de que me vean.

La soledad es una amiga muy seductora que me envuelve. Y me aisla. Y me ahoga. Y me deja vacía.

Porque vivir en sociedad, acompañado, implica hacer todos esos esfuerzos por salirse de uno mismo. Abrirse a las experiencias de otros. Compartir la vida. Y esa es la única forma de sacarle provecho al tiempo que tenemos en este lugar existencial. Vivir con otros nos enriquece de otras formas de pensar, de otra música para escuchar, de otros puntos de vista.

Solos, somos un árbol de frutos que se desperdician y que no se poliniza para ser mejor. Acompañados, somos un bosque que se alimenta entre sí y da vida a lo que hay a su alrededor.

Sí, sola me va bien. Pero acompañada me va mejor aunque me cueste más.

Las medidas extremas

Me estoy comiendo medio aguacate. Medio. Yo quisiera uno entero. Pero la medida aceptada de aguacate por persona es medio. Y me cuestiono seriamente la capacidad de empatía del burócrata pálido y encerrado que determinó tan tajantemente que medio era suficiente.

Existen medidas «estándar» para todo. Es más. Los muebles, las alturas de las islas de cocina, el ancho de las puertas y hasta los teclados en los teléfonos se ajustan a manuales que nos reducen como humanos a expresiones numéricas «normales».

Y luego están las de conducta: cuántas horas dormir, cuántas veces comer, cuántas veces coger… Por lo menos para ser un ciudadano promedio. Cuando no existe tal cosa como el promedio. Todos somos diferentes y las únicas reglas firmes que deberíamos aceptar son ésas que nos ayudan a convivir con los demás desquiciados que nos rodean.

Pero resulta que todo el mundo sabe cómo se deben comportar los demás. Cuándo tener pareja, casarse, hijos, no separarse jamás… Como si la vida y la felicidad se obtuvieran con receta química. Ni que fuera la poción mágica del amor. Que tampoco sirve.

El promedio nos sirve de pálida referencia. Está perfecto a la hora de tomar una medicina para no envenenarnos. O de base para comenzar una rutina de ejercicios. Pero no para encuadrar toda la vida. Y menos para conformarse con medio aguacate.

Soy tóxica

Comenzamos el día haciendo un recuento de las cosas que los niños han dejado olvidadas en el colegio. Digamos que no les alcanza su mesada para pagar hasta los tenis que han perdido. Me toca hacer consciencia. Me toca no dejarlos llevar suéter que no es del uniforme. Me toca recordar que no se habla con la boca llena. Me toca exigir que no se saquen la yo entre ellos. Me toca ser la tóxica.

Aprendemos a base de repetición. Todo. Hasta a caminar. Porque podremos «saber» las cosas, pero no las sabemos hacer. ¿Han tratado de cantar? Como si uno no usara la voz todos los días. Resulta que hasta eso hay que practicar.

Los hábitos se nos vuelven nuestras realidades. No sonreír, fruncir el ceño, bajar las comisuras de la boca en una mueca de desagrado. Poco a poco nos vemos como sapos ponzoñosos. Y se nos olvida el último día en el que fuimos felices.

Tal vez por eso me esfuerzo por encontrar a los niños en el bus con una sonrisa, preguntarles al almuerzo si se la pasaron bien, tenerles comida que les guste. Aunque se me vaya la amabilidad por un caño a la primera conversación llena de pasta en la boca.

 

Días perdidos

Llueve desde hace una eternidad, o sea, desde esta mañana. Del sol, ni la sombra. Tuve que sacar ropa de frío, mis vestidos y shorts viéndome con melancolía desde el clóset. No recordaba que tuviera esta blusa de manga larga, al menos no es negra. Los colores del mundo se miran como a través de un filtro en grises. No he salido de mi cuarto.

Los humanos poblamos toda la Tierra, aún los lugares más inhóspitos en donde necesitamos ropa y hogares especiales para no perecer. Parecemos una plaga necia que insiste en sobrevivir a pesar de los mejores esfuerzos de la naturaleza. ¿Nieve? Esquiamos. ¿Sol abrasador? Somos morenos. ¿Tierras desérticas? Tenemos camellos. Y así, sobrevivimos. No, es más, prosperamos.

Porque eso es nuestro llamado. Transformar lo que tenemos a nuestro alrededor y hacerlo nuestro de tal forma que nos dé sustento. Hasta una tienda de campaña la volvemos un palacio con un par de alfombras y música inventada. La imaginación nos saca de donde estamos, hasta cuando la usamos para languidecer entre la melancolía de las cosas deseadas y la nostalgia de las cosas perdidas.

Escribir que estoy apachurrada por el clima me hace hacer algo más que estarlo. Imaginar que podría estar en la playa bajo un sol que me acaricie, me saca del letargo en el que me siento metida. Y, ver la lluvia caer en esta constante húmeda, me da un día perdido para guardarlo con otros. También de ésos está hecha la vida.

Cosas intraducibles

Alguna vez mi papá, tratando que yo conectara una raqueta con la bola de tenis, me dijo que todo estaba en el «timing». Palabrita por lo demás sin traducción satisfactoria en el español. En el dojo, nos hablan del «kime», esa unión de movimientos en el momento preciso. O sea, «timing».

En la vida parecen haber momentos escritos para ser agarrados. El trabajo que escogimos sobre otro. El beso que robamos porque era nuestro. El viaje antes o después de una tormenta.

Allí es cuando todo camina sobre rieles, se desliza y nos da la sensación que estamos en donde debemos. Que todo está bien. A veces hasta tenemos una válvula en el estómago que nos dice si es el momento correcto o no. El problema es que no siempre funciona. Y aún menos podemos pasarnos la vida entera esperando sentir que es «el» momento. Porque, aunque parezca contradictorio, el timing sólo llega después de uno haberse preparado durante horas de práctica y de estarlo buscando sin fruto. De arreglarse uno la cabeza y los sentimientos antes de buscar a alguien con quién compartirse. De hacer una y otra vez la plana hasta que corre fácil la caligrafía.

El timing, el kime, el destino, sólo nos llega si lo forjamos. Con sudor y dolor y lágrimas. Lo bueno es que sí llega y allí podemos descansar. Un rato. Hasta el siguiente tramo. Jamás aprendí a conectar con una pelota. Pero ya casi me sale un zuki revienta-costillas. Todo es cuestión de práctica.

Prepararse para fallar

Tengo una relación amor-odio con pintarme las uñas. Comenzando con que nunca me gusta cómo me las dejan en el salón, siguiendo con que las mantengo cortas para no arañar a los niños y para no lastimarme cuando hago karate… Me tardo mucho tiempo en ponerme todas las capas y quedarme quieta para que no se me arruinen.

Invariablemente, se me arruinan. Es inevitable toparse con algo.

Como seres que pueden pensar que existen más allá de un «mañana», nos gusta planificar. La imaginación nos permite proyectarnos y ver las cosas antes que sucedan. Preparamos los ingredientes para un pastel, invitamos personas a eventos en el futuro, queremos hacer planes de cómo sean nuestras vidas… Y rara vez las cosas resultan como las queríamos.

Nunca emprendemos algo para no poder lograrlo. Pero sí está bien que estemos preparados para que no nos salga todo como queríamos.

No se trata de cambiar de metas. Sólo de saber cómo levantarnos cuando nos caigamos. Porque eso sí es seguro. Nos vamos a caer.

Así como es seguro que me voy a arruinar las uñas recién pintadas. Por eso llevo el esmalte entre la bolsa.