Cada cumpleaños de uno de los niños, se me juntan la alegría y la nostalgia y el miedo.
Y me siento completamente inadecuada para ser mamá. Con todas las limitaciones tan gravemente evidentes que tengo. Con la responsabilidad que recae sobre cada una de mis palabras, porque todo los marca. Con mi falta de capacidad de demostrar el cariño que me llena por dentro.
Amo a mis hijos como no amo a nadie. Con la intensidad de un sol al centro de una galaxia. Y, así de tanto como los quiero, quiero que puedan vivir sin mí. Que no me necesiten. Que salgan con facilidad de mi círculo de influencia.
Y eso me hace ser más dura de lo que quisiera.
La niña hoy cumple 7 años y es inmensamente dulce, con una capacidad de empatía que se me escapa de la comprensión. Tiene una suerte de habilidades que tuvo que haber sacado del aire, porque mías no son.
Y eso me da miedo. Porque no quiero apagar esa chispa de cosas que tal vez no comprendo.
Sólo espero que el paso del tiempo nos sea gentil y pueda verla desarrollar su potencial, sin ser obstáculo.
