Una buena cama

A veces me cuesta decidirme a dormir. Como si mi cerebro no quisiera perderse de ni un minuto de consciencia. Hay tanto qué hacer, que la vida nos queda debiendo tiempo. Tal vez por eso tantas culturas creen en cosas como la reencarnación, porque parece demasiado injusto que no podamos experimentarlo todo. Todo.

En días de mucha intensidad, como que cuesta desprenderse del mundo. Está uno contagiado de un entusiasmo por lo logrado que lo suspende en un estado casi de euforia. Bajarse de allí toma voluntad. Y no siempre se tiene. Tenemos tantos químicos que nos preparan para situaciones extremas, pero rara vez los usamos en nuestras vidas modernas. Que yo sepa, quedan pocos tigres dientes de sable que nos depreden y hay muy pocas tribus que aún cazan para comer. A nosotros todo nos queda cómodo.

Nuestra descarga de adrenalina más segura es dentro de nuestros carros. Y allí ni siquiera la podemos descargar corriendo por nuestras vidas. Porque tenemos quinimil carros frente a nosotros, moviéndose al mismo paso de tortuga.

Pero, de vez en cuando, logramos tener un día especial o estamos con alguien que nos prende una llama. Y allí comienza a girar la galaxia que llevamos dentro.

Esos son los días en los que no me quiero dormir. Y, por esos días, agradezco una buena cama.

Los círculos que se nos deshacen

La Tierra da vueltas alrededor del sol, que a su vez da vueltas alrededor de una galaxia, que a su vez da vueltas… (Elipses, yo sé, pero da lo mismo). Giramos. Avanzamos hacia un camino lateral que nos regresa al punto de partida. O eso pareciera. Porque nunca estamos en el mismo sitio. Ni siquiera los recuerdos que visitamos en nuestras mentes son iguales cada vez. Nos hacemos la ilusión de regresar a lugares amados, pero éstos ya no existen y quién sabe si alguna vez lo hicieron como nos los imaginamos.

Uno arma la vida alrededor de rutinas que parecieran mantener un orden. Como si trazáramos el camino con un hilo sujetándonos de en medio y giráramos. Círculos perfectos y cerrados. Pero eso no es la vida. Eso lo hacen los hámsters en sus rueditas de hacer ejercicio: correr y correr y no ir a ninguna parte.

Nosotros, aunque no lo sintamos, avanzamos. Hacia lugares diferentes. Y, si no nos fijamos, podemos llegar a sitios que no nos gustan. No hay opción. Porque así es. Ningún círculo es perfecto y nunca somos los mismos.

Hay que aprender a aprovechar ese impulso que da el mismo giro y dirigir, hasta donde se puede, la dirección de la rueda que nos lleva. De repente se rompe y nos libera.

#EstaMierdaNoEsNormal

Es imposible hablar de algo superficial en estos momentos. La verdad es, que el sistema está funcionando a la perfección: los delincuentes están a cargo de las llaves.

Esa es la realidad que hemos vivido. A lo que estamos acostumbrados. La bebida amarga con la que acompañamos lo que comemos. Pero no es normal.

Y qué bueno que al fin nos damos cuenta.

La llave del dolor

Me encanta planificar. Es parte de la anticipación: gozarme las cosas antes que sucedan. Me las imagino y visualizo y casi saboreo. Es lindo. Hasta que no salen como yo quería. La comida no sabe como me la imaginaba. La gente no reacciona como yo esperaba.

Las relaciones dependen en gran medida de las cosas que esperamos. Todos tenemos deseos y expectativas, aunque no lo sepamos de forma consciente. Eso se nos vuelve un gran problema si no las podemos discernir. Porque lo que no se dice, es imposible que se sepa. Y, aunque ya vamos actualizados en tecnología, aún no somos telepáticos. ¿Cómo podemos pretender que las personas que nos rodean sepan qué queremos de ellas, si ni nosotros lo podemos formular?

Además, nadie tiene obligación de cumplirnos los deseos. Uno tiene que adaptarse y decidir si lo que le dan a uno, es satisfactorio o no. Creo que la clave para estar satisfecho es querer sin esperar. O, por lo menos, saber hasta dónde está la frontera de lo deseado.

Aprender a querer así, sin límites, es una meta fantástica. Y querer que lo quieran así, sin expectativas… eso quiero.

El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

Soltar(se)

Las celebraciones me agotan. Tener que coordinar varias cosas a la vez, el estrés de la gente que llega, que el celebrado se sienta contento… Por querer que todo salga bien, me termino sintiendo como un hule demasiado tenso, a punto de salir disparado.

Las cosas que se salen de nuestras rutinas nos mueven el orden, nos hacen pensar diferente, nos tensan. Un cumpleaños, un accidente, algo planificado pero no común o algo completamente imprevisto. No se puede prever todo. Y tampoco se puede tener control de todas las consecuencias.

Lo que sí podemos estar seguros es que todo tiene consecuencias. Aunque sólo las sintamos como dolor de espalda o enfermedades del estómago. Y podemos estar aún más seguros que nunca vamos a poder saber qué es todo lo que nos puede suceder.

Hay que aprender a soltar. A hacer lo mejor que se puede y esperar que las consecuencias sean buenas.

No tengo idea cómo. Porque todavía aprieto la mandíbula. Y dejo de dormir. Y me enfermo. Y me trabo de la espalda.

Al menos hoy, voy a tomarme un día libre. Y espero que la consecuencia sea menos arrugas y que se me vaya el dolor de cabeza.

Aquí vamos de nuevo

Cada cumpleaños de uno de los niños, se me juntan la alegría y la nostalgia y el miedo.

Y me siento completamente inadecuada para ser mamá. Con todas las limitaciones tan gravemente evidentes que tengo. Con la responsabilidad que recae sobre cada una de mis palabras, porque todo los marca. Con mi falta de capacidad de demostrar el cariño que me llena por dentro.

Amo a mis hijos como no amo a nadie. Con la intensidad de un sol al centro de una galaxia. Y, así de tanto como los quiero, quiero que puedan vivir sin mí. Que no me necesiten. Que salgan con facilidad de mi círculo de influencia.

Y eso me hace ser más dura de lo que quisiera.

La niña hoy cumple 7 años y es inmensamente dulce, con una capacidad de empatía que se me escapa de la comprensión. Tiene una suerte de habilidades que tuvo que haber sacado del aire, porque mías no son.

Y eso me da miedo. Porque no quiero apagar esa chispa de cosas que tal vez no comprendo.

Sólo espero que el paso del tiempo nos sea gentil y pueda verla desarrollar su potencial, sin ser obstáculo.

 

Se me sale el demonio

A mi papá era muy fácil hacerlo enojarse. Es más, creo que al igual que Hulk, él se mantenía enojado. Así que una erupción volcánica de ira era más fácil de obtener que una de esas que se hacen con bicarbonato y vinagre.

Si algo tiene en común el ser humano, son las emociones básicas como el miedo, la alegría, la tristeza y el enojo. Incluso se manifiestan en nuestras caras de la misma forma. Una de esas programaciones que trae nuestro hardware tan primaria, que no la tenemos qué aprender. Y eso que hasta a comer aprendemos.

Lo que sí tenemos qué aprender a hacer con las emociones, es a manejarlas. Porque no nos podemos dejar arrastrar por ellas sin el menor de los controles. A mí, me lleva muy fácil el enojo. Lo tengo que mantener muy amarrado para que no me deshaga todo lo que me ha costado construir a punta de esfuerzo.

No hay excusas para no mesurarnos. Ya sabemos que lo podemos hacer. Es sólo cuestión de probar.

Buena luz / mala luz

Soy fanática de Seinfeld. No hay serie cómica más genial en su brutalidad. Uno de los capítulos más divertidos es cuando Jerry sale con una chava que, depende de la iluminación, se mira bien o mal. Mi mamá decía que había gente de «dos carreras»: una para irlos a ver y otra para salir corriendo cuando los miraba uno de cerca.

La luz resulta reveladora para todo. Así como la verdad brutal. Bajo el brillo de un sol al mediodía, las cosas hasta se ven borrosas, porque están demasiado iluminadas. Tenemos que cerrar los ojos. Poco podemos distinguir. Duele. Decir las cosas sin el menor de los filtros, sólo porque es «cierto», también hace que las cosas no queden del todo claras. Porque la verdad sin consideración a todo lo demás, tiene el mismo peligro de un chimpancé blandiendo un bisturí. Es innecesariamente dolorosa.

Un edificio bien iluminado, de noche, se ve lindo. Y no deja de ser el mismo edificio. Es sólo que se esmeraron en presentar las partes positivas, aún y cuando uno bien sabe que no todo es así de bonito. Las cosas que decimos, también deberían llevar ese cuidado. Porque muy pocas veces el daño innecesario, la honestidad sin clemencia, la sinceridad sin consideración, tienen algún efecto positivo. Sólo sirven como armas en las manos de las personas con mucha consideración para sí mismos y lo que «tienen qué decir».

Todos tenemos nuestros momentos de luz buena y mala. Hay qué tenerlo en cuenta cuando nos acerquemos a los demás. Tal vez sólo se trata de cambiarnos de lado para encontrarles un mejor ángulo.